Capítulo 22
La clínica tenía un olor diferente durante la noche.
Durante el día, los pasillos bullían de vida: médicos apresurados, familias nerviosas, niños que lloraban y ancianos que suspiraban.
Pero a las tres de la madrugada, cuando el mundo exterior dormía, el edificio se convertía en un organismo distinto.
Los ruidos se reducían a los pitidos intermitentes de los monitores, el susurro de las enfermeras haciendo rondas, y el zumbido eléctrico de las máquinas que mantenían vivos a quienes no podían respirar solos.
Yo estaba de guardia. Carolina se había ofrecido a cubrirme, «Vete a casa, Amelia, duerme en tu cama, no en el sofá de la sala de descanso», me había dicho, pero había rechazado su oferta.
No podía irme. Eloy ya estaba en la habitación, dos plantas más arriba, y aunque los médicos decían que estaba fuera de peligro, que la arteria había resistido, que solo necesitaba observación, yo necesitaba estar cerca.
Por si acaso. Por si abría los ojos y me buscaba.
Por si el dolor se volvía insoportable y necesitaba mi mano.
Había pasado la noche entre rondas. A las diez, le había llevado una infusión que no le pidió, solo para verlo dormir, para comprobar que respiraba.
A la medianoche, había vuelto a cambiarle el vendaje, aunque no tocaba todavía, solo para tocar su piel, para asegurarme de que estaba cálida, viva, real.
A las dos, lo encontré despierto, mirando por la ventana la oscuridad de la ciudad.
—No puedes dormir —dije, sentándome en el borde de su cama.
—El dolor no me deja —respondió, y su voz sonaba mejor, más fuerte que horas antes—. Y… no quiero cerrar los ojos. Cada vez que lo hago, veo el callejón. Veo la cara de ese tipo. Veo la sangre.
Le tomé la mano, la buena, la que no tenía suero conectado, y entrelacé nuestros dedos.
—Estás aquí —dije—. Estás a salvo.
—Gracias a ti —miró hacia mí, y a la luz tenue de la lámpara de noche, sus ojos verdes parecían casi negros, hundidos, cansados—. Si no hubieras estado allí… si no hubieras sido tan rápida…
—No pienses en eso —interrumpí, apretando su mano—. Piensa en Mateo. Piensa en que mañana, cuando despierte, podrás verle. Eso es lo que importa.
Eloy asintió, pero su mirada se perdió de nuevo en la ventana, en las luces distantes de la ciudad que nunca dormía.
—Tengo miedo, Amelia —dijo, y la confesión salió ronca, vulnerable, como si le costara cada sílaba—.
No de morir. O sí, un poco. Pero más miedo tengo de dejar a Mateo solo.
De que crezca sin padre, de que se olvide de mí, de que un día necesite hablar de chicas o de coches o de lo que sea que hablan los padres con los hijos, y yo no esté ahí.
Su voz se volvió un susurro. No lloró, Eloy era de esos hombres que habían aprendido a contener las lágrimas hasta que se volvían piedras en la garganta, pero vi cómo se le humedecían los ojos, cómo tragaba saliva para contener la emoción.
—Desde que murió María —continuó, y era la primera vez que la nombraba así, sin evasivas—, he vivido con ese miedo. El miedo de no ser suficiente. De que un día me mire y vea que fallé, que no fui el padre que necesitaba, que no pudo proteger a su madre y tampoco pudo proteger a su padre.
—Eloy…
—Déjame terminar —dijo, y había urgencia en su tono, necesidad de vaciar lo que llevaba años acumulado—.
Hoy, en ese callejón, cuando sentí el impacto, lo primero que pensé no fue en el dolor.
Fue en él. En que se quedaría solo. En que Valeria lo cuidaría, sí, pero no sería lo mismo.
Y luego pensé en ti. Y eso fue peor, porque pensé…
pensé que nunca te lo había dicho. Que nunca te había dicho lo mucho que significas para mí.
Y que morir sin decírtelo sería la mayor estupidez de mi vida.
Las lágrimas corrieron por mis mejillas, silenciosas, inevitables. Me incliné y besé su mano, su palma callosa, sus nudillos que aún tenían restos de sangre seca bajo las uñas.
—No vas a morir —dije, y era una promesa, una orden, una plegaria—. Ni hoy, ni mañana. No mientras yo tenga algo que decir al respecto.
Eloy sonrió, triste, pero genuino.
—Eres la mujer más terca que he conocido —dijo—. Y la más valiente.
—No soy valiente —reí, secándome las lágrimas—. Solo soy… solo soy alguien que ha aprendido a no dejar ir a la gente que quiere. Porque ya lo hice una vez. Y no pienso volver a hacerlo.
Se quedó callado, observándome con atención renovada. Sabía que había tocado un nervio, que había abierto una puerta que llevaba años cerrada.
—Cuéntame —dijo, suavemente—. Cuéntame lo del divorcio. Lo que realmente sentiste. No la versión de «nos separamos porque ya no nos queríamos». La verdad.
Miré hacia la ventana. La noche era profunda, negra, y afuera solo se veían las luces de los coches que pasaban por la autovía, pequeños puntos rojos y blancos que se movían como sangre por venas invisibles.
