Mi enfermera favorita Capítulo 1
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Mi enfermera favorita

Mi enfermera favorita

Por Dylan Martins

© inepub.com

Capítulo 1

Amelia

El reloj de la pared marcaba las cuatro de la tarde cuando el niño entró en urgencias.

Llevaba ya seis horas de turno, desde las diez de la mañana, y mi espalda empezaba a protestar con esa molestia sorda que solo las enfermeras de urgencias conocemos.

El verano acababa de llegar a Valencia, trayendo consigo el calor húmedo que hace que el uniforme se te pegue a la piel y que los pacientes lleguen más irritables de lo habitual.

Pero aquel miércoles había sido tranquilo, todo hay que decirlo: algunos golpes menores, una intoxicación alimentaria que ya estaba resuelta, y la habitual corriente de ancianos con dolores articulares que el cambio de tiempo siempre activa.

Estaba en la enfermería reponiendo material cuando Carolina apareció por la puerta con esa expresión suya que mezclaba diversión y advertencia.

—Amelia, tienes un paciente en el box tres que te va a encantar —dijo, cruzándose de brazos y apoyándose en el marco de la puerta.

—¿Otro niño? —Suspiré, dejando las gasas en su sitio.

—Un niño con el brazo escayolado en potencia y dos adultos de compañía que parecen sacados de una serie de televisión. Uno es un tío bueno de manual; el otro, una mujer que parece que podría arrestarte solo con la mirada.

—Carolina…

—Vamos, ve a verlo. El crío está llorando y Marcos está ocupado con la señora del tobillo torcido. Además, tú eres la experta en niños.

Tenía razón, por supuesto. Siempre la tenía.

Desde que empezamos a trabajar juntas en la Clínica Nova, hacía ya cinco años, Carolina había desarrollado una especie de radar para detectar qué pacientes necesitaban mi «tratamiento especial».

Y es que, efectivamente, los niños eran mi punto débil.

No podía evitarlo. Cuando entraba un pequeño en urgencias, algo dentro de mí se activaba, como si mi cuerpo recordara que una de las razones por las que elegí esta profesión era hacer que el dolor de los demás durara lo menos posible.

Cogí la Tablet con las historias clínicas, me dirigí al box tres y entonces lo vi.

El niño estaba sentado en la camilla, con el brazo izquierdo inmovilizado con una inmovilización temporal que le habían puesto en el parque.

Tenía seis años, calculé, y era absolutamente adorable.

Cabello castaño revuelto, ojos verdes enormes, llenos de lágrimas, y una expresión de valentía forzada que me partió el corazón nada más verlo.

Estaba intentando no llorar, pero se le escapaban algunos sollozos que ahogaba contra el hombro de la mujer que tenía al lado.

Pero no fueron ni el niño ni la mujer los que me dejaron sin aliento. Fue el hombre que estaba de pie al otro lado de la camilla.

Alto. Muy alto. Tendría un metro ochenta y pico, con una complexión atlética que se notaba incluso bajo la camiseta de algodón gris que llevaba puesta.

Cabello castaño oscuro, corto, con ese desorden natural que resulta irritantemente atractivo.

Y una barba de unos días que le daba un aspecto rudo pero cuidado.

Pero fueron sus ojos los que me dejaron momentáneamente sin habla: verdes, intensos, preocupados, clavados en el niño con una ternura tan desnuda que sentí un pinchazo extraño en el pecho.

—Buenas tardes —dije, recuperando la profesionalidad que me había abandonado durante medio segundo—. Soy Amelia, enfermera de urgencias. Veo que tenemos aquí un valiente que se ha hecho daño en el parque.

El niño me miró con esos ojos enormes, brillantes por las lágrimas contenidas.

—No estoy llorando —dijo, con una voz temblorosa que intentaba sonar firme—. Los superhéroes no lloran.

Sonreí. Ya me había ganado.

—Ah, ¿eres un superhéroe? —acercándome a la camilla y agachándome para estar a su altura—. ¿Y cuál es tu superpoder?

El niño me observó con recelo, pero la curiosidad pudo más que el dolor.

—Puedo… puedo correr muy rápido. Más rápido que el viento.

—Impresionante —asentí con seriedad—. Eso es un superpoder de primera. ¿Y cómo te llamas, superhéroe?

—Mateo —respondió, y luego añadió—. Mateo Castellanos. Y soy policía. De mayor voy a ser como mi papá, el mejor policía del mundo.

