Mi corazón no se equivocaba Capítulo 11
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Capítulo 11

A las cinco de la mañana llegaron agotados de la tensión.

Aunque el operativo había ido a la perfección, sobre todo porque Kaya había matado a tres con su fusil a través de una de las ventanas y Dean se había encargado del resto antes de que pudieran salir de la nave.

El coche les dejó en la entrada de su hotel y Kaya frunció el ceño al ver dos coches de policía. Dean se tensó. —Averigüemos qué ocurre.

Se bajaron del coche y subieron los escalones que daban paso al hall del hotel. Kaya se acercó al portero. —¿Ocurre algo? ¿Podemos subir?

—Oh, sí, por supuesto —dijo muy nervioso—. Ha sido un incidente sin importancia. —En ese momento llegó una ambulancia y varios sanitarios pasaron corriendo con una camilla. El portero se sonrojó. —Un infarto de nada.

—Ya, claro. —Se acercó a Dean. —¿Piso?

—Han subido al dieciséis —dijo mirando las luces del ascensor.

—Subamos por la escalera por si nos retiene la policía.

No sé dónde estaba hospedada Martha. —Mientras subían marcó su número, pero no respondió.

—Mierda, no responde. —Corrieron escaleras arriba y abrieron la puerta para ver todo el barullo que había ante una habitación.

Varios huéspedes estaban en el pasillo y Kaya se acercó a una mujer mayor. —¿Qué ha pasado?

—Creo que han matado a una joven —dijo asustada—. Oí golpes y llamé a recepción. Cuando entraron al parecer ya estaba muerta.

Dean se acercó a la puerta y habló con un policía. Este le dejó pasar y a Kaya se le cortó el aliento esperando a ver lo que ocurría. Alguien se puso a su lado y lo miró distraída para ver a Martha. —¿Qué pasa?

Ella gruñó. —Al parecer han matado a alguien. ¿Por qué no coges el teléfono?

—Estaba siguiendo a Holk como me ordenaste.

—Mierda, creíamos que eras tú.

—¿De veras? —Martha no se lo podía creer. —¿Estabas preocupada por mí?

—Pues sí, aunque te parezca raro. —La cogió del brazo y la apartó. —¿Qué has averiguado?

—Está hospedado aquí en una suite del ático. Salió del hotel a las seis de la tarde, se fue a cenar con una morena que se tiró en su casa y a las doce cero cinco fue a un club del centro. Ahí se ligó a otra y están en la habitación. Todo muy normal.

—¿Se ha ligado a dos en un día y te parece normal?

—Oye, yo no juzgo, solo informo. Y cuando digo normal, lo digo porque no ha matado a nadie.

Dean salió de la habitación con los labios apretados y se acercó a ellas. —Vámonos.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntaron siguiéndole.

—Han matado a una joven que trapicheaba con drogas. Me han dejado pasar a verla porque he dicho que habíamos perdido a una amiga y que era del ejército, así que no me impresionaría nada de lo que viera. Pero te aseguro que sí me ha impresionado, joder. Le ha sacado las tripas.

Kaya se detuvo en seco. —¿Por qué era una mula?

—No, lo ha hecho porque es un sádico de mierda. Y lo más interesante es que no se llevó ni un dólar. La droga que tenía y el dinero seguían en la habitación. Ahora mismo lo están embolsando.

—¿Y por qué ha venido una ambulancia si es tan evidente que está muerta?

—Porque piensan sacarla en camilla en lugar de dar explicaciones sobre una furgoneta de la morgue. Es malo para el negocio. —Entraron en el ascensor y Dean pulsó su planta. —El que la ha matado es un auténtico tarado.

—Pues no ha sido Holk —dijo Martha—. Le he seguido toda la tarde y gran parte de la noche.

—Esto fue hace una hora —añadió él—. Bueno, no es problema nuestro. Nos volvemos a casa.

—Cielo, pero tenemos que averiguar qué hace Holk en el hotel.

—No es nuestra misión.

Eso era cierto, pero le parecía una coincidencia grandísima que Holk estuviera allí hospedado y que les mirara durante su reunión.

Además, tuvo que reconocer a Dean y no se había acercado.

Todo olía cada vez peor, pero no tenía otra opción, como decía no formaba parte de su misión. —Muy bien, volvamos.

—¿Entonces dejo de seguirle?

—No ha hecho nada raro. Sí, lo dejamos y volvemos a Nueva York.

Seis días después estaba desayunando cuando Dean entrecerró los ojos mirando el periódico. —Cielo, ¿el presidente ha dicho que recortará en seguridad? Porque has puesto una cara…

Él dejó caer el periódico ante Kaya y enseguida vio lo que estaba leyendo.

—Matan a una mujer en un hotel del centro de Manhattan…

—Cogió el periódico mientras su hermana la miraba.

—La destriparon —dijo pensativa mientras leía la noticia a toda prisa.

La víctima había sido encontrada sola en su habitación y se dedicaba a la prostitución de lujo.

No le habían robado y su Rolex permanecía en su muñeca.

—No fue por dinero. —Levantó la vista hacia él. —Igual es una casualidad.

—¿Qué pasa? —preguntó Jenna.

—Se parece mucho a como murió otra chica mientras estábamos en Los Ángeles —dijo pasándole el periódico.

—¿De veras? —Jenna lo leyó a toda prisa. —¿Será un asesino en serie?

—Será una casualidad —dijo mirando a Dean a los ojos. Era evidente que él no pensaba lo mismo.

