Capítulo 6
Amelia
El sol golpeaba con fuerza sobre la arena cuando llegué a la playa de la Malvarrosa.
Llevaba un vestido ligero de tirantes, color coral, que había comprado dos años atrás y que hasta ese momento no había tenido ocasión de estrenar.
Debajo, el bañador azul que le había mencionado a Mateo, aunque sospechaba que al niño le daba igual el color, solo le importaba que fuera yo, y en la bolsa de playa, toallas, crema solar, agua y unos cuantos regalitos que había comprado en una tienda de juguetes de camino: un kit para hacer castillos de arena que incluía moldes de torres y un pequeño dragón de plástico.
Los vi antes de que ellos me vieran a mí.
Eloy estaba de pie cerca de la orilla, con un bañador negro y una camiseta blanca que se pegaba a su torso de una forma que me hizo reconsiderar seriamente mi política de no mirar fijamente.
Mateo saltaba a su lado, con el brazo escayolado protegido por una bolsa de plástico transparente que le habían puesto en la clínica para que no se mojara, y a pesar de la limitación, el niño irradiaba una energía que competía con la del sol mediterráneo.
—¡Amelia! —gritó Mateo cuando finalmente me divisó, agitando el brazo sano como si estuviera haciendo indicaciones a un avión—. ¡Aquí estamos! ¡Te estábamos esperando!
Eloy se giró y sus ojos verdes me encontraron. Fue como si alguien hubiera subido el volumen del mundo. El ruido de las olas se intensificó, el calor aumentó, y de repente tuve que recordarme a mí misma que respirar era una función automática que no requería mi supervisión constante.
—Hola, agente Castellanos —dije, acercándome con una sonrisa que no podía controlar, aunque quisiera—. ¿Todo bajo control por aquí?
—Nada bajo control —respondió Eloy, y su voz tenía ese tono ronco de la mañana, como si aún no hubiera terminado de despertar del todo—. Mi hijo lleva veinte minutos intentando convencerme de que los escayolados flotan como los corchos. Insiste en probarlo.
—¡Es para la ciencia! —protestó Mateo—. Papá no entiende de métodos de investigación.
Me agaché frente a él, nivelando nuestras miradas. El niño tenía la nariz pintada de crema solar blanca, probablemente aplicada por su padre con el entusiasmo de un novato, y los ojos brillantes de emoción.
—Antes de hacer experimentos científicos —dije, tendiéndole la mano—, creo que deberíamos estrenar el agua. ¿Qué dices? Solo hasta los tobillos. Prometido.
Mateo dudó, mirando su brazo escayolado con aprensión.
—Papá dice que no puedo mojarme mucho porque el yeso se ablanda y entonces mi brazo se queda torcido para siempre y tendré que ser pirata de verdad.
—Tu papá exagera —dije, mirando a Eloy por encima del hombro del niño—. El yeso aguanta bastante, pero vamos a tener cuidado. Además, las piratas también son guais.
—¿Tú serías pirata conmigo? —preguntó Mateo, iluminándose.
—Por supuesto. Pero primero, pies en el agua. Vamos.
Después de quitarme la ropa, cogí la mano sana de Mateo y caminamos juntos hacia la orilla. El agua estaba fresca, deliciosa, y cuando la primera ola rompió contra mis tobillos, el niño soltó una risita aguda que me contagió al instante.
—¡Está fría! —exclamó, saltando sobre un pie—. ¡Pero mola!
—Es el mar —dije—. Nunca está tan caliente como parece, pero siempre merece la pena.
Avanzamos un poco más, hasta que el agua nos llegaba a las rodillas. Mateo se agarraba a mi mano con fuerza, no por miedo, sino por la emoción contenida de sentir el mar a pesar de su «lesión de guerra», como él la llamaba.
—Amelia —dijo de repente, mirándome con seriedad—, ¿tú crees que los superhéroes se bañan en el mar?
—Claro —respondí—. ¿No has visto a Aquaman?
—Ese es un caso especial. Pero los de verdad, los que vuelan y todo eso. ¿Crees que se mojan?
—Creo que incluso los superhéroes necesitan desconectar a veces —dije, pensando en mis propios paseos nocturnos—. Y el mar es el mejor lugar para eso. Mira, siente cómo la arena se mueve bajo los pies cuando retrocede la ola.
Mateo frunció el ceño concentrado, sintiendo el efecto de succión del agua sobre sus pies pequeños.
—Es como que la playa quiere comerse mis pies —dijo, maravillado.
—Exacto. Y eso es porque el mar es un bicho hambriento. Pero no se come a los niños valientes. Solo a los cobardes.
—Yo no soy cobarde —afirmó, enderezando los hombros—. Soy policía.
—Entonces estás a salvo.
En ese momento, una ola un poco más grande llegó y salpicó hasta la cintura de Mateo. El niño gritó de emoción, pero vi que el agua rozaba el borde de su escayola. Sin pensarlo, lo cogí en brazos, levantándolo sobre el nivel del mar.
