Capítulo 10 #2
—Ha tenido que hacer limpieza y puede que los de arriba no estén de acuerdo con todo lo que está ocurriendo. Una vez nos dijo en una reunión que si todas nos jubilábamos a los cinco años nadie llegaría a ser uno y que debíamos sacrificarnos por nuestro país como había hecho ella.
—Busca una continuidad.
—Sí, pero ha llegado un punto que ya es insostenible. O cambia de dinámica o va a haber muchas muertes. —Pulsó el botón del ascensor. —Volvamos a casa, al menos nosotros hemos conseguido un trato.
—Antes de tu traición no tendría pensado que tú fueras la próxima Uno, ¿no es cierto?
Le miró sorprendida. —Claro que no, ¿cómo se le iba a ocurrir semejante barbaridad si nunca he sido disciplinada como ella dice?
—No sé… Te pasa muchas cosas por alto.
—Precisamente por eso. La próxima Uno será alguien intachable.
Sentados en el bar del hotel, ella suspiró de gusto levantando su rostro para que le diera el sol. —Esto es maravilloso.
—Pues la maravilla va a durar poco, Martha está ahí.
Gruñó. —Al menos nos han dejado tres días para hacer turismo.
Él rio por lo bajo antes de beber de su cerveza.
Martha se sentó con ellos vestida con un traje gris. —Qué calor.
—Sí, al parecer hemos tenido suerte con el tiempo. ¿Qué haces aquí, bonita? Estamos de vacaciones. —Kaya levantó una ceja.
—Órdenes. Los objetivos van a actuar antes, así que tenéis que poneros las pilas.
Les puso la tablet delante y les mostró seis fotos. —Menudos piezas —dijo Dean—, solo hay que verles.
—Van a atracar un banco mañana a las doce. Llega la pasta de los jubilados y quieren meterle mano. Esta noche se reúnen para ultimar detalles. Entraréis en la nave y liquidaréis el asunto.
—Han tocado las narices a quien no debían, ¿no?
—Digamos que en el último atraco mataron a alguien que era un pez gordo. Son sanguinarios y muy peligrosos.
Dean entrecerró los ojos mirando las fotos. —A este le conozco, estuvo en el cuerpo de marines.
—Todos son exmilitares.
—Estupendo —dijo ella—. ¿Después limpiáis vosotros?
—Nos encargaremos de todo.
—¿Por qué no ha venido Uno?
—Tenía cosas que hacer. ¿Por qué? ¿No te valgo yo?
Su tono déspota la tensó. —Últimamente se te están subiendo los humos, bonita. Recuerda con quién estás hablando.
—Si no fuera porque eres la favorita no seguirías conservando tu rango. —Se adelantó. —A otras por mucho menos las hubieran echado del nivel uno.
—¿Pero tú de qué coño vas? —preguntó empezando a cabrearse de veras.
—Nena…
—No, cielo. Ya es hora de que suelte lo que le pasa. —Martha estaba muy tensa y entonces lo entendió. —Y veo por dónde vas. Te jode que ahora esté con Dean. ¿Qué pasa, te gusta?
—Cállate —dijo entre dientes asombrándoles.
—Dios mío, me tienes envidia porque está conmigo.
Dean carraspeó. —Nena, ¿dejamos el tema?
—No —dijo Martha sorprendiéndole—. No lo dejamos. —Miró a Kaya. —¿Por qué tú? ¿Por qué te eligió a ti para hacer pareja con él? ¡Siempre estás contradiciéndola!
—Será que yo tengo personalidad.
—Perdona si sigo las órdenes.
—Nunca he descuidado una misión. Siempre he hecho lo que me han ordenado.
—Con protestas, malos modos y a tu manera.
—Exacto, a mi manera, por eso soy del nivel uno.
—¡No es justo!
—Martha, no fue Uno quien eligió a Kaya.
A su compañera se le cortó el aliento volviendo la vista hacia él. —La elegí yo. Yo la pedí.
Martha se dejó caer en el respaldo de la silla. —¿De veras?
—La conocí en una misión y ya no la pude olvidar. Uno solo consideró que debido a mi petición éramos la pareja perfecta.
Martha apretó los labios y agachó la mirada. —Lo siento.
—No tienes que sentirlo —dijo Kaya—, te entiendo.
La miró sorprendida. —¿De veras?
—Entiendo que estás sola y harta de la manera en la que vives.
—En Europa se me hizo muy cuesta arriba.
Kaya apretó los labios. —¿Qué hiciste para volver? ¿Qué hiciste para que ahora tengas este trabajo?
—Digamos que fallé. Me dispararon.
—¿Qué? —preguntó sorprendida—. ¿Fue mucho?
—Estuve tres días en coma.
—Joder, Martha…
—Lo sé. Pero es que hubo momentos en los que pensé que me volvía loca. No me concentraba, no podía ni dormir ni comer…
—¿Tenías una depresión? —preguntó sintiéndolo mucho por ella. Martha apretó los labios—. Conmigo te puedes desahogar, no se lo diremos a nadie.
—¿Crees que fui a algún médico a preguntar lo que tenía? Da igual, déjalo.
—No, no voy a dejarlo. Tienes que hablar con Uno.
—¿Para que me liquide porque ya no sirvo?
