Capítulo 7
Amelia
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Mateo cuando llegamos a la arena seca—. ¿Volvemos al agua? ¿Hacemos castillos? ¿Comemos? Tengo hambre. El brazo escayolado me da mucha hambre.
—El brazo escayolado no tiene nada que ver —dijo Eloy, dejando al niño en el suelo con cuidado—. Es tu estómago el que tiene hambre, como siempre.
—Es que estoy creciendo —explicó Mateo, serio—. Para ser policía, tengo que comer mucho. Es ciencia.
—Antes de comer —intervine—, creo que deberíamos hacer ese castillo de arena. Traje unos moldes especiales. Con torres y todo.
—¡Y un dragón! —añadió Mateo, viendo la bolsa que había dejado en la toalla.
—Y un dragón —confirmé.
Pasamos la siguiente hora construyendo una fortaleza imposible en la arena húmeda.
Mateo dirigía la operación con la autoridad de un general, asignándonos tareas específicas: yo debía encargarme de las torres porque tenía «manos de princesa», según él, y Eloy debía hacer el foso porque «los papás son buenos para los agujeros».
—Papá hace agujeros en el jardín para plantar cosas —explicó Mateo, mientras Eloy y yo nos arrodillábamos en la arena frente a frente, trabajando en lados opuestos del castillo—. Aunque la última vez plantó una cosa que no creció. Era una semilla mala.
—Era un árbol de limones —dijo, sonriéndome por encima del castillo—. Resultó ser un arbusto espinoso. Mateo dice que es un monstruo disfrazado.
—¡Y lo es! —insistió el niño—. Por las noches se mueve. Lo he visto.
—¿Y no le tienes miedo? —pregunté, colocando una torre con cuidado.
—No. Los policías no tienen miedo de los arbustos. Solo de las arañas.
—Las arañas son respetables —comentó Eloy, y cuando levanté la vista, me encontré con su mirada clavada en mí, intensa, evaluadora, pero con una calidez que me hizo sentir expuesta y protegida a la vez—. ¿Tú les tienes miedo a las arañas, Amelia?
—Terrible —admití—. Si veo una, salgo corriendo y no vuelvo a esa habitación en tres días.
—Entonces tendremos que mantener la casa libre de arañas —dijo Eloy, y la frase sonó tan natural, tan cargada de promesas implícitas, que tuve que bajar la vista hacia la arena para disimular el rubor.
—¡Listo! —anunció Mateo, colocando el dragón de plástico en la torre principal—. El castillo del agente Castellanos. Invencible. A menos que venga una ola muy grande.
—Entonces haremos otro —dije, poniéndome en pie y sacudiéndome la arena de las rodillas—. Los castillos siempre se pueden reconstruir.
Eloy se levantó también, y por un momento estuvimos demasiado cerca, nuestros cuerpos casi rozándose, el olor a sal y a protector solar mezclándose con algo más específico de él, algo terroso y limpio que me hizo sentir mareada.
—Tienes arena aquí —dijo, y antes de que pudiera reaccionar, su mano se acercó a mi mejilla, retirando un grano de arena con el pulgar.
El contacto fue breve, casi imperceptible, pero el efecto fue devastador. Sentí que todo mi cuerpo se estremecía, que la piel se me erizaba, que algo se encendía en mi interior con una intensidad que me asustó y excitó por igual.
—Gracias —murmuré, y mi voz sonó extraña, ronca, ajena a mí.
—De nada —respondió él, y su pulgar se quedó un segundo más de lo necesario, rozando mi piel con una ternura que me desarmó por completo.
—¡Vamos a comer! —gritó Mateo, rompiendo el hechizo—. ¡Tengo hambre de verdad! ¡El dragón también tiene hambre!
Caminamos hacia el chiringuito que había al final de la playa, un lugar sencillo pero limpio, con mesas de madera bajo una pérgola de cañas que daba sombra sin quitar la brisa del mar. Pedimos paella para tres y mientras esperábamos, el niño no paró de hablar.
Hablaba de su colegio, de su mejor amigo Lucas que sabía hacer «voladores» con la bici, de la tía Valeria que le había prometido enseñarle a nadar «estilo militar» cuando se le curara el brazo, y de su deseo de tener un perro al que pudiera llamar Comisario.
—Papá dice que primero tengo que aprender a recoger mis juguetes —dijo Mateo, haciendo una mueca—. Porque los perros se comen los juguetes y entonces se ponen malos. Y yo no quiero que Comisario se ponga malo.
—Tu papá tiene razón —dije, mirando a Eloy, que me observaba con una sonrisa divertida—. Los perros necesitan orden. Como los policías.
—¿Tú también eres ordenada? —preguntó Mateo.
—Terriblemente —mentí, pensando en mi habitación llena de ropa por doblar—. Tengo todo clasificado por colores.
—Entonces puedes venir a casa a ordenar mis juguetes —dijo Mateo, iluminándose—. Y así papá no se enfada cuando pisa un cochecito.
—O podríamos enseñarte a ti a ordenarlos —intervino Eloy, arqueando una ceja—. Esa es otra opción.
—Pero es menos divertida —protestó el niño.
Llegó la paella, humeante y dorada, con el aroma a azafrán y mar que me hizo la boca agua.
Comimos y entre bocado y bocado, la conversación fluyó con una naturalidad que me sorprendió.
Hablamos de todo y de nada: de las mejores playas de Valencia, de por qué el arroz bomba era superior al arroz normal, de si los superhéroes comían paella.
