Mi enfermera favorita Capítulo 9
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Capítulo 9

Amelia

Carolina no paraba de hablar desde que habíamos salido de mi casa.

Llevaba veinte minutos, veinte minutos exactos, lo sabía porque había mirado el reloj del salpicadero cada treinta segundos, enumerando las razones por las que aceptar la invitación a casa de un desconocido era «una idea nefasta, una locura, una película de terror esperando a suceder».

—Es solo una comida —dije por enésima vez, ajustándome el vestido de verano que había elegido tras probarme media docena de opciones diferentes.

—Es solo una emboscada emocional —corrigió ella, girando el volante con más fuerza de la necesaria—. Tú no ves lo que yo veo. Ese policía te quiere en su territorio. En su madriguera. Con su hijo de cebo emocional. Es táctica de interrogatorio avanzada, Amelia. Te lo estoy diciendo.

—Mateo no es un cebo emocional —protesté, aunque la comparación me hizo sonreír—. Es un niño de seis años. Y Eloy… Eloy es…

—¿Qué? —arqueó una ceja, mirándome de reojo—. ¿Guapo? ¿Tierno? ¿Un padre soltero que te pone los ovarios a vibrar?

—Carolina.

—Dime la verdad. ¿Es por el niño o es por el padre?

—Es por los dos —suspiré, rendida—. Y eso es lo que me aterra.

Carolina hizo un ruido entre dientes que sonó a «te lo dije» y giró hacia la urbanización donde vivía Eloy. Habíamos quedado a las doce, y el sol ya castigaba con fuerza sobre el asfalto.

—Vale —dijo Carolina, aparcando frente a una casa con jardín y piscina visible desde la calle—. Reglas básicas: si veo algo raro, nos vamos. Si el policía te toca sin permiso, le rompo los dedos. Y si la tal Valeria me mira mal, le devuelvo la mirada con intereses.

—Valeria es la mejor amiga de Eloy —dije, cogiendo la cesta con el tiramisú que había preparado—. Y es policía también. Así que quizás no deberías amenazarla en su primera interacción.

—Las policías me ponen nerviosa —murmuró Carolina, bajando del coche—. Demasiada autoridad. Demasiada… —hizo un gesto vago en el aire—. Rectitud.

Tocamos el timbre y la puerta se abrió casi inmediatamente. Mateo apareció en el umbral con un bañador de superhéroe, el brazo escayolado envuelto en una bolsa de plástico azul, y una expresión de éxtasis absoluto al verme.

—¡Amelia! —gritó, lanzándose a mis piernas—. ¡Has venido! ¡Te dije a papá que vendrías!

—Te dije que vendría —dije, agachándome para abrazarlo, ignorando la mirada de advertencia de Carolina—. Y he traído refuerzos. Esta es Carolina, mi mejor amiga.

Carolina extendió la mano con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Encantada, pequeño —dijo—. He oído hablar mucho de ti.

—¿De verdad? —Mateo la miró con curiosidad—. ¿Amelia habla de mí cuando no estoy?

—Constantemente —respondió Carolina, y luego, mirándome—. Y de tu padre también.

—Carolina —siseé, poniéndome colorada.

—Pasad, por favor —dijo Eloy apareciendo por el pasillo, secándose las manos con un trapo de cocina.

Llevaba un bañador negro y una camiseta blanca que se pegaba a su torso de una forma que me hizo reconsiderar seriamente mi capacidad para formar oraciones coherentes.

Su pelo estaba mojado, como si acabara de salir de la ducha, y tenía gotas de agua resbalando por su cuello que seguí con la mirada antes de poder detenerme.

—Hola —dije, y mi voz sonó más aguda de lo normal.

—Hola —respondió él, y hubo algo en su mirada, algo que recordaba la playa, el beso casi dado, la tensión que había entre nosotros desde entonces—. Me alegro de que hayáis venido.

Entramos y el caos se desató inmediatamente.

Mateo nos arrastró hacia el salón para enseñarnos sus «tesoros».

Una colección de coches de policía, un walkie-talkie de juguete, y una foto enmarcada de su madre que me hizo sentir incómoda y honrada a la vez, mientras Eloy intentaba mantener algún tipo de orden verbal desde la cocina, donde olía a leña ardiendo y a paella en ciernes.

