Capítulo 14
Eloy
El martes amaneció gris en Valencia, con una humedad que se colaba por las ventanas y hacía que el pelo de Mateo se rizara de forma incontrolable.
Estábamos en el coche, camino a la Clínica Nova, porque mi hijo había decidido, en su infinita sabiduría de seis años, que «no podía vivir un día más sin ver a Amelia» y que «el desayuno es la comida más importante del día, pero solo si se comparte con personas especiales».
Yo no discutí. En realidad, llevaba desde el domingo por la noche contando las horas para volver a verla.
El domingo había sido… perfecto. Después de esa mañana de pasión en la ducha, después de que Amelia se quedara a comer, los tres habíamos pasado la tarde en el sofá, en esa burbuja de intimidad que se había creado sin esfuerzo.
Mateo había elegido una película de superhéroes, una de esas donde todo explota cada cinco minutos, y se había instalado junto a Amelia, con su brazo escayolado apoyado en un cojín y la cabeza descansando casi en su regazo.
Yo observaba desde el otro extremo del sofá, fingiendo leer un informe del trabajo, pero en realidad perdiéndome en la imagen de ellos dos.
Mateo le explicaba la trama con la seriedad de un crítico de cine profesional «Ese es el Hombre de Hierro, pero no es de verdad de hierro, es de tecnología, que es diferente» y Amelia escuchaba con atención absoluta, haciendo preguntas que alimentaban la imaginación del niño, riéndose de sus comentarios, acariciándole el pelo de forma distraída y maternal.
En algún momento de la película, cuando el protagonista salvaba al mundo por tercera vez, Mateo se había quedado dormido.
Amelia lo acomodó sin despertarlo, colocando su cabeza sobre su pecho, y me miró con unos ojos que decían todo lo que las palabras no podían.
Y yo sentí algo que no había sentido en años: la certeza absoluta de que estaba en el lugar correcto, con las personas correctas.
Pero el lunes había sido un infierno. Turno de noche para mí, turno de mañana para ella, y entre una cosa y otra no habíamos podido vernos ni hablar más que un par de mensajes robados entre horas imposibles.
Era insuficiente. Era tortura. Y por eso, cuando Mateo propuso ir a buscarla al desayuno, yo había accedido con una rapidez que delataba mi propia necesidad.
—Papá —dijo Mateo desde el asiento trasero, mientras aparcaba frente a la clínica—, ¿crees que Amelia querrá desayunar con nosotros?
—Si no tiene pacientes, sí —respondí, desabrochándome el cinturón—. Pero es su trabajo, campeón. Si está ocupada, no podemos molestar.
—Ella nunca está ocupada para mí —afirmó Mateo con total confianza—. Soy su paciente favorito. Lo sé porque me lo dijo. Y porque le doy menos problemas que los ancianos que se quejan de todo.
Entramos en la clínica y el olor a desinfectante y flores baratas nos golpeó de inmediato. La recepcionista nos saludó con una sonrisa cansada, ya nos reconocía de la visita de urgencias, y nos indicó que Amelia estaba en la enfermería reponiendo material.
Estábamos caminando por el pasillo cuando apareció él.
Marcos Beltrán. El médico de urgencias que había atendido a Mateo el primer día. Alto, barba perfectamente recortada, ojos azules que parecían sacados de un anuncio de colonia, y una sonrisa fácil que me irritó de inmediato sin saber por qué.
—¡El agente Castellanos! —exclamó, extendiendo la mano—. Y el pequeño agente Castellanos. ¿Otra urgencia?
—No, solo visita —respondí, estrechando su mano con más fuerza de la necesaria—. Venimos a… a ver a Amelia.
La sonrisa de Marcos se amplió, adquiriendo una dimensión cómplice que no me gustó ni un poco.
—Ah, Amelia —dijo, y el tono en que pronunció su nombre me hizo querer estrangularlo con su propia bata—.
Está en la enfermería, como siempre. Esa mujer vive para este trabajo.
