Capítulo 26
Eloy
La llamada llegó cuando estaba en casa, ayudando a Mateo con los deberes de matemáticas de verano. Mi teléfono sonó con el tono de emergencia que solo usábamos en el equipo, y el número de Valeria parpadeó en la pantalla con una insistencia que me heló la sangre.
—Dime —respondí, dejando el lápiz sobre la mesa del salón.
—Necesito que vengas ahora —dijo Valeria, y su voz tenía ese filo de acero que usaba cuando las cosas se ponían feas—. Hemos encontrado algo. Alguien. Y Eloy… creo que Amelia está en peligro.
No pregunté nada más. Dejé a Mateo con la vecina y conduje hasta la comisaría como un loco, saltándome dos semáforos y recibiendo el pitido de un coche que casi embisto.
Diez minutos después, estaba en la sala de operaciones, con Valeria, Sergio, Iván y Marta reunidos alrededor de una mesa llena de papeles y pantallas.
—¿Qué tenemos? —pregunté, sin aliento.
Sergio señaló una fotografía en la pantalla principal. Un hombre de mediana edad, aspecto corriente, cabello canoso peinado hacia atrás. Lo reconocí inmediatamente.
—Doctor Hernández —dije, y el nombre me supo amargo en la boca—. El jefe de administración de la Clínica Nova.
—El mismo —confirmó Marta, ampliando un gráfico en la pantalla—.
Hemos estado analizando los registros de acceso a la base de datos de pacientes.
Durante los últimos seis meses, ha habido consultas masivas a historiales médicos, direcciones, números de seguro.
Siempre desde terminales de acceso general, pero con patrones específicos.
Búsquedas por apellidos, por direcciones postales, por…
—hizo una pausa—. Por los nombres de las enfermeras de urgencias.
Sentí que el estómago se me encogía.
—¿Amelia?
—Y Carolina —dijo Valeria, cruzándose de brazos—. Y otras tres enfermeras más. Parece que estaba recopilando información. No solo médica. Personal. Direcciones de casa, horarios de trabajo, rutinas.
—Pero ¿por qué? —pregunté, aunque ya empezaba a intuir la respuesta.
—Porque no está solo —dijo Sergio—. Hemos conectado sus movimientos bancarios con los de Ernesto Vila, el tipo que te disparó.
Y con otros dos sujetos más. Es una red, Eloy.
Una red de filtración de datos médicos para la extorsión.
Y Hernández es el cabecilla, o al menos la pieza clave dentro de la clínica.
Miré la fotografía del doctor Hernández. Lo había visto docenas de veces en los pasillos de la Nova, siempre con su traje impecable, su sonrisa cordial, su porte de funcionario eficiente. Nunca habría sospechado de él. Nunca.
—¿Dónde está ahora? —pregunté, con la voz ronca.
—Eso es lo peor —dijo Valeria, y vi algo en sus ojos que me aterrorizó—. Entró en la clínica hace una hora. Amelia está allí. Tiene turno de noche, recuerda.
El mundo se contrajo hasta convertirse en un solo punto de pánico. Amelia. En la clínica. Con ese hombre que sabía que estábamos investigando, que había mandado a Vila a dispararme, que tenía acceso a toda su información personal.
—Está limpiando —dije, y la certeza me golpeó como un puñetazo—. Si sabe que estamos cerca, si sabe que Vila ha caído… va a eliminar pruebas. Y testigos.
—Eloy, espera… —empezó Valeria.
Pero ya no escuchaba. Salí corriendo de la sala, con el corazón martilleándome en el pecho y el teléfono en la mano, marcando el número de Amelia una y otra vez. No contestaba. Tres tonos, cuatro, cinco. Nada.
Llegué al coche y arranqué con una violencia que hizo que las ruedas chirriaran contra el asfalto.
Conduje como nunca había conducido, saltándome cada señal y acelerando por avenidas que de día estarían llenas de tráfico, pero que ahora, pasadas las diez de la noche, estaban desiertas.
El trayecto hasta la clínica normalmente tomaba veinte minutos. Yo lo hice en doce.
En el camino, llamé a Valeria.
—Necesito que envíes refuerzos —grité por el manos libres—. Ahora. A la Nova. Y rastrea el móvil de Amelia. Dime dónde está exactamente.
—Eloy, no entres solo… —intentó decir ella.
Colgué. No tenía tiempo para protocolos. No tenía tiempo para nada más que para llegar hasta ella.
Aparqué el coche en doble fila frente a la entrada de urgencias, sin importarme la multa ni nada. Corrí hacia dentro, con la pistola enfundada, pero con la mano sobre ella, listo para sacarla si era necesario. El recepcionista me miró con ojos desorbitados cuando entré como un torbellino.
