Mi enfermera favorita Capítulo 5
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Capítulo 5

Eloy

El reloj de la cocina marcaba las once de la noche cuando logré que Mateo cerrara los ojos. No sin antes haber escuchado, por enésima vez, una lista exhaustiva de las razones por las que Amelia, «mi enfermera Amelia», como la había bautizado él, debía convertirse en visita habitual de la casa.

—Papá, ¿estás seguro de que mañana vamos a la playa con ella? —preguntó el niño por décima vez, aferrándose al peluche de oso policía que le había regalado Valeria cuando cumplió tres años.

—Segurísimo —respondí, arropándolo con la sábana de superhéroes—. Ya lo hemos quedado. A las cinco, después de que termine su turno.

—Y llevará bañador —añadió Mateo, como si esa información fuera de vital importancia—. Me lo ha dicho. Un bañador azul. Como el mar.

Sentí un tirón en el pecho que no supe identificar del todo.

Era una mezcla extraña: el nerviosismo propio de una cita, aunque técnicamente no lo fuera, era solo una tarde en la playa con un niño de por medio, y esa sensación de culpa que me invadía cada vez que pensaba en que alguien ocupara el espacio que María había dejado vacío.

No por traición, exactamente. Más bien por miedo a que Mateo se encariñara demasiado pronto, demasiado fuerte, con alguien que podría desaparecer.

—Duérmete, campeón —dije, besándole la frente—. Mañana tienes que estar descansado para enseñarle a Amelia cómo se construyen los castillos de arena.

—Ella no sabe —suspiró Mateo, escandalizado ante tal ignorancia—. Imagínate, papá. Tener treinta años y no saber hacer castillos. Menos mal que estamos nosotros para enseñarle.

Me mordí el labio para no reír en voz alta. Menos mal, efectivamente.

Salí de la habitación dejando la puerta entreabierta, como siempre, y me dirigí a la cocina.

La casa estaba en silencio, salvo por el zumbido eléctrico del frigorífico y el murmullo distante del tráfico en la avenida.

Me serví un vaso de agua y me quedé mirando el jardín a través de la ventana, donde la luz de la luna se reflejaba en la superficie inmóvil de la piscina.

Esa tarde había sido un error. Un error delicioso, pero un error, al fin y al cabo.

El café «que no es una cita, papá, es una merienda de adultos», se había alargado más de lo previsto.

Amelia había terminado su turno cuando estábamos en la revisión de Mateo, y entre broma y broma, la mayoría protagonizadas por mi hijo, que parecía haber nacido para el teatro, habíamos acabado en la cafetería de la planta baja de la clínica.

Sentados en una mesa redonda de plástico blanco, con Mateo entre los dos construyendo una torre con los sobres de azúcar, yo había descubierto cosas sobre ella que me hacían peligrosamente feliz.

Que detestaba el café solo, pero lo tomaba por pura necesidad vital.

Que había estudiado enfermería porque su padre era médico y ella quería «estar en la trinchera, no en el despacho».

Que se reía con los ojos antes de hacerlo con la boca, formando unas arruguitas diminutas en las comisuras que me resultaban irracionalmente atractivas.

Y luego estaba la forma en que me miraba.

No con la adoración incondicional de Mateo, ni con la curiosidad profesional de una enfermera.

Me miraba como si yo fuera un rompecabezas que le costaba resolver.

Como si hubiera algo en mí, en mi torpeza, en mi silencio, o en la forma en que me perdía cuando hablaba de mi trabajo, que le resultara interesante.

Eso me aterraba más que cualquier situación de riesgo que hubiera enfrentado en mis años de policía.

En ese momento, el móvil sonó sobre la encimera, haciéndome sobresaltar.

El nombre de Valeria parpadeó en la pantalla, y sentí que el estómago se me encogía.

Desde la llamada del día anterior, en el coche, sabía que algo se cocinaba.

Valeria solo usaba ese tono telegráfico cuando el asunto era serio.

—Dime —respondí, bajando la voz para no despertar a Mateo.

—¿Estás solo? —preguntó ella, sin preámbulos.

—Mateo duerme. Estoy en la cocina.

—Bien. Porque necesito que escuches sin interrumpirme. —Hizo una pausa y oí el murmullo de fondo de la comisaría—. La investigación de las clínicas privadas… se ha movido. Encontraron irregularidades en los suministros farmacéuticos de tres centros, incluida la Clínica Nova.

Apreté el vaso de agua con más fuerza de la necesaria. La Clínica Nova. Donde trabajaba Amelia.

—¿Qué tipo de irregularidades? —pregunté, intentando mantener la calma.

—Desviación de medicamentos controlados.

Fármacos que aparecen en los albaranes de entrada, pero no en los registros de consumo.

Y algo más… —otra pausa, más larga esta vez—.

Hay indicios de que alguien dentro de la clínica está filtrando información de pacientes.

Datos médicos, historiales, direcciones.