En ese momento sonó el teléfono de Dean y se lo puso al oído. —Gardiner…—Se levantó de la mesa y asintió pasándose la mano por la nuca. —Claro, no hay problema. —Colgó. —Nena, tenemos trabajo.

Se levantó de inmediato y dio un beso a Jenna en la mejilla. —Pórtate bien…

—Claro —dijo su hermana distraída con la noticia.

Cogió su arma y la puso en la cartuchera. —¿De qué se trata?

—Tenemos que ir al almacén para que nos informen. Órdenes de Uno.

Se puso el abrigo y gritó desde la puerta —¡Si no llegamos para la cena no pidas nada a domicilio, hay lasaña en el congelador! —Abrió la puerta y se detuvo en seco al ver a Holk ante ellos.

Dean se puso en guardia llevando la mano a la espalda, pero él ni se inmutó diciendo —Hola amigo, me alegra verte tan vivo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó entre dientes.

—Necesito tu ayuda. —Entró en la casa como si nada. —Sí que viven bien los agentes secretos.

—No es nuestra —dijo Kaya sacando la pistola sin cortarse—. Y no te hemos invitado a entrar.

—Te aseguro que lo que tengo que deciros os interesa. —Entró en el salón y se sentó en el sofá como si nada.

Dean le siguió. —Sea lo que sea no puede ser ahora, tenemos trabajo.

—Pues vais a llegar tarde.

—Muy bien, ¿qué pasa? —le espetó molesto.

—¿Habéis leído el periódico?

Asintieron sin disimular.

—Igual que en Los Ángeles, ¿no creéis?

—¿Has sido tú? —preguntó Dean sin cortarse.

—No me dedico a ese tipo de trabajos.

—No, eres un mercenario.

—Exacto, esas mujeres no me interesaban en absoluto. Excepto por cómo murieron.

Kaya le miró sin entender. —Explícate.

—La primera se llamaba Anne Wexler y vivía en Londres.

—Es un asesino en serie —dijo Dean.

—Exacto.

Kaya entrecerró los ojos. —¿Has dicho Londres?

Holk sonrió. —Ya veo que sabes por dónde voy.

—Martha estuvo destinada en Europa.

—Y fue dejando un rastro de cadáveres por Londres, Milán, Berlín… ¿Os doy la lista completa?

—No me jodas —dijo Dean impresionado—. Por eso la seguías.

—Anne Wexler era hija de David Wexler, uno de los empresarios más ricos de Inglaterra.

Es la única que no encaja en el perfil. Era rica, una estudiante brillante y no salía apenas.

Sus amigos eran los de siempre y de repente aparece en un hotel en trágicas circunstancias.

Su padre me contrató para averiguar lo que le había ocurrido.

Kaya sin saber qué decir se sentó en el sillón. —¿Y qué le ocurrió?

—Un día fue a la biblioteca. Era verano, pero ya estaba preparando el siguiente curso.

Su coche se estropeó y otro se puso a su lado.

Ella se subió sonriendo y adiós. El coche que la recogió era alquilado.

No había ni rastro hasta que mira tú por donde dos meses después mataron a otra en Berlín.

Os aseguro que me enteré por casualidad, pero me llamó la atención, a partir de ahí fueron saliendo las pistas.

Hasta que encontré un rostro. —Puso una foto sobre la mesa.

—Era parte de un perfil en el espejo retrovisor de un coche aparcado.

Cotejé el rostro con aeropuertos y bingo.

—Tiró sobre la mesa otra foto. —Martha Stuart, trabaja en una farmacéutica y viaja a menudo.

Al principio dudé, con lo que tenía de su rostro puede que no fuera ella.

—Entonces empezaste a seguirla —dijo Dean.

—Por supuesto, pero antes tenía que encontrarla. Y te aseguro que me costó porque estaba en un hospital de Milán con la cabeza reventada. Se había intentado suicidar pegándose un tiro.

—Dios… —Kaya estaba horrorizada. —Y la seguiste hasta aquí.

—No, la volví a perder. Alguien la sacó del hospital dos días después.

Pero tuve suerte y un programa de reconocimiento la encontró en el aeropuerto de Texas subiéndose a un avión privado un par de meses después.

Ese avión aterrizó en Nueva York y cuando di con ella de nuevo empecé a ver cosas raras, como que visitaba a menudo un edificio en la segunda con la cincuenta y seis.

Y eso me mosqueó porque la veía entrar, pero nunca salir.

De casa a ese sitio y después se esfumaba.

Pero un día la vi cambiar de ruta y ella me trajo hasta esta casa.

Por cierto, os espía. Aunque supongo que ya lo sabéis.

—Miró a Dean. —Te veo muy bien para llevar muerto seis años.

—Ya sabes cómo va esto.

—Al ver que Martha se subía a la furgoneta que vigilaba la casa, deduje que debía ser un agente de la ley, pero cuando te vi saliendo de esta casa no me lo podía creer.

Entonces pensé que estabas bajo protección.

Pero Martha no podía ser policía, no estaba en la base de datos.

Fue cuando empecé a atar cabos, sobre todo cuando os vi en acción salvando a tu hermana.

Por cierto, ¿está por ahí? No la he visto salir de casa.

—Estoy aquí—dijo Jenna entrando en el salón.

—¿Escuchando a escondidas?

—Es que sino últimamente no me entero de nada.

—Sube a tu habitación —dijo Dean.

—¡Cada día sois más dictadores!

Holk sonrió escuchando como subía las escaleras.