Mi enfermera favorita Capítulo 21
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Capítulo 21

Amelia

Lo vi antes de que me dieran tiempo de reaccionar.

La ambulancia entró en el parking de urgencias con ese sonido agudo de neumáticos chirriando sobre el asfalto mojado, y yo estaba en la entrada, tomando aire después de un turno de doce horas que se había convertido en catorce por una intoxicación alimentaria colectiva.

Llevaba el café frío en la mano, pensando en ducharme, en ver a Eloy esa noche, en dormir diez horas seguidas.

Y entonces abrieron las puertas de la ambulancia.

Lo reconocí por los zapatos. Por esos zapatos negros de policía que había visto tantas veces en su casa, junto a la puerta, descalzos después de que Mateo se durmiera. Luego vi los pantalones, oscuros, empapados de sangre. Y cuando la paramédica se apartó para dejar pasar a los médicos, vi su cara.

Eloy.

Mi mundo se detuvo. Literalmente. El ruido del parking, las sirenas, los gritos y el tráfico de la avenida se convirtieron en un zumbido lejano, como si estuviera bajo el agua.

Sentí que el café se me caía de la mano, que el vaso de plástico golpeaba el suelo y rebotaba, pero no oí el sonido.

Solo veía él. Su piel pálida, demasiado pálida, sus ojos cerrados, el chaleco antibalas rasgado en el hombro izquierdo, la sangre… Dios, tanta sangre.

—¡Amelia! —La voz de Carolina me golpeó desde lejos—. ¡Amelia, muévete!

Corí. No recuerdo haber decidido moverme, pero de repente estaba al lado de la camilla, con las manos agarrando el borde de metal frío, con los ojos llenos de lágrimas que no me permitía derramar.

—¿Qué…? —Mi voz sonó extraña, aguda, de niña asustada—. ¿Qué le ha pasado?

—Herida por arma de fuego —dijo la paramédica, profesional, ajena a mi mundo desmoronándose—. En el hombro. Vascular comprometido. Presión arterial en descenso.

Eloy abrió los ojos. Fue solo un instante, una fracción de segundo en la que nuestras miradas se encontraron, y trató de sonreír. Esa sonrisa torcida suya, aunque tenía los labios azulados y la piel perlada de sudor frío.

—Tú otra vez —dijo, y su voz fue un hilo de sonido—. Siempre… acabo… en tus manos.

—No hables —ordené, y mi tono fue brusco, casi violento, la voz de la enfermera tomando el control sobre la mujer que se estaba desmoronando—. Marcos, necesitamos quirófano ya. ¡Ya!

Lo acompañé hasta el box. Mis manos temblaban mientras le cortaban la camisa, mientras Marcos evaluaba la herida con esa calma suya que ahora me parecía insoportable.

La bala había entrado por el hombro, saliendo por la espalda, rozando la arteria axilar.

Milímetros. Solo milímetros de diferencia entre una herida grave y una muerte segura.

—Amelia, sal —dijo Marcos, suavemente, cuando prepararon la anestesia—. No puedes estar aquí. Es él.

—Me quedo —dije, y mi voz no admitía discusión—. Soy la mejor en vascular. Y él… —tragué saliva—. Él es mi paciente favorito.

Marcos me miró con esos ojos azules que lo veían todo, y asintió.

La operación duró dos horas que se convirtieron en una eternidad.

Retiramos la bala, suturamos la arteria dañada, transfundimos sangre.

Mis manos se movían con precisión mecánica, años de entrenamiento tomando el relevo de mis emociones paralizadas.

Pero por dentro, por dentro estaba destrozada.

Cada vez que miraba su rostro inmóvil bajo la luz del quirófano, cada vez que veía el monitor cardíaco dibujar líneas que podían detenerse en cualquier momento, sentía que me ahogaba.

Cuando terminamos, cuando el cirujano vascular confirmó que estaba estable, que la arteria resistiría, que no había daño neurológico, me permití salir del quirófano.

Me quité la bata, los guantes, la mascarilla, y me derrumbé contra la pared del pasillo.

Los sollozos salieron solos, violentos, sin permiso, mientras Carolina me sujetaba por los hombros y me repetía que estaba bien, que estaba vivo, que iba a estar bien.

Pasaron seis horas hasta que pude verlo. Seis horas de espera en la sala de recuperación, de papeleo absurdo, de llamadas a Valeria que expliqué con voz rota lo sucedido, de mensajes a Mateo que no envié porque no sabía cómo decirle «tu padre ha recibido un disparo, pero está bien» sin mentir.

Cuando entré en su habitación, la luz del atardecer entraba por la ventana, tiñendo todo de un naranja dorado que parecía obsceno dada la circunstancia.

Eloy estaba despierto, recostado contra las almohadas, con el hombro vendado y un brazo en cabestrillo.

Pálido, pero vivo. Sus ojos verdes me encontraron enseguida.

—Hola —dijo, y su voz sonó mejor, más fuerte.

No respondí. Caminé hasta su cama con pasos medidos, con las manos temblando otra vez, y lo miré. Realmente lo miré. Y entonces, como una ola que rompe contra las rocas, me invadió todo a la vez.

