Mi dama de honor (¿Soy lesbiana?) 3. Ella es mía
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3. Ella es mía

Ella es mía

Milán se había secado enseguida después de la tormenta.

Las farolas brillaban sobre las calles todavía oscuras de lluvia, las mesas de los restaurantes ya habían vuelto a las aceras y los tranvías chispeaban bajo los cables como si el aguacero de la tarde no hubiera existido.

Cuando cruzamos la ciudad, la gente ya se encaminaba a bares y restaurantes, vestida para una noche que el clima no había logrado echar abajo.

Spirit de Milan quedaba en una fábrica reconvertida, y en las fotos parecía más encantadora que industrial.

Era las dos cosas. Lo oímos antes de ver la puerta: voces, platos, alguien afinando una guitarra.

Al entrar llegó primero el calor, después el ruido, y luego el olor a fritura, a vino y a demasiados perfumes superpuestos.

Vigas industriales cruzaban el techo. Letreros viejos de fábrica colgaban entre decoraciones sueltas que parecían sacadas de tres décadas distintas y que nunca se habían puesto del todo de acuerdo.

Luces cálidas colgaban bajas sobre mesas largas.

Un bar abarrotado se extendía a lo largo de una pared.

Al fondo, un escenario se abría a un espacio todavía casi vacío, las sillas empujadas hacia atrás, esperando.

El personal se movía con esa prisa propia de un sitio que todavía esperaba llenarse.

Platos de comida milanesa pasaban a nuestro lado: milanesas doradas, risotto, pan más desgarrado que cortado.

El ambiente era animado, sin llegar a ser un club para gente diez años más joven que nosotras. Me alivié enseguida, sin decirlo.

—Esto es mejor de lo que pensé —dije.

Celia miró a su alrededor con esa mirada de inspección que usaba en los vestíbulos de hotel, y después sonrió.

—Pensaste que te iba a arrastrar a un sótano con una máquina de humo.

—Pensé que lo ibas a intentar.

—Tengo estándares. Algunos incluso tienen que ver con la música.

Encontramos una mesa desde la que se veía bien el salón, y eso me gustó más de lo que pensaba admitir.

Me gustaba saber dónde estaba el bar, dónde los baños, de qué lado quedaba la puerta.

Celia se sentó frente a mí y se quitó la chaqueta.

Volví a fijarme en ella como venía esforzándome por no hacerlo desde el hotel: los rizos oscuros que se negaban a quedarse en su sitio, el collar vintage, la soltura con que estaba en su propio cuerpo.

Bajé la vista y tomé el menú como si exigiera toda mi concentración profesional.

Pedimos comida y bebidas. Pedí vino porque la noche parecía pedirlo, y porque quería algo entre las manos.

Celia pidió lo mismo, sin hacer ningún numerito de estar de acuerdo.

Cuando llegaron las copas nos reímos de la tormenta, de lo rápido que la ciudad había vuelto a ponerse en marcha, del hombre de la recepción del hotel que se había disculpado por el clima como si lo hubiera organizado él.

El salón se llenó a nuestro alrededor. Parejas, grupos de colegas todavía en ropa de trabajo, gente llegada de otra parte que todavía no daba por cerrado el día.

Cuando un hombre atractivo pasó por nuestra mesa —alto, bien vestido, de esos rostros que en casa habrían hecho que mis amigas se enderezaran en la silla—, Celia lo siguió con la mirada y después me miró con las cejas arqueadas.

—¿Y? —dijo—. ¿Califica? Uno de los italianos de verdad que te prometí.

Me reí, agradecida por el chiste, por lo natural que sonaba.

—Siete. Tal vez siete y medio si habla inglés.

—Dura.

—Dijiste de verdad. Estoy aplicando estándares.

—Lo calificaste como una ficha dental.

—Así no funcionan las fichas dentales.

—Ahora sí. —Sorbó el vino, todavía divertida—. Podemos hacerlo mejor. Me niego a haber venido hasta acá por un siete.

—Viniste hasta acá porque yo tenía una reserva de luna de miel y no tenía dónde más ponerla.

—Y porque me gusta comerme las cenas de otras personas. No reescribas los términos.

La comida llegó antes de que tuviera que decidir si eso era gracioso o demasiado cerca de la verdad.

Compartimos, cosa que no había planeado y que después ya no me importó.

Hablé más de lo que solía hablar con alguien a quien, en realidad, apenas conocía desde hacía dos días.

Esa era la parte rara: no se sentía como dos días.

La conversación llegaba sola, sin que yo tuviera que ir a buscarla.

El trabajo, de esa manera en que la gente habla del trabajo cuando no quiere que las definan por él.

Sus turnos en el hotel, los huéspedes que trataban la recepción como un departamento de quejas, los que resultaban inesperadamente amables.

Mi consultorio, los pacientes que se disculpaban por tener dientes, los que no.

De ahí pasamos a las familias, a las pequeñas cosas prácticas de viajar con lo justo, apenas lo que podíamos cargar, a si Verona sería más callada que esto y si lo más callado era siquiera lo que queríamos.

Seguí esperando que la noche se sintiera como una prueba.

