Mi enfermera favorita Capítulo 13
40%

Capítulo 13

Eloy

La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de la persiana, rayos dorados que pintaban rayas sobre la cama y sobre su piel desnuda.

Desperté poco a poco, arrastrado desde los profundos confines de un sueño sin pesadillas por primera vez en años, y lo primero que sentí fue su peso sobre mi pecho.

Amelia dormía profundamente, con la mejilla apoyada sobre mi esternón, el pelo revuelto cayendo en ondas oscuras sobre mi piel como una manta improvisada.

Su respiración era profunda, regular, y sentía el calor húmedo de su aliento contra mi piel cada vez que exhalaba.

Tenía un brazo colocado sobre mi abdomen, posesivo incluso en el sueño, y una pierna enredada entre las mías.

La observé durante largos minutos, sin atreverme a moverme por miedo a despertarla.

La luz matutina la favorecía de una forma casi injusta, iluminando las pecas de su nariz, la curva de sus labios entreabiertos, el suave valle entre sus pechos que asomaba por encima de la sábana.

Era real. Estaba allí, en mi cama, desnuda y satisfecha y mía.

Y entonces los recuerdos de la noche anterior vinieron a mí con la fuerza de una ola.

La sentí de nuevo apretándome, caliente y húmeda, escuché de nuevo sus gemidos resonando en la habitación, vi su rostro transformarse por el placer cuando se corrió alrededor de mí, una y otra vez, en cada posible configuración de nuestros cuerpos.

Recordé el sabor de ella en mi lengua, la forma en que se había arqueado cuando la comí, la manera en que sus uñas se clavaron en mi espalda cuando la penetré profundamente.

Sentí que mi cuerpo reaccionaba instintivamente, la mañana traía consigo esa urgencia primaria que solo el deseo satisfecho puede renovar con más fuerza. Quería despertarla. Quería estar dentro de ella otra vez, sentirla moverse contra mí, escuchar mi nombre en sus labios.

Pero también quería que durmiera. Que descansara. Que supiera que estaba a salvo.

Fue ella quien decidió por mí. Amelia se removió, frunciendo el ceño ligeramente, y su mano se deslizó por mi abdomen hasta encontrar mi erección matutina, ya dura y expectante. Se quedó quieta un momento, con los ojos todavía cerrados, y luego sonrió contra mi pecho.

—Buenos días —murmuró, con la voz ronca por el sueño.

—Buenos días, preciosa —respondí, besando su coronilla, inhalando el olor a champú y a nosotros que impregnaba su pelo.

Ella levantó la cabeza y me miró, con los ojos todavía empañados por el sueño, pero brillando con algo que reconocí inmediatamente: deseo. Pura y simple necesidad que reflejaba la mía.

—Has dormido bien —dije, no como pregunta, sino como constatación.

—Como un tronco —confirmó, estirándose contra mí como un gato, frotando su cuerpo contra el mío de forma deliberada—. Tú eres mejor que cualquier somnífero.

—Eso es porque te agoté —bromeé, pero mi voz se quebró cuando ella movió la cadera y su calor rozó mi erección.

Amelia sonrió, y fue una sonrisa peligrosa, lenta, cargada de promesas. Tenía la boca hinchada todavía por los besos de la noche anterior, y el recuerdo de lo que esa boca había hecho me hizo gemir.

—Si no quieres problemas —dije, agarrando su barbilla suavemente—, no me sonrías así.

—¿Así cómo? —preguntó, y su sonrisa se amplió, se volvió provocadora.

—Como si quisieras que te volviera a follar —gruñí, y la besé, profundamente, dejando que ella sintiera mi urgencia.

Cuando nos separamos, ella estaba sin aliento, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes.

—¿Y si es exactamente lo que quiero? —susurró, deslizando una mano entre nosotros para envolver mi erección—. ¿Qué pasa entonces?

—Entonces —dije, girándola sobre la espalda de un movimiento fluido, colocándome entre sus piernas—, vas a tener exactamente lo que quieres.

La penetré sin preliminares, porque ya estaba lista, porque ambos lo sabíamos, porque el deseo entre nosotros no necesitaba más invitación. Amelia gritó, arqueando la espalda, y sus uñas se clavaron en mis hombros mientras empezaba a moverme dentro de ella.

—Dios, sí —gemía ella, moviendo las caderas para encontrar mi ritmo—. Justo así… más fuerte…

La cogí por las muñecas y las inmovilicé sobre la almohada, encima de su cabeza, dominándola completamente mientras embestía con fuerza, una y otra vez, perdiendo la cabeza en la sensación de estar dentro de ella, de sentirla apretarme, de ver su rostro transformarse por el placer.

—Mírame —ordené, jadeando—. No cierres los ojos. Quiero verte cuando te corras.

—Eloy… —suspiró, y su voz era una súplica—. Estoy cerca… tan cerca…

—Espera —dije, reduciendo el ritmo, torturándola—. Espera un poco más. Quiero sentir cómo te deshaces.

—Por favor… —rogó, moviendo las caderas desesperadamente, intentando que profundizara—. Por favor, no pares…

Volví a acelerar, golpeando ese punto dentro de ella que la hacía perder el control, y sentí cómo empezaba a contraerse alrededor de mí, cómo su respiración se volvía entrecortada, cómo sus ojos se vidriaban.

