Capítulo 16
Eloy
El sábado amaneció radiante, como si el cielo de Valencia hubiera decidido ponerse de acuerdo con mi estado de ánimo.
Desde que bajé a desayunar con Mateo, el niño no había cerrado la boca ni un solo segundo.
Estaba sentado en la mesa de la cocina, con las piernas colgando de la silla y una energía que contrastaba violentamente con mi necesidad de café, parloteando sin descanso sobre la película que íbamos a ver.
—Papá, es que hay un superhéroe nuevo —explicaba, gesticulando con las manos mientras intentaba untar mantequilla en una tostada sin derramarla—.
Es verde, pero no como el Hulk, que es verde enfadado.
Este es verde brillante, como una luciérnaga.
Y puede volar, pero no como Superman, que vuela recto.
Este hace loopings. ¿Sabes lo que son loopings? Como en las montañas rusas.
—Lo sé, campeón —respondí, sirviéndome el café y escondiendo una sonrisa tras la taza—. ¿Y estás seguro de que a Amelia le va a gustar? Parece muy… técnica.
—¡A Amelia le gusta todo! —exclamó Mateo, con esa certeza absoluta que solo tienen los niños de seis años—.
Además, hay una escena con un dragón. No un dragón malo, sino un dragón bebé.
Amelia ama a los dragones bebés. Lo sé porque una vez me lo dijo cuando hablábamos de Roberto, el dragón de la tubería.
Asentí, aunque mi mente ya había dejado de escuchar los detalles de la trama para perderse en el recuerdo de los últimos días.
Desde aquella noche en la playa, cuando Amelia había llorado en mis brazos y nos habíamos confesado nuestros miedos, algo había cambiado de forma definitiva.
No era solo el hecho de que hubiéramos cruzado esa línea invisible entre el deseo y el afecto profundo; era la constancia con la que ella se había instalado en nuestras vidas.
Los mensajes habían empezado al día siguiente.
Buenos días con fotos del amanecer desde la ventana de la clínica.
Mensajes de medio día preguntando si Mateo se había tomado la medicina para el estómago que le había recetado el médico.
Y, sobre todo, las llamadas de buenas noches.
No siempre largas, a veces apenas cinco minutos, pero suficientes para que Mateo se durmiera con la sonrisa puesta, escuchando su voz suave contando historias improvisadas sobre enfermeras valientes que salvaban dragones de las tuberías.
Esa conexión entre mi hijo y Amelia me desarmaba por completo.
No había celos, no había miedo a que reemplazara a María, eso ya lo había superado hacía tiempo, sino una gratitud tan profunda que me hacía sentir vulnerable.
Ver cómo Mateo la buscaba con la mirada cuando entrábamos en una habitación, cómo le contaba sus secretos, cómo reía con ella de una forma diferente, más libre quizás…
era como ver encajar una pieza de puzle que no sabía que faltaba.
—¿Papá? —La voz de Mateo me sacó de mis pensamientos—. ¿Me estás escuchando? Decía que necesito llevar mi camiseta de superhéroe, la que brilla en la oscuridad. Por si la película tiene partes oscuras y me asusto. Así brillo y no tengo miedo.
—Claro que sí —dije, terminando el café—. Vamos, campeón, recogemos a Amelia. No queremos llegar tarde.
Salimos de casa bajo un sol cegador. Mateo llevaba puesta su camiseta de Capitán América, no la que brillaba, esa estaba en la lavadora, lo que provocó una pequeña crisis que resolví prometiéndole palomitas extra, y yo llevaba una camiseta de manga corta y vaqueros, intentando no parecer demasiado formal ni demasiado desaliñado.
Quería que Amelia me viera como era, sin artificios.
Cuando llegamos a su casa, Mateo saltó del coche antes de que pudiera detenerlo del todo y corrió hacia la puerta, pulsando el timbre con una urgencia que me hizo reír.
—¡Amelia! —gritó, aunque ella aún no había abierto—. ¡Somos nosotros! ¡Los de la película!
La puerta se abrió y allí estaba. Llevaba un vestido veraniego de flores azules, el pelo suelto cayendo en ondas sobre sus hombros, y una sonrisa que iluminó todo el portal. Por un segundo, olvidé respirar.
—¡Agente Castellanos! —saludó, agachándose para el abrazo que Mateo le ofrecía con los brazos abiertos—. ¿Listo para salvar el mundo?
—¡Listo! —respondió Mateo, y la cogió de la mano para arrastrarla hacia el coche—. Venga, que si llegamos tarde nos ponen en las primeras filas y eso duele en el cuello. Papá dice que es para gente que no sabe planificar.
—Tu papá tiene razón —dijo Amelia, subiéndose al asiento trasero junto a Mateo, a petición expresa del niño, que quería sentarse junto a ella—. Aunque yo creo que tu papá planifica demasiado. Una vez me contó que tiene un calendario para sus calendarios.
—¡Eso es verdad! —exclamó Mateo, encantado—. Tiene un cuaderno donde apunta cuándo tiene que cambiar el filtro de la piscina y cuándo hay que podar el seto. ¡Es muy aburrido!
—Oye, ese seto no se poda solo —protesté, arrancando el coche, mientras ellos reían a mis espaldas.