La conozco desde hace… ¿cinco años? Desde que empezó.
Es como mi hermana pequeña, ¿sabe? Siempre protegiéndome de los pacientes difíciles.
—Qué… bonito —respondí, apretando los dientes.
Marcos me miró con esos ojos azules demasiado perceptivos, y vi que algo hacía clic en su mente. Su sonrisa cambió, se volvió más divertida, más provocadora.
—Oiga —dijo, bajando la voz y acercándose un paso—, solo para que quede claro: Amelia y yo somos amigos. Solo amigos. Desde siempre. Nunca ha pasado nada, nunca pasará nada. Ella me ve como el hermano mayor que nunca tuve y que, sinceramente, no querría tener porque soy un pesado.
—No sé por qué me lo cuenta —respondí, intentando sonar indiferente.
—Porque usted la mira como si fuera a comérsela con los ojos —dijo Marcos, directo—. Y porque usted me mira a mí como si quisiera romperme las costillas con una escayola. Así que, por su tranquilidad y por la mía: no estoy competencia. Nunca lo estuve. Y si me disculpa, tengo que ir a salvar vidas.
Se alejó riendo, dejándome con la sensación de haber sido descubierto en algo vergonzoso. Mateo me miró con curiosidad.
—Papá —dijo—, ¿estás celoso del doctor Marcos?
—No —respondí demasiado rápido—. No estoy celoso. Los policías no tenemos celos. Es… es vigilancia preventiva.
—Eso es celos —sentenció Mateo—. La tía Valeria decía lo mismo cuando se queja de que su exnovia le hablaba a otras chicas. Decía que no eran celos, eran «análisis de riesgos». Pero luego se enfadaba.
—Vamos a buscar a Amelia —dije, cambiando de tema.
La encontramos saliendo de la enfermería, con el pelo recogido en una coleta despeinada y una expresión de sorpresa absoluta al vernos. Llevaba el uniforme azul que hacía juego con sus ojos, y por un segundo me olvidé de respirar.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó, pero sonreía.
—Te echábamos de menos —dijo Mateo, corriendo hacia ella y abrazándole las piernas—. Y el desayuno es aburrido sin ti. Y papá hace café fatal.
—Hago café aceptable —protesté débilmente.
—Hace café que sabe a tristeza —corrigió Mateo.
Amelia se rio, y el sonido iluminó todo el pasillo de urgencias.
—Tengo media hora de descanso —dijo, consultando el reloj—. La cafetería de la planta baja está abierta. ¿Desayunamos?
Los tres nos instalamos en una mesa de la esquina de la cafetería de la clínica, un lugar funcional y poco romántico, pero que en ese momento me pareció el mejor restaurante del mundo. Pedimos cafés y croissants, y Mateo no paró de hablar durante veinte minutos seguidos.
Le contó a Amelia sobre su colección de coches, sobre su amigo Lucas que se había caído del árbol, pero no se había roto nada «porque es un ninja», y sobre su plan de convertir a Comisario, su perro de peluche, en un policía de verdad cuando creciera.
—Necesitará uniforme —dijo Amelia, seria—. Y entrenamiento. Los policías de peluche tienen que pasar un examen muy difícil.
—¿De verdad? —Mateo abrió los ojos como platos.
—De verdad. Pero creo que Comisario lo logrará. Tiene cara de listo.
—Tú sí que entiendes —dijo Mateo, asintiendo con solemnidad—. Por eso deberías venir a cenar otra vez. Hoy. O mañana. O todos los días.
Amelia me miró, y en sus ojos vi la misma pregunta que yo me hacía: ¿demasiado pronto? ¿demasiado intenso? ¿demasiado todo?
—Mateo —intervine—, Amelia tiene su vida. Su trabajo. Sus amigos. No puede venir todos los días.
—¿Por qué no? —preguntó el niño, genuinamente confundido—. Si le gustamos. Y a ella le gustamos, ¿verdad, Amelia?
