Capítulo 24
Eloy
La cocina quedó en silencio después de que Mateo se durmiera, un silencio denso y cargado de electricidad que solo nosotros dos podíamos generar.
Amelia se apartó de mi hombro, pero no se alejó.
Se quedó frente a mí, con los ojos brillantes y las mejillas sonrojadas, y supe con certeza absoluta que esta noche sería diferente a todas las anteriores.
No solo pasión, no solo deseo. Sería entrega total.
—Quédate —dije, y mi voz salió ronca, casi irreconocible—. Quédate esta noche. No solo un rato. Toda la noche.
Amelia trago saliva, y vi cómo su pecho subía y bajaba con la respiración acelerada.
—¿Estás seguro? —preguntó—. Con tu hombro, tu herida… no quiero hacerte daño.
—El único daño que me harías sería irte —respondí, acariciando su mejilla con el dorso de los dedos—. Quiero sentirte. Quiero perderte en ti. Quiero… —hice una pausa, buscando las palabras—. Quiero que seas la última persona a la que vea antes de dormir y la primera al despertar. Siempre.
Ella cerró los ojos un segundo, como si mis palabras fueran demasiado intensas para soportarlas con la vista puesta en mí. Cuando los abrió, había una determinación en su mirada que me erizó la piel.
—Llévame a tu habitación —dijo, y era una orden suave, una súplica, una promesa.
La tomé de la mano y la guie por el pasillo, dejando atrás la luz de la cocina, adentrándonos en la penumbra de la casa que ahora compartíamos de verdad.
Mi habitación estaba oscura, iluminada solo por la luz de la luna que entraba por la ventana entreabierta.
El aire olía a lavanda y a nosotros, a esa mezcla específica que ya había empezado a reconocer como hogar.
Cerré la puerta con cuidado, asegurándome de que Mateo no pudiera oír nada, y me giré hacia ella. Estaba de pie junto a la cama, con la luz plateada dibujando sombras en su cuerpo, y por un momento solo la miré. Realmente la miré. Y vi todo lo que nunca antes había permitido que nadie viera de mí.
—Dime que quieres esto —dije, acercándome un paso—. Dime que estás aquí porque quieres estarlo, no porque te sientas obligada, no porque tengas miedo de que me enfades.
—Estoy aquí porque te quiero —respondió, y su voz tembló solo un poco—. Porque desde que te conocí, no he podido pensar en nadie más. Porque cuando casi te perdí… —su voz se quebró—. Cuando casi te perdí, supe que no podía seguir fingiendo que esto no era real. Que tú no eres real.
—Soy real —dije, y finalmente la toqué, poniendo mis manos en sus caderas, atrayéndola hacia mí—. Y tú eres mía. Si quieres serlo.
—Quiero —susurró, y se puso de puntillas para besarme.
El beso fue el principio de todo. Empezó suave, exploratorio, pero se fue intensificando con una rapidez que nos pilló a ambos por sorpresa.
Sus manos subieron por mi pecho, encontrando los botones de mi camisa, desabrochándolos con dedos temblorosos pero decididos.
Yo hice lo mismo con ella, levantándole el vestido por encima de la cabeza, dejándola en ropa interior, vulnerable y perfecta ante mí.
La observé, y el deseo me golpeó con una fuerza que me hizo gemir. Era hermosa, sí, pero era más que eso. Era la forma en que me miraba, como si yo fuera el único hombre en el mundo, como si mi cuerpo herido fuera el más deseado, el más perfecto.
—Eres preciosa —dije, y mi voz sonó reverente, casi religiosa—. Dios, Amelia, eres todo.
Ella sonrió, y fue una sonrisa de mujer que sabe exactamente lo que hace, exactamente lo que quiere.
—Tú también —dijo, y sus manos encontraron mi cinturón, desabrochándolo con eficiencia que me volvió loco—. Aunque deberías estar en reposo.
—El reposo puede esperar —gruñí, besándole el cuello, saboreando su piel—. Esto no.
La empujé suavemente hacia la cama, y ella cayó sobre ella con una risa breve que se transformó en gemido cuando me tendí sobre ella, apoyándome en los codos para no aplastarla, pero dejando que sintiera todo mi peso, toda mi necesidad.
