Mi enfermera favorita Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Era la complicidad. La forma en que Amelia sabía exactamente cuándo Mateo necesitaba que le limpiaran la barbilla sin que él lo pidiera.

La manera en que ella y yo nos mirábamos por encima de la cabeza del niño, compartiendo sonrisas de complicidad.

La naturalidad con la que ella se había convertido en el centro de nuestra mesa, de nuestro día, de nuestras vidas.

—¿Sabes qué, Amelia? —dijo Mateo de repente, con la boca llena de gofre—. Creo que deberías venir a todas las películas con nosotros. Siempre. Para siempre.

Amelia dejó el tenedor y me miró. Yo asentí, casi imperceptiblemente, dándole permiso para lo que fuera que estuviera pensando.

—Me encantaría —dijo ella, y su voz sonó sincera, profunda—. Pero primero tenemos que ver si vuestro papá aguanta mis críticas de cine. Soy muy exigente.

—Papá aguanta todo —afirmó Mateo, con total seguridad—. Es policía. Está entrenado para el sufrimiento.

Reímos los tres, y en esa risa hubo una promesa tácita, un acuerdo no dicho de que esto, nosotros, era real, era importante y merecía la pena.

Cuando acabamos la tarde, la llevamos a casa. En el coche, Mateo se durmió en su sillita, agotado por el azúcar y la emoción. Amelia se giró para mirarlo con ternura.

—Ha sido una tarde perfecta —dijo, con voz suave—. Gracias por distraerme. Mañana empiezo una jornada intensiva hasta el lunes por la mañana. Turnos largos, pocos descansos. Necesitaba esto.

—Nosotros también —dije, deteniendo el coche frente a su casa—. Te echaremos de menos estos días.

Bajé para acompañarla a la puerta. Mateo se había despertado lo justo para despedirse, y Amelia se agachó para recibir sus besos en ambas mejillas, abrazándolo fuerte.

—Portaos bien —dijo—. Y cuidad del seto. Que ya sabemos cómo se pone tu papá si no está perfecto.

—Te llamaré —prometí, cuando Mateo ya estaba de vuelta en el coche, distraído con su walkie-talkie de juguete.

Nos miramos, y en la penumbra del portal, con la luz de la luna iluminando su rostro, sentí que el tiempo se detenía.

Me incliné y la besé. Fue un beso suave, lento, lleno de todo lo que no habíamos dicho en voz alta todavía.

Cuando nos separamos, sus ojos brillaban, y sonreía con esa sonrisa que me volvía loco.

—¿Cenamos una noche esta semana? —pregunté—. Cuando termines tus turnos. Podemos ir a algún sitio sin Mateo, solo nosotros dos. O quedarnos en casa, lo que prefieras.

—Sí —respondió ella, sin dudar—. Llámame cuando sepas cuándo. Nos organizamos.

La besé de nuevo, esta vez con más intensidad, dejando que mis labios se demoraran en los suyos, memorizando su sabor. Cuando nos separamos, escuché la voz de Mateo desde el coche, abierto todavía.

—¡Papá! —llamó—. ¡Tenéis que hacer oficial que sois novios! ¡Que quiero presumir de novia de mi papá con mis amigos!

Ambos nos reímos, un sonido que rompió la tensión del momento. Amelia se llevó la mano a la boca, sonrojada, y yo negué con la cabeza, divertido y emocionado a partes iguales.

—Vete —dije, tocando su mejilla—. Antes de que mi hijo organice una boda improvisada aquí mismo.

—Hasta pronto —susurró, y entró en su casa, desapareciendo tras la puerta.

Me quedé un momento en el portal, procesando todo.

El sábado había sido perfecto. No porque la película fuera buena, no había visto ni un minuto, ni porque los gofres estuvieran deliciosos, sino porque ella estaba ahí.

Porque los tres encajábamos. Porque, por primera vez en años, sentía que mi familia estaba completa.

Cuando volví al coche, Mateo ya se había acomodado en su sillita, pero estaba despierto, observándome con esos ojos suyos que veían demasiado.

—¿Qué pasa, campeón? —pregunté, abrochándome el cinturón.

—Papá —dijo, con una seriedad que solo usaba para las cosas importantes—. Me gusta Amelia. Y la quiero mucho. ¿Sabes?

Sonreí, sintiendo que el corazón se me expandía en el pecho. Arranqué el coche y empecé a conducir hacia casa, mirándolo por el retrovisor.

—A mí también me gusta, campeón —dije, eligiendo las palabras con cuidado—. Mucho.

—Entonces deberías decirle que la quieres —afirmó Mateo, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Porque ella también te quiere. Lo sé. Se le pone cara de corazón cuando te mira.

No respondí inmediatamente. Pensé en lo que decía mi hijo.

«Querer». ¿Era demasiado pronto para decirlo?

Llevábamos apenas semanas, aunque pareciera que la conocía de toda la vida.

Pero sentía algo fuerte por ella, algo que trascendía el simple «gustar».

Era una necesidad de tenerla cerca, de protegerla, de construir algo con ella.

—Quizás sea un poco pronto para decir «te quiero», Mateo —dije finalmente—. Pero siento algo muy fuerte. Algo bueno.

—Eso es querer —sentenció el niño, y se acomodó en su asiento, satisfecho—. Ha sido una tarde de cine, y nunca mejor dicho, ¿verdad, papá?

Miré por el retrovisor, viendo su sonrisa, y pensé en Amelia, en su risa, en la forma en que había encajado en nuestras vidas como si siempre hubiera estado destinada a estar ahí.

—Sí, campeón —dije, con la voz ligeramente ronca por la emoción—. Ha sido una tarde de cine. Y nunca mejor dicho.

Y mientras conducíamos hacia casa, con el sol poniéndose sobre Valencia y pintando el cielo de colores imposibles, pensé que ojalá pudiéramos vivir muchas más tardes así. Los tres juntos. Construyendo algo que, por primera vez en años, sentía que podía durar para siempre.