Primero el miedo. El miedo que había estado conteniendo desde que vi la ambulancia, desde que vi la sangre, desde que pensé que podía perderlo. El miedo a que Mateo se quedara huérfano, a que yo me quedara sola, a que nunca más escuchara su risa ni sintiera su calor.

Y luego la rabia. Una furia ciega, irracional, que me hizo querer golpear algo, a alguien, a él mismo por haberse puesto en peligro.

—¿Cómo has podido? —dije, y mi voz salió más alta de lo que pretendía, más aguda—. ¿Cómo has podido hacerme esto?

Eloy parpadeó, confundido.

—Amelia…

—¡No! —corté, dando un paso hacia la cama—. ¡No me hables! ¡No me digas nada! ¡Te han disparado, Eloy! ¡Te han disparado y podrías haber muerto!

—Pero no he muerto…

—¡Pero podrías! —El grito me salió del pecho, rasgado, desgarrado—. ¡Y yo tendría que haberlo sabido! ¡Tendría que haber estado preparada! ¡Pero no lo estaba! ¡Estaba pensando en cenar contigo y en dormir diez horas y en lo mucho que te quiero, y de repente apareces aquí, sangrando, y yo… yo…

Las palabras se me atascaron. Las lágrimas volvieron, esta vez sin control, corriendo por mis mejillas mientras me tapaba la boca con la mano, intentando contener el llanto que me desgarraba.

Eloy extendió la mano buena hacia mí, con gesto lento, doloroso.

—Ven —dijo, suavemente.

Negué con la cabeza, pero mis pies me traicionaron. Me acerqué a la cama, y él cogió mi mano, entrelazando nuestros dedos con fuerza.

—Lo siento —dijo, y era sincero—. No quería asustarte.

—Pues lo has conseguido —sollocé, sentándome en el borde de la cama, sin soltar su mano—. Tengo el corazón roto, Eloy. Literalmente. No puedo respirar desde que te vi en esa camilla.

Él me miró con esos ojos que me desarmaban, y luego intentó sonreír. Esa sonrisa torcida, arrogante, que tanto me gustaba y que ahora me daban ganas de borrar de un puñetazo.

—Como vuelvas a hacer una estupidez así —dije, secándome las lágrimas con rabia—, te mato yo. Te lo juro. Te mato yo personalmente.

Eloy arqueó una ceja, y a pesar del dolor, de la palidez, de la situación, su sonrisa se amplió.

—¿Eso es una amenaza profesional —preguntó, con voz ronca pero juguetona—, o una declaración de amor?

Me quedé sin palabras.

Literalmente. Mi boca se abrió, se cerró, y ningún sonido salió. Lo miré con los ojos desorbitados, con el corazón que de repente latía con fuerza diferente, con la mente en blanco.

Él se rio, y luego se quejó del dolor que le causaba la risa, pero siguió sonriendo, esperando mi respuesta.

—Eres… —empecé, pero no encontré el final de la frase.

—¿Sí? —insistió, acariciando mi mano con su pulgar.

—Eres insoportable —logré decir finalmente, pero mi voz sonó débil, sin convicción—. Eres un policía estúpido y arrogante que se cree invencible y…

—¿Y? —Su sonrisa se volvió más suave, más íntima.

—Y te quiero —dije, y las palabras salieron solas, inevitables, como si siempre hubieran estado ahí esperando—. Dios, te quiero tanto que me duele. Y por eso no puedo… no puedo verte así. No puedo perderte.

Eloy dejó de sonreír. Su expresión cambió, se volvió seria, profunda, y apretó mi mano con fuerza.

—No me vas a perder —dijo, y era una promesa—. Sobreviví por ti. Porque sabía que tú estabas aquí. Que me estabas esperando.

Lo miré, y sentí que el enfado se desvanecía, reemplazado por una emoción tan grande que no cabía en mi pecho. Era amor, sí, pero también era gratitud, era alivio, era la certeza de que este hombre, este policía estúpido y herido, era exactamente lo que quería para el resto de mi vida.

—Te voy a matar —repetí, pero esta vez sonreía entre lágrimas—. Pero primero te voy a cuidar. Y cuando estés bien, te voy a estrangular por hacerme pasar por esto.

—Trato hecho —dijo, y cerró los ojos un segundo, exhausto—. Pero ahora… ¿puedes quedarte? Un rato. Solo hasta que me duerma.

—Me quedo —dije, acariciando su mejilla—. Me quedo todo el tiempo que necesites.

Y mientras el sol se ponía sobre Valencia, pintando la habitación de colores cálidos, me quedé allí, sentada en su cama, sosteniendo su mano, pensando en lo cerca que había estado de perderlo.

Pero no lo había perdido. Estaba aquí. Insoportable, herido, arrogante, mío.

Y esa noche, cuando cerró los ojos y se durmió con una sonrisa en los labios, supe que nada, ni siquiera una bala, podría arrebatármelo.

Porque era mi paciente favorito. Y mi amor favorito. Y la persona con la que quería envejecer.

Aunque eso significara estrangularlo de vez en cuando.