Nos besamos de nuevo, y nuestras manos se movieron con urgencia, despojándonos de lo que quedaba de ropa hasta que estábamos desnudos, piel contra piel, calor contra calor.
La penetré despacio, con cuidado de mi hombro, pero sin piedad en la profundidad, y ambos gritamos al unísono.
Estaba tan húmeda, tan lista para mí, que el movimiento fue fluido, natural, como si nuestros cuerpos recordaran algo que nuestras mentes olvidaban.
Nos movimos juntos, encontrando un ritmo perfecto, una cadencia que solo nosotros conocíamos.
—Mírame —ordené, jadeando, con la frente apoyada contra la suya—. No cierres los ojos. Quiero verlo cuando te corras.
Ella obedeció, y sus ojos marrones se clavaron en los míos, vidriosos de placer, desbordantes de emoción. Seguí moviéndome dentro de ella, profundo, lento, torturándola y torturándome con la espera. Quería que durara, quería que este momento se extendiera hasta el infinito.
—Eloy —gimió, arqueándose contra mí—. Estoy cerca… por favor…
—Espera —dije, reduciendo el ritmo, besándole los párpados, la nariz, la boca—. Espera un poco más. Quiero sentir cómo te deshaces, pero despacio. Quiero memorizar esto.
—No puedo… —rogó, moviendo las caderas contra mí, buscando más fricción—. Por favor, no me hagas esperar…
La besé entonces, profundamente, y aceleré el ritmo, embistiéndola con fuerza controlada, una y otra vez, sintiendo cómo se tensaba a mi alrededor, cómo sus uñas se clavaban en mi espalda, cómo su respiración se volvía entrecortada.
—Ahora —dije contra sus labios—. Córrete, Amelia.
El orgasmo la atravesó como una ola, larga e intensa. Se contrajo a mi alrededor con fuerza, apretándome, succionándome, y yo no pude resistir más. Me corrí, con un gemido que sonó a liberación absoluta, a entrega total, a amor sin condiciones.
Nos quedamos inmóviles durante largos minutos, jadeando, sudando, unidos en la carne y en el alma. Cuando finalmente salí de ella, me tendí a su lado y la atraje contra mi pecho, con su cabeza apoyada en mi hombro sano, con su pierna enredada entre las mías.
—Eres increíble —susurré, besándole el pelo—. No solo esto. Tú. Todo lo que eres.
Ella no respondió inmediatamente. Cuando lo hizo, su voz salió pequeña, vulnerable, diferente a la mujer segura que había estado hacía minutos.
—Nunca había sentido esto —dijo—. Ni con mi ex… ni con nadie. Es como si… como si realmente me vieras. Como si supieras dónde tocarme no solo para excitarme, sino para… para hacerme sentir viva.
La abracé más fuerte, sintiendo que el corazón se me expandía en el pecho hasta doler.
—Te veo —dije, y era la verdad más pura que podía decir—. Te veo, Amelia. Y no solo tu cuerpo. Tu fuerza, tu miedo, tu valentía. La forma en que amas a Mateo. La forma en que me amas a mí, aunque tengas miedo.
Ella levantó la cabeza para mirarme, y vi que tenía lágrimas en los ojos, pero sonreía.
—También te veo a ti —dijo—. Al padre que eres. Al hombre que eres. Al que intentas ser para todos, aunque a veces te olvides de ti mismo.
Nos besamos de nuevo, y esta vez fue lento, tierno, sin la urgencia anterior, pero con una intensidad emocional que superaba cualquier pasión física. Porque era verdad. Porque ella había entrado. Realmente había entrado.
Por primera vez en años, desde que María murió, desde que decidí que mi corazón solo latiría por Mateo, sentí que alguien había traspasado las murallas. No había forzado la entrada, no había derribado nada. Simplemente había llamado a la puerta, y yo, cansado de la soledad, se la había abierto.
Y ahora estaba aquí. En mi cama. En mi vida. En mi corazón.
—Gracias —susurré, cuando ella ya se dormía contra mí, con la respiración regular y pesada—. Gracias por entrar.
No sé si me oyó. Pero cuando cerré los ojos, con su cuerpo cálido pegado al mío, con el olor de nosotros impregnando las sábanas, supe que mañana, y pasado, y todos los días venideros, no estaría solo.
Tenía a mi familia. Y por fin, después de tanto tiempo, tenía a mi amor.