Mi enfermera favorita Capítulo 15
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Capítulo 15

Amelia

El jueves había llegado envuelto en una humedad opresiva que se colaba por los poros de la ciudad, pero cuando salí de casa cerca de las diez de la noche, el aire de la Malvarrosa ya olía a sal y a libertad.

Llevaba puestas las sandalias viejas que no temían mojarse y un vestido ligero de algodón que el viento movía en oleadas suaves contra mis piernas.

Necesitaba aquel paseo como se necesita el oxígeno tras una larga apnea.

Los últimos dos días habían sido un infierno silencioso.

El martes, poco después de despedirme de Eloy y Mateo en la clínica, había entrado en el box cuatro un niño de cinco años.

Cayó de un balcón. Recuerdo el silencio ensordecedor de la ambulancia, el azul de sus labios, la forma en que su madre gritaba en la sala de espera mientras nosotros intentábamos reanimarlo durante cuarenta minutos que se extendieron como una eternidad.

Cuando el doctor Marcos apartó la mirada y negó con la cabeza, sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

Tuve que salir del box, apoyarme en la pared fría del pasillo, y contener las náuseas mientras el llanto de la madre inundaba todo el servicio.

Ayer, miércoles, fue peor. Una niña de siete años, atropellada en un paso de cebra.

Traumatismo craneoencefálico severo. Llegó consciente, me cogió la mano, recuerdo sus dedos pequeños, fríos, con una horquilla de Frozen enganchada en el pelo ensangrentado, y me preguntó si iba a ver a su abuela en el cielo.

Le dije que no, que se iba a quedar aquí con nosotros, que era muy valiente.

Mentí. Murió dos horas después, cuando ya habíamos trasladado a su familia a la sala de espera de la planta baja para darles privacidad, ese eufemismo terrible que usamos cuando el alma de un niño abandona el edificio.

Esa noche, al terminar el turno, había llorado en el coche durante veinte minutos antes de poder arrancar.

Y ahora, caminando por la orilla con el agua fría besando mis tobillos, sentía que las lágrimas volvían.

No eran lágrimas de debilidad, sino de rabia impotente, de dolor acumulado, de la terrible injusticia de ver partir a quienes apenas habían empezado a vivir.

Me senté en la arena húmeda, cerca de donde las olas morían en espuma blanca, y dejé que el sollozo saliera.

Me cubrí la cara con las manos, temblando, sintiendo el peso de esas dos familias destrozadas sobre mis hombros.

Siempre me pasa así con los niños. A pesar de los años en urgencias, nunca he logrado endurecerme del todo.

Cada vez que un pequeño entra por esas puertas, algo dentro de mí se activa, una especie de instinto maternal primario que me hace querer protegerlos del mundo entero.

Y cuando no puedo… cuando la medicina se rinde ante la tragedia, siento que una parte de mí se queda también en esa sala, rota e irreparable.

Me sequé las lágrimas con el puño, mirando la línea oscura del horizonte.

Siempre he imaginado cómo sería ser madre.

Tengo treinta años y mi reloj biológico no me presiona, pero mi corazón sí.

Desde pequeña he tenido una certeza extraña: tendré una niña.

No sé por qué, pero la imagen está grabada en mí con una claridad casi sobrenatural: una niña con mi pelo y los ojos de su padre, quienquiera que sea ese hombre, corriendo por esta misma playa, riendo con esa libertad que solo tienen los que aún no saben que el mundo puede ser cruel.

Suspiré, intentando recomponerme. El sonido de las olas me ayudaba a respirar, a recordar que la vida continúa, que el mar sigue ahí, indiferente y saludable, lavando todo.

Fue entonces cuando los vi.

—¡Amelia! —La voz de Mateo cortó el aire nocturno, aguda y llena de alegría.

Levanté la vista, confundida, y los distinguí a contraluz de los faroles de la avenida. Eloy caminaba con esa zancada segura suya, y Mateo corría hacia mí con los brazos abiertos, como si me hubiera estado buscando durante horas.

