Capítulo 13 #3
El doctor cogió el bisturí. —Recemos porque esto no se mueva demasiado. —Hizo una incisión y le dijo a su compañero —Agarra por ahí.
—Ay, Dios… —dijo muerto de miedo antes de meter las manos para abrir la herida.
—Joder, casi no veo. Usted, traiga una linterna que tengo en esa bolsa.
Sin dejar de apuntarles fue a la bolsa que le había indicado y encontró la linterna. La encendió y ella misma alumbró la herida. Podía ver la bala.
—Tengo que seccionar un pedazo de hígado.
—Haz lo que sea, pero hazlo ya.
Él trabajó lo más rápido que pudo y sacó la bala con unas pinzas antes de cortar un pedazo de hígado que dejó sobre el pantalón de Dean.
Sintiendo el corazón a mil vio como empezaba a coser.
—Si se te está ocurriendo dejar algún punto suelto para que le reviente cuando nos vayamos, piénsatelo bien porque te encontraré como he encontrado a otros y no vivirás mucho tiempo.
—He hecho un juramento.
—Yo también, y es proteger lo que es mío por encima de mi propia vida, así que ojito con mi hombre.
Cerró la herida apretando los labios y su ayudante suspiró del alivio.
—Bien, ¿ahora qué hay que hacer? —preguntó ella.
—Jack coge otra bolsa de sangre, no sabemos cuanta ha perdido, pero será lo mejor.
—Enseguida.
Sacó una bolsa de la nevera mientras el médico la miraba. —Ahora estará como media hora más inconsciente. Después no deberá moverse demasiado, al menos durante unos días.
—Mi hombre estará en pie mañana —dijo ella fríamente—. ¿Qué más?
—Jack le dará unos antibióticos y algo para el dolor.
—¿Solo eso?
—Hay que esperar que todo vaya bien porque no he puesto drenaje, para eso debería llevar un control médico.
—¿Para qué sirve eso?
—Para detectar fugas de bilis o sangrado, para prevenir la acumulación de líquidos… Así se sabe de manera temprana si hay alguna complicación. Pero algunos estudios dicen que en una cirugía como esta no es necesario…
—¡Aclárate!
—Si nota que le baja la tensión y se le hincha el vientre, llévelo a un hospital. Si le sube la fiebre de manera alarmante, llévelo a un hospital y hablo en serio o esto puede acabar en una sepsis y adiós muy buenas.
—Entendido.
—Le voy a dar un antibiótico muy potente, pero aun así hay que controlar la fiebre. —Vio como cogía un termómetro y lo ponía al lado de unas pastillas. —Ahora déjennos bajar.
Asustada le miró a los ojos. —Sé que crees que somos delincuentes, pero no es así. Mi hombre se ha dejado el pellejo en selvas de mierda para que vosotros disfrutéis de la vida tranquila que tenéis, es un héroe.
—Entonces no sé por qué no ha ido al hospital —dijo con desprecio
—Qué fácil es para los civiles juzgar, cuando nosotros nos dejamos la vida para que nada os roce.
—¿Insinúa que son agentes de la ley?
—Somos mucho más, pero si te lo dijera tendría que matarte.
—Hostia —dijo el otro.
—Martha, que detenga la ambulancia. —Holk lo hizo lentamente y Kaya abrió la puerta.
Los dos se bajaron. —Gracias por vuestra ayuda.
Si tardais unos minutos en llamar a la policía, vuestro país os lo agradecerá.
—Cerró y Holk salió de allí a toda pastilla.
Se volvió hacia Dean y se sentó a su lado.
—Vamos cielo, no puedes fallarme. —Cogió su mano y se la besó con desesperación mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. —Te necesito, no puedes dejarme.
Después de varios kilómetros Holk quitó la sirena y las luces sin reducir la velocidad. Pocos policías detendrían una ambulancia. Pasaron un par de horas y ella estuvo atenta a cada uno de sus rasgos esperando que volviera con ella. Dean gruñó sobresaltándola. —¿Cielo?
Gruñó de nuevo. —Hostia…
—Sí, cielo, ya estás de vuelta.
Él abrió los ojos y susurró —Nena, está claro que eres mucho más dura que yo —dijo con la voz pastosa.
—Mi herida fue mucho menor.
—Tengo sed.
El médico no le había dicho si podía beber, pero aún tenía puesta la vía. —Será mejor que esperemos unas horas, cielo. Han tenido que cortarte un pedazo de hígado. —Al darse cuenta de que aún estaba allí, lo levantó para mostrárselo. —¿Ves?
—Hostia, nena, no me enseñes eso.
Kaya soltó una risita. —Lo siento. —Le miró a los ojos. —Dios, durante estas horas he pensado mil veces lo que pasaría si no volvieras a despertarte y solo se me ocurrían pensamientos horribles.
Él acarició su mejilla y Kaya cerró los ojos disfrutando de su contacto. —Pero estás aquí.
—Y aquí me voy a quedar, a tu lado.
—¿Qué vamos a hacer? Ni sabemos cuántos van detrás de nosotros.
Él gimió intentando levantarse. —No, por favor, no te muevas. No puedes moverte en unos días. Se te puede abrir la herida. ¡Dean túmbate!
Suspiró dejándose caer en la camilla. —Muy bien, necesitamos un lugar donde escondernos hasta que todo haya pasado. —La miró a los ojos. —Nena, tenemos que ir a Godmont.
—El pueblo donde naciste.
—Mi primo nos esconderá en su garaje. Esos cabrones no registrarán el pueblo, eso llamaría mucho la atención. Puede que vayan a vigilar a mi madre, pero está a las afueras. En el pueblo estaremos a salvo.
Se acercó a toda prisa hacia la parte de delante y Martha dijo —Lo he oído.
—Allí estaremos seguros.
—¿Y si alguien del pueblo nos ve?
—Cómo se nota que no estuvisteis allí, le adoran, harían lo que fuera por él.
Martha miró a Holk. —¿Qué opinas?
—Al menos si hay lucha tendremos libertad de movimientos, no como en la ciudad.
—Pues vamos allá.
Kaya se volvió sonriendo porque al menos tenían un plan a corto plazo. —Ahora tenemos que pensar en lo que haremos después de que te recuperes.
—¿Qué haremos? —Dean levantó la vista hasta sus ojos. —Volver a Nueva York, ya es hora de recuperar el control de nuestras vidas.