Capítulo 12 #2
—No. —Los ojos de Martha se llenaron de lágrimas.
—A los cuatro meses y medio tuvo dolores de parto.
Asustada por lo que estaba pasando, dio a luz en su habitación en silencio, pero al parecer yo lloré y la descubrieron.
Por supuesto en cuanto me vieron me apartaron de ella.
Mi madre se rebeló y la encerraron en la habitación.
Cuatro días después apareció muerta, destripada brutalmente.
Uno de los celadores del hospital, un pardillo que no sabía nada de los experimentos que se realizaban allí, se espantó de lo que había ocurrido y llamó a la policía. El escándalo no se podía detener.
Entonces Kaya entendió. —La abrieron para ver si tenía daños, ¿no es cierto?
—Exactamente. El embarazo había sido demasiado breve y yo había logrado un tamaño considerable, querían averiguar lo que había pasado en su interior.
La mataron y le hicieron la autopsia en su propia habitación.
Salieron sin molestarse en taparla siquiera —dijo con rabia—.
Así la encontró el celador antes de que fueran a recoger el cadáver y lo incineraran.
Él pensando que era un asesinato dio la voz de alarma.
—¿Por qué les haces lo mismo a esas mujeres?
Ella sonrió con desprecio. —Esas mujeres han hecho daño de mil maneras distintas. Todas habían matado a alguien.
—Eso no lo sabes.
—Claro que lo sé —dijo divertida—. Lo sé cómo sé que el sol saldrá mañana.
—¿A qué te refieres? —preguntó Dean.
—Algo en nuestro olor cambia cuando quitas la vida a alguien.
Tu personalidad cambia y por lo tanto nuestra esencia también.
No es mentira eso de que quien está en paz tiene una vida más placentera, hasta huelen distinto.
Puedo diferenciar a una persona buena de una mala en apenas un segundo.
Hasta el más despiadado de los asesinos, aquel que no tiene ningún remordimiento deja su olor putrefacto en el ambiente, pero solo si ha matado a inocentes.
Aunque no tenga remordimientos ya está marcado.
—Nosotras también hemos matado.
—¿Quieres saber a lo que hueles tú?
—Me muero por saberlo.
—Hueles a flores —dijo cortándole el aliento.
—Bromeas.
—No, puede que seas una asesina, pero tienes la convicción de que todo lo que has hecho ha sido por el bien de la sociedad y por lo tanto no tienes remordimientos. Hueles distinto que un inocente, por ejemplo un niño, pero no hueles mal. —Levantó la vista hacia Dean. —En cambio tú…
—Te aseguro que yo duermo muy tranquilo.
—Pero tienes remordimientos.
Kaya le miró sorprendida. —Cielo, ¿por qué?
—Es imposible no tenerlos, nena. Cuando matas a un chaval de dieciséis años que lleva un machete, te dices que el mundo es una puta locura.
—Y lo es —dijo Martha.
—Cuéntanos qué pasó después de que tu madre muriera —dijo Kaya ansiosa por saber más.
—Fui creciendo. —Se acercó a la mesa y se sentó. —Fui disimulando lo que pude. Por ejemplo, eso del olor nunca se lo conté a nadie. Me di cuenta de que no era como ellos y simplemente por protegerme oculté algunas cosillas.
—¿Cómo qué? —preguntó Dean sentándose también.
—Oigo mucho más que los demás. De hecho, los sonidos al salir del hospital me volvían loca. Aprendí a concentrarme en lo que quería oír. Veo mejor que vosotros... —Bebió de su café. —Soy más rápida, más fuerte… Ah, y me tengo que cortar el cabello y las uñas cada semana.
—¿En serio?
Dean miró a Kaya como si fuera una extraterrestre. —¿Te dice todo eso y lo que te llama la atención es lo del pelo?
Se sonrojó. —Pues sí, es un gasto importante en peluquería.
Martha sonrió. —La verdad es que sí. Debo tener cuatro peluqueras para que no vean raro todo lo que me crece el pelo.
—¿Ves?
Dean la miró fijamente. —Ahora háblanos de todo eso que sientes en tu interior. ¿Qué pasó en Europa?
Martha agachó la mirada hacia su taza y la acarició.
—Tuve unos días muy malos, terribles. No llevo muy bien los cambios de rutina.
Mi casa es como mi refugio y tener que irme al parecer me sentó fatal.
Los primeros cuatro días los pasé en la cama, no tenía ni fuerzas para salir.
—Hizo una mueca. —Algo raro en mí, creí que me pasaba algo y llamé al doctor Dweller.
—Así que viste al doctor.
—Estaba en la ciudad. Jamás se separan de mí. Siempre hay alguien vigilándome.
—¿Y qué te dijo él?
—Que debía ser que estaba incubando una gripe.
—¿Te pones enferma con lo rápido que se reproducen tus células? —preguntó Dean asombrado—. Si tu sistema inmune debe ser la leche.
—¡Exacto! Tu novio en menos de cinco minutos ha dado con la clave. ¿Crees que no sabía que el doctor Dweller me mentía? Ese cabrón sabía perfectamente lo que tenía, pero después de mi tercer intento de suicidio no quería alterarme más.
—O sea que pensaban que estabas chiflada y querían sacarte de tu ambiente a ver si así mejorabas —dijo Kaya.
—Precisamente, amiga. Y lo empeoraron. Lo empeoraron tanto que empecé a tener sueños con la muerte de mi madre.
