Capítulo 10
Se puso la chaqueta de su traje gris sobre la cartuchera y guardó su pistola después de revisarla. Jenna viendo como Dean se ajustaba su corbata roja suspiró. —Estás muy guapo.
Él le guiñó un ojo haciendo que su hermana sonriera embobada. Le había dado un enamoramiento por Dean que empezaba a preocuparla. —Eh, ¿no tienes que estudiar?
—No —dijo mientras Dean se ponía el pinganillo.
—Jenna a estudiar.
—Sí, pesada —dijo saliendo de la habitación—. Si no empiezo hasta el próximo semestre. Qué obsesión.
—¿Obsesión? ¡Obsesión sería encerrarte en tu habitación después del numerito de hace cuatro días, eso sería obsesión!
—Eso sería mala leche, que es la que se te está poniendo desde que te enteraste de que tenías que volver a trabajar.
Miró asombrada a Dean. —¿Tengo mala leche?
—Digamos que te has puesto en modo alerta. —La besó en los labios y le dio un ligero azote en el trasero. —Luego canalizaré toda esa energía en algo positivo.
—Tú sí que sabes, marine.
Bajaron las escaleras y él salió primero como si quisiera asegurarse de que todo estaba bien. Un coche negro con un distintivo policial les esperaba en la puerta y Kaya se subió al asiento del pasajero porque era la que mejor disparaba. —Dame tu arma.
Él sin dudar metió la mano dentro de la chaqueta y Kaya se la revisó. —Nena, sé hacer mi trabajo.
—No quiero errores ni trampas estúpidas que puedan costarnos el pellejo. —Le entregó el arma y observó el tráfico de la ciudad. Con la cumbre habían cerrado muchas calles y aquello estaba imposible.
—Mantén la calma —dijo él fríamente.
—Estoy calmada.
Dean giró a la izquierda y se aproximaron al hotel. —Estamos a dos minutos —dijo ella a su enlace.
—Os vemos. Los presidentes saldrán en diez, se han retrasado.
—Estupendo. Cielo, quédate aquí diez minutos.
Él suspiró aparcando el coche a un lado y ambos observaron la fachada del hotel. Un policía pasó observándoles, pero al verles dentro y la etiqueta del coche pasó de largo. —Ese se lo ha tragado —dijo Dean muy serio.
—La gente cree lo que ve. Y ha visto a dos del servicio secreto. Cielo, tú no estás acostumbrado a esto porque siempre vas de cara pegando tiros, este es un trabajo más fino.
—Intentaré recordarlo.
Reprimió una sonrisa y vio como el presidente español entraba en la limusina. —Uno menos.
La presidenta italiana salió apenas dos minutos después. —Muy bien, en marcha.
Dean se acercó con el coche y frenó ante el hotel. —Preparados.
—Planta doce, habitación ciento tres, acaba de pedir el desayuno para dos, está con su amante. Dos guardaespaldas en la puerta. Dos en el hall. Por las cámaras del hotel veo que entran ahora en el restaurante.
—Perfecto, apagad las cámaras de videovigilancia por donde pasemos —dijo ella antes de abrir la puerta—. Vamos allá.
Esperó a que Dean rodeara el coche y él le dijo al aparcacoches. —Solo serán diez minutos. Déjalo aquí.
—Pero señor, no puedo hacer eso.
—¿Quieres discutir esto? ¿De veras? Seguridad de la presidenta italiana. ¿Quieres que lo discutamos con los de seguridad nacional?
El chico intimidado asintió. —No, por supuesto que no.
Subieron los escalones y fueron hasta el hall mostrando sus identificaciones españolas a los dos de seguridad que estaban en la puerta. Les hicieron un gesto para que pasaran y continuaron su camino. Dean sonrió divertido. —Esto es más fácil de lo que parece.
—Ya te lo dije cielo, ven lo que quieren ver.
—Entraron en el ascensor sin que nadie les detuviera y era lógico porque habían pasado el control de acceso al hotel.
En la planta nueve sacaron sus silenciadores y se los pusieron a sus armas mirando las luces que tenían encima.
—Dos segundos… —dijo Dean. Las puertas se abrieron—. Vamos allá.
—Camina normalmente, no como si estuvieras en una misión. Déjame hablar a mí. —Caminaron por el pasillo mientras ella hablaba en ruso como si estuviera enfadada. Los guardaespaldas se miraron poniéndose en guardia porque se acercaban. —I ty ne poverish, chto mne skazali.
—Da.
—Nebo, ty tolko esto znaesh?
—Da, da.
Exasperada miró a los hombres que estaban a dos metros. —Muzchiny take razdrazhayushchie.
—Da, da.
Ambos levantaron el arma a la vez y dispararon a los tipos en los hombros y las piernas antes de que Dean les arreara dos puñetazos que les dejó sin sentido.
Ella entró en la habitación donde una tía en ropa interior y albornoz estaba riendo mientras miraba la tele.
Le dio un golpe en la cabeza con la culata de la pistola, antes de volverse apuntando a un hombre barrigón en gayumbos que se había quedado de piedra en medio de la habitación.
—Tierne un minurto parra ponerrse algo enzima —dijo ella con acento ruso.
—Sí, sí, claro —dijo impresionado mirando a su novia que sangraba bastante por la cabeza.
—Ahorra.
El hombre cogió unos pantalones de una silla y se los puso temblando mientras Dean gruñendo entraba en su habitación y la registraba. Ella le miró un segundo para ver que asentía. —Derspejado—dijo él.
—¿Sois rusos? —preguntó el hombre poniéndose una camisa.
