Mi enfermera favorita Capítulo 3
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Capítulo 3

Eloy

El caos había comenzado a las dos de la tarde, cuando Mateo decidió que perseguir a un ladrón imaginario era más importante que mantener los dos pies en el suelo.

Estábamos en el parque del Turia, en esa zona amplia cerca del puente de las Flores donde suele haber menos gente y más espacio para correr.

Llevábamos allí casi una hora, Mateo con su pelota y yo intentando leer un informe del trabajo en el banco mientras vigilaba de reojo que no se fuera demasiado lejos.

Valeria había venido con nosotros y estaba sentada en el césped, entrenando a Mateo para que le lanzara la pelota como si fuera un perro de agilidad.

Todo iba bien. Demasiado bien, quizás.

—¡Papá, mira! —gritó Mateo desde el otro extremo del parque—. ¡Voy a atrapar al ladrón de los bocadillos!

—¡Mateo, cuidado con…! —grité yo, levantándome del banco.

Pero fue tarde. Vi el momento exacto en que su pie derecho tropezó con algo invisible, una raíz, una piedra, el aire mismo, qué sabía yo, y su pequeño cuerpo se proyectó hacia delante con esa torpeza dramática que solo tienen los niños cuando caen.

Intentó amortiguar el golpe con las manos, pero el brazo izquierdo quedó atrapado debajo de su cuerpo, y cuando lo vi intentar levantarse y volver a caerse, sujetándose el brazo con la otra mano y con el rostro desencajado en una mueca de dolor, sentí que el corazón se me detenía.

Corrí hacia él. Valeria llegó antes.

—¿Qué te duele, pequeño? —preguntó ella, agachándose junto a él.

—El brazo —sollozó Mateo, y era la primera vez en meses que le oía llorar así—. Papá, me duele mucho el brazo.

Lo cogí en brazos, sintiendo su cuerpo temblar contra el mío. Tenía seis años y era la persona más valiente que conocía, pero en ese momento era solo un niño asustado que necesitaba a su padre.

—Vamos al hospital —dije, ya caminando hacia la salida del parque.

—Llévalo a la Clínica Nova —dijo Valeria, cogiendo su mochila y la pelota—. Está más cerca y tiene buen servicio de urgencias. Además, conozco a alguien allí que puede agilizarlo.

No pregunté quién. En ese momento solo importaba que Mateo dejara de tener esa expresión de dolor en el rostro.

Llegamos a la clínica en quince minutos.

Valeria condujo mi coche, yo iba en el asiento trasero con Mateo en brazos, intentando distraerlo con historias de cuando yo era pequeño y también me caía, y para cuando entramos en urgencias, el niño ya había pasado del llanto desconsolado a los sollozos ahogados que me partían el alma.

—Necesitamos ver a un médico —dije a la recepcionista, intentando mantener la calma—. Mi hijo se ha caído y creo que se ha hecho daño en el brazo.

—Por favor, rellenen estos datos —dijo la mujer, pasándome unos formularios.

—¿Ahora? —Casi grité—. Mi hijo está…

—Eloy —intervino Valeria, poniéndome una mano en el hombro—. Tranquilo. Voy a llamar a una amiga que trabaja aquí. Mientras, rellena eso.

Asentí, obligándome a respirar hondo. Mateo estaba sentado en una silla de la sala de espera, sujetándose el brazo contra el pecho con una determinación que me hacía sentir orgulloso y culpable a partes iguales. ¿Por qué no había estado más atento? ¿Por qué había dejado que corriera tan lejos?

—Papá —dijo Mateo, con voz temblorosa—, ¿se me va a caer el brazo?

—¿Qué? —Casi me eché a reír, aunque nada me daba risa—. No, Mateo. No se te va a caer el brazo. Es solo… es solo que quizás te hayas hecho un poquito de daño. Pero los médicos te van a curar.

—¿Como cuando te dispararon en la pierna? —preguntó, con esos ojos verdes clavados en mí.

Valeria, que estaba hablando por teléfono a unos metros, me miró con una ceja arqueada.

—No ha sido exactamente así —murmuré—. Y eso fue hace mucho tiempo. Vamos, cuéntame qué le vas a decir al médico cuando te pregunte qué te ha pasado.

Y entonces apareció ella.

No recuerdo haberla visto entrar. Un momento estaba solo con Mateo en la sala de espera, y al siguiente había una mujer de uniforme azul agachada frente a mi hijo, hablando con él en voz baja, sonriendo de una forma que hacía que el ambiente entero cambiara.

Tenía el pelo castaño recogido en una coleta, unos ojos marrones enormes y una sonrisa que…

Dios, esa sonrisa iluminaba todo el box.

—Soy Amelia —dijo, y su voz era cálida, profesional, pero con algo más, algo que la hacía diferente de cualquier otra enfermera que hubiera conocido—. Y mi superpoder es curar a otros superhéroes.

Mateo la miró como si acabara de ver a Wonder Woman en persona.

Yo la miré como si hubiera olvidado cómo respirar.

