Capítulo 4
Amelia
El turno acabó a las diez de la noche, cuando el cuerpo ya pide a gritos una ducha caliente y una cama más que el sustento espiritual.
Había sido una tarde extraña, con Mateo y su brazo escayolado ocupando un espacio en mi mente mucho mayor del que correspondía a un paciente más.
Y Eloy… Eloy ocupaba otro espacio diferente, uno que no sabía definir y que me inquietaba por su misma existencia.
Carolina me esperaba en la puerta de la clínica, fumando uno de esos cigarrillos electrónicos que había adoptado hacía tres meses y que olían a vainilla barata.
Llevaba la chaqueta de cuero negra sobre el uniforme, el pelo revuelto por el viento húmedo de Valencia, y una expresión de pura diversión que me hizo sospechar que ya sabía algo.
—Tienes cara de culpable —dijo, sin saludar.
—Tengo cara de cansada —respondí, buscando las llaves del coche en el bolso.
—Esa también. Pero sobre todo de culpable. ¿Qué has hecho, Amelia Vidal?
La miré. Carolina tenía esa capacidad perturbadora de leerme como si fuera un libro abierto escrito en letra grande.
Llevábamos diez años de amistad, desde que nos sentamos juntas en la primera clase de Anatomía en la universidad, y en ese tiempo había desarrollado un radar para detectar mis mentiras que funcionaba mejor que cualquier detector de metales de la seguridad del aeropuerto.
—No he hecho nada —mentí, y mi voz sonó demasiado aguda, demasiado rápida.
Carolina sonrió. Era esa sonrisa lenta, siniestra, que solía preceder a frases incómodas.
—Amelia —dijo, dando una calada a su aparato de humo aromatizado—. Te gusta el padre.
—¿Qué? —Casi me atraganté con mi propia saliva—. ¿De qué estás hablando?
—Del padre del niño. Del policía alto, moreno y absurdamente atractivo que ha salido de urgencias esta tarde con una expresión de cordero degollado. De ese padre.
—No sé de qué me hablas —mentí de nuevo, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello.
—Amelia, te he visto desde el pasillo. Estabas agachada atándole las zapatillas al crío y él te miraba como si fueras la última cerveza del mundo en un desierto. Y tú… tú le has dicho que estarás de descanso mañana. ¿Desde cuándo compartes tu agenda personal con los padres de los pacientes?
—Es que… es que el niño era muy simpático —tartamudeé, sintiéndome ridículamente expuesta—. Y me invitaron a la playa. Es normal, ¿no? Cortesía social.
—Cortesía social —repitió Carolina, asintiendo con exagerada seriedad—. Claro. Por eso te has sonrojado cuando os habéis dado la mano. Por pura cortesía —dijo volteando los ojos.
—No me he sonrojado.
—Amelia, tienes la piel más clara que la porcelana y tus mejillas están coloradas ahora mismo. Estás sonrojada solo de recordarlo.
Me llevé las manos a las mejillas. Tenía razón. Estaba ardiendo.
—Está bien —suspiré, rindiéndome—. Es guapo. Muy guapo. Absurdamente guapo. Pero eso no significa que…
—¿Que te gusta? —interrumpió Carolina, arqueando una ceja—. Claro que no. Por eso has aceptado ir a la playa con él. Por eso has memorizado el color exacto de sus ojos. Por eso llevas dos horas sonriendo sola mientras rellenas informes.
—No llevo dos horas sonriendo —protesté, aunque mi reflejo en el cristal de la puerta de la clínica me delató.
—Amelia, mi amor, mi vida, mi compañera de fatigas —Carolina apagó el cigarrillo electrónico y me puso las manos en los hombros, mirándome fijamente a los ojos—.
Te gusta el padre. Lo niegas con demasiada rapidez, lo cual confirma que te gusta el padre.
Es la ley de Amelia: cuanto más rápido niegas algo, más cierto es.
—Eso no es una ley —murmuré, apartando la mirada.
—Es la ley de Amelia, no la ley de la física. Y tú la cumples al pie de la letra. ¿Recuerdas cuando te gustaba Adrián en tercero de carrera? «No me gusta, solo es simpático», decías. Y acabaste saliendo con él durante seis meses.
—Eso fue diferente.
—¿Y cuando te gustaba el médico residente del Hospital General? «Es solo un compañero», decías. Y le escribías poemas que nunca le enviaste.
—Carolina, por favor…
—Y ahora: «Es solo el padre de un paciente; no me gusta». Pero has aceptado ir a la playa con él, has guardado su número y, si no me equivoco, estás pensando en qué ponerte mañana.
Me quedé callada. No tenía defensa posible. Carolina me conocía demasiado bien.
—Está bien —suspiré, dejando caer los hombros—.
Es atractivo. Muy atractivo. Y es dulce con su hijo, y tiene una voz que…
Dios, Carolina, tiene una voz que me hace sentir cosas.
Pero eso no significa que vaya a pasar nada.
