Mi enfermera favorita Capítulo 10
31%

Capítulo 10

Eloy

El agua de la piscina me envolvía hasta la cintura, fresca y cristalina, pero mi cuerpo ardía.

Tenía a Amelia frente a mí, a solo un palmo de distancia, con el pelo mojado pegado a sus hombros y gotas de agua resbalando por su escote hacia ese bikini azul que se había convertido en mi perdición.

Y mientras Mateo chapoteaba a mi lado, riendo y pidiendo que lo levantara de nuevo, yo no podía dejar de pensar en la noche anterior.

En la ducha. En mi mano cerrada alrededor de mi miembro. En la imagen de ella, exactamente así, semidesnuda y mojada, mientras gemía su nombre como una oración.

—¡Papá, otra vez! —gritó Mateo, rompiendo el hechizo.

Lo cogí en brazos automáticamente, levantándolo sobre el agua, pero mis ojos no se apartaban de Amelia.

Estaba de espaldas a mí ahora, agarrada al borde de la piscina, con la cabeza echada hacia atrás para coger el sol.

Y cuando me acerqué un poco más, cuando el movimiento del agua me empujó hacia ella, sentí que mi cuerpo traicionero reaccionaba.

La erección me golpeó con la fuerza de un puñetazo.

Una, dos, tres veces, palpitante e inevitable, mientras imaginaba cómo había sido deslizar los dedos por mi piel pensando en la suya.

Maldije en silencio, intentando pensar en algo frío, algo aburrido, en los informes pendientes de la comisaría, en la hipoteca, en cualquier cosa.

Pero fue inútil. Amelia estaba ahí, real, tangible, y mi cuerpo sabía exactamente qué quería hacer con ella.

Me moví un poco, intentando disimular, pero el agua me arrastró y mi erección rozó contra su trasero.

Fue apenas un contacto, una fracción de segundo, pero ella se quedó quieta.

Se tensó. Y cuando se giró, sus ojos marrones estaban muy abiertos, fijos en los míos, con una mezcla de sorpresa y algo más oscuro, más caliente, que me hizo querer hundirme en el agua y nunca salir.

—Mateo —dije, y mi voz sonó extraña, ronca, forzada—. Ve a buscar a la tía Valeria y dile que saque las toallas. Es hora de secarnos antes de comer.

—¿Ya? —protestó el niño—. Pero si acabamos de entrar.

—Ve —insistí, intentando sonar firme—. Y dile a Carolina que ponga la mesa. Por favor.

Mateo nadó hacia la escalera refunfuñando, pero obedeció.

Lo vi salir de la piscina, dejando un rastro de agua en el borde, y dirigirse hacia donde Valeria y Carolina estaban sentadas en las hamacas, discutiendo sobre algo que parecía política o fútbol o el fin del mundo.

Estaban tan entretenidas que ni siquiera miraron hacia nosotros.

Y entonces estuvimos solos. Amelia y yo. En el agua. A centímetros de distancia.

—Lo siento —dije, sin apartarme, sin poder hacerlo.

—¿Por qué? —preguntó ella, y su voz temblaba apenas.

—Ya sabes por qué —respondí, y me acerqué.

Fue un movimiento lento, deliberado, acorralándola contra el borde de la piscina.

Coloqué mis manos a ambos lados de su cuerpo, atrapada entre mis brazos y el borde de hormigón, y sentí cómo ella jadeaba cuando mi erección, dura e insistente, se presionó contra su trasero a través de la tela húmeda de nuestros bañadores.

—Eloy…

—Lo siento —repetí, pero no me moví. No podía. Tenerla así, atrapada, cerca, era una tortura deliciosa que no quería terminar—. No puedo evitarlo. Tenerte cerca… es una tortura, Amelia. Desde el día de la playa, desde que te vi salir del agua con ese bikini, no puedo dejar de pensar en ti.

Apoyé mi frente en su hombro mojado, inhalando su olor, sal y algo dulce que era solo ella.

—Estas últimas noches —susurré contra su piel—, en la ducha… me he tocado pensando en ti. No puedo dejar de imaginar cómo sería tenerte entre mis brazos de verdad. Cómo sería estar dentro de ti.

