Capítulo 2
Amelia
Fue entonces cuando pasó.
Su mano era grande y cálida, con pequeñas cicatrices en los nudillos que me hicieron imaginarlo en situaciones de peligro.
Y cuando nuestras palmas se tocaron, sentí algo.
Una corriente eléctrica, una chispa, una conexión física tan inesperada que, por un segundo, olvidé dónde estaba.
Sus ojos se encontraron con los míos, y vi que él también lo había sentido, porque sus pupilas se dilataron ligeramente y su mandíbula se tensó casi imperceptiblemente.
—Encantada —murmuré, soltando su mano quizás demasiado rápido.
—Encantado —respondió él, y su voz sonó ligeramente ronca.
—Bien —intervino Valeria, con un tono que no supe interpretar—. ¿Necesitáis que salgamos mientras le hacéis las pruebas al pequeño?
—No hace falta —dije, agradecida por tener algo en qué ocuparme—. Podéis quedaros. Mateo, ¿prefieres que se queden tu papá y tu…?
—Mi tía Valeria —dijo Mateo automáticamente—. Aunque no es mi tía de verdad, pero es como de la familia.
—Prefiero que se queden —añadió el niño, y luego, mirándome con esos ojos verdes tan parecidos a los de su padre—. ¿Tú eres muy buena curando?
—Soy la mejor —respondí con una sonrisa—. O eso dicen.
—Yo creo que sí —dijo Mateo con una seriedad que me hizo reír—. Tienes cara de buena.
—Gracias, compañero. Ese es el mejor cumplido que me han hecho en todo el día.
Los siguientes veinte minutos fueron un torbellino de actividad.
Llevé a Mateo a la sala de rayos X para descartar fracturas graves.
Gracias a Dios, solo era una luxación que ya habían reducido en el parque y un esguince que necesitaba inmovilización.
Le puse una escayola ligera que le permitía cierta movilidad y, durante todo el tiempo, mantuve una conversación absurda sobre superhéroes y villanos que hacía que Mateo se riera a carcajadas.
Eloy y Valeria nos acompañaron durante todo el proceso y no pude evitar darme cuenta de que Eloy no me quitaba el ojo de encima.
No de forma incómoda ni invasiva. Era algo más sutil.
Cada vez que levantaba la vista, encontraba su mirada clavada en mí, y él desviaba los ojos rápidamente, como si se hubiera pillado haciendo algo prohibido. Pero volvía a mirar. Una y otra vez.
Y yo… yo descubría que me gustaba que mirara.
—Ya está —dije finalmente, ajustando la última venda en el brazo de Mateo—.
Escayola ligera, como queríamos. Tendrá que llevarla unos diez días; después vendrá a revisión y probablemente podamos retirarla.
Mientras tanto, reposo relativo. Nada de perseguir ladrones ni de saltar de árboles, ¿entendido, agente Castellanos?
—Entendido, enfermera Amelia —respondió Mateo, saludando con la mano sana.
—Eres una artista —dijo Valeria, con una sonrisa genuina que transformó su rostro severo en algo mucho más cálido—. No hemos parado de reír en toda la tarde.
—Es fácil cuando el paciente es tan valiente —respondí, guardando el material.
—¿Puedo ir al baño? —preguntó Mateo de repente—. Solo quiero ser mayor.
Eloy dudó, pero asintió.
—Está al final del pasillo, a la derecha —indiqué—. ¿Quieres que te acompañe?
—No, ya sé ir solo. Soy un policía.
—Claro que sí. A la derecha, entonces.
Mateo saltó de la camilla —con más agilidad de la que debería tener con un brazo escayolado— y salió del box con paso decidido.
El silencio que siguió fue incómodo. Valeria miraba a Eloy con una expresión que no supe interpretar, y Eloy… Eloy me miraba a mí.
—Gracias —dijo finalmente, y su voz sonó más profunda, más íntima—. De verdad. Se ha caído en el parque y ha sido un caos. No ha dejado de llorar hasta que llegamos aquí.
—Los niños son así —respondí, encogiéndome de hombros—. A veces necesitan a alguien que hable su idioma.
—¿El idioma de los superhéroes? —preguntó, y una sonrisa asomó en sus labios. Dios, tenía una sonrisa peligrosa.
—Exacto. Es un idioma universal.
Hubo una pausa. Valeria se había apartado discretamente, revisando su teléfono, dejándonos un espacio que, de repente, se sintió íntimo, cargado de algo que no sabía definir.
—Eres muy buena en tu trabajo —dijo Eloy, y sus ojos recorrieron mi rostro con una intensidad que me hizo sentir expuesta—. Mateo no para de hablar de ti.
—Es un niño encantador —respondí, y mi voz sonó más suave de lo que pretendía—. Debe ser… debe ser difícil criarlo solo.
