Capítulo 13
A la tarde siguiente Holk entró en la casa. —¿Habéis hablado ya con sus superiores?
—Por supuesto, y tenemos varias cosas que decirte —dijo Dean sonriendo—. Pasa.
Le miró con desconfianza. —No irás a pegarme un tiro, ¿no?
—No, qué va, somos amigos.
—En nuestra profesión no se tienen amigos.
—Nosotros sí tenemos —dijo Kaya ilusionada—. Y queremos que te unas a nuestro grupito.
—¿Esta ha bebido?
—Entra y entenderás lo que queremos decir.
Holk entró en el salón y se detuvo en seco al ver a Martha en vaqueros y camiseta de pie al lado de la ventana mirando al exterior. —¿Qué coño es esto, Dean?
—Pasa, tenemos que hablar.
No lo hizo, se quedó en la puerta. —Esto no me gusta.
Martha se volvió para mirarle y chasqueó la lengua. —Viene de estar con una.
—¿De veras? —Dean rio por lo bajo. —Tío, no paras.
—¿Tú cómo sabes eso?
—Ella sabe muchas cosas, cosas que no sabe nadie —dijo Kaya—. Por eso es mejor que sepas desde ya, que esas víctimas que defiendes no lo son tanto.
Dio un paso hacia ella. —¿Qué quieres decir?
Kaya tiró fotos sobre la mesa de centro con las noticias de cada país donde se decía quién había matado a quién. Holk cogió una foto donde se decía que el fiscal no imputaba a la chica de Londres. —¿Sabías esto?
—Sí, pero no fue condenada, ni siquiera la juzgaron.
—No, porque su papaíto pagó para que la dejaran libre, como te ha pagado a ti para que hagas justicia, ¿no es cierto?
—Puede ser, pero esa no es la cuestión.
—Claro que es la cuestión, porque esa zorra merecía morir. No solo le hizo eso a su amiga, sino que torturaba al servicio, a sus padres y a sus compañeros de clase. Por eso ninguno fue a su funeral. Era un mal bicho y Martha lo sintió.
—Pues sí —dijo Martha.
—¡No puede tomarse la justicia por su mano!
—Tú pensabas hacerlo por dinero, ¿qué diferencia hay? Ella al menos no sacaba nada de esto.
Dean carraspeó.
—Bueno, sí, sacaba satisfacción, pero tampoco es para tanto.
—¿Satisfacción? ¡Ni que fuera una psicópata! ¡Qué lo es, solo hay que ver como mata!
—Estoy aquí —dijo Martha con ironía—, os estoy oyendo.
—¡No es una psicópata, Martha es especial!
—Claro que sí, solo hay que ver lo bien que destripa.
Martha miró su reloj. —¿Vais a tardar mucho? Quiero explicarme.
Holk la fulminó con la mirada. —Por supuesto, la psicópata va a hablar.
—Mi amiga aquí presente me ha dicho que no estoy loca, solo acelerada.
—¿Perdón?
—Todo en mí va a una velocidad superior y si no satisfago mis necesidades a tiempo, puedo excederme un poco. Pero no mato al tun tun, majo, yo mato porque se lo merecen.
—Y lo decides tú.
—Anda este, ni que tú fueras una hermanita de la caridad —dijo Kaya alucinada con su cinismo.
Holk la fulminó con la mirada. —Te aseguro que no mato a inocentes.
Dean y Kaya miraron hacia Martha. —¿A que huele?
Suspiró. —Miente como un bellaco, pero huele de maravilla. —De repente abrió los ojos como platos, se llevó las manos a los pechos y se los apretó. —Se me han endurecido los pezones.
Dean se echó a reír a carcajadas y Kaya sonrió mirando a Holk, que era evidente que pensaba que los tres estaban chiflados. —Esto está saliendo aún mejor de lo que pensaba.
—¿De veras? —preguntó Holk—. ¿Por qué coño me mira así?
Martha dio un paso hacia él ansiosa. —¿Quieres salir conmigo?
