Capítulo 12
Amelia
El pasillo de su casa parecía haberse alargado de forma sobrenatural, como si cada metro que avanzábamos hacia su habitación estuviera cargado de electricidad estática que me erizaba la piel.
Eloy caminaba delante de mí, y yo no podía dejar de mirar su espalda, la forma en que sus omóplatos se movían bajo la camiseta, la línea de su cintura que desaparecía bajo el bañador.
Mi corazón latía tan fuerte que temía que Mateo pudiera oírlo desde su habitación al final del pasillo.
—Aquí —dijo Eloy, deteniéndose frente a una puerta de madera oscura. Se giró hacia mí, y la luz tenue del pasillo iluminaba su rostro de forma que sus ojos parecían más verdes que nunca, más intensos, hambrientos—. Si quieres parar, en cualquier momento, solo dime. No quiero que sientas que…
—Cállate y bésame —interrumpí, sorprendiéndome a mí misma con la brusquedad de mi voz.
No necesitaba más disculpas, más explicaciones, más intentos de ser caballeroso. Necesitaba sus manos sobre mí, su boca, su piel. Necesitaba que me hiciera olvidar que existía un mundo fuera de esa habitación.
Eloy obedeció. Se inclinó y sus labios encontraron los míos con una suavidad que contrastaba violentamente con la urgencia que sentía en mi interior.
Fue un beso lento, exploratorio, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, aunque ambos supiéramos que el tiempo se nos escapaba entre los dedos.
Saboreé su boca, el sabor residual del vino y algo más específico de él, algo terroso y masculino que me hizo gemir involuntariamente.
—Dios, Amelia —susurró contra mis labios, con la voz ronca—. No te haces una idea de cuánto te deseo.
—Entonces deja de hablar y demuéstramelo —respondí, y mis manos subieron por su pecho, encontrando el cuello de su camiseta.
Entramos en la habitación sin dejar de besarnos, tropezando con el umbral, riendo entre jadeos cuando casi caemos sobre la cama.
La habitación estaba oscura, iluminada solo por la luz de la luna que entraba por una ventana entreabierta.
Era espaciosa, masculina pero no fría, con una cama grande que dominaba el espacio y fotografías de Mateo en la cómoda.
Pero no tenía ojos para nada más que para él.
Eloy se apartó un momento, solo lo suficiente para mirarme, realmente mirarme, con una intensidad que me hizo sentir desnuda, aunque aún llevara puesta la ropa.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo lentamente, desde los ojos hasta los labios, bajando por el cuello, deteniéndose en el escote, continuando hasta mis caderas.
Era una mirada tangible, física, como si me estuviera tocando con la vista.
—Eres perfecta —dijo, y no sonó a frase hecha. Sonó a revelación, a descubrimiento.
—No soy perfecta —protesté, sintiéndome expuesta bajo su escrutinio—. Tengo celulitis y el estómago blando y…
—Eres perfecta para mí —interrumpió, acercándose de nuevo—. Cada parte de ti. Cada imperfección que crees tener es lo que me vuelve loco. Porque es real. Porque eres tú.
Sus manos encontraron el borde de mi vestido y lo levantaron por encima de mi cabeza, despojándome de él con una eficiencia que me dejó sin aliento. Me quedé en bikini, con el corazón martilleando contra las costillas, mientras él retrocedía un paso para mirarme de nuevo.
—Dios mío —murmuró, y vi cómo su mano se movía instintivamente hacia su propia entrepierna, ajustándose a través de la tela—. Eres más hermosa de lo que imaginaba. Y te juro que te he imaginado cada noche, de mil formas diferentes.
—Quítate la ropa —pedí, y mi voz sonó extraña, ronca, cargada de una necesidad que no reconocía como mía—. Quiero verte. Te he visto en la piscina, pero quiero verte de verdad. Sin nada que nos separe.
Eloy obedeció, y la visión de él despojándose de la camiseta, luego del bañador, fue el espectáculo más erótico que había presenciado en mi vida.
Su cuerpo era una obra de arte funcional, de hombre que trabaja con las manos, con músculos definidos, pero no exagerados, con cicatrices que contaban historias de las que quería conocer cada detalle.
Y entre sus piernas, su erección se alzaba orgullosa, gruesa y larga, palpitante con la misma urgencia que sentía yo en mi interior.
—Tú también —dijo, acercándose, y sus manos encontraron los cierres de mi sujetador—. Quiero verte completamente. Quiero memorizar cada centímetro de tu piel.
Cuando estuvimos desnudos, frente a frente en la penumbra de su habitación, el tiempo pareció detenerse. Nos miramos, y en sus ojos vi miedo mezclado con deseo, vulnerabilidad mezclada con determinación. Él tenía tanto que perder como yo, y eso nos igualaba, nos hacía valientes.
—Ven aquí —susurró, extendiendo una mano.
Caminé los dos pasos que nos separaban y caí en sus brazos, sintiendo su piel contra la mía por primera vez, el calor de su cuerpo quemando el mío, la dureza de su erección presionando contra mi vientre. Gemimos al unísono, un sonido que era casi de dolor por la intensidad del placer contenido.