—Por eso dejaste de dormir.
—Me sentía frustrada, agotada, sentía una rabia en mi interior…
—Tenías que canalizarla.
—Quien diga que en Londres hay trabajo, miente como un bellaco.
Aquello era un aburrimiento absoluto. Entonces estaba en Starbucks tomando un café cuando la vi.
Le habló mal a la chica que apuntaba los nombres y me llamó la atención.
Fue cuando sentí su olor, tan fuerte, tan penetrante que me dieron arcadas.
Era pura maldad. Entonces la seguí, averigüé quien era.
¡Una niña rica que lo había tenido todo y había matado a su mejor amiga por un bolso!
¡Un bolso! Pero no creáis que en ese momento pensé en matarla, fue al día siguiente.
Su doncella sacaba a su perrito a la calle y la mujer parecía inquieta.
Pude ver que su mejilla estaba algo sonrojada y que parecía a punto de llorar.
La seguí. Cuando llegó al parque se sentó en un banco y se puso a llorar.
Me senté a su lado y le pregunté si necesitaba ayuda.
Fue cuando me contó que su señora no la trataba bien, se aprovechaba de ella porque no tenía papeles.
Entonces el perrito gimió y pude ver que meaba sangre.
Esa cabrona había pegado al perro también —dijo con rabia—.
Cogí al perro ante las protestas de la muchacha y nos subimos a un taxi para ir al veterinario.
Tuvo que operarle de urgencia. Sentí una impotencia en mi interior…
Esa noche fue cuando pensé, ¿pero por qué te torturas?
La matas y listo, una cabrona menos. Todo fue bien hasta que la maté.
Un golpe en la cabeza y asunto acabado. Parecía un accidente, pero cuando la vi allí tirada, pensé que mi madre no había hecho nada y había sufrido mucho más.
Que esa muerte era poco. Así que la abrí en canal.
Impresionada apoyó la espalda en el respaldo de la silla. —¿Y las demás? ¿Les sacaste las tripas antes o después?
—No, a todas después, no soy una psicópata —dijo antes de beber de su café—. Además, si lo hubiera hecho cuando estaban vivas hubieran gritado muchísimo. Deja, deja, qué lío.
—¿Qué hicieron las otras para que te las cargaras? —preguntó Dean divertido.
—Pues una había matado a su hermana embarazada tirándola por las escaleras…
Otra borracha y drogada había matado a su madre para sacarle la pasta, la de Grecia era la jefa de una trata de blancas, no sé, todo cosas así.
Las olía, sabía cómo eran y antes de matarlas siempre confesaban.
Nada como retorcer una muñeca al punto de quiebre como para que hablen lo que no está escrito.
—Tienes que parar —dijo Kaya.
—¿Por qué? Me diseñaron para esto.
—Hasta tú sabes que está mal, que no eres tonta. Además, pones en peligro a la agencia y te pones en peligro tú.
—¿Y?
Era evidente que le daba igual.
—Hoy Uno me ha dicho algo que me ha impactado.
—Martha se la quedó mirando. —Hablamos de matarte por lo que le habías hecho a esas inocentes chicas.
Pero entonces ella dijo si la agencia desaparece, ¿quién protegerá al resto de las chicas?
Sacamos a mucha gente horrible de la calle, en eso tiene razón, no necesitas ir por tu cuenta.
—Siento algo en mi interior que no puedo detener.
—Sí que puedes, lo has hecho hasta ahora, pero lo que pasa es que estás intentando darle sentido a tu vida y piensas que eres un monstruo, así que tienes que comportarte como tal —dijo Dean cortándole el aliento.
Se quedaron en silencio y Martha se levantó. —Igual debería matarme en condiciones y acabar con esto. —Hizo una mueca. —Pensaba que la última vez lo iba a conseguir, pero… Me desperté como si nada —dijo asombrada.
Dean reprimió la risa.
—No tiene gracia —protestó Martha—. La vez anterior me tiré de un décimo piso y me rompí diecisiete huesos, ¿creéis que es normal? Ni una cojera ni nada, en cuatro días estaba trabajando. Uff, qué bien me sentó ese trabajo. Pensaba que iba a volverme loca encerrada en Redfield de nuevo.
—¿Te envían allí para tus recuperaciones?
—Sí, en cuanto se enteran de que pasa algo raro envían un avión a por mí. —Miró a su alrededor. —¿Tenéis algo de comer? Estoy muerta de hambre. —Fue hasta la nevera. —Siempre tengo que llevar conmigo algo de comida porque sino me da la pájara.
—Tienes el organismo tan acelerado que no me extraña. —Kaya se levantó. —Espera, que te hago un sándwich.
Con un muslo de pollo en la mano negó con la cabeza. —No hace falta que te molestes.
Empezó a hacérselo. —Cuéntame por qué las destripaste. Pero cuéntame la verdad, ¿querías notoriedad?
—Qué va, llevo toda la vida ocultándome. Si no fuera por ese tipo, no me hubiera descubierto nadie.
—No le mataste. —La miró de reojo y vio que dejaba de masticar. —¿Cómo huele?
—Muy graciosa —dijo con la boca llena.
—Hostia… —Dean rio por lo bajo. —Te gusta.
—No, no me gusta —dijo mosqueada—. Me gustabas tú.
—Y él también, a mí no me la pegas —dijo Kaya.