—Ahora —gruñí—. Córrete.

El orgasmo la atravesó con una violencia que me dejó sin aliento.

Se arqueó completamente, con la cabeza echada hacia atrás, gritando mi nombre mientras su cuerpo se contraía en espasmos interminables alrededor de mi erección.

Fue demasiado verla así, sentirla así, y me dejé llevar, embistiéndola profundamente una última vez mientras me vaciaba dentro de ella con un gemido que sonó a liberación absoluta.

Nos quedamos inmóviles durante largos momentos, jadeando, sudando, unidos en la saciedad más perfecta que había conocido. Pero no quería separarme de ella todavía. No quería que esta mañana terminara.

—Vamos —dije de repente, saliendo de ella con reluctancia.

—¿A dónde? —preguntó ella, confundida, todavía sin aliento.

La cogí en brazos, ignorando sus protestas débiles, y la llevé hacia el baño contiguo. La ducha era espaciosa, moderna, con azulejos oscuros y una mampara de cristal que se empañaría en segundos.

—Eloy, qué estás… —empezó a decir, pero la dejé sobre los pies dentro de la ducha y abrí el grifo.

El agua caliente cayó sobre nosotros, envolviéndonos en vapor, y la tomé de nuevo en mis brazos, besándola bajo el chorro, dejando que el agua arrastrara el sudor de nuestra pasión.

—¿Sabes cuántas veces me he masturbado en esta ducha pensando en ti? —pregunté contra sus labios, agarrando el jabón y empezando a enjabonar su cuerpo con movimientos lentos, reverentes.

—¿En serio? —preguntó ella, con los ojos brillantes, mientras yo deslizaba las manos por sus pechos, su vientre, entre sus piernas.

—Cada noche desde el día que pasamos en la playa —confesé, y era la verdad—. Imaginaba que estabas aquí, conmigo, bajo el agua. Imaginaba cómo sería tocarte, probarte, tenerte…

Mis manos encontraron su centro, todavía sensible, y ella jadeó, apoyándose contra la pared de azulejos.

—Eloy, no puedo… acabo de…

—Puedes —dije, y caí de rodillas frente a ella, bajo el chorro de agua—. Y vas a querer.

Le separé las piernas y la comí allí mismo, bajo la ducha, con el agua cayendo sobre mi cabeza, el jabón resbalando por nuestras piernas, su sabor mezclándose con el agua. Ella gritó, agarrándose a la barra de la ducha, moviendo las caderas contra mi boca con una urgencia renovada.

—Por favor… —gemía—. Dios, Eloy, vas a matarme…

La levanté de nuevo, girándola para que se apoyara en la pared, y ella entendió inmediatamente lo que quería. Se arrodilló frente a mí, tomando entre sus manos mi erección, que había vuelto con la fuerza de la juventud, y mirándome a los ojos mientras me introducía en su boca.

El calor, la humedad, la vista de ella arrodillada frente a mí, me hicieron ver estrellas. Agarré su pelo, no para guiarla, sino para tener algo a lo que aferrarme, mientras ella me acogía con una técnica que me volvía loco, alternando la presión de sus labios con el movimiento de su lengua.

—Para —dije de repente, apartándome con esfuerzo, justo antes del punto de no retorno—. No quiero correrme así. Quiero estar dentro de ti otra vez.

La levanté, la giré, y la apoyé contra la pared de la ducha, penetrándola desde atrás en un solo movimiento fuerte.

El agua resbalaba por su espalda, por mi pecho, creando una sensación de deslizamiento perfecto mientras la embestía una y otra vez, sintiendo cómo ella apretaba contra mí, cómo sus manos se aferraban a los azulejos.

—¿Te gusta? —pregunté, jadeando, agarrando sus caderas con fuerza—. ¿Te gusta que te folle así, contra la pared, como en mis fantasías?

—Sí —gritó ella—. Dios, sí… más fuerte… no pares…

La penetré con una fuerza que nos hacía resbalar en la ducha, una mano alcanzando alrededor para frotar su clítoris mientras seguía moviéndome dentro de ella. Estaba tan cerca, podía sentirlo en la forma en que se tensaba, en cómo jadeaba mi nombre una y otra vez como si fuera una oración.

—Córrete conmigo —gruñí.

El orgasmo nos golpeó juntos, una explosión de placer compartido que nos dejó temblando contra la pared de la ducha, con el agua cayendo sobre nosotros como si nada hubiera pasado, como si el mundo no se hubiera detenido por completo en ese instante.

Cuando recuperamos el aliento, nos lavamos mutuamente con una ternura que contrastaba con la intensidad de lo anterior. Amelia me enjabonó la espalda, yo le aclaré el pelo, y entre risas y besos robados bajo el chorro de agua, salimos de la ducha y nos secamos con toallas grandes y suaves.

—Necesito ropa —dijo ella, mirando su vestido del día anterior, tirado en el suelo del baño—. No puedo bajar a desayunar vestida como ayer.

—Tengo una camiseta vieja —dije, abriendo el cajón—. Y unos pantalones de chándal con cordón. No serás la reina de la moda, pero estarás cómoda.

Se vistió con mi ropa, y la visión de ella con mi camiseta colgando hasta medio muslo, con el pelo todavía húmedo y sin maquillaje, me pareció más erótica que cualquier lencería imaginable.