—¿Doctor Hernández? —grité—. ¿Dónde está?
—Señor, no puede…
—¡Dime dónde está!
El miedo en la cara del recepcionista me dio la respuesta. Miró hacia arriba, hacia las plantas superiores, hacia la zona de administración donde estaban los servidores y los archivos.
Corrí hacia las escaleras, tomándolas de dos en dos. Mi hombro herido protestó con cada movimiento brusco, con cada impacto de mis pies contra los escalones, pero ignoré el dolor. Solo existía ella. Solo existía llegar hasta Amelia.
En el rellano del segundo piso, me detuve. Había una puerta entreabierta a la izquierda en la sala de servidores y escuché voces. Su voz. Su voz, diciendo algo con un tono profesional pero forzado, y luego la de él, Hernández, respondiendo con una calma que sonaba a amenaza disfrazada.
—No sé de qué me habla, doctor —decía Amelia—. No tengo acceso a esos archivos.
—Pero tu novio sí —respondió Hernández, y su voz era hielo—. Tu novio policía ha estado haciendo preguntas. Y ahora tú vas a venir conmigo, Amelia. Vas a ser mi seguro de vida hasta que esté fuera del país.
Empujé la puerta.
Lo vi. Estaba de espaldas a mí, con una mano en el brazo de Amelia, sujetándola con fuerza. Ella tenía los ojos muy abiertos, asustados, pero también valientes. No se había derrumbado. Estaba buscando una salida, una forma de escapar.
—Suéltala —dije, y mi voz salió tranquila, mortal, peligrosa.
Hernández se giró, sorprendido. En su mano libre había un objeto que brilló bajo la luz fluorescente. Un bisturí. Un simple bisturí quirúrgico que, en manos de un desesperado, se convertía en un arma letal.
—Agente Castellanos —dijo, y su sonrisa era de locura contenida—. Justo a tiempo para despedirse.
Amelia me miró, y en sus ojos vi todo: el miedo, el alivio, el amor. Y también vi que confiaba en mí. Que sabía que la protegería.
—La última vez que alguien me apuntó —dije, dando un paso hacia él—, terminé en un callejón con una bala en el hombro. Y él está detenido. No quieres saber cómo termina esto si no sueltas a mi mujer.
Hernández dudó. Vi el miedo real cruzando su rostro, el cálculo de sus opciones disminuyendo durante unos segundos.
—No tienes salida —continué, dando otro paso—. La comisaría está llena de pruebas en tu contra. Vila ya ha cantado. Y si le haces daño a ella… —mi voz se quebró solo por un instante—. Si le haces un rasguño, te juro por Dios que no llegas vivo a la cárcel.
Amelia aprovechó la distracción. Con un movimiento rápido, giró sobre sí misma y clavó el tacón de su zapato en el pie de Hernández. El doctor gritó, soltándola, y yo me lancé.
Lo derribé con un placaje que nos estrelló contra la estantería de servidores.
El bisturí voló por el aire y cayó lejos de su alcance.
Hernández intentó golpearme, pero ya era tarde.
Le giré el brazo, le inmovilicé contra el suelo y sentí la satisfacción de ponerle las esposas con una violencia contenida.
—Eloy —la voz de Amelia me llamó, temblorosa.
Me giré. Estaba de pie, con la mano sobre el pecho, respirando con dificultad, pero entera. Viva. A salvo.
—¿Estás bien? —pregunté, levantándome y acercándome a ella con pasos que de repente me temblaban.
—Sí —dijo, y se lanzó a mis brazos—. Sí, estoy bien. Gracias a ti.
La abracé con fuerza, con el brazo bueno, enterrando la cara en su pelo, inhalando su olor, sintiendo su corazón latir contra el mío.
—Te quiero —dije, y las palabras salieron desgarradas, urgentes—. Te quiero, y si te hubieran hecho daño…
—No me han hecho daño —interrumpió ella, besando mi cuello, mi mandíbula, mis labios—. Estoy aquí. Estamos aquí.
Los refuerzos llegaron dos minutos después, con Valeria al frente, pistola en mano, lista para la acción. Cuando vio la escena, Hernández inmovilizado en el suelo y yo abrazando a Amelia, dejó escapar un suspiro de alivio que pareció durar minutos.
—Siempre tienes que hacerlo todo tú, ¿verdad? —dijo, pero sonreía.
—Solo estaba cuidando lo mío —respondí, sin soltar a Amelia.
Y mientras la policía se llevaba a Hernández, mientras los técnicos empezaban a recoger pruebas, mientras la noche se desmoronaba en una madrugada de alivio y justicia, supe que había llegado justo a tiempo.
Porque ella estaba aquí. En mis brazos. A salvo.
Y nada ni nadie volvería a amenazar lo que era mío.