—¿Y dónde está la famosa Valeria? —preguntó Carolina, mirando alrededor con el ceño fruncido.

—Aquí —respondió una voz desde la terraza.

La puerta de cristal se abrió y Valeria entró con dos vasos de limonada en las manos. Llevaba un bañador deportivo negro, una camiseta de tirantes gris, y una expresión de neutralidad profesional que me recordó demasiado a un interrogatorio policial.

—Tú debes ser Carolina —dijo, sin sonreír—. La enfermera.

—Y tú debes ser Valeria —respondió Carolina, cruzándose de brazos—. La policía.

Las dos se miraron durante un segundo que se extendió demasiado. Fue como ver dos trenes de mercancías peligrosas avanzando en direcciones opuestas por la misma vía. Chispas invisibles crujieron en el aire acondicionado.

—He oído hablar de ti —dijo Valeria, dejando los vasos en la mesa—. Amelia dice que eres «muy divertida».

—Y yo he oído hablar de ti —replicó Carolina, con una sonrisa afilada—. Eloy dice que eres «como una hermana». Interesante, porque muy poca gente, hombre y mujer, mantiene una amistad sin que haya sexo de por medio.

El silencio que siguió fue absoluto. Mateo dejó de jugar con sus coches y nos miró con ojos curiosos. Eloy apareció en la puerta de la cocina con una expresión de pánico contenido. Y yo sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

—Carolina —susurré, horrorizada.

—¿Qué? —Ella se encogió de hombros, inocente—. Solo constato hechos.

Valeria no parpadeó. Solo inclinó ligeramente la cabeza, evaluando a Carolina como si fuera una prueba forense recién llegada a la comisaría.

—Tienes un sentido del humor… peculiar —dijo finalmente—. Me recuerda a los delincuentes que intentan distraer a los agentes con chistes mientras esconden la droga.

—¿Me estás llamando delincuente? —Carolina arqueó una ceja.

—Te estoy llamando observadora —corrigió Valeria—. Hay diferencia. Aunque en mi experiencia, la gente que se siente atacada suele tener algo que esconder.

—Pues no escondo nada.

—Yo tampoco. Eloy no es mi tipo. Tu amiga, sí —dijo Valeria, haciéndole un guiño, y Carolina abrió los ojos con sorpresa.

—Pues lo llevas claro, poli, porque si Amelia decidiera cambiar de gustos en cuanto a tener una relación, ya te digo yo que esa mujer sería yo.

—Así que, tenemos los mismos gustos —la sonrisa de Valeria fue de lo más lobuna, y hasta yo me estremecí y eso que no me gustaban las mujeres—. Eso sí que es interesante.

—Chicas —intervino Eloy, levantando las manos—. ¿Qué tal si dejamos los interrogatorios para después de comer? Mateo, ¿por qué no llevas a Amelia a ver la piscina?

—¡Sí! —Mateo agarró mi mano sana y tiró de mí—. ¡Vamos! ¡Papá ha puesto los flotadores!

Salí al jardín agradecida por la excusa, dejando atrás la tensión palpable entre Carolina y Valeria. El jardín era precioso, con césped bien cuidado, una pérgola con hamacas, y al fondo, una piscina azul que brillaba bajo el sol de mediodía.

—Aquí está —anunció Mateo, señalando con orgullo—. Mi territorio. Allí está el flotador de dinosaurio. Es verde. Y allí está el tuyo. Es rosa. Papá lo compró ayer.

—¿Un flotador para mí? —pregunté, tocado.

—Es que no sé nadar muy bien —expliqué—. Así que el flotador es perfecto.

—Yo tampoco puedo nadar bien —dijo Mateo, señalando su brazo—. Pero papá dice que los policías aprendemos rápido. Mira, ya viene.

Me giré y vi a Eloy saliendo de la casa, llevando una bandeja con bebidas. Pero fue cuando se quitó la camiseta para entrar en la piscina cuando mi cerebro dejó de funcionar.

Su torso era… era ridículo. No de esa forma exagerada de los gimnasios, sino de un modo natural, funcional, de hombre que trabaja con su cuerpo.

Tenía los hombros anchos, la cintura estrecha, unos pectorales definidos que bajaban hacia un abdomen con surcos visibles, y un rastro de vello oscuro que desaparecía bajo el bañador.