No sabemos para qué, pero el patrón apunta a un uso delictivo. Extorsiones, quizás. O algo peor.

Cerré los ojos. El agua fría del vaso contrastaba con el calor que sentía en la nuca.

—¿Tienes sospechosos?

—Todavía no. Pero Eloy… —su voz bajó de tono, adquiriendo esa textura áspera que usaba cuando estaba preocupada—. Necesito que tengas cuidado. Si vas a seguir llevando a Mateo a esa clínica, si vas a seguir viendo a esa enfermera…

—Amelia no tiene nada que ver —interrumpí, más brusco de lo que pretendía.

—No digo que sí. Digo que no sabemos quién está implicado. Y hasta que no sepamos, todos son sospechosos. Incluso las enfermeras con ojos de cordero y sonrisa de anuncio de yogures.

—Valeria…

—Solo te pido que mantengas los ojos abiertos. Y que no te distraigas. Porque sé perfectamente que estás distraído, Eloy. Te conozco desde los seis años. Y nunca, ni siquiera cuando te dispararon en la pierna en aquel operativo del 2019, te había visto tan… descentrado.

No respondí. No podía. Tenía razón, y ambos lo sabíamos.

—Mañana te pasaré un informe preliminar —continuó ella—. Léelo cuando el niño no esté cerca. Y Eloy… sé que Amelia te gusta. Sé que Mateo ya la ha colocado en un pedestal. Pero hasta que no sepamos quién está manejando los datos de esa clínica, no puedes confiar en nadie. Ni siquiera en ella.

Colgué y dejé el teléfono sobre la encimera con cuidado, como si pudiera explotar.

El reflejo de mi rostro en el cristal oscuro de la ventana me mostraba a un hombre dividido: el policía que sabía que debía mantener la distancia, y el hombre que deseaba, con una intensidad que me avergonzaba, acortar esa distancia hasta desaparecerla por completo.

Volví al salón y me dejé caer en el sofá, mirando la fotografía de María que seguía en la estantería.

No la miraba tanto como antes. Durante los primeros años, después de que muriera durante el parto, le había hablado cada noche.

Le contaba cómo crecía Mateo, le pedía consejo sobre cómo ser padre sin ella, le lloraba porque el vacío que había dejado era un abismo sin fondo.

Pero con el tiempo, el dolor se había transformado en algo más manejable.

No había desaparecido, pero ya no me ahogaba.

Y ahora, sentado en la penumbra de mi salón, me di cuenta de algo que me heló la sangre: estaba lista para dejar entrar a alguien más.

No para reemplazar a María, eso sería imposible e injusto, sino para compartir el espacio que había construido alrededor de mi soledad.

Y Amelia… Amelia parecía encajar en ese espacio como si hubiera estado esperándola.

Saqué el móvil y abrí el chat que habíamos iniciado esa tarde, cuando ella me había dado su número «por si Mateo se sentía mal durante la noche». Una excusa ridícula, transparente, que ambos habíamos aceptado con la complicidad de quienes saben que algo está pasando, pero no se atreven a nombrarlo.

Escribí un mensaje. Lo borré. Lo reescribí. Lo borré de nuevo.

Finalmente, opté por algo neutral, algo que no delatara la tormenta que sentía en el pecho:

Eloy: Gracias por hoy. Mateo no ha parado de hablar de ti. Nos vemos mañana en la playa.

Tres puntitos aparecieron casi inmediatamente. Estaba despierta.

Amelia: Yo tampoco he parado de hablar de vosotros. Mi mejor amiga dice que estoy empezando a sonar como una loca. Y mi madre ha llamado para interrogarme sobre ti. Creo que debo mejorar mi técnica de discreción.

Sonreí solo, con el corazón acelerándose como si tuviera veinte años.

Eloy: ¿Qué le has contado a tu madre?

Amelia: Que eres un policía con barba de tres días y ojos verdes que se sonroja cuando su hijo propone planes imposibles. Que eres peligroso.

Eloy: ¿Peligroso?

Amelia: Para mi paz mental, sí.

Leí el mensaje tres veces. Luego cuatro.

Había algo en la franqueza de Amelia, en su capacidad para decir las cosas sin rodeos, pero con gracia, que me desarmaba por completo.

No estaba jugando a ser difícil ni a ser coqueta.

Estaba siendo honesta, y esa honestidad resultaba más seductora que cualquier estrategia de conquista.

Eloy: Entonces deberíamos tener cuidado. Por tu paz mental.

Amelia: Demasiado tarde. Ya he dicho que sí a la playa. Y a merendar con un niño que me ha robado el corazón. Y a… Bueno, a lo que venga.

Al final del mensaje añadió un emoji de cara sonrojada que me hizo imaginarla en su casa, en pijama, mordiéndose el labio como hacía cuando estaba nerviosa

Me quedé quieto, mirando la pantalla, sintiendo cómo algo se desencajaba dentro de mí. Esa sensación de caída libre, de dejarse llevar por una corriente que no controlas pero que te arrastra hacia un lugar desconocido y emocionante.