La pregunta fue imprudente, demasiado personal, pero Eloy no pareció molesto. Su expresión se suavizó y, por un segundo, vi algo de vulnerabilidad en esos ojos verdes.
—Es lo mejor que me ha pasado en la vida —dijo simplemente—. Pero sí, a veces es difícil.
—Parece un niño feliz. Eso dice mucho de ti.
Nos miramos durante un segundo que se extendió demasiado.
Sentí que el aire entre nosotros vibraba, cargado de algo sin nombre, pero que reconocía instintivamente.
Era atracción. Química pura. Esa conexión eléctrica que surge de vez en cuando con alguien completamente desconocido y te deja descolocado, sin saber qué hacer con ella.
Fue Mateo quien rompió el momento al entrar en el box con paso decidido y una expresión de triunfo.
—¡Ya he vuelto! —anunció, como si hubiera completado una misión peligrosa—. Y no me he perdido.
—Excelente trabajo, agente —dije, agachándome para estar a su altura—. Bueno, creo que ya está todo. La escayola debe mantenerse seca. Cualquier dolor que no se calme con el paracetamol que os he dado, volved. Y nada de acrobacias, ¿eh?
—Sí, señora —respondió Mateo, y luego, girándose hacia su padre, preguntó con esa inocencia brutal que solo tienen los niños:
—Papá, ¿podemos llevarnos a Amelia a casa?
El silencio que siguió fue absoluto.
Eloy se quedó petrificado, con los ojos desorbitados y el rostro convertido en un tomate maduro.
Valeria soltó una carcajada que intentó disimular como tos.
Y yo… yo me quedé sin palabras, con el corazón latiendo con fuerza en el pecho, mientras el niño de seis años me miraba con una expresión de total naturalidad, como si acabara de proponer lo más razonable del mundo.
—Mateo, yo… —comencé, sin saber qué decir.
—Es que eres muy divertida —interrumpió Mateo, como si eso lo explicara todo—. Y mi papá también necesita amigos. Solo tiene a la tía Valeria y a sus compañeros de trabajo, y todos son policías aburridos. Tú eres más divertida.
—Yo… —Eloy intentaba hablar, pero parecía haber olvidado cómo formar palabras.
—Además —continuó Mateo, imperturbable—, me gusta cómo hueles. Hueles a playa. A la playa de noche, cuando vamos a pasear con papá. A mí me gusta cómo huele la playa de noche.
Miré a Eloy en busca de ayuda, pero él parecía tan desconcertado como yo. Y en medio de esa situación absurda, de ese momento de caos total, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo.
Ganas de reír.
Ganas de llorar.
Y ganas de decir que sí, que me llevaran a casa, que me llevaran a cualquier lugar donde pudiera seguir oliendo el champú de ese niño y mirando esos ojos verdes que eran un calco de los de su padre.
—Mateo —dijo Eloy finalmente, con una voz que sonaba aterrada y divertida a partes iguales—, creo que la enfermera Amelia tiene cosas que hacer. No podemos…
—Estoy de descanso mañana —oí decirme a mí misma, sin haber planeado las palabras.
Eloy me miró, sorprendido.
Valeria dejó de fingir que miraba su teléfono y nos observaba con una expresión de pura diversión.
—¿De verdad? —preguntó Mateo, con los ojos brillando de esperanza.
—De verdad —confirmé, y no sabía si estaba cometiendo el mayor error de mi vida o el mejor acierto de los últimos dos años—. Y… y me gusta la playa de noche.
Eloy y yo nos miramos.
Y en sus ojos verdes, por primera vez desde que había entrado en ese box, vi algo que me hizo sentir viva de verdad.
Vi posibilidades.
Y miedo.
Y esperanza.
Y ganas de saber qué pasaría si dejaba que el amor, después de dos años de silencio, volviera a llamar a mi puerta.
Aunque esta vez no llamara.
Aunque esta vez irrumpiera con un niño de seis años, un brazo escayolado y una pregunta imposible.
—Papá —insistió Mateo, tirando de la camiseta de su padre—, di algo.
Eloy respiró hondo. Y cuando habló, su voz sonó ronca, sincera y un poco asustada.
—¿Te gustaría…? —comenzó y se detuvo, como si las palabras se le escaparan—. ¿Te gustaría venir algún día a la playa con nosotros?
Miré a ese hombre que había conocido hacía menos de una hora. A ese padre soltero con ojos de policía y manos de trabajador. A ese desconocido que me hacía sentir cosas que había jurado no volver a sentir.
Y pensé en mi exmarido, que me había dicho que ya no me quería.
Pensé en dos años de soledad elegida.
Y pensé en el mar, en la arena mojada, en la luna reflejada en el agua.
—Sí —dije.
Y con esa sola palabra, supe que mi vida acababa de cambiar para siempre.