Mi enfermera favorita Capítulo 23
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Capítulo 23

Eloy

Una semana. Siete días de hospitalización que se habían extendido como una eternidad entre paredes blancas, olor a desinfectante y la visita constante de médicos que pinchaban, palpaban y aseguraban que todo iba bien.

Pero finalmente llegó el martes por la mañana, y con él, el alta médica.

Marcos Beltrán firmó el último informe con una sonrisa cómplice.

—Fuera de aquí, Castellanos —dijo, golpeándome suavemente el hombro sano—. Y procura no volver a vernos en unos meses, ¿vale? Tenemos otros pacientes que también necesitan atención.

—Lo intentaré —respondí, vistiéndome con la ropa que Amelia había traído desde casa: vaqueros blandos, camiseta de algodón gris, zapatillas cómodas. Ropa de civil. Ropa de hombre que volvía a la vida real.

Amelia me esperaba en la entrada, con el coche aparcado en doble fila y una sonrisa nerviosa que me hizo querer besarla allí mismo, delante de todo el mundo. Pero me contuve. No porque me importara quién nos viera, sino porque quería que ese momento fuera perfecto. Intimo. Nuestro.

—¿Listo para volver a casa? —preguntó cuando subí al coche, dejando atrás el olor a hospital que me había perseguido durante días.

—Más que listo —respondí, y mi voz sonó firme, decidida—. Hay algo que quiero hacer. Algo que debería haber hecho hace tiempo.

Me miró de reojo mientras arrancaba, y en sus ojos vi la pregunta, la curiosidad, el miedo a que fuera algo malo. Pero no dije nada más. Quería que lo viera, que lo sintiera, que lo supiera sin palabras.

Llegamos a casa poco después de mediodía. Mateo nos recibió en la puerta como un torbellino de energía contenida, lanzándose a mis brazos con una fuerza que me hizo gemir de dolor fingido, solo para que él se preocupara y luego se riera cuando le aseguré que estaba bien.

—¡Papá está en casa! —gritó, corriendo hacia Amelia para abrazarla también—. ¡Y Amelia también! ¡Es el mejor día de la historia!

—El segundo mejor —corrigió Amelia, agachándose para recibir su abrazo—. El mejor fue cuando me caí de la hamaca en tu casa y me diste tu camiseta para secarme las lágrimas de la risa.

—¡Eso fue divertido! —exclamó Mateo, arrastrándola hacia dentro—. ¡Vamos, que tengo hambre! ¡La tía Valeria solo me ha dado yogures y sandía todo el día!

Entramos, y la sensación fue extraña, casi surrealista.

Llevaba una semana fuera, pero la casa me parecía diferente.

Más brillante, quizás. O quizás era yo quien veía las cosas de otra forma.

Porque había tomado una decisión durante esas noches en el hospital, escuchando la respiración de Amelia mientras ella dormía en la silla de mi habitación, o en las madrugadas cuando despertaba y la encontraba ahí, siempre ahí.

Quería una vida con ella. De verdad. No solo salidas de fin de semana, no solo noches de pasión robadas, no solo la incertidumbre de «a ver qué pasa».

Quería construir algo. Quería que Mateo la tuviera siempre ahí.

Quería despertarme cada mañana y saber que ella estaba en mi mundo, en mi casa, en mi familia.

La tarde pasó entre risas y bromas. Amelia se instaló en la cocina con una naturalidad que me emocionó, preparando una cena sencilla pero deliciosa: pasta con tomate casero, ensalada verde, pan crujiente.

Mateo la ayudó, o más bien estorbó con entusiasmo, pelando tomates con las manos manchadas de rojo y contándole historias de la escuela que ella escuchaba con una atención absoluta, como si fueran revelaciones universales.

—Y entonces, Lucas dijo que los dinosaurios no existieron, pero yo le dije que sí, que los he visto en la tele, y él dijo que la tele miente, pero yo le dije que su cara miente, y entonces la señorita nos hizo sentar en rincones separados —explicó Mateo, agitando una cuchara como si fuera un sable láser.

—Creo que ambos tenéis parte de razón —dijo Amelia, revolviendo la salsa—. Los dinosaurios existieron, pero hace mucho tiempo. Y la tele a veces miente, pero tu cara, Mateo, es completamente honesta. Es imposible que mientas con esa cara.

—¡Lo sé! —exclamó el niño, triunfal—. Por eso siempre me creen. Excepto cuando digo que me he cepillado los dientes y no es verdad. Entonces papá me mira y sabe que miento.

—Tu papá es muy listo —dijo Amelia, y sus ojos se encontraron con los míos sobre la cabeza de Mateo.

Cenamos los tres alrededor de la mesa de la cocina, con las ventanas abiertas dejando entrar el aire cálido de la noche.

Y fue… perfecto. No había otra palabra. La conversación fluía sin esfuerzo, las risas eran genuinas, y yo no podía dejar de mirar a Amelia, de ver cómo encajaba, cómo reía con Mateo, cómo me miraba a mí con esa mezcla de amor y complicidad que me hacía sentir el hombre más afortunado del mundo.

