Mi corazón no se equivocaba Capítulo 14
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Capítulo 14

Llegar a Montana no fue fácil. Sobre todo porque el único que tenía dinero era Holk y no podía usar las tarjetas, así que tuvieron que arreglarse con los doscientos dólares que tenía en la cartera.

Tardaron tres días en llegar porque tuvieron que recorrer tres mil quinientos kilómetros y aunque se turnaban para conducir, tenían que hacer paradas para ir al baño o para comprar comida.

Afortunadamente Dean descansaba en la camilla y la noche en la que llegaron tenía mucho mejor aspecto.

A las tres de la mañana entraron en el pueblo lentamente. Dean mirando por la ventanilla trasera dijo —Apaga las luces. No te metas en la calle central, ve a la derecha para ir por detrás, así no pasaremos por la oficina del sheriff.

Holk hizo lo que le ordenó y fue lentamente.

—Detente aquí.

Su amigo frenó mirando la parte de atrás del taller que también tenía puerta. —Preciosa, ábrenos sin hacer ruido.

Martha se bajó y tiró dos veces del candado abriéndolo como le habían enseñado en la agencia. Tiró del portón para abrir el taller. Holk giró el volante y metió la ambulancia en su interior. Martha cerró a su paso y se acercó a la parte de atrás para abrirles. Sonrió a Dean. —Vamos, campeón.

Holk se subió a toda prisa para ayudarle a bajar. —Puedo yo.

—Déjame ayudarte, no hace falta que te fuerces.

Dean apretó los labios, se sentía una carga y eso preocupaba bastante a Kaya porque estaba muy callado, pero ahora lo primordial era hablar con Jason.

Vio un teléfono colgado en la pared y se acercó a toda prisa.

—No encendáis las luces —dijo mirando por los sucios cristales para ver al otro lado de la carretera la cafetería.

Marcó el número de Jason que recordaba de la vez anterior y esperó.

—¿Qué coño? —dijo Jason alucinado—. ¿Quién me llama? Sheriff, ¿han entrado en mi taller?

—Soy Kaya.

Se quedó de piedra.

—¿Quieres que tu hijo juegue la Super Bowl?

—Hostia, más que nada.

—Pues ven a tu garaje y hazlo tranquilamente, sin llamar la atención.

No le digas nada a nadie, simplemente ven como si se te hubiera olvidado algo.

Esto es lo más importante que harás en tu vida, eso te lo juro, así que no la cagues.

Si te encuentras con alguien dile que te has olvidado unas llaves en el taller y no dejes que te acompañe, ¿entendido?

—Entendido.

—Te espero aquí. —Colgó el teléfono y miró a través de los cristales.

—Tranquila —dijo Martha—. No hay nadie.

—Avísame cuando oigas cualquier cosa.

Dean estaba sentado en el borde de la cabina y se acercó a él. —Enseguida llegará.

—Joder nena, eres increíble. ¿Recordabas su número?

—Es un número fácil. —Ella le besó. —Te arrepientes de haberme atraído hacia ti.

—Nunca. Eres lo mejor que he tenido.

Emocionada acarició sus mejillas.

—Oigo pasos, viene muy rápido.

—Joder, le dije que no se apurara.

—Pues no te ha hecho mucho caso. Está aquí al lado. Tres, dos, uno.

Jason metió la llave y todos miraron hacia las ventanas que daban a la cafetería. Cuando abrió la puerta se detuvo en seco al ver tres armas apuntándole. Se le cayeron las llaves de la impresión. Kaya se acercó. —Vamos, entra, no te quedes ahí.

—Sí, sí…

Él solo veía la parte delantera de la ambulancia.

—¿Pero qué pasa? —preguntó Jason—. Tú no eres ojeadora de fútbol.

—No, pero tengo algo que te va a encantar.

Dean salió de detrás de la ambulancia y Jason se emocionó hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas. —Sabía que estabas vivo, primo. —Se acercó a él y se abrazaron con fuerza. —Lo sabía.

—Me alegro de verte.

Jason se apartó para mirarle y vio sus ojeras, su palidez. —¿Estás enfermo?