Es solo… es solo una tarde en la playa. Con un niño. Como actividad familiar. O algo así.
—Como actividad familiar —repitió Carolina, sonriendo—. Claro. Porque tú eres la familia. La tía Amelia, la enfermera favorita.
—No digas eso.
—¿Qué? ¿Tía Amelia? Es lo que parece. El niño ya te adora. Y el padre… el padre te mira como si quisiera saborearte.
—Carolina.
—Es la verdad. He visto esa mirada. Es la mirada de un hombre hambriento que acaba de descubrir el banquete.
Sacudí la cabeza, intentando alejar la imagen que sus palabras evocaban.
No quería pensar en Eloy de esa forma. No estaba preparada.
Hacía dos años que mi matrimonio se había desmoronado, dos años en los que había reconstruido mi vida pieza a pieza, convirtiéndome en alguien independiente, alguien que no necesitaba validación externa para sentirse completa.
No iba a arriesgar todo eso por un hombre guapo con ojos verdes y un hijo adorable.
—No voy a enamorarme —dije, más para mí misma que para ella.
—Nadie ha dicho nada de enamorarse —respondió Carolina, encogiéndose de hombros—. Solo he dicho que te gusta. El enamoramiento es otra historia. Y tú, Amelia Vidal, tienes miedo al enamoramiento.
—No tengo miedo.
—Tienes pánico. Desde el divorcio, te has convertido en una experta en mantener a la gente a distancia.
Sonríes, eres amable, eres la mejor amiga del mundo, pero no dejas que nadie se acerque de verdad.
Y ahora aparece este policía, con su hijo y su barba de tres días, y tú… tú estás a punto de echar a correr.
—No voy a echar a correr —mentí, porque eso era exactamente lo que quería hacer.
—Veremos —dijo Carolina, dándome una palmadita en el hombro—. Pero te advierto: si no vas mañana a esa playa, te arrepentirás toda tu vida. Y yo te lo recordaré cada día hasta que cumplas ochenta años.
Sacamos el coche del aparcamiento y Carolina me dejó en mi casa, tras insistir en que le contara todo lo que pasara. Subí a mi piso, me duché, me puse el pijama y estaba a punto de meterme en la cama cuando el teléfono sonó.
Mi madre.
Miré la pantalla con aprensión. Eran las once de la noche, hora intempestiva para una llamada casual. Algo pasaba.
—¿Mamá? —Respondí, intentando sonar despierta y no preocupada.
—Amelia, cariño —la voz de Carmen Vidal sonaba demasiado dulce, demasiado interesada—. ¿Estás despierta?
—Acabo de llegar del trabajo —respondí, sentándome en el borde de la cama.
—Tu padre y yo estábamos preocupados. Has salido de la clínica con una cara… bueno, con una cara particular.
Me quedé helada. ¿Cómo sabía mi madre…?
—Mamá, ¿estabais en la clínica?
—Hemos ido a recoger unos análisis de tu padre —respondió ella, de manera casual—. Y Carolina nos ha dicho que habías tenido un día interesante. Con un paciente especial. Un niño, me ha dicho. Con el brazo escayolado.
Cerré los ojos. Carolina. Traidora. Infame. Lo pagaría.
—Sí —respondí, intentando mantener la calma—. Un niño que se cayó en el parque. Nada grave.
—Y el padre —continuó mi madre, y su voz adquirió ese tono que usaba cuando interrogaba a los residentes en sus tiempos de médica—. Carolina dice que el padre es policía. Y que es muy atractivo. Y que te has sonrojado.
—Carolina exagera —siseé, sintiendo cómo la desesperación se apoderaba de mí.
—Carolina nunca exagera. Exagera menos que yo, lo cual ya es decir. Así que cuéntame, Amelia. ¿Quién es el padre del niño?
Suspiré, hundiéndome en la almohada. Estaba acorralada. Mi madre tenía una habilidad sobrenatural para extraer información, una mezcla de ternura y persistencia que hacía imposible mantenerle secretos.
—Se llama Eloy —respondí, resignada—. Eloy Castellanos. Es policía. Tiene un hijo de seis años, Mateo. La madre falleció durante el parto. Es padre soltero. Y sí, es atractivo. Pero no significa nada. Solo hemos hablado. Es un paciente, mamá. Un padre de paciente.
—Un padre de paciente que te ha invitado a la playa —completó mi madre, y supe que Carolina le había contado todo.
—¿Carolina os ha contado todo? —pregunté, incrédula.
—Nos la hemos encontrado en la clínica de casualidad —respondió mi madre, inocente—. Y ha mencionado, de pasada, que su mejor amiga estaba a punto de cometer una locura romántica. Sus palabras, no las mías.
—No es una locura —protesté—. Es… es una tarde en la playa. Con un niño. Como actividad…
—Familiar —terminó mi madre, y detecté la sonrisa en su voz—. Sí, eso me ha dicho Carolina que decías. Amelia, cariño, ¿sabes cuántas veces has usado la palabra «familia» en los últimos dos minutos?
