Mi enfermera favorita Capítulo 11
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Capítulo 11

Amelia

Salí de la piscina con las piernas todavía temblorosas, envuelta en una toalla que no lograba calor suficiente contra el fuego que sentía en el pecho.

El secreto pesaba entre mis omóplatos como una marca invisible, un recuerdo de los dedos de Eloy y la forma en que me había hecho sentir con solo unas caricias robadas bajo el agua.

—¡Amelia! —Mateo corrió hacia mí con una sonrisa que iluminaba toda la terraza—. ¡Ven a ver lo que he hecho con las hamacas!

Me dejó llevar hasta donde Carolina y Valeria estaban sentadas, y para mi sorpresa, no estaban discutiendo.

De hecho, Carolina se reía de algo que Valeria acababa de decir, una carcajada genuina que le hacía arrugar los ojos, y Valeria, la Valeria seria y policía profesional, tenía una sonrisa torcida que le transformaba el rostro por completo.

—¿Qué me he perdido? —pregunté, sentándome en una hamaca vacía.

—Tu amiga —dijo Valeria, señalando a Carolina con la cabeza— acaba de confesar que una vez intentó detener a un paciente con una jeringuilla vacía porque creía que era un ladrón disfrazado de médico.

—Era una situación confusa —protestó Carolina, aunque sonreía—. El tío llevaba una bata blanca manchada de kétchup. Parecía sospechoso.

—Era el padre de una niña que se había caído en el parque —corrigió Valeria—. Y estaba cubierto de kétchup porque la niña se había llevado el bocadillo por delante.

Las dos se miraron y estallaron en risas simultáneas. Era una imagen extraña, casi surrealista: la enfermera tatuada y la policía pelirroja compartiendo un momento de complicidad que hacía solo horas parecía imposible.

—Habéis enterrado el hacha de guerra —comenté, secándome el pelo con la toalla.

—Hemos acordado una tregua temporal —dijo Valeria, encogiéndose de hombros—. Basada en el principio de que ambas odiamos a los mismos políticos y amamos a los mismos perros de Instagram.

—Y en que sabe hacer un gin-tonic decente —añadió Carolina, levantando su vaso hacia Valeria en un brindis irónico.

Eloy salió de la piscina en ese momento, y sentí que el aire se cargaba de electricidad.

Llevaba una camiseta puesta ya, pero el pelo mojado y las gotas de agua que resbalaban por su cuello me hicieron recordar demasiado vívidamente dónde habían estado mis manos, sus manos, apenas minutos antes.

Nuestros ojos se cruzaron, y él me sonrió con una intimidad que solo nosotros compartíamos.

—¿Quién tiene hambre? —preguntó, y su voz sonaba más ligera, más joven.

—¡Yo! —gritaron Mateo y Carolina al unísono, haciendo que todos riéramos.

La comida fue un caos organizado y delicioso. Eloy había preparado una paella que rivalizaba con la de cualquier restaurante de la Malvarrosa, con el arroz perfectamente cocido, el socarrat dorado y crujiente, y un sabor a mar que hizo que Carolina pidiera la receta tres veces.

—Esto es ilegal —dijo Carolina, con la boca llena—. Deberías estar en la cárcel por hacer comida así.

—Soy policía —respondió Eloy, sirviéndole más vino—. Conozco a los que ponen las multas. Me arriesgo.

—Tío, si cocinas así, ¿por qué no estás casado? —preguntó Carolina, y luego se mordió la lengua al darse cuenta de lo que había dicho—. Mierda, perdón. No quería…

—Está bien —dijo Eloy, y su mano buscó la mía bajo la mesa de forma instintiva, dándome un apretón breve—. Mi mujer falleció hace seis años. Mateo no la conoció.

El silencio que siguió fue cómodo, no incómodo. Una pausa respetuosa llena de comprensión. Valeria miró a Eloy con una ternura que solo los que se conocen desde siempre pueden mostrar, y Carolina asintió, aceptando la información sin preguntas innecesarias.

—Entonces es doblemente impresionante que cocines así —dijo Carolina finalmente, rompiendo el momento con su pragmatismo habitual—. Normalmente los viudos se alimentan de latas y tristeza.

—Carolina —siseé.

—¿Qué? Es un cumplido. Significa que es resiliente.

Eloy se rio, una carcajada genuina que resonó en el jardín.

—Me gusta tu amiga —dijo a Valeria—. Es como un terremoto con vocabulario.