No podía estar más espantado y Martha perdió la sonrisa poco a poco. —¿Me estás rechazando?
Kaya gimió antes de decir rápidamente —Espera, que se lo está pensando.
—Ah… —Martha dio golpecitos con el pie en el suelo de parquet y Kaya pudo ver cómo le dejaba la huella marcada. —Vamos, di algo…
—¿Tú te drogas? —dijo Holk alucinado.
—¿Qué?
—Que si te drogas, ¿tomas estupefacientes?
—Pues no. ¿Por qué? ¿Debería?
—No —dijeron sus amigos vehementes.
—Me está rechazando, ¿veis?
—Tienes que entender que te cree una psicópata, tenéis que conoceros —dijo Dean intentando tranquilizarla.
—¡Tú te enamoraste de Kaya al instante! ¡Luchaste por ella! ¡Por qué nadie lucha por mí! —gritó entre lágrimas antes de salir corriendo.
Kaya apretó los labios antes de fulminar a Holk con la mirada. —Voy a intentar calmarla.
Holk miró a Dean sin entender nada. —¿Esto es en serio?
—¿No te parece atractiva?
—Joder, está buenísima, pero se supone que tengo que matarla.
—No puedes matarla, Martha es especial. Siéntate, tío, tengo mucho que contarte y espero que esto no salga de aquí porque sino tendré que matarte y sabes que yo no amenazo en vano.
Kaya la encontró llorando en el baño porque afortunadamente no había echado el pestillo.
Se le encogió el corazón porque estaba en la esquina cara a la pared tapándose el rostro con las manos y se imaginó que así la castigaban de pequeña.
—Martha no llores —susurró acercándose. Le acarició la espalda—. Es que has sido muy directa.
—¿Verdad que sí? Parezco tonta.
—¿Y te estás castigando?
La miró sin comprender y entonces se dio cuenta de donde estaba. Palideció. —Al parecer sí.
—Es que estás muy sensible, has removido muchas cosas en tu interior en estos días y nosotros hemos alentado tus fantasías de una vida mejor.
La verdad es que yo esperaba que te explicaras, le gustaras y comierais perdices matando sin ton ni son, pero con Holk las cosas tienen que seguir su ritmo.
Pero oye, piensa que estás muy buena, algo es algo.
Sorbió por la nariz y gruñó. —No tiene mucho mérito, mujeres guapas las hay a patadas. Mírate a ti.
—Vaya, gracias.
—Lo que quiero decir…
—Sé lo que quieres decir, quieres que te ame por como eres en realidad. Pero cómo va a amarte si no te conoce.
—Dean te amó desde el principio.
—Se ilusionó con lo que se imaginó de mí. No podía amarme, pero sintió algo tan fuerte que se arriesgó.
`—Pues eso.
—¿Estás de coña? —exclamó Holk desde abajo.
Ambas miraron hacia la puerta. —¿Qué dice, qué dice? —preguntó Kaya.
—Shusss… Dean le está contando lo del hospital. Ahora dice no jodas.
Kaya hizo una mueca.
—Ahora pobre chica…
—¡Siente pena por ti!
—¿Y eso es bueno? —preguntó incrédula—. Leche, qué suerte tuviste con Dean porque ligas peor que yo.
—La verdad es que con él me tocó la lotería. ¿Qué más dice?
—Está en silencio escuchando, no dice nada.
—¿Eso es bueno o malo?
—¿Y yo qué sé? Espera… A ver si lo he entendido, ¿pretendéis que sea su pareja como tú lo eres de Kaya?
Ambas se esperaron expectantes y escucharon un portazo. —Mierda —dijo Kaya antes de correr hacia la escalera. Dean salió del salón y miró hacia arriba, la cara de decepción de Martha encogía el corazón. Kaya se acercó a ella. —Lo siento, cielo. Puede que lo piense y decida volver.
—Ese está corriendo para el aeropuerto. —Empezó a bajar los escalones y de repente la puerta se abrió.