—Sentí que me habían arrancado algo —dije, y la verdad salió más fácil de lo que esperaba, como si la oscuridad me diera permiso para ser honesta—.
No solo a Javier. Sino a mí misma. Durante siete años fui «la novia de», «la mujer de», «la futura madre de sus hijos».
Y cuando él dijo que ya no me quería… fue como si me dijera que todo ese tiempo había estado interpretando un papel que a él ya no le interesaba ver.
Eloy no dijo nada. Solo escuchaba, con esa atención total que tenía, como si mis palabras fueran oxígeno para él.
—Lo peor no fue el abandono —continué—. Fue la humillación.
La forma en que lo dijo, tan frío, tan racional.
«He dejado de quererte». Como quien dice que ha dejado de fumar, o de ver una serie.
Sin drama, sin lágrimas. Y yo… yo me quedé allí, en nuestra casa —nuestra, ya no mía—, sintiendo que me desvanecía.
Como si nunca hubiera existido realmente, solo como extensión de él.
Mi voz se quebró. No quería llorar, no quería que pensara que aún me afectaba tanto, pero era la madrugada, y la verdad tenía más peso a las tres de la mañana.
—Durante meses —dije—, me miraba al espejo y no me reconocía.
Me preguntaba si había algo mal en mí, si era demasiado aburrida, demasiado enfermera, demasiado…
demasiado algo. Y juré que nunca más volvería a sentirme así.
Que nunca más dejaría que alguien tuviera el poder de hacerme sentir invisible.
Eloy extendió la mano y tocó mi mejilla, secando una lágrima con el pulgar.
—Pero aquí estás —dijo—. Conmigo. Arriesgándote otra vez.
—Aquí estoy —confirmé—. Y eso me aterra más que cualquier otra cosa. Porque tú… tú tienes el poder de destrozarme, Eloy. Y lo sé. Lo supe desde el primer día, cuando entraste en urgencias con Mateo. Supe que, si me dejaba quererte, y luego me dejabas… no me recuperaría.
—No te voy a dejar —dijo, y su voz fue firme, absoluta—. No por gusto. No por cobardía. No porque haya dejado de quererte. Si algún día me vas, será porque me arranquen de tu lado. Y, aun así, lucharé.
Nos miramos en la penumbra de la habitación, con los pitidos de los monitores marcando el tiempo que pasaba, y sentí que algo se rompía dentro de mí.
No algo malo. Algo que había estado conteniendo, protegiendo, desde hacía años.
El miedo. La armadura. La certeza de que el amor siempre terminaba en abandono.
—Te quiero —dije, y no fue un susurro, fue una afirmación—.
Te quiero con todo lo que soy, con todas mis cicatrices, con todo mi miedo.
Te quiero, Eloy Castellanos. Y si eso significa que algún día me romperás el corazón…
bueno, al menos habré vivido lo suficiente como para merecer que me lo rompan.
Eloy se rio, una carcajada breve que luego se convirtió en gemido de dolor, pero que no pudo contener.
—Esa es la declaración de amor más pesimista que he escuchado en mi vida —dijo.
—Es la única que tengo —respondí, sonriendo—. Tómala o déjala.
—La tomo —dijo, y su expresión se volvió seria, profunda—. La tomo toda. Incluso la parte donde tienes miedo. Incluso la parte donde todavía miras el teléfono esperando que desaparezca. Te quiero, Amelia. Con tu miedo y tu valentía. Con tu pasado y tu futuro. Con todo.
Nos besamos entonces, y aunque fue un beso suave, casi casto, con él herido y yo agotada, fue el beso más verdadero que habíamos compartido. Porque no había deseo en él, o al menos no solo deseo. Había reconocimiento. Había «te veo». Había «estoy aquí y no me voy».
Cuando nos separamos, apoyé mi frente contra la suya, cerrando los ojos.
—Duerme —susurré—. Yo me quedo aquí. Te vigilo.
—No puedes quedarte toda la noche —protestó débilmente—. Tienes que descansar.
—Soy enfermera —dije, acomodándome en la silla junto a su cama, sin soltar su mano—. Descansar es para los débiles.
Se rio de nuevo, y esta vez no se quejó del dolor. Cerró los ojos, y vi cómo su respiración se volvía profunda, regular. Estaba dormido.
Me quedé allí, en la oscuridad de la habitación, con su mano en la mía, mirando cómo la luz de la luna se movía lentamente por el suelo.
Pensé en lo larga que había sido la noche, en lo cerca que habíamos estado de perderlo todo, en lo lejos que habíamos llegado desde aquella primera tarde en urgencias.
Y pensé en el futuro. En las mañanas que vendrían, en las risas de Mateo, en las cenas los tres juntos, en los días difíciles y en los fáciles. Pensé en lo mucho que me dolía quererle, y en lo imposible que sería dejar de hacerlo.
La madrugada se extendió, larga y silenciosa, pero yo no tenía prisa. Tenía su mano. Tenía su amor. Tenía la promesa de un mañana que, por primera vez en años, no me daba miedo.
Porque él estaba ahí. Y yo estaba ahí. Y eso, en esa noche demasiado larga, era suficiente.