Capítulo 19
Eloy
Tres días. Habían pasado tres días desde que había despertado en casa de Amelia, con su cuerpo cálido pegado al mío y la luz del martes filtrándose entre las cortinas de su habitación.
Tres días desde que, antes de que el sol terminara de salir, nos habíamos perdido otra vez en la pasión, con la urgencia de quienes saben que el tiempo se acaba y el mundo exterior espera.
La había tomado de nuevo con la misma intensidad salvaje de la noche anterior, esta vez más lento, más profundo, memorizando cada gemido, cada contracción, cada forma en que su piel se erizaba bajo mis manos.
Después, desayunamos juntos en su cocina, tostadas con mermelada de naranja que ella decía que hacía su madre, café demasiado fuerte que nos obligó a reírnos y besos robados entre cucharadas, antes de que me marchara, dejándola en la puerta con el pelo revuelto y una sonrisa que me acompañó durante todo el camino a casa.
Y ahora, tres días después, estaba sentado en mi cocina frente a Mateo, intentando explicarle los misterios del universo adulto mientras él me miraba con la expresión de quien ya ha resuelto todos los problemas y solo espera que los mayores pillemos la pista.
—Papá —dijo Mateo, dejando la cuchara en el plato de cereales con un gesto teatral—, he estado pensando. Y he llegado a una conclusión.
—¿Cuál, campeón? —pregunté, bebiendo mi café y escondiendo una sonrisa. Cuando Mateo usaba ese tono, solía venir alguna perla de sabiduría infantil.
—Amelia debería convertirse en tu novia —declaró, con total seriedad—. Oficial. Con anillo y todo. Como en las películas.
Me atraganté con el café. Tosí durante unos segundos, mientras Mateo me observaba con paciencia, como si estuviera esperando a que el adulto incompetente recuperara la compostura.
—Mateo, los adultos no funcionan así —dije finalmente, limpiándome la boca con la servilleta—. Una no se hace novia de alguien por decreto. Hay que… hay que conocerse, pasar tiempo juntos, ver si encajan…
—Ya os conocéis —interrumpió, con lógica aplastante—. Y encajáis. Yo lo veo. La tía Valeria también lo ve.
—La tía Valeria no ve nada.
—Claro que sí, es policía y lo ve todo, como tú —insistió Mateo—. Papá, Amelia tiene que ser oficial. Quiero decirle a Lucas que mi papá tiene novia, y que es la mejor enfermera del mundo, y que me curó el brazo cuando era un superhéroe herido.
Intenté explicarle que Amelia no era mi novia exactamente, que estábamos…
que estábamos saliendo, que nos gustábamos, que había algo entre nosotros que era importante pero difícil de etiquetar.
Usé palabras como «relación», «conocernos mejor», «tomarnos el tiempo necesario».
Mateo me escuchó con atención, asintiendo en los momentos adecuados, y cuando terminé mi discurso sobre la complejidad de los vínculos adultos, suspiró con una exasperación que habría sido ofensiva si no fuera tan adorable.
—Pues vosotros sois un poco tontos —dijo, encogiéndose de hombros y volviendo a sus cereales—. Yo ya lo tengo claro. Y ella también. Y tú eres el único que se hace el misterioso. Mañana deberías pedirle que sea tu novia. A ver qué dice.
—Mateo…
—No me interrumpas, papá. Estoy comiendo.
El teléfono sonó en ese momento, salvándome de tener que continuar una conversación que estaba perdiendo por paliza. Era un número desconocido, pero la etiqueta en la pantalla decía «Central». Respondí de inmediato, dejando a Mateo con su misión de desayunar y conquistar el mundo.
—Castellanos —respondí, cambiando automáticamente al tono profesional.
—Eloy, soy Sergio —la voz de mi compañero sonaba tensa, cargada de esa gravedad que solo usamos cuando las cosas se ponen feas—.