—Es insoportable —dije, pero sonreía.

Pasamos la tarde entre risas. Mateo nos obligó a todos a jugar a las cartas, un juego inventado por él cuyas reglas cambiaban según su conveniencia, y luego a construir una «fortaleza defensiva» con cojines en el salón.

Carolina y Valeria competían por ver quién podía hacer reír más al niño, y para cuando el sol empezó a bajar, pintando el cielo de naranjas y rosas, estaban sentadas juntas en el suelo, ayudando a Mateo a ponerle un bigote dibujado con rotulador a uno de los peluches.

—Esto es surrealista —murmuré a Eloy, que estaba a mi lado en el sofá.

—¿Qué? —preguntó él, inclinándose para que solo yo lo oyera.

—Que Carolina y Valeria se lleven bien. Hace horas parecían a punto de arrestarse mutuamente.

—La comida une a la gente —dijo, y su aliento rozó mi oreja, haciéndome estremecer—. Y el alcohol. Les he puesto un tercio de ginebra a cada uno en el último gin tonic.

—Eres un conspirador.

—Soy un policía que sabe leer situaciones —corrigió, y su mano se posó en mi rodilla, quedándose allí, posesiva y cálida.

Cuando la noche cayó del todo, cuando las estrellas empezaron a asomar sobre Valencia y el aire se volvió fresco, me levanté para irme.

Había quedado en quedarme, esa promesa seguía flotando entre nosotros, intensa y esperada, pero necesitaba recoger cosas de casa, ropa, el cepillo de dientes.

La realidad práctica irrumpiendo en la burbuja de fantasía.

—¿Te vas? —La voz de Mateo sonó desde el fondo del pasillo, baja y triste, cuando Carolina dijo que era hora de marcharnos.

Me giré. Estaba en pijama ya, con el brazo escayolado protegido por una bolsa de plástico nueva, y una expresión de tragedia griega en el rostro.

—Debería, sí, ya es tarde y tú te vas a acostar en breve.

—¿Puedes ayudarme a bañarme? —preguntó de repente—. Papá siempre se olvida de las orejas. Y luego me pican.

Miré a Eloy, que estaba en la puerta del salón con una expresión que mezclaba gratitud y algo más profundo.

—¿Te importa? —pregunté.

—Sería un honor —respondió él, y su voz sonó ronca.

—Cogeré un taxi para volver —le dije a Carolina, que arqueó la ceja de manera casi imperceptible, pero yo conocía a mi amiga y ese gesto llevaba una implícita su frase favorita, «Ya hablaremos tú y yo, pecadora».

—¿Entonces no te vas? —preguntó Mateo, y cuando vi su sonrisa… Me enamoré aún más de ese niño que me había robado el corazón en la sala de urgencias.

—No, no me voy todavía. ¿Vamos a por ese baño?

—¡Sí! —gritó al tiempo que salía corriendo.

El baño fue un festival de risas y agua por todas partes.

Mateo se sentó en el borde de la bañera con la pierna sana dentro del agua y el brazo escayolado apoyado en el borde, protegido por la bolsa.

Yo me arrodillé en el suelo, con los vaqueros empapados hasta las rodillas, intentando lavarle el pelo con una mano mientras él me contaba historias de un dragón que vivía en la tubería.

—El dragón se llama Roberto —explicó Mateo, mientras yo le enjabonaba la cabeza—. Y come jabón. Por eso hay que usar mucho, para que no se muera de hambre.

—Roberto, el dragón de la tubería —repetí, intentando no reírme—. Suena respetable.

—Es muy respetable. Tiene corona y todo. Pero es tímido. Solo sale cuando no hay adultos mirando.

—Entonces haré como que no miro —dije, cerrando los ojos teatralmente.

—¡No! —gritó Mateo, riéndose—. Si no miras, no ves si me enjuago bien. Y si no me enjuago bien, me pican los ojos. Es un círculo vicioso.

—Ah, perdón. No sabía que el dragón Roberto tuviera normas tan estrictas.

Terminamos el baño entre salpicaduras y canciones inventadas sobre policías que se bañaban con dragones. Cuando salió de la bañera, envuelto en una toalla que lo convertía en un pequeño burrito humano, me sentí extrañamente orgullosa. Como si hubiera pasado alguna prueba invisible.

—Ahora el pijama —dijo Mateo, dirigiéndose a su habitación con paso decidido—. Y luego la historia. Papá siempre lee muy rápido. Tú lees más despacio, ¿verdad? Como las personas normales.