Holk la miró fijamente al rostro, después de arriba abajo y después al rostro de nuevo.
Juró por lo bajo y salió de la casa dando otro portazo.
Confundida se volvió hacia Kaya. —Parece indeciso, ¿no?
Kaya sonrió. —Lo está pensando.
Dean rio por lo bajo. —A mí me ha dado la sensación de que su negativa ya no es tan rotunda.
Se abrió la puerta de nuevo y Holk cerró mirando hacia la calle.
Martha sonrió. —Has vuelto.
—Preciosa, ¿vas armada? —preguntó apartando ligeramente la cortina que daba a la calle.
Parpadeó. —Pues sí, como siempre.
Kaya y Dean se pusieron alerta y corrieron a por sus armas repartidas por toda la casa. —¡Jenna baja! —gritó mientras abría el cajón de la cómoda y sacaba una Glock.
—¿Qué ocurre? —preguntó Dean acercándose a la puerta para mirar por la otra ventana.
—Iba calle abajo y vi una sombra en el portal de enfrente. Se escondió cuando miré hacia allí.
—¿Nos espían?
—Me pareció ver un arma, pero no estoy seguro.
—¿Martha?
Alerta ya en el hall susurró —Escucho la onda de varios pinganillos, están a la espera.
Jenna apareció en la escalera con un libro en la mano. —¿Qué pasa?
—Al sótano, ya.
—No fastidies, me encanta esta casa.
Se puso el arma a la espalda y cogió otra mirando su cargador. —¿No me has oído? ¡Rápido!
—¿Cuántos, preciosa? ¿Cuántos pinganillos oyes? —preguntó Holk cogiendo un arma que le tendía Dean.
—Unos doce, pero puede haber más que todavía no se hayan conectado.
—Joder…
—Son tres por cabeza, no hay problema —dijo Kaya.
Dean apagó las luces para que no vieran sus sombras desde el exterior a través de las cortinas. —Esto es culpa mía —dijo Martha.
—No es culpa tuya, ha sido Uno, que les ha hablado de ti y les ha asustado. Quieren acabar con todos los que sepan algo. —Cogió el móvil y llamó a Uno. —¿Qué estás haciendo?
—¡Sal de ahí! Busca una excusa, conseguiré contenerles para que no te maten.
—No voy a dejarlos aquí, si escucharas a Martha, su historia… No saben muchas cosas y tú tampoco, ¡esas chicas eran asesinas!
—Eso ya da igual, temen el escándalo, ya no se puede parar, han dado la orden. Limpieza total.
Se le cortó el aliento. —Al menos dime cuántos son.
—Treinta. Van a arrasar con todo.
Dejó caer el móvil de la impresión. —Dios mío, son treinta.
—Nena, necesitamos munición.
Corrieron al gimnasio y Jenna que estaba sentada en el banco de abdominales con los cascos puestos y el libro en la mano vio todas las cajas de balas que cogían. Impresionada se levantó. —¿Qué pasa?
Kaya se acercó a ella con una caja y una pistola en la mano. —A todo el que baje le disparas, ¿me oyes? —Asustada asintió cogiendo la pistola. —No dejes que pase nadie.
Dean fue hasta las escaleras. —Te avisaremos cuando acabe.
—Tengo los pasaportes arriba.
Kaya la miró sin entender. —¿Pasaportes?
—Los que le mandé hacer a Ralf. También encargué el de Dean cuando llegué a la ciudad. Están arriba. ¿Voy a por ellos?
Separó los labios de la impresión. —¿De veras?
—¡Acaban de decir dos minutos! —gritó Martha.
—Quédate aquí —dijo Dean—. Los recogeremos después.
Subieron corriendo y Kaya ordenó —¡La puerta del jardín, Holk! ¡Martha, con él!
Los dos corrieron a la parte de atrás de la casa. Dean y ella cubrieron la puerta principal con sus ventanas.
—Entrarán también por arriba.