Capítulo 8 #2
—No quiero que te reemplace. Nadie podría.
Pero quiero que lo sepas. Quiero que sepas que es buena.
Que hace reír a nuestro hijo. Que… —mi voz se quebró—.
Que me hace sentir que merece la pena volver a arriesgarse —suspiré cerrando los ojos, con la imagen de mi esposa aún en mi mente—.
Te echo de menos, mi niña. A pesar del tiempo que ha pasado, aún duele y te echo de menos.
Dejé la foto bocarriba en la mesita. María seguía sonriendo y, por primera vez en años, esa sonrisa no me dolió. Me reconfortó.
Me quité la ropa y me metí en el baño. Abrí el grifo de la ducha y esperé a que el agua caliente llenara el cubículo de vapor. Cuando estuvo listo, entré y cerré la puerta, apoyando las dos manos en la pared de azulejos, dejando que el agua golpeara mi espalda.
Cerré los ojos.
Y ella apareció.
No de forma voluntaria, sino como una inundación.
Amelia saliendo del agua con ese bikini azul que se había adherido a su piel como una segunda piel, con el pelo oscuro pegado a sus hombros, con las gotas de agua resbalando por su cuello, su escote, su vientre plano.
La vi riendo, con la cabeza echada hacia atrás, expuesta al sol, y luego la vi mirándome con esos ojos que parecían ver dentro de mí, despojándome de todas las capas de protección que había construido durante años.
Sentí cómo mi cuerpo reaccionaba antes de que mi mente pudiera detenerlo. La sangre se acumuló en mi entrepierna, y cuando abrí los ojos y miré hacia abajo, estaba completamente erecto, duro como una roca, palpitando contra mi vientre con una demanda que no podía ignorar.
—Joder —murmuré, cerrando los ojos de nuevo.
La lucha interna duró apenas unos segundos.
La parte racional de mí, el policía, el padre viudo, el hombre cauteloso, susurraba que masturbarme pensando en ella era una forma de acelerar algo que debía ir despacio, de proyectar sobre ella deseos que quizás ella no compartía.
Pero la otra parte, la parte animal, la parte que llevaba seis años sin tocar a nadie con intención, gritaba que necesitaba esto, que me debía esto, que Amelia había despertado algo que no podía volver a dormir sin una liberación.
Ganó la segunda parte.
Cerré los ojos con fuerza y dejé que la imagen de Amelia se intensificara.
La vi desnuda en mi ducha, con el agua resbalando por sus pechos, sus caderas, el triángulo oscuro entre sus piernas.
La vi de rodillas frente a mí, mirándome con esos ojos miel mientras tomaba mi erección entre sus manos suaves, entre sus labios rosados.
La sentí en mi mente, caliente, húmeda, apretando a mi alrededor, moviéndose contra mí con esa mezcla de dulzura y urgencia que intuía en ella.
Apreté los azulejos con más fuerza, arqueando la espalda, dejando que el agua caliente me golpeara el pecho mientras mi mano se cerraba alrededor de mi miembro.
Moví la muñeca con movimientos largos, pausados al principio, luego más rápidos, imaginando que era ella la que me tocaba, que sus gemidos se mezclaban con el sonido del agua, que su cuerpo se tensaba contra el mío buscando el mismo alivio.
—Amelia —susurré, y el nombre sonó como una oración y una blasfemia a la vez.
Pensé en cómo sería tenerla allí, ahora, contra la pared.
Pensé en levantarla, en sentir sus piernas alrededor de mi cintura, en entrar en ella profundamente, en escuchar mi nombre en sus labios mientras el agua nos envolvía a ambos.
Pensé en su piel contra la mía, en su sabor salado, en la forma en que gemiría cuando la tocara en ese punto exacto que la haría perder el control.
El orgasmo me golpeó con la fuerza de una ola. Apreté los dientes para no gritar, moví la mano frenéticamente hasta que salió todo, hasta que las piernas me temblaron y tuve que apoyar la frente en la pared fría para no caer.
Me quedé así un momento, jadeando, sintiendo cómo el agua limpiaba el rastro de mi solitario placer, arrastrándolo hacia el desagüe. Cuando recuperé el aliento, me lavé rápidamente, salí de la ducha y me envolví en una toalla.
Me miré en el espejo empañado. Los ojos verdes que me devolvían la mirada eran los de un hombre satisfecho pero asustado, de un hombre que acababa de cruzar una línea invisible pero definitiva.
Me metí en la cama desnudo, con la piel todavía húmeda y el corazón todavía acelerado. Apagué la lámpara y me quedé mirando el techo, donde las sombras de la noche danzaban en silencio.
La imagen de Amelia persistía detrás de mis párpados. No solo la de su cuerpo, aunque esa era vívida, casi dolorosa, sino la de su risa, la forma en que miraba a Mateo, la comisura de sus labios donde había posado el mío ese beso que no era del todo un beso.
Y supe, con una certeza que me heló la sangre a pesar del calor residual de mi cuerpo, que estaba metido en un lío del que no quería salir. Que había dejado de ser el padre viudo seguro, el policía controlado, el hombre que había decidido que el amor no era para él.
—Estoy jodido —murmuré al techo, cerrando los ojos y dejando que la oscuridad me absorbiera.
Y mientras el sueño llegaba, arrastrándome hacia un descanso que no merecía, supe que mañana, y pasado, y el sábado, y todos los días venideros, tendría que enfrentarme a esto.
A ella. A lo que sentía. A la posibilidad aterradora de volver a amar, y de volver a perder, y de que valiera la pena de todos modos.
Estaba jodido, sí.
Pero por primera vez en seis años, no me importaba tanto.