—Herido —dijo Kaya—. Y necesitamos tu ayuda.

—Me tenéis para lo que sea necesario.

—De momento nos quedaremos aquí unos días —dijo Kaya—. Di que tienes que desinfectar o algo así, que cierras el negocio.

—La gente no se lo creerá, nunca lo he hecho, podría decir que estoy enfermo y no salir de casa.

—Primo, sabiendo como es la gente de este pueblo, la mitad de Godmont te irá a ver a casa.

—Muy bien, pues rómpeme la pierna.

Kaya impresionada susurró —¿Qué dices?

—Diré que me caído por las escaleras, no podré trabajar.

—Necesitaremos comida y agua —dijo Holk—. No sé si es buena idea quedarnos sin el único contacto con el exterior.

Kaya pensó en ello y miró a Dean. —¿Qué piensas de esto?

—La excusa de la pierna es muy buena, pero es cierto, necesitamos que alguien nos traiga suministros y armas por si la cosa se pone fea.

—¿Armas y suministros? —preguntó Jason—. Pues os los traeré antes. ¿Para cuántos días necesitáis?

—Joder, primo, eres el mejor.

Emocionado dijo —Creí que no volvería a verte.

—Siento haberos dejado.

Él asintió. —Cumplías con tu deber. Lo que siento, es que no tuve los huevos de ir contigo.

—Tu vida está aquí. Hiciste bien.

Jason asintió antes de mirarla. —Le buscabas a él, ¿no es cierto? Por eso fuiste a ver a su madre.

—La mejor decisión que he tomado nunca.

Jason asintió. —Traeré todo mañana en la furgoneta de mi mujer. —Miró la ambulancia. —Supongo que la buscan.

—Hemos cambiado la placa en un área de servicio. Pero sí la buscan y si la ve el sheriff puede llamarle la atención —dijo Holk.

—Sobre todo porque el rotulado es de Nueva York. —Miró hacia él. —¿Cómo se te da pintar con pistola?

—Puedo intentarlo.

Se acercó a la pared. —Pues aquí la tienes. Desmota las luces y píntala de azul. Si alguien me pregunta porque la vea a través de los cristales, diré que quieren hacer una furgoneta con vivienda detrás para los fines de semana.

—Entendido.

—Cubre bien los faros, las ruedas y las manillas para no dejar restos de pintura.

—Le ayudaremos —dijo Jenna.

—Bien. Mañana abriré esa puerta para meter la furgoneta, así que no me disparéis. Tenéis un baño con ducha, mi mujer me hizo ponerla para llegar limpio a casa. Tendréis que dormir en la oficina.

—No hay problema.

—Traeré mantas también.

—No compres cerca del pueblo —le advirtió Holk—. Y que no te vea ningún conocido.

—Tranquilo, sé a dónde ir. —Miró a Dean y le abrazó de nuevo. —Bienvenido a casa, primo.

—No sabes lo que agradezco tu ayuda.

Él asintió y agachó la mirada como si no quisiera que vieran sus lágrimas. Se fue cerrando la puerta y cuando se alejó Holk levantó una ceja. —Hizo bien en quedarse, no tiene madera.

Dean asintió antes de decir —Fue mucho más listo que yo. Pintemos la ambulancia.

Durante las siguientes dos horas Kaya no pudo dejar de pensar que lo había dicho muy en serio.

Y cuando se acostó en la camilla que habían trasladado al despacho, se dijo que era evidente que se arrepentía de haberse alistado, pero lo que más le preocupaba es si se arrepentía de haber desertado por ella.

Desde que estaban juntos solo había habido problemas y aunque le había dicho que la amaba, se preguntó durante cuánto tiempo podrían seguir así sin que su relación se resintiera.

Suspiró tumbándose, los demás pintaban. Le habían dicho que ella debía descansar primero, porque durante esos últimos días casi no había pegado ojo pues se negaba a quitarle la vista de encima a Dean.

Cerró los ojos y apoyó el dorso de su mano sobre su frente.

Estaba agotada, debía de dejar de pensar tonterías.