—¡Amelia! —repitió, llegando hasta mí y lanzándose a mis brazos casi sin frenar.

Lo cogí por instinto, levantándolo del suelo, y sentí su peso cálido contra mi pecho, su aliento agitado en mi cuello. Olía a champú infantil y a algo dulce, como galletas recién horneadas.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunté, mirando a Eloy que se acercaba con una sonrisa torcida, esa que hacía que mi estómago se revolviera.

—No podía dormir —explicó Mateo, aferrándose a mi cuello—. Y papá dijo que a veces, cuando no puedes dormir, hay que buscar a la persona que te hace sentir en casa. Y tú eres esa persona.

Miré a Eloy por encima del hombro del niño, y él se encogió de hombros con una expresión de culpabilidad fingida que le hacía parecer diez años más joven.

—Ha sido idea suya —dijo, deteniéndose frente a nosotros—. Yo solo he conducido.

—Y has conducido muy bien —añadió Mateo, soltándome un poco para mirarme a los ojos—. ¿Estabas llorando? Tienes la cara mojada.

Me llevé la mano a la mejilla, avergonzada. Había olvidado secarme bien las lágrimas.

—Es el mar —mentí—. Las olas son traviesas y salpican.

Mateo me observó con esos ojos verdes que eran un calco de los de su padre, y por un momento pensé que me iba a interrogar con la astucia que ya le conocía. Pero en lugar de eso, me besó la mejilla con una ternura que me desarmó por completo.

—No llores —dijo, simplemente—. Te pones fea cuando lloras. Bueno, no fea-fea, pero como triste. Y a mí no me gusta que estés triste.

Eloy se acercó entonces, y sin preguntar, se sentó en la arena a mi lado. Mateo se acomodó entre los dos, como si fuera lo más natural del mundo, y durante unos minutos nadie habló. Solo escuchamos el mar, el viento, y la respiración entrecortada que yo aún no lograba controlar del todo.

—Han sido días difíciles —dije finalmente, mirando hacia el agua oscura—. En el trabajo. Dos niños… no lo logramos.

No necesitaba decir más. Eloy asintió, y en su mirada vi comprensión absoluta. Él también había visto muerte, quizás de formas diferentes, pero conocía ese peso, esa sensación de haber fallado, aunque hayas hecho todo lo humanamente posible.

—¿Quieres caminar un poco? —propuso, levantándose y tendiéndome la mano—. Mateo tiene energía de sobra, y yo… quiero estar contigo.

Acepté su mano, grande y cálida, y nos pusimos en pie.

Mateo se colocó entre nosotros, cogiendo una mano de cada uno, y empezamos a caminar por la orilla, dejando que el agua mojara nuestros pies descalzos.

El niño iba saltando, intentando evitar las olas más grandes, y nosotros nos balanceábamos con él, creando una especie de danza improvisada que nos alejaba de las luces del paseo marítimo.

—Yo también he tenido días malos —dijo Eloy de repente, rompiendo el silencio—. Desde que te conocí, de hecho. No por ti, claro. Por el trabajo. Una investigación que se está complicando.

—¿Puedes hablar de ello? —pregunté.

—No mucho. Pero… hay cosas que no encajan. En la clínica donde trabajas. Hay algo oscuro moviéndose, y me aterra pensar que podrías estar cerca de ello.

Apreté su mano, sintiendo el miedo real en su voz.

—Soy cuidadosa —dije—. Pero cuéntame de ti. De verdad. No solo el trabajo.

Eloy respiró hondo, y cuando habló, su voz sonó diferente, más íntima, como si estuviéramos solos a pesar de que Mateo canturreaba una canción inventada a nuestro lado.

—María murió en el parto —dijo, y el nombre resonó en la noche como una campana lejana—. No fue culpa de nadie. Una hemorragia, complicaciones. Un minuto estaba sonriendo, diciendo que quería ver a Mateo, y al siguiente… se apagó. Yo estaba allí. La vi irse.

