Capítulo 17
Amelia
El martes por la noche, cuando terminé mi turno de doce horas en la clínica, no me fui directamente a casa.
En cambio, me metí en el baño de los médicos, que estaba vacío, por suerte, y saqué de mi bolsa el vestido que había guardado esa mañana con la esperanza de que nadie lo viera ni hiciera preguntas incómodas.
Era un vestido negro sencillo, de esos que se adaptan al cuerpo sin apretar demasiado, con un escote discreto pero elegante.
Me lo puse encima de la ropa de trabajo, me solté el pelo de la coleta que llevaba desde las seis de la mañana, y me apliqué un poco de rímel y un labial rojo que Carolina me había regalado diciendo que era «para emergencias románticas».
Me miré en el espejo. La mujer que me devolvió la mirada parecía otra. No solo porque llevaba otra ropa, sino porque había algo en sus ojos que no veía desde hacía años: nerviosismo, sí, pero también ilusión. Ganas. Esa sensación de que la noche podía traer algo mágico.
Cuando salí del baño, Carolina estaba apoyada en la pared del pasillo, con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción que me hizo sospechar que me había estado espiando.
—Vaya, vaya —dijo, mirándome de arriba abajo—. Así que es verdad. La cita oficial.
—Cállate —susurré, sintiendo que me ruborizaba—. Y no le digas a nadie que me he cambiado en el baño de los médicos.
—Tu secreto está a salvo conmigo —dijo, acercándose para ajustarme un mechón de pelo que se había revelado—.
Pero déjame decirte una cosa, Amelia Vidal: estás preciosa.
Y no solo por el vestido. Es la cara que pones cuando vas a ver a ese policía.
Esa cara no la tenías ni cuando te casaste con el imbécil de tu ex.
—Carolina…
—Es un cumplido —interrumpió, dándome un beso en la mejilla—. Ve. Y por favor, diviértete. Y si te ofrece postre, di que sí. Y si te ofrece su casa… también di que sí. Vives sola, nadie te juzga.
—Eres insoportable —dije, pero sonreía.
—Y tú estás enamorada —replicó ella, empujándome hacia la salida—. Ahora vete antes de que llegue algún urgente y te manche el vestido con sangre.
Llegué al restaurante cinco minutos tarde, lo que me pareció un retraso elegante, no descortés.
Eloy estaba esperando fuera, apoyado en la pared de piedra del edificio, con un blazer azul marino sobre una camisa blanca y vaqueros oscuros.
Cuando me vio, su expresión cambió. Fue como ver cómo se encendía una luz dentro de él, lenta y brillante.
—Estás… —empezó, y se detuvo, buscando la palabra.
—¿Limpia? —bromeé, acercándome—. He tenido cuidado de no mancharme en el trabajo.
—Preciosa —dijo, y su voz sonó ronca, sincera—. Estás preciosa, Amelia.
Me besó la mejilla, y sentí el olor de su colonia, algo terroso y cítrico a la vez, que me hizo querer acercarme más.
Entramos juntos al restaurante, un lugar pequeño y acogedor en el barrio del Carmen, con mesas de madera oscura y velas encendidas en tarros de cristal.
Había reservado una mesa en la esquina, lejos del bullicio, y cuando nos sentamos frente a frente, con las rodillas rozándose accidentalmente debajo de la mesa, sentí que el mundo exterior se desvanecía.
—Mateo se ha quedado con Valeria —dijo Eloy, mientras mirábamos la carta—. Han ido al cine otra vez. Mi hijo está convencido de que necesita ver la película tres veces para entenderla bien. Valeria dice que es una excusa para comerse tres cubos de palomitas.
—Valeria es una santa —comenté, sonriendo—. Yo no aguantaría ver la misma película tres veces ni por un millón de euros.
—Ella dice que es «entrenamiento de resistencia policial». Que, si puede aguantar a Mateo durante dos horas de explosiones y diálogos ridículos, puede aguantar cualquier interrogatorio.
Pedimos. Yo elegí una ensalada de burrata y tomate, y él unos langostinos al ajillo. Y una botella de vino blanco, frío, que el camarero descorchó con una elegancia que me hizo sentir que estábamos en una película francesa de los años cincuenta.
—Entonces —dije, cuando el vino llenó nuestras copas—. Esto es una cita de verdad. Sin niños, sin escayolas, sin urgencias.