Sentí cómo ella se estremecía, un temblor que recorría su columna y llegaba hasta mí. Su respiración cambió, se volvió entrecortada, agitada. Cuando levanté la vista, la vi mordiéndose el labio inferior, con los ojos brillantes y la piel sonrojada a pesar del agua fría.

Me incliné y besé su cuello, justo donde el pulso latía con fuerza. Saboreé su piel, dejando que mis labios se detuvieran en el hueco entre su cuello y su hombro.

—Dime que te pasa lo mismo —murmuré, deslizando una mano por su cintura, subiendo lentamente hasta rozar la parte inferior de sus pechos—. Dime que te excitas pensando en mí. Dime que deseas que pase algo entre nosotros.

—Eloy, nos pueden ver —susurró ella, pero no se apartó. Al contrario, se apretó un poco más contra mí.

—Mira —dije, y con la mano libre señalé hacia la terraza.

Mateo estaba entre Valeria y Carolina, haciendo reír a ambas con alguna historia dramática sobre un dragón que vivía en la piscina. Las dos mujeres estaban absortas en el niño, riendo, sin prestar atención a nada más.

—Están entretenidas —dije, volviendo a besar su cuello, subiendo hasta su oreja—. Y yo necesito saberlo, Amelia. Necesito saber si estoy solo en esto. Si soy el único que se vuelve loco.

Ella giró la cabeza ligeramente, lo suficiente para que nuestros ojos se encontraran. Estaba roja, completamente sonrojada, con una vulnerabilidad que me hizo querer protegerla y devorarla al mismo tiempo.

—Hace dos noches —confesó, con voz tan baja que apenas la oí—. Yo también… me toqué pensando en ti. En la playa. En cómo me mirabas. En tus manos.

El impacto de sus palabras me golpeó directamente en la entrepierna. Sentí cómo mi erección palpitaba con más fuerza, presionando entre sus nalgas, y tuve que contener un gemido.

—¿Y cómo fue, preciosa? —Susurré, deslizando mi mano por su vientre plano, bajándola lentamente, centímetro a centímetro.

—Bien —jadeó ella, arqueándose involuntariamente contra mi mano—. Pero habría deseado… habría deseado que fuera tu mano la que me tocara.

El gruñido que salió de mi pecho fue animal, incontrolable. Llevé mi mano entre sus piernas, encontrando el calor que irradiaba a través de la tela del bikini. Ella jadeó, un sonido ahogado que intentó reprimir.

—Tienes que ser muy discreta —murmuré contra su oreja—. Muy, muy discreta, preciosa. Porque voy a hacerte sentir bien y no quiero que nadie lo sepa excepto tú y yo.

Metí los dedos por debajo de la tela de su braguita, encontrando su humedad, su calor, su cuerpo preparado y necesitado. Ella se tensó, apoyando la frente en el borde de la piscina, y yo empecé a mover los dedos en círculos lentos, precisos, encontrando ese punto que la hizo jadear de nuevo.

—Shhh —susurré, besando su hombro, su cuello, mientras con la otra mano subía hasta sus pechos.

A través del bikini, encontré sus pezones erectos y los pellizqué suavemente, luego con más fuerza, haciendo que ella contuviera el aliento. Estaba completamente excitada, temblando contra mí, y yo sentía cada respiración suya, cada contracción, como si fuera mi propio placer.

—Eloy… —suspiró, y era una súplica.

—Déjate llevar —murmuré, acelerando el ritmo de mis dedos entre sus piernas, presionando más fuerte, más profundo—. Quiero sentir cómo te corres para mí. Aquí. Ahora. Con mi mano dentro de ti.

Ella apretó los labios, conteniendo los gemidos, mientras su cuerpo se tensaba contra el mío. Podía sentir su orgasmo acercándose, la forma en que sus músculos se contraían, cómo se agarraba al borde de la piscina con los nudillos blancos.

—Así, preciosa —susurré, mordisqueando su oreja—. Córrete para mí. Solo para mí.