Dos mujeres de salida, hablando de hombres, bebiendo vino, a punto de bailar.

Normal. La boda cancelada podía quedarse en la habitación del hotel, junto con el mensaje sin responder.

Las fotos de la azotea, los comentarios de que parecíamos una pareja: eso era iluminación, ángulos y suposiciones ajenas. No tenía por qué significar nada.

Celia contó una historia de un huésped que había intentado darle propina en puntos de lealtad. Me reí de verdad, de esa risa que te cambia la cara, y ella pareció complacida de un modo que no tenía nada que ver con la historia.

Una pareja mayor en la mesa de al lado empezó a discutir bajito por el pan.

Los músicos probaron un micrófono. Alguien dejó caer un vaso cerca del bar y el salón hizo el típico ruido de lástima y después lo olvidó.

Comí, bebí y me permití disfrutar el simple hecho de estar ahí con ella, en vez de sola con un itinerario que había armado para otra vida.

Bebimos lo bastante para quedarnos alegres, a gusto. No borrachas. Todavía era consciente de la mesa, del salón, de que más tarde tendríamos que encontrar el camino de regreso. Celia estaba más suelta en la silla, un codo sobre la mesa, mirando a los músicos mientras terminaban de instalarse.

—Yo pido las siguientes —dijo, poniéndose de pie—. ¿Lo mismo?

—Lo mismo.

La vi cruzar el salón porque no había nada más que mirar, o eso fue lo que me dije. Se movía entre la gente sin alboroto, igual que se movía en casi todo. En el bar esperó y después se inclinó a hablarle al bartender.

Fue entonces cuando apareció el hombre.

Era de un atractivo evidente, y lo registré con la misma neutralidad profesional que habría usado con una corona bien hecha.

Cabello oscuro, una sonrisa suelta, ropa que sugería que no había llegado hasta ahí por accidente.

Empezó a hablarle a Celia como si hubiera estado esperando un hueco.

Ella se volvió, escuchó y después sonrió.

Yo también sonreí, al principio. Por supuesto que alguien la iba a notar. Era hermosa. Tenía soltura. Estaba de pie en un bar en Milán como si el lugar le perteneciera, y parecía lo más normal del mundo que un hombre lo intentara.

Se quedó.

Se inclinó más cerca. Lo que sea que le dijo la hizo reír: no aquella risa plena y súbita que ya había aprendido a reconocer, pero suficiente.

Se metió entre ella y nuestra mesa, como si nuestra mesa hubiera dejado de importar.

No podía oírlos. No lo necesitaba. Veía el ángulo de su cuerpo, la forma en que iba construyendo el avance.

Veía su boca, sus rizos, el collar atrapando la luz del bar cada vez que se movía.

Veía lo fácil que le habría resultado quedarse ahí y dejar que él se llevara la noche.

Se me apagó la sonrisa.

Me dije que solo estaba mirando porque no tenía nada más que hacer. Después me dije que estaba mirando porque estábamos juntas y habría sido grosero apartar la vista. Ninguna explicación aguantó los segundos que siguieron.

Se me contrajo el estómago. Quería levantarme, cruzar el salón, meterme en el espacio que él había ocupado y hacerlo retroceder. El pensamiento llegó ya formado, sin los rodeos corteses de siempre.

Aléjate de ella. Es mía.

Me horrorizó incluso mientras se quedaba ahí, sólido como un hecho.

Ella no era mía. Nos conocíamos de verdad desde hacía dos días.

Era mi amiga, mi antigua dama de honor, la persona que había aceptado aprovechar un itinerario de luna de miel para que no se desperdiciara.

Nada de eso justificaba el calor en el pecho ni esa certeza súbita y fea de que él no debería estar parado tan cerca de ella.

Nada de eso le restó fuerza al sentimiento.

El gesto de Celia cambió. Lo vi desde el otro lado del salón: el pequeño movimiento de cabeza, el no visible, la forma en que dejó de ofrecerle aquella calidez fácil que había estado usando de cortesía. Señaló hacia mí. El hombre siguió el gesto y miró para acá.

Su mirada fue de mí a Celia y de vuelta. Algo pareció encajarle. Sonrió con una disculpa, levantó las manos en una rendición breve y se alejó.

Celia se volvió hacia el bar y pidió las bebidas.

Me quedé muy quieta e intenté componer la cara en algo que no pidiera explicaciones.

Bebí lo último de mi vino, lo cual no ayudó.

Miré el escenario, las parejas que ya se iban juntando cerca, los paraguas mojados goteando junto a la puerta como si la tormenta siguiera ocurriendo.

Miré a cualquier lado menos al sitio donde él había estado parado.

Volvió con las dos copas, una sonrisa ladeada ya formándose, y la sonrisa se le cayó en cuanto me vio.

—¿Qué pasa?

—Ay, perdón. Nada. —Tomé la copa que me tendía, demasiado rápido—. El vino se me subió un poco a la cabeza. Eso es todo.

Se sentó, mirándome un segundo más de lo que merecía la respuesta, y después lo dejó pasar. O pareció hacerlo. Celia era buena aparentando dejar pasar las cosas.