Me presenté, tendiéndole mi mano, y cuando nuestras manos se tocaron, sentí algo. Un calor, una electricidad, una conexión física tan inesperada que por un segundo olvidé por qué estábamos allí.

Sus ojos se encontraron con los míos, y vi que ella también lo había sentido, porque sus mejillas se sonrojaron ligeramente y desvió la mirada hacia Mateo con una rapidez que casi me hizo sonreír.

—Vamos a ver ese brazo, ¿vale, valiente? —dijo, y su voz sonaba ligeramente más aguda, más nerviosa.

Lo que sucedió durante los siguientes minutos fue, francamente, increíble.

Amelia no solo consiguió que Mateo dejara de llorar; consiguió que se riera, que se olvidara del dolor, que se sintiera el superhéroe que tanto quería ser.

Hablaban de villanos y de misiones secretas; ella se agachaba a su altura, le hacía preguntas absurdas, le escuchaba con una atención que hacía que Mateo se sintiera importante, escuchado, valorado.

Y yo… yo no podía dejar de mirarla.

Hacía años que no me sentía así. Desde antes de que naciera Mateo, quizás. Desde antes de que María… No, no iba a pensar en María ahora. Pero era cierto. Había algo en esa enfermera, en su forma de moverse, de sonreír, de hacer que todo pareciera más ligero, que me desconcertaba por completo.

—Estás mirando fijamente —murmuró Valeria, que apareció a mi lado mientras Amelia llevaba a Mateo a rayos.

—Estoy preocupado —mentí.

—Claro. Por eso te has quedado con la boca abierta cuando se ha agachado para atarle las zapatillas al niño. Por pura preocupación paternal.

—Valeria…

—Eloy Castellanos —dijo, cruzándose de brazos y mirándome con esa expresión suya que mezclaba diversión y peligro—. Llevo conociéndote veinte años. Sé perfectamente cuándo estás interesado en alguien.

—No estoy interesado —siseé, mirando hacia el pasillo por donde había desaparecido Amelia con Mateo—. Es la enfermera de mi hijo. Solo es… es profesionalidad.

—¿Y por qué te has sonrojado cuando os habéis dado la mano?

—No me he sonrojado.

—Eloy, tienes la tez más clara que el papel higiénico y tus mejillas están coloradas. Estás sonrojado.

—Es el calor —murmuré, ajustándome el cuello de la camiseta.

—Hace veintidós grados y estamos en urgencias con aire acondicionado.

—Valeria, por favor…

—Está bien, está bien —levantó las manos en señal de rendición, pero su sonrisa decía todo lo contrario—. Niega lo que quieras. Pero te advierto: Mateo también la está mirando con ojos de enamorado.

Eso era cierto. Mi hijo, mi pequeño Mateo, que normalmente era tímido con los desconocidos, había respondido a Amelia como si la conociera de toda la vida.

Cuando volvieron de la sala de rayos, ella caminando a su lado, no delante, hablándole en voz baja, haciéndole reír, vi que Mateo la miraba con una expresión de pura adoración.

—No es grave —anunció Amelia, mostrándonos las placas en la pantalla de la Tablet—. Luxación ya reducida en el parque —dijo, y asentí, porque en eso Valeria había estado rápida—y esguince de ligamentos. Necesita inmovilización, pero en diez días debería estar como nuevo.

—Gracias a Dios —suspiré, sintiendo que un peso enorme se me quitaba de encima.

—Ha sido muy valiente —dijo Amelia, mirando a Mateo con una ternura que me hizo sentir algo extraño en el pecho—. Un auténtico policía.

—¡Soy policía! —exclamó Mateo, iluminándose—. ¿Verdad, papá, que soy un buen policía?

—El mejor —respondí, y mi voz sonó ronca, extraña.

Amelia me miró, y por un segundo el mundo entero se redujo a esos ojos marrones, a esa sonrisa torcida, a la forma en que mezclaba profesionalidad con algo más personal, más íntimo.

Y después de algunas indicaciones más, mi hijo habló dejándonos a los tres adultos sin palabras.

—¿Papá, podemos llevarnos a Amelia a casa? —interrumpió Mateo, y el silencio que siguió fue absoluto.

Valeria se rio. No pudo evitarlo. Fue una carcajada corta, ahogada, que se transformó en tos cuando la miré con odio.

—Mateo —dije, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello—, creo que la enfermera Amelia tiene cosas que hacer. No podemos…

—Me toca descanso mañana —dijo ella.

Nos miramos. Yo estaba paralizado, sin saber qué decir, cómo actuar.

Llevaba seis años criando a Mateo solo, seis años en los que mi vida había girado exclusivamente en torno a él, a mi trabajo, a ser padre y policía y poco más.

No sabía cómo se hacía esto. No sabía cómo se hablaba con una mujer que te gustaba, porque la verdad era que me gustaba, me gustaba de una forma inmediata e irracional que me aterraba.

Guardé su número en mi teléfono, ese que ella me dictó y yo anoté con dedos torpes para mi absoluta incredulidad, y cuando salimos de la clínica, el sol de la tarde nos golpeó con una intensidad que me pareció irreal.