—Me gustáis mucho —confirmó ella, y su mano encontró la mía bajo la mesa, dándome un apretón rápido—. Pero vuestro papá tiene razón. Tengo que organizar mi tiempo. Pero… —hizo una pausa—… puedo intentar venir el jueves. Si me invitáis.
—¡Sí! —Mateo golpeó la mesa con la mano sana, haciendo saltar los cafés—. El jueves. Paella otra vez. O pasta. O lo que sea. Mientras estés tú.
Estábamos terminando cuando mi teléfono vibró. El nombre de Valeria parpadeó en la pantalla, y sentí que el estómago se me encogía.
—Disculpad un momento —dije, levantándome—. Es trabajo.
Contesté en el pasillo, lejos del ruido de la cafetería.
—¿Qué pasa? —pregunté, bajando la voz.
—Necesito que pases por comisaría cuando puedas —dijo Valeria, y su tono era el que usaba para los casos serios—. Tenemos novedades sobre la investigación de las clínicas.
—¿Qué tipo de novedades?
—Hemos encontrado una conexión. Una empresa de servicios sanitarios, proveedora de varias clínicas privadas, incluida la Nova.
Hay movimientos sospechosos de fondos, y lo más preocupante: varios de sus empleados tienen antecedentes penales por fraude médico.
Creemos que podría ser la pieza que falta.
Miré hacia la cafetería, donde Amelia reía de algo que Mateo había dicho, con el sol de la mañana iluminando su rostro.
—¿Hay algún nombre concreto? —pregunté, con la garganta seca.
—Todavía no. Pero estamos cerca, Eloy. Muy cerca. Y si hay alguien dentro de la clínica colaborando con esta gente… —hizo una pausa—. Ten cuidado. Con todos.
Colgué y me quedé un momento en el pasillo, procesando la información. La investigación estaba avanzando, y eso significaba peligro. Significaba que el mundo real, el mundo de criminales y traiciones, estaba rozando la burbuja de felicidad que había construido con Amelia y Mateo.
Cuando volví a la mesa, Amelia me miró con esos ojos suyos que parecían ver demasiado.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Todo bien —mentí, sentándome y forzando una sonrisa—. Solo un caso. Nada importante.
Pero mientras Mateo le contaba a Amelia sobre su plan de convertir la piscina en un «centro de entrenamiento para superhéroes», yo no podía dejar de pensar en lo que Valeria había dicho.
En que alguien dentro de la clínica podría estar involucrado.
En que Amelia trabajaba allí. En que confiaba en ella con cada fibra de mi ser, pero que el policía en mí gritaba que no podía permitirme ceguera.
—Eloy —dijo Amelia, tocando mi mano—. ¿Estás con nosotros?
La miré, y vi la preocupación genuina en sus ojos. Vi también el amor que empezaba a florecer, el mismo que yo sentía creciendo en mi pecho como una planta que no podía detener.
—Estoy con vosotros —respondí, y era la verdad más pura que podía decir—. Siempre con vosotros.
Pero mientras decía eso, mientras sonreía y le daba un mordisco a mi cruasán frío, una parte de mí estaba en la comisaría, analizando pruebas, buscando conexiones, intentando protegerlos de algo que todavía no entendía pero que sabía, con certeza instintiva, que nos amenazaba a los tres.
No estaba celoso de Marcos. Eso había sido solo una distracción, un chispazo de inseguridad masculina ante un hombre guapo que la conocía desde hacía años.
Lo que realmente me asustaba era mucho peor: la posibilidad de que el mundo que había intentado mantener alejado, el mundo oscuro de mi trabajo, estuviera a punto de estrellarse contra nosotros.
Y la certeza de que, cuando eso pasara, tendría que elegir entre ser policía o ser padre.
Entre hacer mi trabajo o proteger a mi familia.
Porque eso era lo que eran ahora. Amelia y Mateo. Mi familia.
Y no estaba dispuesto a perderlos.