Después de cenar, Amelia se ofreció a llevar a Mateo a bañarse.

El niño protestó durante treinta segundos exactos, «¡Soy mayor, ya me baño solo!

», dijo, hasta que Amelia propuso que fuera una «misión de espionaje submarino», momento en el cual cambió de opinión y salió corriendo hacia el baño gritando que necesitaba su equipo de buzo.

Me quedé en la cocina, recogiendo los platos, escuchando las risas que venían del baño.

Amelia canturreaba una canción inventada sobre tiburones que se cepillaban los dientes, y Mateo se reía a carcajadas, salpicando agua por todas partes.

Cerré los ojos un segundo, dejando que el sonido me envolviera.

Esta era la vida que quería. Esta normalidad maravillosa, este caos ordenado, este amor que no necesitaba grandes gestos porque se construía en los pequeños momentos.

Cuando salieron del baño, Mateo estaba envuelto en una toalla que lo convertía en un pequeño burrito humano, con el pelo mojado pegado a la frente y los ojos brillantes de felicidad.

—¡Amelia sabe hacer burbujas con las manos! —anunció, como si acabara de presenciar un milagro—. ¡Con jabón y todo! ¡Es una bruja buena!

—No soy bruja —protestó ella, secándose las manos en el pantalón—. Solo tengo talentos ocultos.

—Eso es lo que dice una bruja —susurré, y ella me golpeó suavemente con el paño de cocina.

Llevé a Mateo a su habitación, le puse el pijama, le leí un cuento que ya me sabía de memoria pero que él insistía en escuchar una y otra vez. Cuando cerró los ojos, dormido casi antes de que terminara la última frase, le besé la frente y salí de la habitación dejando la puerta entreabierta.

Amelia estaba en el salón, recogiendo los juguetes que Mateo había dejado esparcidos por el suelo. Se enderezó cuando me vio entrar, y durante un segundo nos miramos en silencio, con la luz tenue de la lámpara de pie iluminando su rostro de oro.

—Gracias —dije, acercándome a ella.

—¿Por qué? —preguntó, confundida.

—Por esto —dije, haciendo un gesto vago que abarcaba la habitación, la casa, la vida—. Por estar aquí. Por ser tú. Por querer a Mateo. Por quererme a mí.

Sus ojos se humedecieron, pero sonrió. Esa sonrisa torcida que me volvía loco.

—No tienes que darme las gracias —dijo—. Esto… esto es lo que quiero. Vosotros. Esto.

La tomé en mis brazos entonces, con suavidad, con la certeza de quien sabe exactamente lo que quiere.

La besé, y fue un beso diferente a todos los anteriores.

No era el beso de la pasión desbordante, ni el de la despedida temerosa, ni el de la reconciliación.

Era el beso de la promesa. De la certeza.

Cuando nos separamos, la miré a los ojos. Realmente la miré, dejando que viera todo lo que sentía, todo lo que había sentido desde que entró en mi vida con una sonrisa y un niño con el brazo escayolado.

—Te quiero —dije, y las palabras sonaron simples, definitivas, absolutas—.

No solo ahora. No solo mientras dure esto.

Te quiero para siempre. Quiero que seas parte de nuestra familia.

Quiero que Mateo te tenga como referente, como amor, como hogar.

Quiero envejecer contigo, discutiendo sobre quién olvidó comprar la leche y quién dejó la tapa del váter levantada.

Amelia se rio, una carcajada breve que se transformó en sollozo contenido.

—Eso es lo más romántico que me han dicho en la vida —dijo, secándose las lágrimas—. Y lo más terrorífico. Porque es verdad. Porque yo también lo quiero. Todo eso. Contigo. Con Mateo.

—Entonces quédate —dije, y era una petición, una súplica, una promesa—. Quédate siempre. No solo de visita. Quédate en serio.

—¿Me estás pidiendo que me mude? —preguntó, con los ojos muy abiertos.

—Te estoy pidiendo que seas mi familia —corregí—. Que seas nuestra familia. El resto… el resto lo organizamos. Paso a paso.

Nos besamos de nuevo, y esta vez fue largo, profundo, lleno de planes y futuros y sueños que aún no habíamos nombrado pero que ambos sabíamos que compartíamos.

Cuando nos separamos, Amelia descansó su cabeza en mi hombro sano, y yo la abracé, mirando por la ventana la noche estrellada de Valencia.

—Ojalá —susurré, más para mí que para ella—. Ojalá podamos vivir muchos años así. Los tres juntos.

—Así será —dijo ella, y su voz tenía la certeza de quien ya ha decidido quedarse—. Te lo prometo.

Y mientras el reloj de la cocina marcaba las once, y Mateo dormía en su habitación soñando con dragones y espías submarinos, supe que había encontrado lo que siempre había buscado. No la perfección, porque eso no existe. Pero sí la plenitud. La familia. El amor.

Ella estaba ahí. Y yo estaba ahí. Y eso, en esa noche de verano, era exactamente lo que quería.