Mi enfermera favorita Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Bajamos a la cocina, y mientras preparaba café y tostadas, Amelia cortaba fruta con una eficiencia que hablaba de su vida práctica, de su trabajo en urgencias donde los minutos cuentan.

Estábamos en esa burbuja de intimidad recién creada, riendo por cosas que no tenían gracia, rozándonos cada vez que nos cruzábamos en la cocina, cuando escuchamos el sonido familiar de pasos arrastrados en el piso de arriba.

—Papá… —la voz de Mateo, todavía cargada de sueño, llegó desde el pasillo—. ¿Hay desayuno?

Cinco minutos después, el niño estaba sentado en la mesa de la cocina, con el pelo revuelto y el pijama de Superman puesto, observando alternativamente a Amelia y a mí con una curiosidad que solo los niños pueden mostrar sin filtros.

—Amelia se ha quedado a dormir —anuncié, sirviéndole su vaso de leche con cacao.

—Lo sé —respondió Mateo, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. He oído risas. Y algo que sonaba como cuando tiras una silla por el suelo.

Sentí que me ponía colorado, y Amelia se atragantó con el café. Pero Mateo ya había pasado a otro tema, concentrado en su tostada con mermelada.

—Amelia —dijo de repente, con la boca llena—, ¿sabes hacer castillos de arcilla?

—Sí —respondió ella, recuperando la compostura—. Aunque no tan bien como tú, estoy segura.

—Papá hace los fosos muy bien, ya lo viste —continuó Mateo, serio—. Pero los dragones los hace fatal. Parecen lagartijas. Tú tienes manos de princesa, seguro que haces dragones mejor.

—Creo que entre los tres podemos hacer el mejor dragón de la historia —dijo Amelia, y su voz tenía una ternura que me hizo querer abrazarla allí mismo.

Desayunamos entre risas y bromas. Mateo insistió en que Amelia probara su «receta secreta» de tostadas, que consistía en mermelada de fresa, mantequilla de cacahuete y un toque de canela que yo le había permitido una sola vez y que ahora se había convertido en tradición, y ella lo hizo con una mueca teatral que hizo reír al niño a carcajadas.

—Está… interesante —dijo Amelia, bebiendo café para lavarse el sabor—. Muy… creativo.

—Es la mejor —afirmó Mateo, orgulloso—. Cuando sea mayor la patentaré. Seré millonario y compraré una piscina para los dragones de verdad.

La observé mientras hablaba con él, mientras reía de sus ocurrencias, mientras le limpiaba una mancha de mermelada de la mejilla con un gesto maternal que parecía tan natural como respirar. Y sentí algo crecer en mi pecho, algo que no era solo deseo, algo más profundo y aterrador.

Estaba enamorándome. No de forma gradual y segura, sino de un golpe, de una caída libre sin paracaídas. Cada gesto de ella, cada risa, cada forma de mirar a mi hijo como si fuera el tesoro más preciado del mundo, me hacía sentir que estaba perdiendo el control de mi vida. Y que no me importaba.

—Amelia —dijo Mateo de repente, con esa seriedad que solo los niños pueden mostrar cuando hablan de cosas importantes—. ¿Te quedas a comer? Papá va a hacer lasaña. Es muy buena. No como las tostadas.

Amelia me miró, y en sus ojos vi la pregunta, la duda, el miedo a cruzar otra línea invisible pero definitiva.

—Si quieres —añadió Mateo—. Porque si no, papá se pondrá triste. Y yo también. Y quizás llore. Y los policías no lloran, pero yo todavía no soy policía oficial, así que puedo.

—Mateo… —empecé a decir, pero Amelia me interrumpió.

—Me quedo —dijo, y sonrió, una sonrisa que iluminó toda la cocina—. Si me invitáis, me quedo. Me encantaría probar esa lasaña.

Mateo no dijo nada. Simplemente se levantó de la silla, corrió hacia Amelia, y se lanzó a sus brazos con una fuerza que la hizo tambalearse.

Ella lo cogió, levantándolo del suelo con cuidado de su brazo escayolado, y él la abrazó con todas sus fuerzas, con la cabeza escondida en su cuello, mientras ella se reía, mientras le acariciaba el pelo, mientras me miraba por encima de su hombro con los ojos brillantes.

Y en ese momento, viendo a mi hijo en brazos de esa mujer, viendo cómo encajaban perfectamente, cómo el vacío que María había dejado se llenaba de alguna forma con la presencia de Amelia, supe que estaba perdido. Irremediable, irrevocablemente perdido.

No solo deseaba su cuerpo. No solo disfrutaba de su compañía.

La quería en mi vida. En nuestra vida. Quería que Mateo la tuviera como figura femenina, quería despertarme cada mañana con ella en mis brazos, quería envejecer viéndola reír de mis chistes malos y secándose las lágrimas en los momentos difíciles.

Estaba jodido, sí. Pero por primera vez en seis años, ser jodido no me parecía tan malo.

Amelia dejó a Mateo en el suelo y él corrió a jugar con sus coches en el salón, dejándonos solos en la cocina. Ella se acercó a mí, y la abracé, apoyando mi barbilla en su coronilla, inhalando su olor.

—Gracias por quedarte —susurré.

—Gracias por querer que me quede —respondió ella.

Y mientras el sol de la mañana entraba por la ventana de la cocina, mientras Mateo canturreaba una canción inventada sobre dragones y policías en el salón, supe que mi vida había cambiado para siempre.

Y que no cambiaría ni una sola cosa de lo que había pasado desde que una enfermera de ojos miel había entrado en aquella sala de urgencias con una sonrisa que me había robado el corazón.