—Aprirsa —dijo ella furiosa—. Los zrapatos.
—Se dice zapatos.
Dean gruñó dando un paso hacia él y el señor Thompson gimió de miedo antes de poner los ojos en blanco y caer sobre la moqueta.
—Mierda —dijo él.
—La que has liado. Recógelo.
—¿Y le sacamos así?
—¿Tenemos otro remedio?
Dean lo cogió cargándoselo al hombro mientras ella se ajustaba el pinganillo. —Cambio de planes, este idiota se ha desmayado —dijo saliendo de la habitación con Dean detrás—. Saldremos por las cocinas. Diremos que está borracho y que no queremos que la prensa lo vea así.
—Entendido, envío un coche. Tiempo de llegada cinco minutos.
Torcieron a la derecha y fueron directamente al ascensor de empleados. Se metieron en él y Dean dijo mientras ella pulsaba el botón del bajo —Te sale muy bien el acento.
Sonrió. —Gracias, cielo. A ti no.
Él reprimió la risa. —Nunca se me dieron bien los idiomas.
—Suerte que me tienes a mí.
Se la comió con los ojos y ella miró al frente sonriendo. —¿Pesa?
—Qué va —contestó Dean saliendo tras ella.
Sin hablar con nadie pasó entre los empleados del hotel sin dar ninguna explicación por el estado de ese hombre.
Kaya siguió el pasillo que había visto en los planos y empujó la puerta doble que daba a las cocinas.
Los pinches que estaban preparando los desayunos se detuvieron para mirarles, pero ellos continuaron como si nada.
Kaya pasó ante una chica con una lechuga en la mano que la miraba con la boca abierta y ella le guiñó un ojo yendo hacia la puerta de atrás. —¿Listo?
—Siempre, nena. —Levantaron sus armas y Kaya abrió la puerta para ver a dos tipos mirando hacia la calle. Los dos aproximaron sus armas a su nuca y se tensaron. —Nir una palabra. Tirrar las armas.
Ellos lo hicieron en el acto y Kaya le pegó al que tenía delante una patada que le tiró al callejón mientras Dean desmayaba al suyo pinzándole en el cuello.
El agente intentó sacar otro arma y ella se acercó pegándole un tiro en el muslo.
—Querdate en elr suerlo, joder. —Le dio una patada en la cara que le desmayó y en ese momento llegó el coche a recogerlos.
Dean cubría sus espaldas mientras ella abría el maletero.
Sin bajar el arma tiró al tipo dentro y ella cerró.
Se metieron en el coche a toda prisa y Martha pisó a fondo para salir de allí.
—Joder, ha sido tan fácil que da miedo —dijo Dean mirando hacia atrás mientras ellas reían.
Contenta porque todo había salido bien sonrió mirando la calle. —Hemos tenido suerte, mucha suerte.
El sonido de las ambulancias les dijo que ya iban hacia allí. —Llega la caballería. Martha al punto de entrega lo más rápido que puedas.
—Estoy en ello.
Uno sonrió. —Perfecto. —Puso ante ellos un periódico donde decía que las empresas Thompson nunca se irían de los Estados Unidos, que había que luchar por el país y que sus impuestos siempre se cobrarían allí para ayudar a las fuerzas del orden a mantener la paz.
Sus acciones se habían disparado, así que el tipo en el fondo había ganado. —No podía haber salido mejor.
—¿Y ahora? —preguntó Dean.
—Ahora a descansar unos días, tengo que perfilar aún lo que vamos a hacer. ¿Sabéis qué? Lo habéis hecho tan bien y con tan pocos heridos, que os merecéis unos días fuera de la ciudad.
Dean sonrió. —¿Podemos cogernos unas vacaciones?
—Un viaje a Los Ángeles os vendrá de perlas.
—¿Qué tenemos que hacer allí? —preguntó ella con desconfianza.
—Niña, ya te lo diré, mientras tanto disfruta del sol.
—Allí también es otoño.
—Pero no tan frío como aquí. Qué envidia me dais.
—¿No me digas? —dijo Dean suspirando—. Vamos nena, al menos intentaremos disfrutar de unos días solos.
—Sí, eso, vosotros disfrutad —dijo Uno distraída con un documento—. Os llamarán con los detalles.
Kaya se dio cuenta de inmediato de que estaba preocupada. —¿Ocurre algo?
—No, todo está bien.
—Muy bien, esperaremos tu llamada.
Uno asintió sin dejar de leer. Al salir del despacho Dean susurró —Algo le ocurre.
—Ha tenido que lidiar con muchas cosas desde que se hizo cargo de la agencia. Para empezar cambió muchas normas porque le dieron carta blanca. La anterior Uno metió la pata hasta el sobaco y fue una de las nuestras quien tuvo que liquidarla.
—Hostia, en el ejército te hacen un consejo de guerra, al menos tienes una oportunidad.
—Esto es distinto. Y veintiuno hizo lo correcto a pesar de que la apreciaba, de hecho, había sido su mentora.
—Por eso Úrsula mantiene la distancia con todas.
—Exacto. Impuso mano dura desde que llegó, hasta quitó la jubilación a los cinco años porque había agentes que se jubilaban con veintitrés y el estado había invertido mucho dinero en su instrucción.
Eso les gustó a los de arriba, así que siguió con esa dinámica.
Pero es evidente que tantos años de trabajo en esto, a algunas agentes les está pasando factura.
—Hay más traiciones, más intentos de deserciones, son jóvenes, quieren vivir la vida y pueden meter la pata.