Logró que la tensión la abandonara poco a poco a pesar de escuchar ligeros ruidos en el garaje.

La preocupó un poco que les escucharan desde fuera, debían ser cuidadosos.

—Martha oirá si llega alguien —dijo para sí intentando relajarse.

Se quedó dormida y soñó con su madre. Habían ido al parque de atracciones y estaba tan ilusionada, que su madre reía con todo lo que decía.

—Mira mamá —dijo señalando la enorme montaña rusa.

—No creo que puedas subirte ahí, eres muy pequeña todavía. —Se agachó ante ella y le colocó la capucha de su chaqueta. —Además, ¿no te da miedo?

—Yo no tengo miedo, mamá, no tengo miedo a nada.

—Mi princesa valiente. —La besó en la mejilla y se miraron a los ojos. —Nunca tengas miedo, cielo, el miedo paraliza, nos impide hacer cosas que queremos y quiero que tú seas muy valiente para vivir la vida intensamente.

—Entonces vamos a la montaña rusa, mamá.

Su madre sonrió. —Por supuesto.

La siguiente imagen que apareció en su memoria fue el día en que le dijo que se alistaría. Su madre estaba haciendo la cena mientras ella estudiaba en la mesa de la cocina. Se mordió el labio inferior. —Mamá…

—Dime, cielo.

—Voy a alistarme.

Su madre dejó caer el cuchillo de la impresión y se giró lentamente para mirarla a la cara. —¿Alistarte? —Preocupada dio un paso hacia ella. —¿Estás segura?

—Puedo ascender y podría estudiar una carrera. Pienso llegar muy alto —dijo decidida.

Rita se sentó a su lado. —Pero es peligroso, el mundo está muy loco, cielo.

—Lo sé y precisamente por eso me necesitan. Nos necesitan a todos, quiero aportar algo que sea realmente importante. Quiero ayudar, mamá y sé que en el ejército lo podré hacer.

—Si pudiera pagarte una carrera…

—Me han dado una beca para estudiar en la universidad de Boston, pero la voy a rechazar.

—Dios mío… ¿por qué?

—Un reclutador ha venido al instituto y he hablado con él un buen rato, me he dado cuenta de que es lo que quiero hacer. Sabías…

—Pero pensaba que serías policía o bombera…

—Dime que me apoyas.

—Por supuesto que te apoyo. —Las lágrimas corrieron por sus mejillas y la abrazó con fuerza. —Te apoyaré siempre en todo lo que decidas hacer, si es lo que quieres… Estoy muy orgullosa de ti, tu abuelo sería muy feliz si supiera esto.

—Lo sabe, mamá. Seguro que lo sabe.

Se apartó y la cogió por las mejillas. —Antes de hacerlo piénsatelo otra noche, ¿vale? Piensa en los pros y los contras como hacemos siempre. No quiero que luego te arrepientas.

—Eso no pasará.

Se sobresaltó sentándose de golpe y al mirar hacia la puerta vio a Martha. —Perdona por despertarte.

Suspiró pasándose la mano por los ojos. —No pasa nada, ¿qué hora es?

—Casi las siete de la mañana. —Se agachó a su lado. —Tenemos un problema.

La miró sin entender.

—La mujer de Jason se ha plantado aquí —susurró.

Frunciendo el ceño negó con la cabeza. —Se lo advertimos.

—Pues al parecer no le oculta nada a su mujer.

Juró por lo bajo saltando de la camilla y abrió la puerta para encontrase a Lucy llorando mientras abrazaba a su hombre. —No me puedo creer que seas tú.

—¡Y yo no me puedo creer que estés aquí!

Lucy se volvió sorprendida y sonrió. —Gracias por traerlo a casa.

—No, monina, no ha vuelto a casa, se está escondiendo como todos nosotros y que estés aquí nos pone en peligro. ¡Y suelta a mi hombre, joder!

Lucy se apartó sorprendida y le preguntó a él —¿Estáis juntos?

—Sí, es mi pareja.