Tenemos un problema. El testigo del caso Nova, el contable de la empresa proveedora…
alguien lo está siguiendo. Mi equipo lo ha detectado esta mañana.
Dos tipos en un coche negro, cambiando de calle cada vez que él gira. Profesionales.
Sentí que el estómago se me encogía. La investigación sobre los desvíos de medicamentos y la filtración de datos en la Clínica Nova llevaba semanas avanzando en la sombra, y ahora alguien movía fichas. Alguien que tenía mucho que perder.
—¿Dónde está ahora? —pregunté, levantándome de la mesa y señalando a Mateo que terminara de desayunar.
—En comisaría, protegido. Pero Eloy… —Sergio hizo una pausa—… han dejado un mensaje en su coche. Una foto. De la enfermera.
El corazón me dio un vuelco. Amelia.
—Estoy en camino —dije, colgando antes de que pudiera responder.
Diez minutos después, después de dejar a Mateo en casa de una vecina que nos hacía favores de emergencia con promesas de helado y videojuegos para compensar el cambio de planes, estaba en la comisaría, frente a Valeria, con la tensión vibrando entre nosotros como una cuerda de guitarra a punto de romperse.
—Cuéntamelo todo —dije, dejando caer la carpeta sobre su mesa.
Valeria me miró con esos ojos azules que usaban para evaluar escenas de crimen. Llevaba el pelo recogido en una coleta severa y una camiseta negra de la policía que hacía juego con su expresión.
—El testigo, Rodríguez, estaba en su casa preparándose para venir a declarar —empezó, abriendo un archivo en su ordenador—.
Cuando salió al coche, encontró una fotografía en el asiento del copiloto.
Es Amelia, Eloy. Entrando a la clínica esta mañana.
Tomada desde lejos, con teleobjetivo. Y una nota: «Cállate o hablamos con ella».
Sentí que la sangre se me helaba en las venas. Alguien sabía que yo estaba involucrado con ella. Alguien la estaba usando como moneda de cambio.
—¿Quién demonios…? —empecé, pero Valeria levantó la mano.
—Hay más —dijo, y su tono cambió, se volvió más suave—.
Tenemos nuevas pruebas. Movimientos bancarios, registros de acceso a la base de datos de la clínica.
Sabemos que hay alguien dentro de la Nova colaborando con la red de desvíos, pero aún no sabemos quién.
Podría ser cualquiera con acceso nivel tres o superior.
—¿Y Amelia? —pregunté, con la voz ronca—. ¿Dónde la colocas en todo esto?
Valeria suspiró. Se recostó en su silla y me miró con una mezcla de compasión y determinación.
—Está limpia, Eloy —dijo, sin dudar—. Amelia no tiene nada que ver. Ni Carolina tampoco.
—¿Cómo puedes estar tan segura? —exigí, y mi tono salió más agresivo de lo que pretendía—. Hace dos semanas me decías que no confiara en nadie. ¿Y ahora de repente Amelia es santa?
Valeria sonrió, pero no fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de quien sabe algo incómodo.
—Las he investigado —dijo, simplemente—. A ambas. Acceso a sus historiales, movimientos bancarios, antecedentes. Nada. Cero. Son limpias como el cristal.
—¿Has qué? —El enfado me invadió de golpe—. ¿Has investigado a Amelia? ¿Sin decirme nada? ¿Sin preguntarme?
—Ya sabes que me gusta saber todo de la persona con la que follo —respondió Valeria, encogiéndose de hombros con total naturalidad—. Y eso, ahora que tú has vuelto al mercado de los hombres disponibles, se extiende a ti. No puedo dejar que mi mejor amigo se meta en líos con una sospechosa, ¿verdad?
La miré con los ojos desorbitados, procesando sus palabras. Valeria y Carolina. Claro. Todo encajaba.
—Me alegro de saber que follas con alguien —dije, intentando mantener la calma—. Aunque no necesitaba esa información visual.