Y entonces llegó. Un temblor largo, intenso, que recorrió todo su cuerpo mientras ella arqueaba la espalda contra mi pecho. La sentí contraerse alrededor de mis dedos, húmeda y caliente, y tuve que morderme el labio para no hacer ruido, para no gruñir de excitación.

Cuando terminó, cuando su respiración se volvió entrecortada y su cuerpo se relajó contra el mío, retiré mi mano lentamente, llevándome los dedos a los labios para saborearla. Ella me miró por encima del hombro, con los ojos vidriosos y la boca ligeramente abierta.

Me incliné y la besé en los labios. Fue un beso rápido, corto, pero cargado de todo lo que no podíamos decir en voz alta.

—Necesito unos minutos —dije, apoyando mi frente contra la suya—. No puedo desahogarme como tú. Tengo que… calmarme.

Cogí su mano bajo el agua y la llevé a mi entrepierna, haciéndola sentir lo duro que estaba, lo mucho que la deseaba. Ella tragó saliva, sus ojos se abrieron más, y yo sonreí con esfuerzo.

—Si te dijera lo que te haría ahora mismo, preciosa —murmuré, rozando mi nariz contra la suya—, me detendrían por escándalo público. Y sé que, si te pido que te quedes esta noche, me vas a decir que no.

Amelia me miró fijamente, con una determinación que no había visto antes. Su mano permaneció sobre mi erección, presionando ligeramente, haciéndome ver estrellas.

—Me quedo —dijo, y su voz sonó firme, segura—. Si es lo que quieres… me quedo.

La miré con los ojos muy abiertos, procesando sus palabras. Ella. Quería quedarse. En mi casa. Conmigo. Esta noche.

El pensamiento me golpeó con la fuerza de un tren. No solo deseaba su cuerpo —aunque eso era una necesidad urgente e imperiosa—, sino su presencia, su risa, su forma de llenar los espacios vacíos que había llevado años acumulando.

Me incliné y la besé de nuevo, más profundamente esta vez, dejando que mi lengua rozara la suya en una promesa de lo que vendría.

—No solo es lo que quiero —confesé cuando nos separamos, mirándola a los ojos, dejando que viera la verdad desnuda de mi deseo—.

Es lo que deseo más que nada en este mundo.

Pero Amelia… si te quedas, si pasamos esa línea…

no voy a poder dejarte ir después. ¿Lo entiendes?

Cuando te haga mía, no voy a querer ni poder dejar que te marches nunca.

Ella tragó saliva, pero no retrocedió. En sus ojos vi miedo, sí, pero también valentía. También deseo.

—Será mejor que salga —dijo finalmente, con voz temblorosa—. Voy a poner la mesa con ayuda de Mateo. Antes de que alguien se dé cuenta de… de lo que sea que estemos haciendo.

Asentí, aunque cada fibra de mi ser gritaba que la retuviera, que la tomara allí mismo, que la hiciera mía sin esperar ni un minuto más.

La vi salir de la piscina, con las piernas un poco temblorosas, el bikini ajustado a su cuerpo perfecto, el pelo mojado cayendo sobre sus hombros. Se envolvió en una toalla y se dirigió hacia la terraza, donde Mateo la recibió con un grito de alegría.

Me quedé solo en el agua, apoyado en el borde, respirando con dificultad, sintiendo cómo mi erección persistía dolorosamente. Cerré los ojos y maldije en silencio, no por la frustración, sino por la certeza absoluta que me invadía.

Estaba jodido. Más jodido de lo que había imaginado.

Y cuando finalmente consiguiera tener a Amelia, cuando la tuviera desnuda entre mis sábanas, cuando fuera real y no solo fantasía…

supe con total certeza que no sería capaz de dejarla marchar.

Que la retendría con uñas y dientes, que la haría mía de todas las formas posibles, que la amaría con una intensidad que probablemente la asustaría.

Porque Amelia no era solo una mujer que me gustaba.

Era la mujer que iba a cambiarlo todo.

Y mientras salía de la piscina, con el cuerpo todavía vibrando de deseo contenido, supe que esta noche sería la primera de muchas. O la última de una vida de soledad.

No había término medio.