Mi enfermera favorita Capítulo 8
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Capítulo 8

Eloy

El trayecto desde la playa hasta casa se convirtió en un monólogo interminable protagonizado por Mateo.

Mi hijo, que normalmente se quedaba dormido en cuanto el coche arrancaba después de una tarde de sol, estaba desbordado de energía y palabras, sentado en su sillita con el cinturón abrochado y el brazo escayolado apoyado en el reposabrazos como si fuera un trofeo que exhibir al mundo.

—Y entonces Amelia me cogió en brazos, ¿sabes?

—decía por enésima vez, mirándome por el retrovisor con ojos brillantes—.

Y yo era como un barco. Un barco policía.

Y ella reía así, con la boca muy abierta, y se le veían todos los dientes.

Sonríe mucho, papá. Más que la tía Valeria.

La tía Valeria solo sonríe cuando hay helado.

—La tía Valeria sonríe más a menudo de lo que crees —respondí, aunque mi atención estaba dividida entre el tráfico y la imagen persistente de Amelia en bikini azul, saliendo del agua con el sol pegado a su piel húmeda.

—Pero Amelia es diferente —insistió Mateo, con esa terquedad que heredaba de su madre—. Ella huele bien. Y me abrazó fuerte, papá. Como si fuera suyo. Como si fuera su hijo o algo así.

Apreté el volante con más fuerza de la necesaria. La inocencia de Mateo tenía la capacidad de desarmarme por completo, de hacerme sentir expuesto ante verdades que yo mismo no me atrevía a nombrar.

—Amelia es muy cariñosa —dije, eligiendo las palabras con cuidado—. Es su trabajo cuidar de la gente.

—No —negó Mateo, tajante—. Es diferente. Cuando me abrazó… no sé. Se le ponía la cara como a ti cuando me cuentas historias de cuando era pequeño. Como si le gustara. De verdad, no de mentira.

Guardé silencio, porque no sabía qué responder a eso. Mi hijo tenía seis años y una capacidad perturbadora para detectar la autenticidad emocional que muchos adultos envidiarían.

—¿Crees que vendrá el sábado? —preguntó de repente, cambiando de tema con la agilidad mental propia de su edad—.

Espero que sí. Quiero enseñarle mi habitación.

Y los flotadores. Y Comisario —se refería al perro de peluche que dormía en su cama—.

Creo que a ella le gustan los perros. Lo sé porque, cuando hablábamos del castillo, dijo que le gustan los animales que protegen las cosas.

Y Comisario protege mi habitación de los monstruos.

—Vendrá —dije, y la certeza de esa palabra me sorprendió incluso a mí—. Si dijo que vendrá, vendrá.

—Bien —suspiró Mateo, satisfecho—. Porque me gusta cuando estamos los tres. Es como… es como en las películas. Como una familia.

El coche se detuvo en un semáforo y aproveché para mirarlo por el espejo retrovisor. Tenía los ojos cerrados ya, pero la sonrisa persistía en sus labios, y sentí un nudo en la garganta que me costó tragar.

Llegamos a casa cuando el cielo empezaba a teñirse de violeta. Saqué a Mateo del coche y, aunque protestó diciendo que ya era mayor, lo llevé en brazos hasta la puerta. Olía a sal, a crema solar y a algo dulce que solo tenían los niños después de un día de playa.

—Baño rápido —dije, dejándolo en el suelo del baño—. Y luego cenamos.

—¿Puedo meterme en la bañera? —preguntó, empezando a desvestirse con una mano torpe—. Solo un poco. Con el brazo fuera.

—No puedes bañarte con el yeso, campeón —dije, llenando el lavabo con agua tibia—. Ya lo sabes. Te lavaré con esponja, como ayer.

—Pero en la playa me mojé los pies —protestó, aunque sin demasiada convicción—. Amelia me llevó al agua y fue genial. Ella también se mojó los pies. Y más partes. Estaba toda mojada y se reía.

Intenté no imaginarla «toda mojada», pero mi mente traicionera lo hizo de todos modos, y sentí que el calor subía por mi cuello.

—Aquí no hay playa —dije, concentrándome en mojar la esponja—. Aquí te lavas como Dios manda y punto.

—Vale —suspiró, resignado—. Pero el sábado, si Amelia viene, ¿podemos ir a la piscina? Yo solo me meteré hasta los pies, como en la playa. Prometido. No me quejaré.

—Veremos —dije, frotando su espalda con la esponja—. Depende de lo que diga el médico en la revisión del viernes.

—Amelia dirá que sí —afirmó Mateo, con total confianza—. Ella sabe de estas cosas. Es enfermera. La mejor.

Terminé de bañarlo, lo sequé con la toalla de osos que tanto le gustaba, y le puse el pijama de Superman.

Mientras tanto, Mateo no paró de hablar.

De Amelia, de los castillos, de cómo ella le había besado la mejilla «dos veces, papá, dos veces sin que yo se lo pidiera» había dicho, y de que esperaba que Carolina, la amiga de Amelia que vendría el sábado, fuera también simpática, aunque «seguramente no tanto como Amelia, porque eso es imposible» había añadido mi hijo.

Preparé una cena rápida: tortilla francesa, pan y algo de fruta. Nada elaborado, porque mi cabeza seguía en la playa, en la arena, en el momento en que mis labios habían rozado la comisura de los suyos por accidente y ella se había quedado quieta, sin retroceder, con los ojos abiertos como platos.