Eloy: Amelia.

Escribí y luego dudé, borrando y reescribiendo. Hasta que volví a escribir.

Eloy: No soy bueno en esto. En… lo que sea que esto sea. Llevo seis años siendo padre y policía y nada más. No sé si sé cómo se hace.

El silencio duró casi un minuto. Luego su mensaje apareció en pantalla.

Amelia: Yo llevo dos años siendo exesposa y enfermera y nada más. Tampoco sé cómo se hace. Pero quizás podemos aprender juntos. Paso a paso. Con Mateo de vigilante, para que no se nos vaya la mano.

Reí en voz baja, tapándome la boca para no hacer ruido. Dios, me gustaba. Me gustaba de una forma que me hacía olvidar el informe de Valeria, la investigación, los sospechosos sin nombre. Me gustaba en el peor momento posible, en la peor circunstancia imaginable, y no podía parar, aunque quisiera.

Eloy: Mañana, entonces. Paso a paso.

Amelia: Paso a paso. Y Eloy… gracias por el café que no era una cita. Ha sido la mejor no-cita de mi vida.

Guardé el teléfono en el bolsillo y me quedé mirando la oscuridad del jardín. El agua de la piscina brillaba plateada bajo la luna, y pensé en Amelia caminando por la orilla, dejando que el agua le mojara los pies como había dicho que hacía para desconectar.

Mañana la vería así. En su hábitat natural, con el pelo suelto y los pies descalzos, riendo con Mateo mientras el sol se ponía sobre el Mediterráneo.

Y entonces recordé las palabras de Valeria. «No puedes confiar en nadie. Ni siquiera en ella.»

El conflicto me atravesó como un cuchillo frío.

Por un lado, la lógica policial: mantener la distancia, observar, no involucrarse emocionalmente hasta que la investigación aclarara quién estaba manejando los datos de la clínica.

Por otro lado, la certeza visceral de que Amelia no tenía nada que ver con eso.

No podía tenerlo. Una mujer que hablaba de superhéroes con niños heridos, que se reía con los ojos, que caminaba por la playa para olvidar el dolor de los demás… no podía ser cómplice de algo oscuro.

Pero el policía en mí gritaba que el mundo estaba lleno de máscaras. Que la gente capaz de las peores traiciones solía parecer la más inocente.

Me levanté y fui al despacho, donde guardaba los archivos del trabajo.

Saqué una carpeta vacía y escribí en la etiqueta: «Clínica Nova – Información confidencial».

Dentro, metí la hoja con los datos que Valeria me había enviado por correo esa noche.

Nombres de proveedores, registros de acceso, horarios sospechosos.

Y en medio de todo, el nombre de Amelia Vidal, enfermera de urgencias, turno de mañana, acceso nivel tres a los archivos médicos.

No significaba nada. Era solo un nombre entre docenas. Pero al verlo escrito, sentí que algo se rompía dentro de mí.

Cerré la carpeta y la metí en el cajón inferior, bajo llave. Luego volví a la cocina, me serví un whisky que no me apetecía y me lo bebí de un trago.

Mañana iría a la playa. Sería normal. Sería padre y… ¿qué? ¿pretendiente? ¿amigo? No sabía ni cómo definirme a mí mismo en esa situación.

Pero una cosa era segura: cuando la viera, cuando escuchara su voz y viera cómo interactuaba con Mateo, sabría. El instinto que me había salvado la vida en el trabajo no me fallaría ahora. Si hubiera algo oscuro en ella, lo detectaría.

Y si no lo había…

Si no lo había, entonces tendría que enfrentar la posibilidad de que Valeria estuviera equivocada y yo estuviera cayendo irrevocablemente enamorado de una mujer que había entrado en mi vida acompañada de un niño con el brazo escayolado y una pregunta imposible.

Miré el teléfono una última vez. No había más mensajes. Pero la conversación flotaba en la pantalla, y las palabras de Amelia brillaban en la oscuridad: «La mejor no-cita de mi vida.»

Sonreí a pesar de todo, a pesar del cuchillo de la duda que tenía clavado en el pecho. Porque era verdad. Era la mejor no-cita de mi vida también. Y mañana, en la playa, tal vez dejara de ser «no-cita» para convertirse en algo más difícil de nombrar, pero más real que cualquier etiqueta.

Me acerqué a la ventana y contemplé la noche valenciana, húmeda y cargada de olor a naranjos en flor. En algún lugar de la ciudad, Amelia estaría haciendo lo mismo. Pensando en mí. En nosotros. En lo que podría ser.

Y por primera vez en seis años, no sentí que traicionaba a María al desear que el mañana llegara pronto. Solo sentí que, quizás, el amor había decidido llamar a mi puerta después de todo.

Aunque lo hiciera con el nombre de otra mujer, con otra historia, con otra forma de curar heridas que yo ni siquiera sabía que tenía.