—Leeré tan despacio como quieras —prometí.

Su habitación era un caos organizado de juguetes, libros y posters de superhéroes. En la pared, colgaba una fotografía de María, y por un momento sentí que debía apartar la mirada, darles privacidad. Pero Mateo me cogió de la mano y me acercó a la foto.

—Esta es mi mamá —dijo, con naturalidad—. Se llama María. Era muy guapa, ¿verdad?

—Muy guapa —confirmé, sintiendo un nudo en la garganta—. Y te pareces a ella. En la forma de mirar.

—Sí —asintió Mateo, satisfecho—. Papá dice que tengo la misma mirada. Y su sonrisa. Y su manera de hacerle reír cuando está triste.

—Tu papá tiene razón.

—Amelia —dijo Mateo de repente, girándose hacia mí con seriedad—. ¿Tú también te vas a morir?

La pregunta me dejó sin aliento. Me agaché frente a él, al nivel de sus ojos, y le acaricié la mejilla.

—No lo sé, pequeño —respondí con honestidad—. Nadie lo sabe. Pero te prometo que mientras esté aquí, voy a intentar que cada día sea bueno. ¿Trato?

—Trato —dijo, y me abrazó con fuerza, apretando su carita contra mi cuello—. Me gustas mucho, Amelia. Más que a papá, creo. Y a él le gustas un montón. Se le pone cara de tonto cuando te mira.

Reí, con el corazón latiéndome en el pecho de una forma nueva, dolorosa y hermosa.

—¿Cara de tonto? —repetí.

—Sí. Así —hizo una imitación perfecta de Eloy con los ojos desorbitados y la boca entreabierta—. Es porque está enamorado. La tía Valeria dice que los hombres se ponen tontos cuando se enamoran. Es una enfermedad.

—No es tan grave —dije, besándole la frente—. A veces es una buena enfermedad.

Le puse el pijama, una operación complicada con el brazo escayolado, y lo metí en la cama. Eloy apareció en la puerta, observándonos con una expresión que no supe definir. Orgullo, ternura, deseo, miedo. Todo mezclado.

—¿Quieres que te lea un cuento? —le pregunté a Mateo.

—No —dijo, bostezando—. Quiero que me cuentes tú una historia. Una de verdad. De cuando eras pequeña.

Me senté en el borde de la cama y empecé a hablarle de mi infancia, de mis padres, de cómo me caí de un árbol cuando tenía siete años y mi padre me compró un helado, aunque estaba llena de sangre.

Mateo escuchaba con los ojos cerrados, asintiendo de vez en cuando, hasta que su respiración se volvió regular y profunda.

—Se ha dormido —susurré, mirando a Eloy.

—Eres mágica —respondió él, acercándose—. Normalmente tarda una hora en dormirse. Contigo ha sido en cinco minutos.

—Es el poder de las historias sobre árboles y helados.

Salimos de la habitación de puntillas, dejando la puerta entreabierta. En el pasillo, la luz era tenue, íntima. Eloy me miró con una intensidad que me hizo olvidar que tenía que irme a casa a por ropa.

—Gracias —dijo, y su voz era grave, sincera—. Por quedarte. Por ser así con él. Por ser tú.

—No he hecho nada especial —protesté, sintiéndome expuesta.

—Has hecho todo —corrigió, acercándose un paso—. Le has dado algo que yo no puedo darle. Una perspectiva diferente. Una mujer en su vida que no sea Valeria o su abuela.

—Eloy…

—Has dicho que te quedabas —dijo, y no era una pregunta, era una súplica—. Quédate. Por favor.

Sentí que el mundo se reducía a ese pasillo, a esa pregunta, a ese hombre que me miraba como si yo fuera su salvación y su perdición a la vez.

—Voy a necesitar cepillo de dientes —dije finalmente, sonriendo—. Y ropa de dormir. Y…

—Tengo una camiseta vieja —interrumpió, devolviéndome la sonrisa—. Y un cepillo de dientes nuevo en el cajón del baño. Lo compré esta mañana. Por si acaso.

—¿Por si acaso?

—Por si acaso tuviera suerte —confesó, y sus ojos brillaban—. Y la tengo. Contigo, Amelia, siempre tengo suerte.

Asentí, sintiendo que cruzaba un umbral del que no había vuelta atrás. Y por primera vez en dos años, no sentí miedo. Solo sentí que, por fin, estaba exactamente donde debía estar.