Mateo estaba convencido de que Iron Man prefería la pasta.
—Este sábado —dijo Eloy de repente, cuando estábamos terminando el café—.
Estaba pensando… si no tienes planes, podrías venir a casa.
Hago una paella decente, mucho mejor que esta —sonrió al camarero que pasaba cerca, disculpándose con la mirada—, y podríamos pasar el día en la piscina.
Mateo está obsesionado con enseñarte sus flotadores de dinosaurio.
—¡Sí! —gritó Mateo—. ¡Y tengo un flotador para ti! Es rosa. Papá lo compró pensando que era para la tía Valeria, pero ella dice que no usa flotadores porque «los policías nadan o se hunden». Pero tú sí eres de flotadores, ¿verdad?
—Totalmente —dije, riendo—. Soy muy de flotadores.
—Entonces, ¿vienes? —preguntó Eloy, y vi algo vulnerable en sus ojos, una incertidumbre que contrastaba con su seguridad habitual.
Dudé. No por falta de ganas, puesto que tenía tantas ganas que me asustaba, sino porque el sábado había quedado con Carolina para ir de compras y llorarle lo último sobre mi vida amorosa.
—El sábado tenía planes con mi mejor amiga —dije, viendo cómo la expresión de Eloy se ensombrecía ligeramente—. Pero… podría invitarla, si no te importa. Es enfermera también, trabaja conmigo. Se llama Carolina. Es… bueno, es un personaje. Muy divertida.
—Claro —respondió Eloy, recuperando la sonrisa—. Cuanto más, mejor. Además… —dudó, rascándose la nuca—. Valeria también vendrá. Dijo que quería conocerte oficialmente. Y si traes a tu amiga, quizás… no sé, quizás sea menos incómodo. Para todos.
—¿La tía Valeria viene? —Mateo hizo una pausa en su postre de helado—. Genial. Así puedo enseñarle mi brazo y que me firme. Dice que las escayolas son «medallas de honor civil».
—Eso suena a Valeria —comenté, sonriendo, y no porque la conociera, sino porque ese niño me hablaba mucho de ella.
Pasamos el resto de la tarde en la playa, hasta que el sol empezó a bajar y el aire se volvió fresco.
Mateo se durmió sobre la toalla, agotado por el sol y el juego, con el brazo escayolado protegido bajo una sombrilla.
Eloy y yo hablamos en voz baja, sentados uno al lado del otro, casi tocándonos, pero no del todo, creando una tensión que crepitaba como el sonido de las olas.
Cuando llegó la hora de despedirnos, ayudé a Eloy a recoger las cosas. Mateo se despertó gruñón pero cooperativo, y cuando me agaché para despedirme de él, el niño me sorprendió lanzándose a mis brazos con una fuerza inesperada para su tamaño.
—No te vayas —murmuró contra mi cuello—. Quédate un poco más.
—Tengo que irme, pequeño —susurré, abrazándolo con fuerza, sintiendo su cuerpo calentito y su respiración entrecortada—. Pero el sábado nos vemos. En tu casa. Con la piscina y los flotadores.
—Prometido —dijo, y me dio un beso húmedo en la mejilla.
Me puse en pie, con el corazón tan lleno que dolía, y me enfrenté a Eloy. Estábamos demasiado cerca otra vez, en esa distancia incómoda y eléctrica que parecía existir solo entre nosotros.
—Gracias por hoy —dije, intentando sonar normal—. Ha sido… perfecto.
—Ha sido un principio —respondió él, y su voz era grave, seria.
Se inclinó para darme el beso de despedida, el gesto habitual de dos personas que se están conociendo, pero algo salió mal, o quizás demasiado bien.
Su mejilla rozó la mía, se giró un milímetro y, de repente, sus labios no estaban en mi mejilla, sino en la comisura de los míos, en ese lugar peligroso donde termina la amistad y empieza otra cosa.
El contacto duró menos de un segundo. Un instante, nada más. Pero fue suficiente para que todo mi cuerpo se estremeciera, para que sintiera el calor de su aliento y la aspereza de su barba y algo más, algo que me hizo querer cerrar los ojos y olvidar que existía el mundo.
Nos quedamos así, congelados, a centímetros de distancia. Sus ojos verdes buscaban los míos, y en ellos vi algo que no supe identificar: era deseo, sí, pero también miedo, y esperanza, y una soledad tan profunda que me hizo querer abrazarlo y no soltarlo nunca.
—El sábado —dijo finalmente, retrocediendo un paso, su voz ligeramente ronca—. Dime si vienes. O si no… lo entenderé.
—Iré —respondí, y la palabra salió como un suspiro, inevitable e irrevocable—. Te llamo para confirmar.
Asintió, cogió a Mateo de la mano, y se alejaron por la arena hacia el coche. Yo me quedé allí, con los pies enterrados en la arena húmeda, sintiendo cómo el beso casi dado seguía quemándome en la comisura de los labios, preguntándome si había sido un accidente o una promesa.
Y mientras el sol se ponía sobre el Mediterráneo, pintando el cielo de colores que nadie habría podido nombrar, supe que el sábado no podía llegar demasiado pronto. Aunque me asustara. Aunque todo en mi interior gritara que cuidado, que el corazón es frágil, que ya había llorado suficiente.
Porque a veces, cuando el amor llama, no queda más remedio que responder. Aunque sea con miedo. Aunque sea con el alma en vilo. Aunque sea sabiendo que, una vez más, podría perderlo todo.