Capítulo 25
Amelia
La luz de la mañana se colaba por entre las persianas de la habitación de Eloy con una insistencia casi grosera, dibujando rayas doradas sobre las sábanas blancas que nos envolvían.
Desperté poco a poco, arrastrada desde un sueño profundo y sin pesadillas por el sonido distante de pájaros en el jardín y el olor a café que flotaba desde algún lugar de la casa.
Durante unos segundos, confundida, no supe dónde estaba.
El techo no era el mío. La almohada olía a él, a esa mezcla de champú masculino y algo terroso que ya había empezado a reconocer como casa.
Y entonces lo sentí. El peso cálido de su brazo sobre mi cintura, la respiración regular y profunda contra mi nuca, la evidencia física de que no había soñado la noche anterior.
Estaba en la cama de Eloy. Había pasado la noche con él.
Y por primera vez en años, no sentí pánico al despertarme junto a alguien. Sentí… paz.
Me giré con cuidado para no despertarlo.
Dormía boca arriba, con el brazo herido apoyado sobre una almohada extra, y tenía una expresión de tranquilidad que raramente le veía durante el día.
Las líneas de preocupación que habitualmente surcaban su frente habían desaparecido, y por un momento me quedé mirándolo, memorizando cada detalle: la curva de sus pestañas, la pequeña cicatriz en la ceja, la forma en que su boca se entreabría ligeramente.
Fue entonces cuando escuché el sonido. Un chirrido familiar de bisagras, seguido de pasos pequeños pero decididos en el pasillo. Mi cerebro, todavía embotado por el sueño y la intimidad de la mañana, tardó un segundo en procesar lo que significaba.
Mateo.
La puerta se abrió de golpe. No llamó. Por supuesto que no llamó. Tenía seis años y era el dueño absoluto de esa casa, o al menos eso creía él.
—¡Papá! —exclamó, entrando con la energía de un huracán contenido—. ¡Tía Valeria dice que ya son las ocho y que si no te levantas…!
Se detuvo. Fue una parada tan brusca que casi pude oír cómo sus neuronas procesaban la escena: su padre en la cama, desnudo de torso para arriba, y supuse que debajo de las sábanas estaría igual, y yo, Amelia, la enfermera, también en la cama, con el pelo revuelto y sin duda con una expresión de culpabilidad que no podía disimular.
El silencio se extendió durante tres segundos eternos. Eloy se despertó sobresaltado, incorporándose con un gemido de dolor involuntario por el hombro.
—¿Qué…? —empezó, confundido.
—Amelia ha dormido aquí —dijo Mateo, y su tono fue de absoluta constatación científica, como si acabara de descubrir la gravedad—. En tu cama. Con pijama de papá.
Miré hacia abajo. Efectivamente, llevaba puesta una camiseta vieja de Eloy que me había puesto durante la noche para ir al baño.
Caía hasta medio muslo, y desde la perspectiva de un niño de seis años que entraba sin avisar, debía de parecer que llevaba puesto…
bueno, exactamente lo que llevaba puesto: la camiseta de su padre y nada más.
—Mateo, yo… —empecé, sintiendo cómo el rubor subía por mi cuello hasta incendiar mis mejillas.
—¿Ha sido una fiesta de pijamas? —interrumpió Mateo, iluminándose—. ¿Como las que hacen Lucas y sus amigos? ¿Con palomitas y películas hasta tarde?
Eloy y yo nos miramos. Él tenía una expresión divertida, casi burlona, mientras yo moría de vergüenza en cámara lenta.
—Bueno… —tartamudeé—. Es decir… fue algo así…
—¿Y por qué no me invitasteis? —Mateo puso los brazos en jarras, ofendido—. Yo también sé hacer fiestas de pijama. Tengo el saco de dormir con dinosaurios. Y sé hacer palomitas en el microondas. Casi.
—Mateo, cariño —intervino Eloy, finalmente recuperando el habla—. Las fiestas de pijama de adultos son… diferentes. Más aburridas. Sin dinosaurios.
—¿Sin dinosaurios? —Mateo frunció el ceño, escandalizado—. Entonces, ¿para qué sirven?
—Para… —Eloy me miró, buscando ayuda.
—Para hablar —dije rápidamente—. Para hablar hasta tarde. Y dormir. Y descansar.
Mateo nos observó alternativamente, con una expresión de profunda sospecha que habría puesto en apuros a un interrogador profesional.
—Papá no tiene pijama puesto —señaló, señalando el torso desnudo de su padre—.
Y tú solo llevas la camiseta. Eso no es una fiesta de pijamas.
Eso es… —hizo una pausa—. Eso es como cuando Carolina se queda a dormir en casa de la tía Valeria y la tía sale del cuarto de baño con la camiseta de Carolina.
Y cuando le pregunto por qué, dice que es «préstamo de emergencia».
Eloy se atragantó con su propia saliva. Yo quise desaparecer bajo las sábanas, convertirme en polvo, evaporarme por la ventana.
