Capítulo 20
Eloy
El jueves amaneció con una humedad opresiva que presagiaba tormenta.
Estábamos apostados en la calle Maestro José Serrano desde las cinco de la mañana, cuatro coches sin marcar, el equipo completo: Valeria al volante del nuestro, Sergio y Marta en el vehículo de apoyo, e Iván cerrando la retaguardia.
El objetivo era un tipo llamado Ernesto Vila, enfermero de la Clínica Nova que llevaba semanas bajo vigilancia.
Habíamos conectado sus movimientos bancarios con los desvíos de medicamentos, y esa mañana tenía una cita sospechosa en un almacén del Puerto.
—Tiene que ser hoy —había dicho Valeria mientras revisaba su arma—. Si entra en ese almacén y conseguimos fotos de la transacción, tenemos el caso resuelto.
Asentí, ajustándome el chaleco antibalas.
No me gustaba sentir el peso de la Kevlar contra el pecho, pero menos me gustaba la idea de que Amelia estuviera en peligro por culpa de este tipo.
Desde que descubrí que la habían fotografiado, que la habían convertido en objetivo, dormía con un ojo abierto y el teléfono bajo la almohada.
A las siete y media, Vila apareció. Un hombre de mediana edad, aspecto corriente, el tipo de persona que pasaría desapercibida en cualquier cola del supermercado.
Pero sus manos temblaban mientras abría la puerta del almacén, y eso nos confirmó que esperaba algo más que una entrega de material quirúrgico.
—Se mueve —dije por el walkie-talkie—. Todos en posición. No se acerquen hasta que tengamos la transacción en vídeo.
Vila entró. Esperamos diez minutos eternos, con el sudor resbalando por mi espalda bajo la camisa. Entonces salió. Y no estaba solo. Dos tipos corpulentos lo flanqueaban, y uno de ellos llevaba una maleta que brillaba metálica bajo la luz grisácea de la mañana.
—Eso es —susurró Valeria—. Ahí está la mercancía.
Pero algo salió mal. No supimos qué, quizás un olfato criminal desarrollado durante años en la calle, pero uno de los tipos miró directamente hacia nuestro coche. Sus ojos se encontraron con los míos durante una fracción de segundo, y supe que nos habían descubierto.
—¡Se han dado cuenta! —grité—. ¡Ahora!
Los motores rugieron simultáneamente. Vila y sus acompañantes corrieron hacia un todoterreno negro aparcado en la esquina. Nosotros arrancamos en persecución, con Valeria pisando el acelerador con una determinación que conocía demasiado bien.
La persecución atravesó Valencia como un cuchillo caliente.
Giramos por la Avenida del Cid, esquivando el tráfico matutino, con el todoterreno adelantando por el arcén, levantando polvo y gritos de los peatones.
Valeria conducía con la precisión de quien había hecho esto cien veces, pero yo podía ver la tensión en su mandíbula, el modo en que sus nudillos se blanqueaban agarrando el volante.
—¡Iván, corta por la Gran Vía! —ordené por la radio—. ¡Sergio, bloquea la salida del puente!
Pero Vila no era amateur. Conocía la ciudad, o tenía un GPS con rutas de escape porque giró de repente, violento, entrando en una calle estrecha del barrio de Nazaret que apenas permitía el paso de un coche.
Valeria dudó un segundo, ese segundo fatal, y cuando aceleró para seguirlos, el todoterreno había desaparecido.
—¡Mierda! —golpeé el salpicadero—. ¡Dónde están?
Los encontramos tres calles después. Habían chocado contra un contenedor de basura, abandonado en diagonal, con las puertas abiertas y el motor aún en marcha. Vila y los otros dos salían corriendo a pie, dispersándose por las calles como cucarachas cuando se enciende la luz.
—¡A pie! —grité, abriendo la puerta antes de que el coche se detuviera por completo—. ¡Valeria, contén la zona! ¡Iván, conmigo!
Corrí. Mis piernas se movían con la memoria muscular de años de entrenamiento, pero llevaba el chaleco pesado y la pistola enfundada en el costado, y eso me ralentizaba. Iván iba a mi izquierda, jadeando, con su figura delgada contrastando con mi corpulencia.
Vila giró por un callejón. Lo seguimos. Era un pasaje estrecho entre dos edificios de ladrillo visto, húmedo, resbaladizo por la niebla marina que se colaba desde el puerto. El suelo estaba lleno de grasa y basura, y cuando Vila tropezó con una caja de cartón, pensé que lo teníamos.
Pero se levantó rápido. Demasiado rápido. Y cuando giró, vi el destello metálico en su mano.
—¡Arma! —grité, deteniéndome, buscando cobertura.
El disparo resonó en el callejón como un trueno.
Iván se tiró al suelo, a salvo. Yo me giré, intentando alcanzar mi propia arma, pero el segundo disparo llegó antes.
Sentí el impacto antes que el dolor, una fuerza brutal que me empujó hacia atrás, contra la pared húmeda del edificio.