—Sin dragones de tubería —añadió él, levantando su copa—. Por nosotros. Por esta noche.
Brindamos, y el sonido de las copas cristalinas resonó entre nosotros como una promesa.
La conversación empezó ligera. Hablamos de cosas sin importancia: del tiempo que hacía, de la última serie que había visto Mateo y que ahora quería ser «un ninja abogado», de cómo Carolina y Valeria habían empezado a quedar los domingos para jugar al pádel, aunque ambas juraban que odiaban el deporte.
—Creo que tu amiga y la mía están tramando algo —dije, mordiendo un tomate cherry—. Anoche Carolina me preguntó cómo era la casa de Eloy. Con demasiado detalle. Quería saber si tenías jardín, si la cocina era grande, si había espacio para… no sé, para un piano.
—Un piano —repitió Eloy, arqueando una ceja—. Valeria me preguntó si me importaría que «alguien» viniera a cenar algún día. Alguien con tatuajes y sentido del humor sarcástico.
—Oh, Dios —gemí, pero reía—. Creo que esas dos…
—Coincido.
El tono cambió. La ligereza se evaporó, dejando algo más denso, más intenso. Dejé el tenedor y lo miré, realmente lo miré, y vi en sus ojos verdes toda la ternura y el deseo que había estado conteniendo desde que nos conocimos.
—¿Cómo ha sido tu semana? —preguntó, bajando la voz—. Realmente, quiero decir. No la versión de «todo bien».
Suspiré. Era una de esas preguntas que requerían honestidad, y me di cuenta de que quería dársela. Quería que me conociera, realmente, con todas mis grietas.
—Difícil —admití—. Hemos tenido muchos ingresos.
Un accidente de moto el jueves, una señora mayor que se cayó en casa el viernes…
y ayer, un niño con apendicitis que llegó demasiado tarde.
Tuvimos que operar de urgencia, pero se recuperará.
Pero ver a la madre llorar, esperando en el pasillo… eso me destroza siempre.
Eloy asintió, y vi que entendía. No hizo eso que hacen algunos, de intentar arreglarlo o de decir que todo pasaría. Solo escuchó, con atención total, como si mis palabras fueran lo único importante en el mundo.
—Tú eres buena en eso —dijo finalmente—. En sentirlo todo. En no endurecerte. Es una de las cosas que más me gustan de ti.
—¿Qué más te gusta? —pregunté, y fue una pregunta audaz, coqueta, que hacía años no me atrevía a hacer.
Él sonrió, y fue una sonrisa lenta, peligrosa, que me hizo sentir expuesta y deseada a la vez.
—Me gusta cómo ríes. Como si no pudieras evitarlo, como si la risa te sorprendiera a ti misma.
Me gusta cómo tratas a Mateo, sin condescendencia, como si fuera una persona real, no solo un niño.
Me gusta cómo te quedas quieta cuando te toco, como si estuvieras memorizando la sensación.
Y me gusta… —se inclinó sobre la mesa, bajando más la voz—…
cómo te pones colorada cuando te digo cosas así.
Me llevé la mano a la mejilla, confirmando que, efectivamente, ardía.
—Eres terrible —dije, pero mi voz sonaba débil, sin convicción.
—Soy honesto —corrigió—. Y ahora te toca a ti. ¿Qué te gusta de mí?
Fue un desafío suave, una invitación a jugar. Y me di cuenta de que quería jugar. Que hacía años, desde el divorcio, que no me sentía así: ligera, divertida, deseada.
—Me gusta tu paciencia —dije, pensando en cada palabra—.
La forma en que nunca te enfadas con Mateo, aunque te pruebe los límites.
Me gusta que seas policía pero que no actúes como los policías de las películas, todo duro y sin emociones.
Me gusta que te hayas reído cuando Carolina te insultó aquella primera tarde en tu casa.
Y me gusta… —hice una pausa, mirándole directamente a los ojos—…
cómo me miras. Como si fuera la única mujer en el restaurante. En la ciudad. En el mundo.
El silencio que siguió estuvo cargado de electricidad. El camarero vino a retirar los platos, y ni siquiera nos dimos cuenta. Estábamos demasiado ocupados en nosotros, en esta burbuja que habíamos creado.
—¿Postre? —preguntó finalmente Eloy.
—Depende —dije, coqueteando descaradamente—. ¿Es para compartir?
—Para ti, lo que quieras.
