Mi enfermera favorita Capítulo 18
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Capítulo 18

Eloy

Cerré la puerta de su casa con una intimidad que solo se reserva para los momentos en los que sabes que la noche va a cambiarte para siempre.

El sonido de la cerradura al encajar resonó en el silencio del recibidor, y por un segundo nos miramos, Amelia y yo, parados en ese espacio reducido entre el mundo exterior y el santuario de su vida privada.

Ella sonreía, nerviosa pero audaz, con el vestido negro que ya se había convertido en mi obsesión y los labios aún hinchados por los besos del callejón.

—¿Whisky? —preguntó, y su voz temblaba apenas, no de miedo, sino de esa anticipación eléctrica que precede a la tormenta—. Tengo una botella que me regaló mi padre. Dice que es para ocasiones especiales.

—Esta es una ocasión especial —respondí, y mi voz sonó más grave de lo normal, cargada de todo lo que estaba sintiendo.

La seguí hasta el salón. La casa de Amelia era exactamente como ella: cálida, acogedora, con pequeños detalles que hablaban de su personalidad.

Plantas en todas las ventanas, fotografías familiares enmarcadas en madera clara, una manta de punto sobre el sofá que parecía hecha para envolver.

Pero no tenía ojos para nada más que para ella.

La observé mientras servía el whisky en dos vasos bajos, el movimiento de su cintura al inclinarse, la curva de su cuello expuesto, y sentí que la necesidad de tocarla me estaba consumiendo desde dentro.

Me entregó el vaso. Nuestros dedos se rozaron, y fue como si alguien hubiera cerrado un circuito eléctrico. Los dos bebimos, sin apartar la mirada, y el licor quemó mi garganta con una dulzura que contrastaba con el fuego que sentía en el pecho.

—Ven aquí —dije, y no fue una petición, fue una orden suave, cargada de deseo.

Amelia se acercó un paso, luego otro, hasta que estuvo a centímetros de mí.

Podía oler su perfume, algo floral, pero con un fondo terroso que me volvía loco.

Podía ver el latido de su pulso en el cuello, acelerado, desbocado.

Y cuando levantó la vista para encontrarse con mis ojos, me perdí en ella.

En esos ojos marrones que parecían líquidos en la penumbra del salón, profundos, infinitos, llenos de confianza y de entrega.

—Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida —dije, y era la verdad pura, sin adornos—. Y no solo por fuera. Es la forma en que me miras. Como si viera algo que ni siquiera yo sabía que existía.

—Muéstrame —susurró ella—. Muéstrame todo lo que eres, Eloy.

Fue la chispa que encendió el incendio.

Dejé caer el vaso sobre la mesa de centro, ni siquiera me importó si se derramaba, y la tomé en mis brazos con una fuerza que la sorprendió y la excitó a la vez.

La besé, y esta vez no hubo suavidad, no hubo tiento.

Fue un beso de conquista, de posesión, de necesidad primaria.

Mis labios se movieron sobre los suyos con una voracidad que no podía controlar, mientras mis manos bajaban por su espalda, encontrando la cremallera de su vestido y bajándola con una eficiencia nacida de la desesperación.

—Dios, Amelia —gruñí contra su boca, sintiendo cómo el vestido caía al suelo, dejándola en ropa interior—. Te deseo tanto que me duele.

—Entonces deja de sufrir —respondió ella, y sus manos tiraron de mi camisa, desabrochando los botones con dedos temblorosos pero decididos—. Tómate lo que es tuyo.

La camisa voló a algún rincón del salón.

La abracé contra mí, sintiendo su piel desnuda contra la mía, y gemimos al unísono ante el contacto.

La llevé hacia atrás, hasta que sus piernas chocaron contra el sofá, y la empujé suavemente para que se sentara.

Se quedó allí, mirándome con los ojos brillantes, con el pecho subiendo y bajando agitadamente, y la visión de ella, semidesnuda, expuesta y deseosa, fue la imagen más erótica que había presenciado jamás.