—¡Vamos más adentro! —dije, riendo—. ¡Rápido, antes de que nos pillen las olas!
Caminé hacia el interior con Mateo en brazos, el agua llegándome ahora a la cintura. El niño estaba eufórico, riendo a carcajadas, con un brazo alrededor de mi cuello y el otro, el escayolado, extendido como si fuera un cañón apuntando al horizonte.
—¡Soy un barco! —gritaba—. ¡Un barco policía! ¡Papá, mira, soy un barco!
Volví la cabeza y vi que Eloy nos seguía, caminando por el agua con esa elegancia torpe que tenían los hombres grandes cuando intentaban no parecer preocupados. Pero sus ojos… sus ojos no mentían. Me miraban con una intensidad que me hizo sentir más expuesta que el bañador que llevaba puesto.
—¿Y qué hace un barco policía en alta mar? —pregunté, volviendo mi atención a Mateo, que pesaba poco más que una pluma, pero cuya presencia en mis brazos me hacía sentir extrañamente protectora.
—¡Atrapa piratas! —respondió Mateo—. ¡Y salva sirenas! ¿Tú eres sirena, Amelia?
—Hoy soy pirata, ¿recuerdas?
—Ah, sí. Entonces somos enemigos. Pero buenos enemigos. Como Batman y el Joker, pero sin que nadie llore.
—Trato hecho.
Lo llevé un poco más adentro, hasta donde el agua me llegaba al pecho y el sol se reflejaba en la superficie creando destellos dorados. Mateo se había quedado quieto, mirándome con una expresión que no supe interpretar del todo.
—¿Qué pasa, pequeño? —pregunté, suavemente.
—Nada —dijo, y luego, de forma espontánea, me rodeó el cuello con el brazo sano y apoyó la mejilla contra la mía—. Hueles bien. Hueles a sal y a algo dulce. Como las galletas.
—Gracias —susurré, y sin pensarlo, le di un beso en la mejilla.
Mateo se apartó un poco, mirándome con ojos enormes.
—¿Sabes? —dijo, con la seriedad de quien va a revelar un secreto de Estado—. Creo que deberías ser mi amiga oficial. No solo de urgencias. De las de verdad. Las que vienen a la playa y huelen bien y besan en la mejilla.
—¿Y eso es un nombramiento oficial? —pregunté, tratando de mantener la compostura mientras el corazón me golpeaba el pecho.
—Sí. Firmado y sellado. Y también… —dudó, mirando hacia la orilla donde su padre esperaba—. También creo que deberías ser amiga de papá. Él no tiene muchas amigas. Solo tiene a la tía Valeria y ella es muy seria. Tú eres más divertida. Y a papá se le pone cara de tomate cuando te mira.
Me atraganté con mi propia saliva.
—¿Cara de tomate?
—Sí. Así —Mateo hizo una imitación perfecta de un rostro sonrojado, con las mejillas hinchadas y los ojos desorbitados—. Lo hace cuando habla de ti en casa. Dice «la enfermera Amelia» como si fuera algo importante. Como cuando dice «la comisaría» o «la operación».
No supe qué responder. La verdad es que me quedé muda, con el niño aún en brazos, sintiendo cómo el agua me movía suavemente mientras mi mente intentaba procesar la información.
—Creo que tu papá solo es educado —dije finalmente, aunque la excusa sonaba hueca incluso a mis oídos.
—No —insistió Mateo—. Es que le gustas. Y a mí también. Por eso hemos venido hoy. Para que nos gustes juntos. Es más eficiente.
Estaba a punto de reírme de la lógica infantil cuando sentí unas manos grandes que se posaban en mi cintura desde atrás. No para tocarme de forma inapropiada, sino para ayudarme a sostener el peso de Mateo, que empezaba a resbalar.
—Creo que mi hijo está pesando demasiado para una sola pirata —dijo la voz de Eloy justo detrás de mí, tan cerca que sentí su aliento en mi oreja.
El contacto fue eléctrico. Sus manos en mi cintura, su pecho casi rozando mi espalda, el calor de su cuerpo mezclándose con el frescor del agua. Durante un segundo, el mundo se redujo a esa sensación de cercanía, de protección, de deseo contenido.
—No pesa nada —mentí, aunque los brazos empezaban a notar el esfuerzo.
—Déjame —dijo Eloy, y antes de que pudiera reaccionar, había tomado a Mateo de mis brazos y lo había subido a sus hombros, montado sobre su cuello—. Así, el agente Castellanos tiene mejor visión del horizonte para detectar enemigos.
—¡Sí! —gritó Mateo, encantado—. ¡Veo todo! ¡Amelia, mira, soy más alto que tú!
—Eso es trampa —protesté, sonriendo—. Llevas ventaja.
Los tres empezamos a caminar hacia la orilla, Eloy con Mateo sobre los hombros, yo a su lado, sintiendo cómo sus ojos se posaban en mí cada pocos segundos como si necesitara confirmar que seguía allí.
Y cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sentía que el calor subía desde el estómago hasta las mejillas, un rubor inevitable que no podía disimular.