—No puedo esperar más —gruñó contra mi cuello, besándome, mordiéndome, chupando—. Necesito probarte. Necesito sentir cómo te corres en mi boca.
Me empujó suavemente hacia la cama, y caí sobre ella con un jadeo, sintiendo la frescura de las sábanas contra mi espalda desnuda. Eloy se arrodilló al borde, me agarró por los tobillos y me abrió las piernas con una determinación que me hizo arquear la espalda en anticipación.
—Eres preciosa —dijo, mirando mi sexo expuesto, húmedo ya por la excitación—. Perfecta. Y voy a hacerte sentir tan bien, Amelia. Tan jodidamente bien.
Cuando su boca encontró mi centro, grité.
No pude evitarlo. La sensación de su lengua caliente y húmeda recorriendo mis pliegues, encontrando mi clítoris, fue demasiado intensa, demasiado perfecta.
Eloy gemía contra mí, vibraciones que aumentaban la sensación, y sus manos agarraban mis caderas con fuerza, inmovilizándome mientras me comía con una voracidad que me dejaba sin aliento.
—Dios, Eloy… —jadeé, agarrando las sábanas con los puños—. Por favor… no pares…
—No voy a parar —murmuró contra mi piel, y sentí su aliento caliente—. Quiero sentir cómo te corres.
Introdujo dos dedos dentro de mí mientras su lengua seguía trabajando mi clítoris, y la combinación me volvió loca.
Moví las caderas contra su boca, buscando más presión, más profundidad, más de todo lo que él me daba.
Sentía que me construía hacia algo, un orgasmo que se acercaba con la fuerza de una tormenta, inevitable y devastador.
—Voy a… —avisé, con la voz entrecortada—. Eloy, voy a…
—Déjate ir —ordenó, y succionó mi clítoris con más fuerza, moviendo los dedos dentro de mí en un ritmo perfecto—. Córrete para mí, Amelia.
El orgasmo me golpeó con una violencia que me hizo gritar su nombre, arqueando la espalda hasta que solo mis hombros y los talones tocaban la cama.
Contraje alrededor de sus dedos, una y otra vez, mientras él seguía lamiéndome, prolongando el placer hasta que tuve que empujar su cabeza, demasiado sensible, demasiado expuesta.
Eloy emergió con una sonrisa de satisfacción animal, con los labios brillantes por mi humedad, y se lamió los dedos deliberadamente mientras me miraba.
—Deliciosa —dijo—. Exactamente como imaginaba. Pero ahora quiero sentirte alrededor de mí. Quiero estar dentro de ti.
—Ven aquí —pedí, todavía jadeando, todavía vibrando—. Quiero tocarte. Quiero sentirte.
Se movió sobre la cama, arrodillándose a mi lado, y yo me incorporé sobre un codo para poder alcanzarlo.
Su erección estaba a centímetros de mi cara, gruesa y venosa, con una gota de líquido preseminal en la punta que me hizo gemir de anticipación.
La envolví con mi mano, sintiendo el calor, la dureza, el pulso de su corazón contra mi palma.
—Joder, Amelia… —gruñó cuando empecé a mover la mano arriba y abajo, despacio, apretando justo donde sentía que le gustaba—. Así… justo así…
—¿Te gusta? —susurré, mirándolo a los ojos mientras aceleraba el ritmo—. ¿Así?
—Más fuerte —pidió, con la voz quebrada—. Y más rápido. Por favor…
Obedecí, masturbándolo con firmeza, observando cómo su rostro se transformaba, cómo cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás, cómo sus músculos se tensaban bajo mi tacto.
Era el espectáculo más erótico que había visto nunca, ver a este hombre fuerte, este policía protector, deshecho por mi mano, entregado a mi voluntad.
—Para —dijo de repente, agarrando mi muñeca—. O voy a correrme. Y no quiero. Todavía no. Quiero estar dentro de ti cuando me corra. Quiero sentirte apretarme.
Me soltó y se posicionó entre mis piernas, guiando su erección hacia mi entrada. Sentí la punta rozándome, húmeda y caliente, y gemí de anticipación, levantando las caderas para encontrarlo.
—Dime que estás lista —susurró, besando mi cuello, mordiendo mi clavícula—. Dime que me quieres dentro.
—Te quiero dentro —repetí, casi suplicando—. Ahora, Eloy. Por favor…
Entró en un solo movimiento fluido, llenándome por completo, estirándome de una forma que bordeaba el dolor pero que era puramente placentero.
Ambos gritamos al unísono, congelados en esa posición de unión perfecta, sintiendo cómo nuestros cuerpos se ajustaban el uno al otro como piezas de un rompecabezas que llevaban años esperando ser completadas.
—Eres tan apretada… —gruñó contra mi cuello, sin moverse todavía, solo sintiendo—. Tan perfecta… Dios, Amelia, no voy a durar mucho así…
—Entonces muévete —pedí, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura—. Fóllame, Eloy. Fóllame como llevas días queriendo hacerlo.