Me detuve, obligándole a hacerlo también. Mateo siguió caminando unos metros, distraído con una caracola que había encontrado.

—Dios, Eloy —susurré, llevándome la mano libre al pecho—. Lo siento tanto.

—No lo sientas. Ya han pasado seis años. Pero… nunca había podido hablar de ello así. Con alguien que no fuera Valeria. Contigo se me hace fácil, Amelia. Demasiado fácil. Y eso me asusta más que cualquier caso de trabajo.

Seguimos caminando, más despacio ahora. Y entonces, sin planearlo, empecé a hablar de mí.

De verdad. Le conté lo del divorcio, cómo Javier me había dicho aquella frase terrible, «he dejado de quererte», como si fuera algo que se deja en una mesa, como un paraguas olvidado.

Le hablé de los dos años de soledad voluntaria, de mi miedo a volver a confiar, de cómo había construido una fortaleza alrededor de mi corazón.

—Pero tú apareciste —dije, mirándolo a los ojos—. Con un niño con el brazo dolorido y una pregunta imposible. Y destruiste todas mis defensas sin siquiera intentarlo.

Eloy se detuvo, y en la penumbra de la playa, con la luna reflejándose en el agua a nuestros pies, me miró con una intensidad que me hizo olvidar todo dolor previo.

—Yo también tenía miedo —confesó—. Desde María, no había dejado entrar a nadie. Pero tú… eres imposible de ignorar, Amelia. Eres luz. Y Mateo lo sabe. Yo lo sé. Y aunque me asuste más que cualquier operación peligrosa, quiero estar cerca de ti. Siempre.

Fue el momento más íntimo que habíamos compartido. No había deseo en esas palabras, o al menos no solo deseo. Había reconocimiento, alivio, la sensación de encontrar a alguien que entendía la oscuridad porque también había caminado por ella.

Mateo regresó corriendo entonces, interrumpiendo el momento con la elegancia de un elefante en una cacharrería.

—¡Amelia! —gritó, agitando la caracola—. ¡He encontrado un teléfono del mar! Si soplas, suena como cuando papá ronca!

Me eché a reír, un sonido que brotó de lo más profundo, limpiando el dolor de los últimos días. Eloy también se rio, y el sonido se mezcló con el del mar, creando una sinfonía perfecta.

—Tu papá no ronca —dije, agachándome para estar a la altura de Mateo—. Tiene una voz muy grave, eso es todo.

—Sí que ronca —insistió Mateo, con total seriedad—. Parece un tractor. Una vez grabé un vídeo con su móvil para demostrárselo, pero él dijo que era el perro del vecino. ¡Y no tenemos perro!

Lo cogí en brazos, incapaz de resistirme a su peso cálido y a su energía vital. Lo abracé fuerte, sintiendo su corazón pequeño latiendo contra el mío, y por un momento cerré los ojos, imaginando que era mi hijo, que esta era mi vida, que el dolor de los últimos días se disolvía en este abrazo.

Cuando abrí los ojos, Eloy estaba a mi lado, muy cerca.

Sin decir nada, me pasó el brazo por los hombros, atrayéndome contra él de forma natural, instintiva, como si ya hubiéramos hecho esto mil veces.

Sentí su aliento en mi sien un instante antes de que sus labios rozaran mi piel en un beso suave, prolongado, que prometía más de lo que las palabras podían decir.

—Me gustas como novia para mi papá —dijo Mateo de repente, con la cabeza apoyada en mi hombro, mirándome con ojos brillantes—. ¿A ti te gusta él como novio?

Me quedé petrificada, con el rostro encendido por el rubor más intenso de mi vida. Eloy carraspeó, visiblemente divertido y nervioso a la vez.

—Mateo, creo que eso es una pregunta privada…

—Solo doy mi opinión —interrumpió el niño, encogiéndose de hombros con un gesto teatral que le hacía parecer un anciano en cuerpo de niño—. Es mi derecho como hijo. La Constitución lo dice.