El hombre alto, el padre, deduje, carraspeó discretamente y, cuando lo miré, vi que tenía las mejillas ligeramente sonrojadas.

Era… Dios, era guapísimo. Y no de esa forma ostentosa y consciente que resulta repelente.

Era guapo de una manera natural, casi molesta, como si no se diera cuenta del efecto que causaba.

—Encantada, Mateo —le tendí la mano para que me la estrechara, y él lo hizo con su mano derecha, la sana, con una seriedad que me arrancó una sonrisa—. Yo soy Amelia y mi superpoder es curar a otros superhéroes cuando se hacen daño protegiendo el mundo.

Mateo me miró con los ojos muy abiertos, olvidándose por completo de las lágrimas.

—¿De verdad?

—De verdad. Aunque para eso necesito que me cuentes exactamente qué ha pasado. Los superhéroes tienen que ser muy precisos en sus informes.

El niño se irguió en la camilla, y vi cómo el hombre intercambió una mirada con la mujer pelirroja que estaba a su lado. Ella tenía una expresión divertida, casi de sorpresa, como si no esperara que su sobrino, o quien fuera para ella, dejara de llorar tan rápido.

—Estaba persiguiendo a un ladrón —comenzó Mateo, con una voz que ganaba firmeza con cada palabra—. En el parque. Era un ladrón muy peligroso que había robado el almuerzo del pícnic. Yo iba a detenerlo, pero tropecé con una raíz invisible de las malas.

—Las raíces invisibles son las peores —comenté, asintiendo con gravedad—. Son el archienemigo secreto de todos los superhéroes. ¿Y qué pasó entonces?

—Me caí. Y mi brazo… —miró su brazo inmovilizado—. Mi brazo dejó de funcionar bien. Pero no llores, ¿vale? Porque los policías no lloran. Mi papá dice que los policías son fuertes.

—Tu papá tiene toda la razón —dije y, alzando la vista, encontré los ojos verdes del hombre clavados en mí. Hubo algo en esa mirada, algo que me hizo sentir un calor extraño en el pecho—. Los policías son muy fuertes. Pero ¿sabes qué más son los policías?

—¿Qué?

—Inteligentes. Y los policías inteligentes saben que cuando se hacen daño, tienen que venir a ver a gente como yo para curarse. Porque si no, no pueden seguir protegiendo el mundo.

Mateo asintió pensativo, procesando la información.

—Entonces… ¿no soy un cobarde por haber venido a urgencias?

—¿Un cobarde? —Me llevé la mano al pecho en un gesto teatral—. Mateo, tú has venido aquí con el brazo doliendo y sin llorar apenas. Eso es de valientes. Los cobardes se quedan en casa llorando con su almohada. Tú has venido a que te curen para volver a la acción. Eso es lo que hacen los héroes.

El niño sonrió por primera vez, y fue como si el sol hubiera entrado por la ventana del box. Tenía una sonrisa idéntica a la de su padre, con un hoyuelo en la mejilla izquierda que me derritió por completo.

—Vale —dijo—. Entonces, ¿me puedes curar?

—Primero tengo que hacerte unas pruebas para ver exactamente qué ha pasado con ese brazo. Necesito que seas muy valiente, ¿sí?

—Soy valiente —afirmó, y luego, girándose hacia el hombre alto—. ¿Verdad, papá, que soy valiente?

Así que sí, era su padre. No había visto ninguna alianza en su mano, pero eso no significaba nada. Y viendo la forma en que la mujer pelirroja lo trataba, con una familiaridad fraternal, no romántica, deduje que debía ser una amiga o pariente cercana.

—Eres el más valiente de todos, Mateo —dijo el hombre, y su voz… Dios, su voz era profunda, cálida, con un timbre que vibraba en algún lugar de mi estómago—. Pero escucha a la enfermera, ¿vale? Tenemos que saber si el brazo necesita más ayuda.

—Sí, papá.

Me puse en pie y saqué la Tablet para registrar los datos.

—Soy Eloy Castellanos —dijo el hombre, acercándose y tendiéndome la mano—. Soy el padre de Mateo. Y esta es Valeria, mi… —dudó un segundo—. Mi compañera de trabajo y mejor amiga.

Valeria me saludó con un gesto de cabeza, y vi que tenía unos ojos azules penetrantes y una expresión de evaluación, como si estuviera tomando notas mentales de todo.

—Amelia —respondí, estrechando la mano de Eloy.