El viaje hasta el centro comercial fue un festival de bromas y risas.
Mateo le contaba a Amelia historias inventadas sobre sus compañeros de clase, ella le respondía con seriedad absoluta, preguntando detalles sobre «el caso del bocadillo robado» o «la misteriosa desaparición del lápiz de colores azul», y mi hijo se reía a carcajadas, convencido de que Amelia era la única adulta que realmente le entendía.
—¿Sabes? —dijo Mateo de repente, agarrándose al reposacabezas de mi asiento—.
Deberías venir a vivir con nosotros. Así no tendríamos que conducir tanto.
Y podrías podar el seto tú, que seguro que lo haces mejor que papá.
El otro día dejó una parte más alta que otra y ahora parece que tiene pelo de punk.
—Mateo… —susurré, sintiendo cómo el rubor subía por mi cuello.
—¿Qué? —preguntó el niño, inocente—. Es verdad. Amelia podría vivir en la habitación de invitados. Y así cuando tengo pesadillas, no tengo que ir al cuarto de papá, que ronca. Podría ir al tuyo.
Amelia y yo nos miramos por el retrovisor. Sus ojos brillaban con diversión, pero también con algo más cálido, más íntimo. Por un segundo, imaginé cómo sería. Despertarnos los tres. Desayunar juntos cada mañana. Que Amelia estuviera ahí, en nuestra casa, en nuestra vida, de forma permanente.
—Veremos —dijo Amelia, rompiendo el momento con una carcajada—. Primero veamos la película, ¿vale? Un paso a la vez.
Llegamos al centro comercial con tiempo de sobra.
Mateo nos arrastró hacia la tienda de golosinas, donde insistió en que necesitábamos «provisiones para la misión».
Compramos palomitas dulces porque «las de sal son para gente mayor», declaró Mateo, chuches de colores que prometían ser «las más ácidas del mundo», y tres refrescos grandes que seguramente le darían una hipoglucemia a mitad de la película.
En la sala de cine, Mateo cumplió su promesa: se sentó a la izquierda de Amelia, dejándola en medio, entre los dos. Cuando la luz se apagó y empezaron los anuncios, sentí que su mano buscaba la mía en la oscuridad. La encontré, cálida y suave, y entrelacé nuestros dedos sobre el reposabrazos.
Durante los siguientes noventa minutos, no vi absolutamente nada de la película.
Estaba demasiado ocupado en Amelia. Observaba el perfil de su rostro iluminado por la luz cambiante de la pantalla, la forma en que reía con las ocurrencias de Mateo, cómo se mordía el labio en las escenas de tensión.
Y, sobre todo, estaba ocupado en tocarla.
Empecé con la mano, acariciando suavemente su palma con mi pulgar, dibujando círculos en su piel.
Luego, cuando Mateo se inclinó hacia delante para ver mejor una escena de acción, llevé mi mano a su muñeca, encontrando el punto donde latía su pulso, acariciando esa piel tan fina con la yema de los dedos.
Sentí cómo se estremecía, cómo giraba la cabeza hacia mí con una mirada de sorpresa y deseo.
Fue entonces cuando me atreví a llevar la mano más arriba, hasta su cuello, acariciando esa piel sensible detrás de su oreja, sintiendo el latido de su corazón en la yugular.
Estábamos en una sala llena de gente, rodeados de niños chillones y padres exasperados, pero en ese momento solo existíamos nosotros dos.
Mi pulgar rozó su mandíbula, su cuello, y ella cerró los ojos un segundo, dejando escapar un suspiro tan suave que solo yo pude oírlo.
Pensé en ella dentro de mi vida, de mi mundo.
Pensé en cómo serían los fines de semana siempre así, los tres juntos.
Pensé en despertarme con ella, en acostarme con ella, en compartir las pequeñas rutinas diarias que antes me parecían tediosas y ahora ansiaba con una intensidad que me asustaba.
Sentí algo en el pecho, una especie de calor expansivo, una certeza de que esto, ella, nosotros, era lo que había estado buscando durante seis años sin saberlo.
Cuando salimos del cine, Mateo estaba eufórico, recreando las escenas de lucha en el pasillo, convencido de que podía hacer volar una lata de refresco con la mente. Amelia y yo reíamos, todavía conectados por esa electricidad que habíamos compartido en la oscuridad.
—¿Y ahora qué? —preguntó Amelia, mientras Mateo intentaba convencernos de que necesitábamos ir a una tienda de cómics.
—Merienda —propuse—. Hay una cafetería aquí que hace gofres increíbles. ¿Os apetece?
—¡Gofres! —gritó Mateo—. ¡Sí! ¡Con chocolate! ¡Y nata! ¡Y fresas! ¡Y de todo!
Nos sentamos en una mesa de la esquina, con vistas a la fuente del centro comercial.
Mateo se instaló entre nosotros de nuevo, y mientras esperábamos los gofres, el niño no paró de hablar.
Pero entre bocado y bocado de aquella delicia azucarada, entre risas por los chistes malos que Mateo contaba y las anécdotas que Amelia compartía sobre pacientes divertidos de la clínica, sentí que algo se consolidaba.