Me arrodillé frente a ella, entre sus piernas, y empecé a besar su interior de muslos, subiendo lentamente, saboreando su piel, mientras ella se arqueaba contra el respaldo del sofá, gimiendo mi nombre una y otra vez.

Cuando llegué al borde de su braguita de encaje, la miré a los ojos, pidiendo permiso sin palabras.

Ella asintió, mordiéndose el labio, y la despojé de la prenda con un tirón suave.

La besé allí, en su centro, y su grito resonó en el salón.

Era un sonido de abandono total, de placer intenso, y me alimenté de él como si fuera mi sustento.

Usé mi lengua para dibujar círculos en su clítoris, introduje dos dedos dentro de ella, sintiendo cómo se contraía a mi alrededor, cómo su humedad me invitaba a seguir.

Ella agarró mi pelo con fuerza, moviendo las caderas contra mi boca, buscando más fricción, más profundidad.

—Eloy, por favor… —rogó, con la voz entrecortada—. No puedo más… necesito sentirte…

No necesitaba más invitación. Me levanté, me desabroché los pantalones con movimientos torpes, frenéticos, y saqué mi erección, dura como el acero, palpitante de necesidad.

La tomé de las muñecas y la atraje hacia mí, haciéndola ponerse de rodillas sobre el sofá, de espaldas a mí.

La penetré de una sola embestida profunda, y ambos gritamos al unísono, conectados en la carne y en el alma.

—Joder, estás tan apretada… —gruñí, agarrando sus caderas con fuerza—. Tan perfecta…

La tomé con una intensidad salvaje, sin piedad, pero con infinita ternura.

Cada embestida la empujaba contra el respaldo del sofá, y ella se agarraba a él, arqueando la espalda, ofreciéndome más de sí misma.

El sonido de nuestras carnes chocando llenaba el salón, mezclado con nuestras respiraciones agitadas y los gemidos que no podíamos contener.

—Más fuerte —pidió ella, y su voz era un lamento de necesidad—. No me trates con cuidado, Eloy. Fóllame de verdad.

La obedecí. La penetré con una fuerza que nos hacía resbalar en el sofá, una y otra vez, perdiéndome en la sensación de estar dentro de ella, de ser parte de ella.

Sentía que me estaba volviendo loco, que cada embestida me acercaba más al borde, pero no quería terminar todavía.

Quería prolongar esto, hacerla sentir todo lo que sentía yo, esta pasión desbordante que nos consumía.

—Córrete —ordené, alcanzando alrededor de su cuerpo para frotar su clítoris mientras seguía moviéndome dentro de ella—. Hazlo, preciosa. Córrete.

El orgasmo la atravesó como un relámpago. Se contrajo violentamente a mi alrededor, apretándome con una fuerza que me arrastró con ella. Gritó mi nombre, una y otra vez, mientras yo me vaciaba dentro de ella con un gemido que sonó a liberación absoluta, a entrega total.

Pero no habíamos terminado. Ni mucho menos.

La saqué del sofá, todavía temblando, todavía conectados, y la llevé en brazos hacia el pasillo. Necesitaba más. Necesitaba sentirla de otras formas, en otros lugares. Encontré una pared en el pasillo, entre el salón y lo que supuse que sería su habitación, y la apoyé contra ella.

—Otra vez —dije, y era una demanda, una promesa—. Quiero sentirte otra vez.

La levanté, haciendo que envolviera mis caderas con sus piernas, y la penetré de nuevo, desde abajo, en una posición que nos permitía mirarnos a los ojos. Estaba profundo, tan profundo que ella jadeó, con los ojos muy abiertos, con las uñas clavadas en mis hombros.

—Mírame —ordené, moviéndome lentamente, intensamente—. No cierres los ojos. Quiero verte cuando te corras.