Pedimos un tiramisú para dos, aunque en realidad comimos con los ojos más que con la boca, entre risas por la nata que se me quedó en el labio y que él intentó limpiarme con el pulgar, rozando mi boca con una intimidad que me hizo jadear.
Fue durante el café cuando las confesiones llegaron de verdad.
Hablamos de nuestros miedos. Él me contó que a veces despertaba sobresaltado, pensando que algo le había pasado a Mateo, que la responsabilidad de criarlo solo a veces le pesaba tanto que le costaba respirar.
Yo le hablé de la soledad que había sentido después del divorcio, de cómo había olvidado quién era yo cuando no estaba siendo «la ex de alguien» o «la enfermera de urgencias».
—Siento que estoy recuperando algo —dije, mirando el fondo de mi taza—. Una parte de mí que creía perdida. La que sabe flirtear, la que se ríe sin preocuparse, la que… —levanté la vista—… la que puede gustarle alguien sin miedo a que la rompan.
Eloy extendió la mano sobre la mesa y cogió la mía. Entrelazó nuestros dedos, acariciando mi palma con su pulgar en círculos lentos.
—Yo también estoy encontrando cosas —dijo—.
Partes de mí que había aparcado porque pensaba que no tenía derecho a sentirlas.
El deseo, por ejemplo. No solo el físico, aunque eso también…
—sonrió, y yo sentí que el calor subía por mi cuello—.
Sino el deseo de compartir. De tener a alguien con quien hablar al final del día. De no estar solo.
Eloy pagó, ya que insistió en hacerlo él, aunque yo intenté dividir la cuenta, y salimos a la calle.
El aire de la noche valenciana era cálido, cargado del olor a naranjas en flor y a vida nocturna.
Caminamos sin rumbo fijo, simplemente dejándonos llevar por las calles estrechas del Carmen, rozándonos los hombros, las manos buscándose en la oscuridad.
En un callejón tranquilo, iluminado solo por la luz de una farola antigua, Eloy se detuvo. Me giró hacia él, sujetándome suavemente por la cintura, y me miró con una intensidad que me quitó el aliento.
—He pasado la cena entera queriendo hacer esto —dijo, y su voz era un susurro ronco.
Y entonces me besó.
Fue un beso que empezó suave, casi tentativo, como si estuviéramos probándonos por primera vez.
Pero se fue intensificando, profundizando.
Sus labios se movieron sobre los míos con una urgencia contenida, una promesa de más.
Sentí su mano subir por mi espalda, enterrarse en mi pelo, mientras la otra me apretaba contra su cuerpo.
Sabía a vino y a algo indefinible que era solo él, y me perdí en esa sensación, en el calor de su piel, en la forma en que gemía suavemente cuando mordisqueé su labio inferior.
Fue intenso, sí, pero no fue explícito. Fue un beso de almas, de promesas, de «quiero conocerte todo». Cuando nos separamos, ambos jadeábamos, con las frentes apoyadas una contra la otra.
—Dios, Amelia —suspiró él—. Si sigues así, no voy a poder dejarte ir a casa sola.
—Entonces no me dejes —dije, y la audacia de mis palabras me sorprendió, pero no me arrepentí—. Ven conmigo. A mi casa. Mateo está con Valeria, ¿verdad?
—Hasta mañana por la mañana —confirmó, y vi cómo sus ojos se oscurecían de deseo.
—Entonces ven —repetí, cogiéndole de la mano—. Quiero que veas mi casa. Quiero… quiero estar contigo. De verdad.
No dijo nada. Solo asintió, y juntos caminamos hacia el coche, con las manos entrelazadas, con el corazón latiéndome tan fuerte que temía que se me fuera a salir del pecho.
Mientras conducíamos, puesto que él me seguía en su coche hasta mi casa, pensé en lo lejos que había llegado.
En cómo esa mujer que se miraba en el espejo del baño de la clínica, con el vestido negro y el corazón nervioso, había recuperado algo esencial.
La capacidad de arriesgarse, de desear, de ser deseada.
Y cuando llegamos a mi casa, cuando abrí la puerta y él entró detrás de mí, cerrándola con una intimidad que solo comparten quienes ya saben que algo importante está por suceder, supe que esta noche sería el principio de todo.
Porque por primera vez en años, no tenía miedo. Solo tenía ganas. Ganas de él, de nosotros, de todo lo que vendría después.