Estábamos terminando de cenar, Mateo había logrado mancharse de huevo incluso con un solo brazo funcional, cuando sonó el teléfono. La pantalla iluminó el nombre de Valeria, y sentí que el estómago se me encogía.

—Es la tía Valeria —anunció Mateo, emocionado—. ¡Quiero contarle lo de Amelia!

Cogí el teléfono y acepté la videollamada. La cara de Valeria apareció en la pantalla, con el fondo de su salón y una expresión de preocupación disimulada que conocía demasiado bien.

—¿Cómo está el paciente? —preguntó, sin saludar.

—¡Tía Valeria! —Mateo se acercó a la cámara, ocupando casi toda la pantalla con su cara sonriente—. ¡He estado en la playa con Amelia! ¡Y me cogió en brazos! ¡Y era como un barco! ¡Y me besó dos veces!

Valeria arqueó una ceja. Era un gesto sutil, casi imperceptible, pero yo lo capté al instante. Esa ceja decía más que mil palabras.

—No me mires así —dije, bajando la voz para que Mateo no me oyera.

—No te miro de ninguna manera —respondió ella, aunque su tono contradecía sus palabras—. Pero ya sabes lo que te dije. Ten cuidado.

Asentí, apenas un movimiento de cabeza, mientras Mateo seguía parloteando sobre los castillos de arena y el dragón de plástico y cómo Amelia tenía «manos de princesa, pero fuertes, como las tuyas cuando me agarras para que no me caiga».

—Y va a venir el sábado —dijo Mateo de repente—. A casa. A comer paella. Y podemos nadar un poco, aunque sea con el brazo fuera del agua.

Valeria suspiró. Fue un suspiro largo, cargado, que duró varios segundos.

En ese suspiro escuché todo lo que no decía: que estábamos locos, que íbamos demasiado rápido, que Mateo se estaba encariñando demasiado pronto, y que yo…

que yo estaba perdido, irremediablemente perdido, por una enfermera de ojos miel que acababa de entrar en nuestras vidas como un vendaval.

—Será mejor que me vaya —dijo Valeria—. Mañana tengo turno temprano. Mateo, cuídate ese brazo. Y Eloy… —hizo una pausa, mirándome fijamente a través de la pantalla—. Nos vemos el sábado.

Colgó, y el silencio que siguió fue pesado. Mateo, ajeno a la tensión, siguió comiendo su tortilla, hablando ahora de que quería enseñarle a Amelia su colección de coches de policía.

Terminamos de cenar. Lavé los platos mientras Mateo jugaba un rato en el salón con Comisario, haciendo como que el perro de peluche interrogaba a un osito sospechoso de robo de miel.

—Vamos, campeón —dije, recogiendo los juguetes—. A la cama.

—Cinco minutos más —suplicó, pero ya se estaba rascando los ojos, derrotado por el cansancio.

Lo llevé a su habitación, le ayudé a cepillarse los dientes, una operación complicada con un solo brazo, y lo metí en la cama. Se acomodó bajo las sábanas, con Comisario a su lado y el brazo escayolado descansando sobre una almohada extra.

—Papá —dijo, cuando ya pensaba que se había quedado dormido.

—¿Sí?

—¿Crees que Amelia quiere ser mi amiga para siempre? O solo es de urgencias, como las medicinas que se acaban.

La pregunta me dejó sin aliento. Me senté en el borde de la cama y le acaricié el pelo, buscando las palabras adecuadas.

—No creo que Amelia sea como una medicina —dije finalmente—. Creo que… creo que cuando alguien es bueno, como ella, no se acaba. Se queda.

—Como mamá —susurró Mateo, cerrando los ojos—. Mamá se quedó, aunque no esté. Amelia también se quedará. Lo sé.

Sentí que se me humedecían los ojos. Mi hijo, con su lógica de seis años, acababa de conectar dos puntos que yo ni siquiera me atrevía a unir.

—Duérmete —dije, besándole la frente—. Sueña con castillos.

—Soñaré con Amelia —murmuró él, ya medio dormido—. Es mejor.

Salí de la habitación dejando la puerta entreabierta y me dirigí a mi dormitorio. La habitación estaba oscura, iluminada solo por la luz de la luna que entraba por la ventana. En la cómoda, enmarcada en plata, estaba la fotografía de María.

La cogí. Era de hacía siete años, justo antes de que naciera Mateo. María sonreía a la cámara con esa sonrisa suya que siempre parecía guardar un secreto, con las manos sobre su vientre redondo, feliz, ignorante de lo que vendría después.

—Hola —susurré, sentándome en el borde de la cama—. Sé que hace tiempo que no hablamos. O que hablo yo solo, que es lo mismo.

Miré la fotografía, esperando esa sensación de culpa que solía acompañar estos monólogos. Pero no llegó. En su lugar, sentí una extraña paz.

—Ha aparecido alguien —continué, sintiéndome ridículo pero incapaz de parar—.

Se llama Amelia. Es enfermera. Y Mateo… Dios, María, Mateo la adora.

Y yo… —hice una pausa, tragando saliva—.

Yo no sé qué siento. Pero sé que cuando estoy con ella, no siento que te traiciono.

Siento que… que sigo vivo. Que sigo siendo capaz de esto.

De querer a alguien. De desear a alguien.

Tocó el cristal de la foto con el dedo.