Mi enfermera favorita Capítulo 30
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Capítulo 30

Amelia

El reloj de urgencias marcaba las tres de la tarde cuando entró el niño.

Lo trajeron en brazos de su padre, un hombre joven con la cara desencajada por un pánico que reconocí de inmediato.

El pequeño tenía cinco años, quizás seis.

Tenía el pelo oscuro pegado a la frente por el sudor, la piel pálida con un matiz grisáceo que hacía que mis manos empezaran a temblar antes de que me dijeran nada.

—No respira bien —dijo el padre, con la voz rota—. Se ha atragantado con una uva. Hemos intentado… hemos intentado todo…

Corrimos. Carolina y yo, con el pequeño entre nosotras, íbamos al box de reanimación.

Marcos llegó dos segundos después y empezamos.

Compresiones torácicas, intentos de extracción, oxígeno, adrenalina.

El niño no respondía. Sus pulmones estaban bloqueados; su corazón latía con un ritmo errático que se debilitaba durante minutos.

—Ven, pequeño —susurré, mientras hacía la maniobra de Heimlich una y otra vez—. Ven con nosotros. Respira.

Pero no respiraba. Y mientras luchábamos, mientras el tiempo se convertía en enemigo, no podía dejar de pensar en Eloy.

En que, en algún lugar de la ciudad, él también podría estar luchando por su vida.

En que quizás, en este mismo instante, alguien le estaba diciendo a Mateo que su padre no volvería a casa.

El niño falleció a las tres y veinte.

Lo declaré yo. Mi voz sonó firme, profesional, ajena a mí misma. Pero cuando el padre empezó a gritar, cuando la madre llegó corriendo desde la sala de espera y se derrumbó contra la pared con un sonido no humano, algo dentro de mí se rompió.

No era solo el niño. Era todo. Era la espera, el miedo, la certeza de que el mundo era cruel y arbitrario y que en cualquier momento podía arrebatarle lo que más quería.

Me aparté del box. Caminé hasta el pasillo, apoyé la espalda contra la pared fría y me deslicé hasta el suelo. No lloré. No podía. Era como si el dolor fuera demasiado grande para salir, como si se hubiera convertido en una piedra en mi pecho que me impedía respirar.

—Amelia —Carolina estaba frente a mí, agachándose para estar a mi altura—. Amelia, respira.

—No puedo —dije, y mi voz sonó extraña, distante—. No puedo, Carolina. Él no está. Eloy no está y este niño… este niño se ha ido y yo no puedo…

—Ya pasó —dijo ella, tomándome por los hombros—. El niño… ya pasó. No pudimos hacer más. Pero tú… tú estás aquí. Y Eloy volverá.

—¿Y si no vuelve? —La pregunta salió desgarrada, el miedo finalmente encontrando voz—. ¿Y si esta vez no vuelve?

Carolina no respondió. No tenía respuestas.

Solo me abrazó, me sostuvo contra su pecho mientras yo empezaba a temblar, mientras la piedra en mi pecho se resquebrajaba y las lágrimas finalmente llegaban.

Lloré por el niño que no pudimos salvar.

Lloré por Eloy, que podría estar muerto en este momento.

Lloré por mí, por Mateo, por la familia que estábamos intentando construir y que el universo parecía empeñado en destruir.

Estábamos así, en el suelo del pasillo, cuando sonó mi teléfono.

Carolina lo cogió de mi bolsillo, miró la pantalla y sus ojos se iluminaron.

—Es Valeria —dijo, respondiendo—. Dime… ¿qué?… ¿dónde?… Vale, vamos.

Colgó y me miró, con una sonrisa quebrada pero real.

—Está vivo —dijo—. Herido, pero vivo. En el Hospital General. Vamos.

Corrimos. Dejamos la clínica, dejamos el turno, dejamos todo. Condujo Carolina como una loca, saltándose los semáforos, mientras yo temblaba en el asiento del copiloto, con las manos apretadas contra la boca para no gritar.

Cuando llegamos, cuando vi la ambulancia y los coches de policía, cuando corrí por los pasillos con Carolina detrás de mí, supe que no estaba preparada. No importaba cuántas veces hubiera visto la muerte de cerca. No estaba preparada para verlo herido otra vez.

Lo encontré en una sala de observación, sentado en la camilla, con el torso desnudo y vendado, el brazo en un cabestrillo nuevo, la cara magullada y un corte en la ceja que sangraba lentamente. Pero estaba vivo. Estaba vivo.

Corrí hacia él. No recuerdo haber decidido moverme, pero de repente estaba frente a él, con las manos temblando sobre su pecho, tocando su piel, verificando que era real.

—Eres tú —dije, y era una acusación, un alivio, una oración.

—Soy yo —respondió, con voz ronca.

Y entonces lo golpeé. Suavemente, en el pecho, con el puño cerrado, una y otra vez, mientras las lágrimas corrían libremente por mi cara.

—No vuelvas a hacer esto —lloré—. No vuelvas a hacerme pasar por esto, Eloy. No vuelvas a aparecer aquí herido, no vuelvas a ponerte en peligro, no vuelvas a… a…

Lo abracé. Con fuerza, con desesperación, enterrando la cara en su cuello, oliendo su sangre y su sudor y su vida, sintiendo latir su corazón contra el mío.

—Si vuelves a hacer esto —susurré, con la voz destrozada—, pienso divorciarme de ti. Te lo juro. No aguanto más. No puedo…

Eloy se quedó quieto. Luego, sentí que se reía. Una risa suave, dolorida, pero genuina.

—Tendrás que casarte conmigo primero —dijo.

Me aparté lo suficiente como para mirarlo. Realmente mirarlo. Y vi que sonreía, con los ojos húmedos y el amor brillando a través del dolor y el cansancio.

—¿Qué? —dije, sin comprender.

—Dije —repitió, tomando mi mano y besándola, vendas y sangre y todo—, que tendrás que casarte conmigo primero. Para poder divorciarte después.

Lo miré, con los ojos desorbitados y el corazón latiendo tan fuerte que creía que se me iba a salir del pecho.

—¿Me estás pidiendo…?

—Te estoy pidiendo que seas mi mujer —dijo, serio ahora, profundo—. Que seas la madre de Mateo. Que seamos familia, de verdad, con papeles y con anillos y con todo. Para que nunca más tengas miedo de que me vaya. Porque si me caso contigo, Amelia, me quedo. Para siempre.

Carolina sollozaba en la puerta. Yo lloraba, sin poder parar, con una mezcla de alivio, de miedo residual, de amor tan grande que no cabía en mi cuerpo.

—Eres un idiota —dije, besándole la frente, la mejilla, los labios—. Un idiota herido y estúpido que me va a matar del corazón.

—Pero soy tu idiota —respondió, abrazándome de nuevo—. Y ahora, oficialmente, si quieres.

Apoyé mi frente contra la suya, cerrando los ojos, sintiendo que el mundo volvía a girar en su eje correcto.

—Sí —susurré—. Sí, quiero. Idiota.

Y mientras los médicos llegaban para revisarlo, mientras Carolina llamaba a Mateo para decirle que papá estaba bien, mientras el sol se ponía sobre Valencia pintando el cielo de colores imposibles, supe que habíamos sobrevivido.

Y que ahora, finalmente, íbamos a empezar a vivir.