Su piel estaba bronceada, con algunas cicatrices pequeñas que contaban historias que deseaba conocer.

—¿Nos acompañas? —preguntó, metiéndose en el agua hasta la cintura y extendiendo una mano hacia Mateo—. El agua está perfecta.

—¡Yo primero! —gritó Mateo, sentándose en el borde y dejándose caer hacia los brazos de su padre.

Eloy lo cogió al vuelo, levantándolo sobre el agua mientras el niño chillaba de alegría. El brazo escayolado de Mateo se mantuvo seco, protegido por la bolsa, pero el resto de su cuerpo chapoteaba felizmente.

—¡Mira, Amelia! —gritó Mateo—. ¡Papá es un barco! ¡Un barco policía!

—Veo, veo —dije, sentándome en el borde de la piscina y metiendo las piernas en el agua.

Eloy sonrió, y fue una sonrisa diferente a las anteriores. Más relajada, más joven, más… libre. Empezó a moverse por la piscina con Mateo sobre sus hombros, haciendo como que era un submarino, un avión, un tiburón que perseguía a su hijo entre risas y salpicaduras.

—¡Más rápido, papá! —pedía Mateo—. ¡Que viene el enemigo!

—¡El enemigo tiene hambre! —gritó Eloy, hundiéndose un poco y haciendo que el agua salpicara alrededor.

Observé cómo jugaban y sentí algo que hacía mucho tiempo que no sentía. No era solo ternura, aunque eso también estaba allí. Era deseo. Puro, intenso, casi doloroso deseo.

Deseaba a ese hombre. No solo porque estuviera semidesnudo frente a mí, aunque eso ayudaba, para qué mentir, sino por la forma en que trataba a su hijo, por la fuerza con la que lo levantaba sin esfuerzo aparente, por la risa profunda que salía de su pecho cada vez que Mateo le ordenaba «más velocidad, agente Castellanos».

Deseaba ser parte de eso. De ese juego, de esa intimidad, de ese amor incondicional que se respiraba entre ellos.

—¿Entras? —preguntó Eloy de repente, interrumpiendo mis pensamientos.

Estaba frente a mí, en el agua hasta el pecho, con Mateo aferrado a su cuello y el pelo mojado pegado a su frente. Sus ojos verdes me miraban con una pregunta que no era solo sobre la piscina.

—No sé nadar muy bien —repetí, sintiéndome expuesta.

—Yo te agarro —dijo, y la promesa en esas palabras me hizo estremecer—. No dejaré que te ahogues.

—Prometido —añadió Mateo—. Entre papá y yo te protegemos. Somos el equipo de rescate.

Miré a Carolina, que había salido al jardín y estaba sentada en una hamaca, observando la escena con una expresión que no supe interpretar.

Valeria estaba de pie junto a ella, con los brazos cruzados, y por un segundo nuestras miradas se cruzaron.

Ella asintió casi imperceptiblemente, como dándome permiso para ser feliz, o quizás simplemente reconociendo lo inevitable.

—Vale —dije, y me dejé caer al agua.

El frescor me golpeó de golpe, pero antes de que pudiera reaccionar, sentí unos brazos fuertes que me sostenían por la cintura.

Eloy me había cogido, manteniéndome a flote, con una mano en mi espalda y la otra en mi cadera.

Estábamos demasiado cerca. Su piel mojada rozaba la mía.

Podía sentir el calor de su cuerpo a pesar del agua fría.

—¿Ves? —dijo, su voz baja, solo para mí—. Te tengo.

—Sí —susurré, y no sabía si hablaba de la piscina o de otra cosa.

—¡Amelia está con nosotros! —gritó Mateo, nadando hacia nosotros con su brazo sano—. ¡Ahora somos tres!

—Tres —repitió Eloy, sin apartar los ojos de los míos—. Me gusta cómo suena.

Y mientras el sol quemaba sobre nosotros y el agua nos envolvía, supe que estaba en peligro. No de ahogarme en la piscina, sino de ahogarme en ellos. En ese niño que ya me había robado el corazón. En ese hombre que me miraba como si yo fuera algo precioso y frágil al mismo tiempo.

Deseaba a Eloy Castellanos. Con una intensidad que me asustaba. Y lo peor, o lo mejor, era que ya no quería luchar contra ese deseo.

Quería dejarme llevar.