—No es visual, es práctica —corrigió ella, y por primera vez en la conversación, sonrió de verdad—. Y me alegra que te alegres. Carolina es… bueno, es complicada. Intensa. Pero buena. Como Amelia, supongo. Aunque Amelia parece más dulce. Menos propensa a romperle la nariz a un tipo en un bar.
—Carolina hace eso?
—Solo una vez. Y se lo merecía.
Negué con la cabeza, intentando volver al tema importante, aunque la revelación sobre Valeria y Carolina me distraía. Mi mejor amiga y la mejor amiga de Amelia. El universo tenía un sentido del humor retorcido.
—¿Y estás segura de que Amelia no sabe nada? —pregunté, volviendo a la carga—. ¿Que no está involucrada ni siquiera sin saberlo?
—Segurísima —dijo Valeria, y su tono se volvió serio—. Pero eso no significa que esté a salvo. Alguien sabe que te importa. Alguien la está usando como palanca contra ti, contra el testigo. Y eso la convierte en objetivo, Eloy. Quieran o no.
—Joder —susurré, pasándome las manos por el pelo—. Joder, Valeria.
—Lo sé —dijo ella, suavizando la voz—. Pero hay algo más. Carolina y Amelia son como hermanas, ¿crees que no se lo contarán todo? Cualquier día hacemos una comida o cena de cuñados, y tendremos que hablar de protección, de precauciones. Porque si alguien se atreve a tocar a Amelia…
—No llegará a eso —interrumpí, con una ferocidad que me sorprendió a mí mismo—. No dejaré que le pase nada.
Valeria asintió, y en su mirada vi algo que no supe interpretar del todo. Orgullo, quizás. O preocupación.
—Entonces protégela —dijo—. Pero hazlo sabiendo que el caso se ha complicado. Que alguien dentro de esa clínica está dispuesto a todo. Y que tu relación con ella… —hizo una pausa—… tu relación con ella es ahora una vulnerabilidad. Para ambos.
Cuando colgué, cuando salí de la comisaría y me quedé en el aparcamiento bajo el sol cegador de la mañana, sentí que el peso del mundo caía sobre mis hombros.
No era solo el caso ahora. No eran solo los medicamentos desviados o los datos robados.
Era ella. Amelia. La mujer que había despertado en mí sentimientos que creía muertos, que estaba durmiendo en mi corazón con una naturalidad que me asustaba.
Y ahora alguien la había convertido en objetivo. Alguien la había fotografiado, la había amenazado indirectamente. Alguien sabía que la quería, y estaba dispuesto a usar eso en su contra.
Saqué el teléfono y busqué su nombre. Quería llamarla, advertirle, protegerla.
Pero ¿cómo le explicaba que nuestra relación, este amor que apenas empezaba a florecer, ahora la ponía en peligro?
¿Cómo le decía que tenía que tener cuidado, que no podía ir sola por la calle, que su vida había cambiado porque yo la había elegido?
Pensé en Mateo, en su plan de hacerla mi «novia oficial». Pensé en la foto que habían dejado en el coche del testigo, en la forma en que alguien la observaba desde las sombras. Y sentí miedo. Miedo real, profundo, por primera vez en años. No por mí. Por ella.
Guardé el teléfono sin llamar. Necesitaba un plan. Necesitaba protegerla sin asustarla, sin alejarla, sin destruir lo que estábamos construyendo. Necesitaba ser policía y hombre al mismo tiempo, y no sabía si podía.
Miré hacia el cielo, hacia ese azul intenso de Valencia que contrastaba con la oscuridad de mis pensamientos.
Lo siento, Amelia, pensé, aunque ella no pudiera oírme. Lo siento por arrastrarte a esto. Pero te prometo que no te dejaré caer.
Y mientras volvía al coche, con el corazón pesado y la mente acelerada, supe que la noche que pasamos juntos, esa pasión desbordante que habíamos compartido, ahora era lo único que me mantenía cuerdo. Porque alguien la quería dañar, y yo estaba dispuesto a todo para evitarlo.
Todo.