Empezó a moverse, lentamente al principio, saliendo casi por completo antes de volver a hundirse hasta el fondo, una y otra vez, estableciendo un ritmo que me volvía loca. Cada embestida golpeaba ese punto perfecto dentro de mí, enviando chispas de placer por toda mi columna.
—Más rápido —pedí, agarrando su espalda, clavando las uñas en su piel—. Más fuerte…
Eloy aceleró, transformándose en una máquina de placer, embistiéndome con una fuerza que hacía que la cama golpeara contra la pared.
Gemía con cada movimiento, sonidos animales que salían de lo más profundo de su pecho, y yo respondía con mis propios gemidos, con mi nombre en sus labios, con súplicas que ni siquiera entendía.
—Segunda posición —dijo de repente, saliendo de mí con un gemido de protesta de ambos—. Quiero verte. Quiero ver tu cara cuando te corras.
Me giró sobre la cama, colocándome boca arriba, y volvió a entrar, esta vez desde un ángulo diferente que me hizo ver estrellas. Me agarró las piernas, las colocó sobre sus hombros, y siguió moviéndose, más profundo que nunca, rozando ese punto que me hacía perder el control.
—Tócate —ordenó, mirándome fijamente—. Quiero verte tocarte mientras te follo.
Obedecí, llevando una mano entre mis piernas, encontrando mi clítoris hinchado y sensible. El placer se intensificó, multiplicado por la visión de él sobre mí, por la sensación de estar completamente llena, completamente suya.
—Así, preciosa —gruñó—. Justo así. Estás tan cerca… puedo sentirlo…
—Tercera —dije de repente, necesitando más, necesitando todo—. Quiero sentirte de otra forma…
Salió de mí y me giré, colocándome de rodillas sobre la cama. Se posicionó detrás de mí, con una mano en mi cadera y la otra en mi cabello, tirando suavemente para que arqueara la espalda.
—Dios, qué vista… —murmuró, y luego entró de golpe, profundamente, haciéndome gritar su nombre.
Esta posición era diferente, más intensa, más animal. Me penetraba con una fuerza que me hacía sentir dominada, poseída, completamente entregada a su voluntad. Sus embestidas eran duras, profundas, y cada una me acercaba más al borde del abismo.
—¿Te gusta? —preguntó, jadeando—. ¿Te gusta que te folle así?
—Sí —gemí—. Dios, sí… no pares… no pares…
Una mano alcanzó alrededor de mi cuerpo y encontró mi clítoris, frotándolo en círculos mientras seguía embistiéndome desde atrás. La doble estimulación fue demasiado. Sentí que me acercaba al orgasmo con la velocidad de un tren descarrilado.
—Cuarta —dije, casi sin aliento, necesitando verlo, necesitando esa conexión visual—. Quiero verte…
Se salió de mí y me giró de nuevo, esta vez colocándome de lado, acostada junto a él. Me levantó una pierna sobre su cadera y entró desde ese ángulo, una posición íntima y profunda que nos permitía mirarnos a los ojos.
El ritmo se volvió frenético, desesperado. Ambos sabíamos que estábamos cerca, que el final se acercaba. Eloy me besaba entre jadeos, sus manos recorrían mi cuerpo con urgencia, y yo sentía que me deshacía, que me convertía en pura sensación, en pura necesidad de él.
—Córrete, Ameli —pidió, con la voz quebrada—. Ahora, preciosa… ahora…
El orgasmo nos golpeó simultáneamente, una ola de placer compartido que nos arrastró a ambos.
Sentí cómo Eloy se tensaba dentro de mí, cómo pulsaba mientras se vaciaba, y mi propio placer se extendió en contracciones interminables alrededor de él, apretándolo, sintiéndolo, poseyéndolo como él me poseía a mí.
Gritamos juntos, nuestros cuerpos unidos en la tensión del clímax, hasta que finalmente, gradualmente, el placer se transformó en saciedad, en calma, en una paz tan profunda que sentí que podía flotar.
Eloy se quedó dentro de mí un momento más, besándome con ternura ahora, con suavidad, antes de salir y caer a mi lado sobre la cama. Ambos jadeábamos, cubiertos de sudor, saciados hasta el último rincón de nuestros seres.
Pasaron minutos, o quizás horas, en un silencio cómodo y cálido. Sentí cómo Eloy se movía detrás de mí, envolviéndome con su brazo, atrayéndome contra su pecho. Su piel estaba caliente y pegajosa contra mi espalda, y su corazón latía todavía acelerado contra mi omóplato.
—Buenas noches, preciosa —susurró contra mi cuello, besándome la piel sensible detrás de la oreja—. Duerme. Estás a salvo. Estás conmigo.
Quise responder, quise decirle que nunca me había sentido tan segura, tan completa, tan absolutamente en el lugar correcto con la persona correcta. Pero las palabras se me escapaban, disueltas en la saciedad que invadía cada fibra de mi cuerpo.
Mi último pensamiento consciente, antes de que el sueño me venciera por completo, fue que nunca había sido tan feliz. Y que, por primera vez en años, no tenía miedo de que esa felicidad desapareciera.
Estaba en casa. Finalmente, estaba en casa.