—¿La tía Valeria y Carolina hacen fiestas de pijama? —pregunté, desesperada por cambiar de tema.
—Todo el tiempo —confirmó Mateo, encogiéndose de hombros—. Y se ríen mucho. Y a veces se besan en la boca. Yo lo he visto. Carolina dice que es amor, y la tía Valeria sonríe así —dijo, mientras ponía una cara tratando de imitar a Valeria en plan adolescente enamorada.
Eloy y yo nos miramos, y esta vez ambos sonreímos, aunque yo todavía ardía de vergüenza.
—Bueno —dijo Eloy, finalmente poniéndose de pie y buscando los pantalones del pijama en el suelo—. Creo que es hora de desayunar. ¿Qué te parece, campeón? ¿Tostadas con chocolate?
—¡Sí! —Mateo olvidó inmediatamente el misterio de nuestra supuesta fiesta de pijamas y salió corriendo hacia la cocina, gritando algo sobre que iba a poner la mesa como en los restaurantes.
Me quedé en la cama, con la camiseta de Eloy cayéndome por un hombro, con el pelo seguramente pareciendo un nido de pájaros, y reí. Una carcajada que salió de lo más profundo, mezclada con lágrimas de alivio y de algo más que no supe identificar.
Eloy se sentó en el borde de la cama, ya vestido con los pantalones del pijama, y me acarició la mejilla.
—¿Estás bien? —preguntó, sonriendo—. Sé que es… intenso. Mateo tiene esa capacidad de hacer que situaciones normales parezcan escándalos internacionales.
—Estoy bien —dije, y era verdad—. Es solo que… nunca había hecho esto. Despertarme en casa de alguien, con un niño al lado, con… con una familia.
Su expresión se suavizó, y por un segundo vi algo vulnerable en sus ojos.
—¿Te asusta? —preguntó, serio.
—Mucho —admití, y mi voz salió más pequeña de lo que pretendía—. Porque empiezo a imaginar un futuro, Eloy. Empiezo a verme desayunando aquí todos los días, discutiendo sobre quién lleva a Mateo al cole, quedándome dormida viendo la tele contigo. Y eso… eso me aterra.
—¿Por qué?
—Porque si lo imagino, y luego se pierde… —tragué saliva—. Si lo imagino y luego tú decides que ya no me quieres, o que soy demasiado, o que…
Él me interrumpió con un beso. Suave, profundo, que me calló más efectivamente que cualquier palabra.
—No voy a decidir eso —dijo cuando nos separamos—. Y tú no eres demasiado. Eres exactamente lo que necesitamos. Lo que yo necesito.
Salimos de la habitación cogidos de la mano, y en la cocina encontramos a Mateo que había puesto la mesa: los platos estaban al revés, los vasos eran tazas de café, y había derramado leche en el suelo intentando servirla sola.
—¡Desayuno servido! —anunció, orgulloso.
Pasamos la mañana entre risas y caos. Mateo me enseñó su colección de coches mientras Eloy preparaba el desayuno real, no el que el niño había intentado organizar.
Me senté en el suelo de su habitación, con las piernas cruzadas, escuchando historias sobre cada vehículo como si fueran relatos épicos, y cuando Mateo se subió a mi regazo para probar si era cómodo, Eloy nos fotografió desde la puerta con una sonrisa que no se le borraba de la cara.
Fue entonces, mientras reíamos los tres juntos, mientras Mateo me pedía que le ayudara a atarse los zapatos porque «papi siempre hace nudos feos», según dijo, mientras Eloy me miraba con ese amor que ya no intentaba esconder, cuando sentí que me estaba integrando. Realmente integrando.
Y eso me asustó más que cualquier otra cosa.
Porque empecé a imaginarlo. El futuro. Las mañanas de domingo, las vacaciones en la playa, los cumpleaños, las navidades. Empecé a verme como parte de esto, de ellos, de esta familia que se estaba construyendo sin que nadie me hubiera dado instrucciones, sin manual de uso.
Y si algún día desaparecía, si Eloy cambiaba de opinión, si Mateo dejaba de quererme… ¿cómo se recuperaba una de eso? ¿Cómo se volvía a la soledad después de haber probado esto?
Pero mientras ayudaba a Mateo a ponerse la mochila para ir al parque, mientras Eloy me besaba en la cocina de pasada, como si fuera lo más natural del mundo, mientras sentía que este caos ordenado era exactamente donde quería estar, supe que valía la pena el riesgo.
Porque por primera vez en años, no estaba construyendo defensas. Estaba construyendo un hogar.
Y aunque me asustara, aunque el futuro fuera incierto, sabía que quería estar aquí. Con mi policía. Con su hijo. Con esta familia que me había elegido, y que yo, con todo mi miedo y todas mis esperanzas, había elegido a mi vez.
—¿Vienes? —preguntó Eloy desde la puerta, con Mateo saltando a su lado.
—Voy —respondí y sonreí.