Así la tomé, contra la pared, con mis manos sujetando sus muslos y mi boca devorando la suya.

Era una danza primitiva, animal, dos cuerpos que buscaban la fusión total.

La fricción de la pared contra su espalda, el sonido de mi nombre en sus labios, la humedad de nuestros cuerpos uniéndose…

todo se combinaba en una sinfonía de sensaciones que me estaba volviendo adicto.

—Otra vez… —gimió ella—. Estoy cerca otra vez…

—Espera —dije, reduciendo el ritmo, torturándola, torturándome—. Espera un poco más. Quiero sentir cómo te deshaces.

Cuando finalmente la dejé caer sobre el borde del orgasmo, fue explosivo.

Se corrió con una intensidad que la hizo llorar, literalmente, lágrimas de placer que resbalaban por sus mejillas mientras yo seguía moviéndome dentro de ella, buscando mi propia liberación, que llegó segundos después, arrastrándome a un vacío perfecto de placer absoluto.

Pero aún no habíamos acabado.

La llevé a su habitación, todavía unidos, todavía besándonos, y la dejé caer sobre la cama.

La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando su cuerpo desnudo, brillante por el sudor, y tuve que detenerme un segundo para memorizar esa imagen: Amelia, extendida en las sábanas, mirándome con deseo renovado, con amor ya, aunque ninguno de los dos hubiera dicho la palabra todavía.

—Ven aquí —susurró ella, extendiendo los brazos.

Me tendí sobre ella, apoyándome en los codos para no aplastarla, y empezamos de nuevo.

Esta vez fue diferente, más lento, más profundo.

La penetré con movimientos largos, pausados, sintiendo cada centímetro de su interior, cada contracción, cada jadeo.

Besé su cuello, sus pechos, su vientre, mientras ella se movía contra mí con una cadencia perfecta, como si lleváramos toda la vida haciendo el amor.

—Eres mía —susurré contra su oído, y era una afirmación, una promesa, una verdad—. Esta noche, mañana, siempre.

—Sí —respondió ella, arqueándose contra mí—. Lo soy.

El tercer orgasmo, o quizás fue el cuarto, ya había perdido la cuenta, nos pilló por sorpresa, llegando juntos en una ola de placer compartido que nos dejó temblando, agotados, completos.

Nos quedamos así, abrazados, con mi cuerpo todavía dentro del suyo, sin querer separarnos. El sudor nos enfriaba lentamente, y el silencio de la noche nos envolvió como una manta.

Después de un tiempo que no pude medir, minutos, quizás horas, salí de ella suavemente y me recosté a su lado, atrayéndola contra mi pecho. Ella se acomodó en el hueco de mi brazo, con la mejilla apoyada sobre mi corazón, y sentí cómo su respiración se volvía lenta, regular, pesada.

Le besé el cuello, saboreando el sabor salado de su piel, el latido de su yugular que ya se calmaba. Estaba quedándose dormida en mis brazos, y la sensación de tenerla así, vulnerable y satisfecha, me llenó de una ternura que contrastaba con la pasión salvaje que acabábamos de compartir.

—Te quiero —susurré, y fue la primera vez que lo decía en voz alta, aunque ella ya no pudiera oírme, sumida en el sueño—. Te quiero, Amelia. Con todo lo que soy y todo lo que seré.

Cerré los ojos, escuchando su respiración, sintiendo el peso reconfortante de su cuerpo contra el mío, y pensé en lo lejos que había llegado.

Desde el padre viudo que creía que el amor no era para él, hasta este hombre que ahora tenía a su mujer dormida en los brazos, sintiendo que finalmente, después de años de soledad, había encontrado mi hogar.

Y mientras el sueño me vencía, arrastrándome hacia un descanso profundo y sin pesadillas, supe que mañana, y pasado, y todos los días venideros, quería despertarme así. Con ella. Con nosotros.

Finalmente, estaba en casa.