Mi hombro izquierdo explotó en fuego, y luego el dolor llegó, cegador, intenso, como si alguien me hubiera clavado un hierro candente en la carne.
—¡Eloy! —El grito de Iván sonó lejano, como bajo el agua.
Caí. Mis piernas cedieron y me deslicé por la pared hasta sentarme en el suelo sucio.
Sentía el calor de la sangre empapando mi camisa, el chaleco rasgado por la bala que había entrado por un ángulo desafortunado, justo donde no protegía suficiente.
Vila corrió, desapareciendo al final del callejón, y yo intenté levantarme, pero el mundo giraba.
—Quédate quieto, joder —dijo Iván, arrodillándose a mi lado, presionando su mano contra mi herida—. Valeria, ¡necesitamos una ambulancia ya! ¡Eloy está herido!
Quise decir que estaba bien, que solo era un rasguño, pero cuando intenté hablar, la sangre subió por mi garganta y tosí, manchando mi mano de rojo. El dolor se intensificó, pulsante, y sentí que la conciencia se me escapaba en oleadas.
—No te duermas, tío —decía Iván, golpeándome suavemente la mejilla—. Mírame. Mírame, Eloy.
Pero todo se volvía borroso. Las voces se mezclaban. Oí a Valeria gritando órdenes, el sonido de sirenas aproximándose, el zumbido del walkie-talkie. Y luego, nada.
Desperté en movimiento. El techo de la ambulancia se balanceaba sobre mí, blanco y estéril, con luces que me hacían daño en los ojos. Una voz femenina, profesional, hablaba de presión arterial y pérdida de sangre. Intenté moverme, pero un dolor agudo me atravesó el hombro y gemí.
—No se mueva, agente —dijo la voz—. Estamos llegando. Va a estar bien.
—¿Dónde…? —Mi voz sonó áspera, extranjera.
—Clínica Nova —respondió ella—. Es el centro más cercano con cirugía de urgencias. Dos minutos.
Clínica Nova.
A pesar del dolor, a pesar de la sangre que sentía pegajosa en mi piel, sentí una risa amarga formándose en mi garganta.
La ironía era demasiado cruel, demasiado perfecta.
Perseguía a un enfermero de la Nova por corrupción y terminaba siendo operado en la misma clínica donde él trabajaba. Y donde trabajaba ella.
Amelia.
La ambulancia se detuvo con un chirriar de frenos.
Las puertas se abrieron de golpe, y el aire fresco de la mañana me golpeó la cara, mezclado con el olor a desinfectante y a miedo.
Me sacaron en la camilla, y vi el techo de la entrada de urgencias pasar sobre mí, las luces fluorescentes, las caras preocupadas de médicos y enfermeros que se acercaban corriendo.
—Herido por arma de fuego en el hombro izquierdo —decía la paramédica—. Pérdida significativa de sangre. Estable pero confuso.
Y entonces la vi.
Amelia.
Estaba allí, con el uniforme azul de urgencias, con el pelo recogido en una coleta despeinada, con los ojos enormes y llenos de terror al reconocerme. Corrió hacia la camilla, apartando a una enfermera con un gesto brusco que nunca le había visto hacer.
—Eloy —dijo, y su voz temblaba—. Dios mío, Eloy.
Intenté sonreír, pero el dolor me cortó la respiración. Ella estaba allí, real, tangible, con las manos ya manchadas de mi sangre porque se había agarrado al borde de la camilla.
—Tú otra vez —logré decir, y mi voz sonó ronca, lejana—. Siempre… siempre acabo… en tus manos.
—No hables —ordenó, y era la enfermera la que hablaba ahora, no la mujer que amaba—. Marcos, necesitamos quirófano ya. Vascular comprometido. Vamos, moveos.
No recuerdo cómo llegué al box. Solo recuerdo su cara sobre la mía, sus ojos marrones llenos de lágrimas contenidas, su voz firme a pesar del miedo.
—Vas a estar bien —decía, una y otra vez, como si fuera un mantra—. Me oyes, Eloy. Vas a estar bien. No te atrevas a dejarme.
—No… —susurré—. No me voy… a ninguna parte.
Y luego el dolor se intensificó, y alguien me puso una máscara de oxígeno, y la oscuridad volvió a llevarse todo.
La última imagen que tuve antes de perder el conocimiento fue la suya. Amelia. Con el uniforme manchado de mi sangre, con las manos temblando mientras me sujetaba la cara, con la boca formando palabras que ya no podía oír.
Pero sabía qué decía.
Me amaba.
Y mientras el quirófano se preparaba, mientras los médicos se afanaban a mi alrededor, supe que sobreviviría. No por mí. No por Mateo, aunque él era mi razón de ser.
Sobreviviría por ella.
Porque había encontrado a Amelia en el lugar más inesperado, en el momento más inoportuno, y no estaba dispuesto a dejarla ir. Ni ahora. Ni nunca.
La oscuridad me envolvió, pero esta vez no tenía miedo.
Ella estaba ahí.
Y eso era suficiente.