Dean suspiró. —Está claro que o cambia el sistema o aquí va a haber una rebelión.
Las dos le miraron fijamente. —Joder, no lo toméis al pie de la letra.
—No, tienes razón —dijo Kaya—. ¿Y si amenazamos con la huelga? No pueden matarnos a todas.
—A lo mejor se cargan a la que ha tenido la idea y pensará que has sido tú —dijo Martha divertida—. Entonces yo me quedo con este.
Dean gruñó. —Este aún tiene algo que decir, guapa.
Martha chasqueó la lengua. —No servirá con eso, solo sustituirán a Uno y puede que nos pongan a otra que tenga aún menos escrúpulos.
—Nena, otra que igual no respeta el trato.
Kaya bufó. —Es que de verdad, cómo nos complican las cosas. ¿Cuántos años llevas en esto, Martha?
—Entré dos años antes que tú.
—Así que llevas ocho.
—Ocho malditos años, desde que salí de Redfield. Jamás creí que durara tanto —dijo divertida levantando la mano al camarero que se acercó en ese momento—. Un tequila.
Se alejó de inmediato. Dean y Kaya se miraron, pero no dijeron nada. Era evidente que si había que trabajar esa noche no era la bebida más conveniente. —Me ayuda a calmar los nervios.
—Ese es el problema —dijo Dean muy serio.
Cuando el camarero se acercó Dean le pagó la copa y Martha se lo bebió de golpe. Estaba dejando el vaso sobre la mesa cuando dijo —Hay un tipo ahí que no deja de mirarnos.
Sin mover el gesto volvió la vista hasta Dean que asintió. —Ya me había dado cuenta. Alto, moreno, uno noventa. —Rio por lo bajo. —Pero no nos mira a nosotros, Martha, te mira a ti. ¿Qué pasa, que hace tanto que no ligas que no reconoces cuando un hombre te tira los tejos?
—Lo sé perfectamente y cuando quieren ligar conmigo no llevan un arma a la espalda.
—¿Estás segura? —preguntó Kaya.
—Lleva una americana y he notado el bulto cuando se volvió para pedirle al camarero.
No dudaba de Martha en ese aspecto y se levantó. Dean siseó —¿Y si es un poli?
—Eso es lo que voy a averiguar. Martha déjame tu móvil.
—No has bajado el tuyo de la habitación para que Uno no te llamara, ¿verdad?
—Tú lo has dicho.
Divertida se lo dio desbloqueado y Kaya se alejó como si fuera al baño.
Ni la miró, era evidente que lo que le interesaba estaba en esa mesa.
Hizo que buscaba el baño y cuando dio la vuelta a la esquina le sacó una foto.
Se puso el teléfono al oído. —Soy doce, te envío una foto, averigua quién es con el programa de reconocimiento facial. Y date prisa.
—Entendido. Te llamo ahora.
Para no levantar sospechas fue al baño y al regresar vio que el tipo ya no estaba allí. Se acercó a su mesa y Dean levantó una ceja. —¿Y bien?
—Enseguida sabremos quién es.
—No se ha bebido su cerveza —dijo su compañera—. Ni la ha tocado.
Kaya miró hacia atrás para ver que la mitad de la cerveza estaba en el vaso y el resto en la botella.
—No ha querido dejar huellas —dijo Dean.
—Cielo, al parecer tenemos problemas.
—Eso parece.
El teléfono de Martha sonó y descolgó ella misma. —Dime. —Miró a Kaya a los ojos. —¿Estás seguro? —Escuchó lo que tenía que decir y colgó. —Bueno, pues al parecer es un mercenario. Antiguo colega de tu amorcito, estuvo en el ejército.
—¿Su nombre? —preguntó Dean.
—Le llaman Holk.
—Joder, no puede ser —dijo Dean asombrado—. Le conozco. Hostia, ha cambiado muchísimo, no se parece en nada al muchacho que hizo conmigo la instrucción.
—¿Le conoces?
—Entramos en el ejército a la vez y estuvimos juntos en Rota —dijo impresionado—. No era de mis mejores amigos, pero claro que nos conocíamos. Cuando me dieron mi primer destino serio le perdí la pista. Creo que le enviaron a paracaidistas o algo así. No lo recuerdo bien.
—Pues a debido alucinar cuando te ha visto, porque se supone que estás muerto para todos. —Kaya empezó a mosquearse de veras. —Esto no me gusta.
—Y a mí tampoco —dijo Martha—. Según me ha dicho Stephen es de los buenos. Y es muy caro contratarle.
Ellos tenían otra misión que no podían dejar de lado. —¿Crees que podrás encargarte?
Martha asintió.
—Perfecto, pues como tu superior te ordeno que lo hagas. Averigua qué hace aquí, seguro que nos interesa.
Se levantó de inmediato y salió de la terraza. Ella miró a Dean. —Al verte se ha debido mosquear como poco.
—Sobre todo cuando ha aparecido Martha con ese traje en esta terraza donde estamos rodeados de turistas. Es como un pulpo en un garaje, apesta a secreta.
Kaya asintió levantándose y cogió la tablet. —Encarguémonos de esto, después nos ocuparemos de tu amigo si Martha no lo ha hecho ya.