—Oh…

Su decepción fue evidente para todos y asombrada miró a Martha que hizo una mueca. —Al parecer pensaba otra cosa.

—Eso es evidente. —Furiosa fue hasta ella y la cogió del brazo. —Ahora lárgate de aquí y no vuelvas.

—Oh, pero es que tenía que deciros algo. —Forzó una sonrisa. —Mi Jason y yo hemos hablado del asunto y hemos pensado que no es necesario que os quedéis aquí, podéis quedaros en la cabaña de mi tía. —Miró a Dean y se sonrojó. —Ya sabes dónde está.

—¿No me digas, cielo? ¿Sabes dónde está? —preguntó irónica.

Él carraspeó. —Sí, la visitábamos a menudo.

—Ni de coña nos trasladamos.

Holk se acercó. —Piénsalo bien, aquí puede oírnos algún vecino, allí tendríamos más libertad.

—Pero no sabríamos si viene alguien al pueblo. Y es lo que tenemos que averiguar.

—Yo puedo estar atenta y Jason tiene el portón abierto continuamente, vería si pasa alguien sospechoso. —Abrió su enorme bolso. —Y he traído… —Sacó unas radios de larga distancia. —Con esto podríamos comunicarnos, ¿no? Son más seguras que los móviles.

—¿De dónde has sacado esto?

—Se lo regalé yo —dijo Dean muy tenso.

—Sí. —Lucy sonrió. —Aún lo recuerdas. Mi padre no quería que hablara tanto por teléfono y Dean me los regaló.

Uy, esta, que le iba a dar las vacaciones. —Pues tienes los dos, bonita, así que a ver si lo pillas.

Lucy perdió la sonrisa de golpe. —No, si yo no…

—Sí, es evidente. ¿Está muy lejos la casa?

—A tres kilómetros hacia el monte. De hecho, se ve el pueblo desde allí—dijo Dean cogiendo una de las radios y la encendió. Movió el dial para tener acceso al canal de la oficina del sheriff. —Perfecto. Gracias Lucy.

—De nada, me quedaré con el otro para comunicarnos cuando lo necesite —dijo atontada mirándole de arriba abajo—. Cómo has cambiado…

¡Es que no se cortaba un pelo!

—Estás más fuerte y musculoso… —Lucy apretó su antebrazo. —Es increíble.

—Increíble es que tenga que soportar esto —dijo ella sonrojándola hasta la raíz del pelo—. ¿Dónde está tu marido, monina?

—Jason ya ha ido a por la mercancía que necesitáis.

Miraron la ambulancia. —¿Creéis que llamará la atención? —preguntó Jenna.

—Ahora parece una furgoneta de reparto —dijo Dean antes de ir hacia la ventana—. Y la calle aún está en calma.

—Nadie viene hasta las nueve —dijo Lucy —. Hasta que abre todo. Y el ayudante del sheriff estará durmiendo como siempre.

—Pues nos vamos ahora —dijo Dean—. Subid.

Lucy se acercó. —Ya sabes dónde está la llave. —Le besó en la mejilla y en lugar de apartarse de inmediato susurró —Me alegra tenerte de vuelta.

Bueno, aquello era el colmo. —Sí, bonita, ya nos hemos dado cuenta. —La llevó hasta la puerta. —Ahora lárgate de aquí.

—No creas que se me ha olvidado el engaño. Pero podrás hacer algo por mi chico, ¿no? Los que son como tú tienen contactos.

—Largo. —Le cerró la puerta en las narices y se volvió furiosa.

Dean sonrió. —Nena, no te cabrees.

—Esa quiere volver contigo. ¿Y tu primo?

Él hizo una mueca. —Precisamente por él no movería ni un dedo.

Las chicas le miraron asombradas mientras Kaya se quedaba de piedra. —No, no —dijo Dean—. No quería decir… Joder nena, no volvería con ella jamás. —Se acercó. —Ahora estás en mi vida, ¿por qué voy a querer a otra?

—Será porque ya no tienes muchas opciones —dijo entre dientes antes de mirar a los demás fríamente—. Nos vamos. A ver cómo es la cabañita de los enamorados.