—No quiero saberlo —gemí.
—Cinco. Cinco veces. Y eso me dice que estás más nerviosa de lo que pretendes. Porque cuando estás nerviosa, Amelia, hablas de familia. Es tu mecanismo de defensa.
Tenía razón. Maldita sea, tenía razón. Siempre la tenía.
—Mamá, por favor —suspiré—. No le des más importancia de la que tiene. Es una tarde. Una sola tarde. Después volveré a mi vida normal.
—Tu vida normal —repitió mi madre, y su voz se suavizó—.
Amelia, hace dos años tu padre y yo vimos cómo te rompían el corazón.
Vimos cómo ese hombre —y usó ese tono despectivo que reservaba para mi exmarido— te decía que ya no te quería, como si siete años juntos no significaran nada.
Y desde entonces has construido una fortaleza alrededor de ti.
Una fortaleza muy bonita, muy ordenada y muy segura. Pero una fortaleza, al fin y al cabo.
—Mamá…
—No te estoy presionando —interrumpió ella—. Solo te pido que tengas cuidado. Que no cierres la puerta antes de saber qué hay al otro lado. Eloy Castellanos puede ser un hombre maravilloso. O puede ser otro error. Pero mereces saberlo. Mereces arriesgarte.
—Tengo miedo —confesé, y la verdad de esas palabras me sorprendió incluso a mí.
—Lo sé, cariño. Y eso está bien. El miedo significa que algo importa.
Hubo un silencio. Oí la voz de mi padre al fondo, preguntando algo, y el murmullo de mi madre respondiéndole.
—Tu padre quiere saber si el policía tiene barba —dijo finalmente mi madre.
—¿Qué?
—Dice que las barbas son signo de carácter. O de pereza. Depende de cómo se lleven.
—Mamá, por favor…
—Y también quiere saber si tiene buena mano con el niño. Tu padre cree que la forma en que un hombre trata a los niños dice todo lo que hay que saber sobre él.
—Trata muy bien a su hijo —respondí, sintiéndome ridiculizada por la situación—. Es un buen padre. Se nota. Es… es dulce. Y protector. Y un poco torpe, creo. Se sonrojó cuando Mateo preguntó si podían llevarme a casa.
Mi madre se rio. Era una risa cálida, genuina, la risa de una mujer que había visto demasiado en la vida como para tomarse las cosas demasiado en serio.
—Me gusta —dijo—. Me gusta que se sonrojara. Eso significa que también está nervioso. Que también siente que algo está pasando.
—¿Y eso es bueno? —pregunté, sintiéndome de repente como una adolescente pidiendo consejo.
—Es humano, Amelia. Y en este mundo de gente fingiendo no sentir nada, la humanidad es siempre buena.
Colgamos después de prometerle que iría a cenar el domingo siguiente y que le contaría todo. Todo. Incluyendo detalles que ni siquiera yo conocía todavía.
Me quedé en la cama, mirando al techo, con el teléfono en la mano. En algún lugar de la ciudad, Eloy Castellanos estaría haciendo lo mismo. O tal vez durmiendo, con Mateo al lado, soñando con superhéroes y enfermeras que curaban con sonrisas.
Pensé en mi exmarido, en la forma fría y racional con que me había dicho que ya no me quería. «No es que haya otra persona, Amelia. Es que ya no siento lo mismo. Lo siento.» Esas palabras habían resonado en mi cabeza durante meses, años, convirtiéndose en la banda sonora de mis insomnios.
Pensé en Eloy, en sus ojos verdes, en su forma de mirar a Mateo como si fuera el centro de su universo. Pensé en la electricidad que había sentido al estrechar su mano, en la forma en que se había sonrojado cuando su hijo había propuesto llevarme a casa.
Y pensé en Carolina, en mi madre, en las dos diciéndome lo mismo con diferentes palabras: que tenía miedo, que estaba huyendo, que merecía arriesgarme.
Mañana iría a la playa. No porque me obligaran, no porque esperara nada, sino porque tenía que saber. Tenía que saber si la conexión que había sentido era real o solo producto de una tarde larga y un niño adorable. Tenía que saber si Eloy Castellanos era solo un policía guapo o algo más.
Y si resultaba que era algo más…
Bueno, entonces tendría que enfrentarme a ello. A él. A mí misma. A la posibilidad de volver a sentir algo que me hiciera vulnerable.
Porque eso era lo que realmente me aterraba. No Eloy, ni su hijo. Ni siquiera una posible relación.
Lo que me aterraba era la posibilidad de volver a sentirme así. Desprotegida. Expuesta. Capaz de que me rompieran el corazón otra vez.
Pero mañana, pensé, dejando el teléfono en la mesita de noche y cerrando los ojos. Mañana iría de todos modos.
Porque a veces, la única forma de vencer al miedo es mirarlo de frente y decidir que no va a ganar.
Ni siquiera un policía demasiado guapo con ojos verdes y un hijo de seis años que quería que fuera su amiga.
Ni siquiera eso.