¿Hacía solo una hora que estábamos en el parque?

¿Hacía solo una hora que mi vida era normal, predecible, ordenada?

—Papá —dijo Mateo, mientras le abrochaba el cinturón en el asiento trasero—, Amelia es mi enfermera favorita.

—Ya lo veo, campeón.

—Y es muy guapa. Como las princesas de los cuentos, pero más divertida. Las princesas de los cuentos no saben hablar de superhéroes.

—No, supongo que no.

—¿Te ha gustado, papá?

—¿El qué?

—¿El qué va a ser, papá? Amelia. ¿Te ha gustado Amelia?

Miré a mi hijo por el retrovisor. Tenía seis años y un brazo escayolado, pero sus ojos verdes, mis ojos, brillaban con una inteligencia que a veces me olvidaba que poseía.

—Es… es agradable —respondí, eligiendo las palabras con cuidado.

—A mí me ha gustado mucho —dijo Mateo, acomodándose en el asiento con una satisfacción de gato—. Y sé su nombre completo. Amelia… Amelia…

—Creo que no nos dijo el apellido —intervino Valeria desde el asiento del copiloto.

—Sí que lo dijo —insistió Mateo—. Cuando estaba en el baño, la oí hablar con otra enfermera. Se llama Amelia… Amelia…

Se quedó callado un momento, frunciendo el ceño en un gesto de concentración que me recordó a mí mismo.

—¡Amelia Vidal! —exclamó finalmente, triunfante—. Amelia Vidal. Como la doctora de los dibujos que me gustan, pero de verdad.

Valeria y yo nos miramos.

—¿Cómo has recordado eso? —pregunté, incrédulo.

—Porque es importante —respondió Mateo, como si fuera evidente—. Las cosas importantes se recuerdan. Y Amelia es importante. Ella va a ser mi amiga. Y tuya también, papá. Yo lo sé.

Arranqué el coche, sin saber qué decir. El nombre resonaba en mi cabeza.

Amelia Vidal. No sabía nada de ella, absolutamente nada, pero de alguna forma Mateo tenía razón.

Era importante. Lo sentía en lo más profundo de mi ser, en esa intuición que me había salvado la vida en más de una ocasión en el trabajo.

Estaba a punto de salir del aparcamiento cuando el teléfono de Valeria sonó.

Ella miró la pantalla y su expresión cambió. De divertida a profesional, de relajada a alerta. Esa transformación que solo los policías conocemos, esa capacidad de cambiar de marcha en cuestión de segundos.

—Montes —respondió, seca.

Escuchó durante unos segundos y vi cómo su mandíbula se tensaba.

—¿Cuándo? —preguntó—. ¿Estás seguro?

Más silencio. Mateo empezó a canturrear una canción de la guardería, ajeno a la tensión que de repente llenaba el coche.

—Estoy con Eloy —dijo Valeria—. Sí, lo sé. Se lo diré. Nos vemos allí.

Colgó y guardó el teléfono. Su rostro había vuelto a la normalidad, pero yo la conocía demasiado bien. Algo pasaba.

—¿Qué ocurre? —pregunté, deteniendo el coche antes de salir a la calle.

—Nada —dijo ella, demasiado rápido—. Un aviso del trabajo. Mañana hablamos.

—Valeria…

—Eloy, ahora no —su voz tenía un filo de acero que me detuvo—. Conduce. Llevemos a Mateo a casa. Necesita descansar.

Miré a mi hijo en el retrovisor. Estaba jugando con su brazo escayolado, haciendo como si fuera un cañón, disparando a los coches que pasaban.

—¿Ha sido por la investigación? —Pregunté en voz baja, para que Mateo no me oyera.

Valeria dudó. Luego asintió, casi imperceptiblemente.

—Han encontrado algo —murmuró—. En una de las empresas sanitarias que estamos vigilando. Parece que hay movimientos sospechosos en una clínica privada.

Sentí un escalofrío que no tuve tiempo de analizar.

—¿Qué clínica?

—No lo sé todavía —dijo ella, mirando por la ventana—. Mañana me enteraré de los detalles. Pero Eloy… —se giró hacia mí, y vi algo en sus ojos que me preocupó—. Ten cuidado. Con todo.

No pregunté a qué se refería. En ese momento, con Mateo cantando en el asiento trasero y el número de Amelia guardado en mi teléfono, no quería saberlo.

Quería creer que el encuentro de esa tarde había sido casual, una coincidencia afortunada, el universo regalándome algo bueno después de años de ser solo padre y policía y nada más.

Pero la mirada de Valeria me decía otra cosa.

Y cuando arranqué de nuevo y salimos a la calle, con el sol de junio bañando Valencia de una luz dorada, no pude evitar pensar en Amelia. En su sonrisa, en su voz, en la forma en que había mirado a Mateo como si fuera el niño más importante del mundo.

Amelia Vidal.

Mi hijo la recordaba. Yo no podía dejar de hacerlo.

Y algo me decía, en esa voz interior que nunca me fallaba, que volvería a verla. Pronto. Y que cuando eso pasara, nada volvería a ser igual.