—La Constitución no dice eso —corrigió Eloy, sonriendo.

—Pues debería —replicó Mateo, y suspiró con exageración—. En fin, solo quería saberlo. Porque si Amelia dice que sí, entonces podemos ir los tres al cine el sábado. Y si dice que no… bueno, entonces papá tendrá que seguir haciendo el café solo y triste.

Me reí, sin poder evitarlo, una carcajada que salió mezclada con una lágrima residual. Eloy me miró, y en sus ojos verdes vi la pregunta real, la que Mateo había formulado en voz alta pero que ambos nos hacíamos en silencio.

—Sí —dije, mirando a Mateo primero, y luego a Eloy—. Me gusta vuestro papá. Mucho.

—¡Bien! —exclamó Mateo, aplaudiendo—. Entonces es oficial. Somos… ¿cómo se dice? ¿Un trío?

—Un trío es una banda de música —dijo Eloy, riéndose y besándome de nuevo en la sien, esta vez más cerca de la mejilla—. Nosotros somos… algo mejor.

Caminamos de vuelta hacia el paseo, Mateo saltando delante de nosotros, recogiendo conchas y contándonos historias sobre dragones marinos que vivían en las alcantarillas de la playa.

Eloy me mantuvo cerca, su brazo pesando sobre mis hombros como una manta de seguridad, y yo me dejé llevar, permitiendo que su calor disipara el frío que había sentido durante días.

Cuando llegamos a la altura de mi calle, Eloy se detuvo.

—Te acompaño a casa —dijo. No era una pregunta.

—Mateo tiene sueño —observé, viendo al niño bostezar mientras jugaba con una piedra.

—Mateo siempre tiene sueño cuando no quiere irse a la cama —dijo Eloy—. Pero hoy hará una excepción. ¿Verdad, campeón?

—Sí —suspiró Mateo, volviendo a mi lado y cogiendo mi mano—. Pero solo porque Amelia va a darnos un beso de despedida. Dos besos. Uno para cada mejilla. Como en las películas francesas.

Me agaché y cumplí el encargo, besando sus mejillas redondas, oliendo su piel de niño, agradeciendo en silencio que existiera en mi mundo para recordarme que la vida, a pesar de todo, sigue siendo bella.

Cuando me enderecé, Eloy estaba frente a mí, tan cerca que podía ver las pecas diminutas que tenía en la nariz, las que solo se hacían visibles bajo la luz de la luna.

—Gracias por esta noche —dijo, su voz baja, solo para mí—. Por dejarme estar cerca. Por contarme lo de… lo de antes.

—Gracias por escuchar —respondí—. Y por traerme a Mateo. Lo necesitaba. Os necesitaba a los dos.

Se inclinó entonces, y sus labios rozaron mi mejilla con una ternura que me hizo cerrar los ojos. No fue un beso de pasión, aunque la pasión latía entre nosotros como una corriente subterránea. Fue una promesa. Un «estoy aquí». Un «no estás sola».

—Hasta mañana —susurró contra mi piel.

—Hasta mañana —repetí.

Me alejé hacia mi casa, sintiendo sus ojos sobre mí, y cuando llegué a la puerta y me giré para verlos marchar, vi a Eloy cargando a Mateo en brazos, el niño ya dormido sobre su hombro, y sentí que algo dentro de mí se reacomodaba, se curaba, se atrevía a esperar de nuevo.

Mientras buscaba las llaves en el bolso, pensé en esa niña que algún día podría tener, en la madre que quizás sería, y por primera vez en mucho tiempo, la imagen no me dolió.

Porque ahora sabía que no tendría que hacerlo sola.

Que había un hombre con ojos verdes y un niño de seis años que ya me habían elegido, y que yo, con todo mi miedo y todas mis cicatrices, los había elegido a ellos.

Y en esa certeza, simple y profunda como el mar que nos había visto caminar, encontré la paz que había ido a buscar a la playa. No en la soledad, como había pensado, sino en ellos. En nosotros.

En lo que estábamos empezando a ser.