Mi corazón no se equivocaba Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Sí, he cogido el más afilado de la cocina, te lo aseguro. ¡Joder, cuando solucionemos esto pienso hablar muy en serio con Uno de nuestras armas!

—Y yo también —dijo por lo bajo girando a la derecha para entrar en la octava avenida. Efectivamente la policía estaba ante un establecimiento y alguien hablaba por un megáfono. Entonces se escucharon disparos y los policías se escondieron tras los vehículos.

—¿Cómo vamos a entrar ahí sin que nos vean? —Dean bajó de la moto al igual que ella.

—Vamos por el callejón.

—Estará vigilado.

Frenética intentó pensar rápidamente, el tiempo era esencial para salvar a su hermana. Entonces vio que esos tipos estaban en el último piso. —Vamos al edificio de al lado.

Corrieron entre la gente que estaba observando la escena y la puerta del edificio de al lado estaba cerrada también por el cordón policial. Kaya corrió hacia el siguiente portal. —Subamos al tejado.

Dean corrió tras ella y golpeó la vieja puerta con el pie para que pasaran.

Consiguió adelantarla en las escaleras. Al ver la puerta de acero que impedía el paso a la azotea, Kaya disparó a la cerradura una vez.

Esta reventó y ambos salieron al exterior, desde donde se veía a toda la gente y la prensa que estaba abajo.

Ellos apenas los miraron corriendo hacia el siguiente edificio.

No les costó subirse al tejado, pues estaba pegado, pero lo hicieron por el lado que no daba a la calle para que no les vieran.

Saltaron sobre las tejas del edificio de los amigos de Jenna y casi pisan una ventana muy estrecha que estaba abierta por una ranura.

Al mirar el interior se dieron cuenta que daba a un baño.

—No podrás pasar por aquí —dijo ella—. Me encargaré yo.

Él juró por lo bajo. —¿Lista?

Asintió. Dean tiró de la ventana con tal fuerza que la arrancó y Kaya se dejó caer al interior del baño doblando las rodillas para caer de cuclillas.

Escuchó atentamente los gritos aterrorizados de varios chicos mientras uno gritaba que no le mataran.

—¡No tengo el dinero, lo juro, se lo di a Víctor!

¡Si no os lo ha dado, es que se lo ha quedado él!

Se acercó a la puerta para girar el pomo mientras otro gritaba que cómo iban a salir de allí.

—¡Pues a tiros, joder!

Por la ranura de la puerta vio que el baño daba a un estrecho pasillo.

Desde allí se veía parte de un pequeño salón y sentados en el suelo estaban varios de los examigos de Jenna, porque aquello se acababa allí, no le iban a volver a ver el pelo en la vida.

Al ver a su hermana sentada en el suelo tan tranquila puso los ojos en blanco.

Abrió la puerta del todo y salió levantando el arma.

Jenna fue la primera en verla, pero no movió el gesto.

Kaya entró en el salón y giró el brazo para pegar dos tiros, matando a los dos que estaban discutiendo.

Uno cayó por la ventana, pero ella ni le miró porque apuntó a otro que muerto de miedo levantó las manos. —No he hecho nada, lo juro.

—Ni lo harás. —Le pegó un tiro en la mano que se la destrozó y le hizo un gesto a Jenna que se puso de pie corriendo para acercarse a ella. —No me habéis visto, ¿entendido?

Todos asintieron asustados. —Otro de sus compinches los ha matado y ha escapado.

Si alguno se chiva le haré una visita. No conocéis a mi hermana, no la habéis visto en la vida.

Y por cierto, como alguno de vosotros vuelva a poner los ojos sobre ella, como volváis a llamarla o a pensar en ella, juro que os capo. ¿Capici?

Asintieron de nuevo y uno se mojó los pantalones. Menudos pringados. Ella le hizo un gesto a su hermana y fueron hacia el baño. Dean cogió las manos de Jenna y la subió sin esfuerzo para hacer después lo mismo con Kaya. Cuando llegó al tejado preguntó a su hermana —¿Qué tal la película?

—Ha sido lo mejor de la noche.

—Ya me explicarás el resto.

Sentados ante Uno parpadearon. —Es coña —dijo ella sin salir de su asombro—. ¿Quieres que secuestremos al empresario más rico de los Estados Unidos?

—Es un paripé, nena. El gobierno quiere convencerle de algo y él no traga.

—Durante el G20 se reunirá con varios mandatarios, por negocios, ya sabéis.

Tiene fábricas en varios países y van a aprovechar que se trasladan aquí para reuniones productivas.

Pero una de esas reuniones no nos conviene nada, porque ha pensado en cerrar fábricas que tiene en Illinois para fabricar más barato fuera del país.

—Ya me imagino donde —dijo ella con rabia—. En China. No firman el acuerdo de libre comercio y nos roba los empresarios por lo que dejan de tributar aquí.

—Exactamente dos mil millones de dólares.

Dean silbó. —No me extraña que quieran secuestrarle. —Cogió la foto del tipo. —¿Este es el hombre más rico del país? No lo había visto nunca.

—No todos los ricos son famosos. El señor Thompson no es un rico de cuna, es un hombre hecho a sí mismo. Ahora con cincuenta y seis años está delegando más en su hijo, pero sigue tomando las decisiones.

—¿Y después de pillarle qué hacemos?

—Vamos a montar un operativo para que piense que son los rusos los que le han hecho esto. Después llega un escuadrón americano y salvado por los pelos. Tenéis que ser brutales.

—Joder, no sé ruso. —Miró asombrado a Kaya. —¿Tú sí?

—Lo chapurreo.

—Lo suficiente como para que ese idiota piense que es rusa hasta la médula.

—¿Y si nos pregunta por qué lo hacemos?

—Dinero. Hay que financiar la guerra contra Ucrania. ¿Qué? ¿Qué os parece?

Ella hizo una mueca. —No parece difícil. Supongo que tendrá guardaespaldas.

—Cuatro.

—¿Y no podemos matarles?

—Nena…

—¿Qué? Ha dicho que seamos brutales, si les hacemos cosquillas ese mamón no se lo creerá.

—Kaya tiene razón.

Dean la miró pasmado. —No voy a matar a un americano que está haciendo su trabajo.

—Pues haz heridas brutales sin llegar a matarles. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí... Durante esos días estará alojado en el mismo hotel donde hay dos presidentes. El de España y la italiana.

Dean gruñó. —Genial, más seguridad.

—Nadie dijo que fuera fácil. —Uno miró asombrada a Kaya. —¿Siempre protesta tanto?

—En algunos sitios no —dijo conteniendo la risa.

—Muy graciosas. Tendremos a todo el servicio secreto de dos países en el hotel.

—Y de eso nos valdremos.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Kaya.

—Que no se conocen entre ellos. Cuando veáis a uno español habláis en italiano y cuando veáis a uno italiano al revés.

Dean la miró como si le hubieran salido cuernos.

—Cariño, algo de español sabes. Yo te ayudo con el italiano, caro. —Le guiñó un ojo.

—¿Y las credenciales? ¿Las vamos cambiando también?

—Las llevaremos dadas la vuelta. Ni se fijarán si nos oyen hablar en otro idioma y parecemos profesionales. Y somos profesionales, así que no dudarán. —Miró a Uno. —¿Cuándo actuamos?

—Mañana. En cuanto le saquéis del hotel será cosa nuestra.

—Perfecto, quiero mi arma.

—Ya las tenéis en casa con todo lo que podáis necesitar.

—Perfecto. ¿Nos vamos, cielo?

Él gruñó levantándose y Uno dijo por lo bajo —Cómo se nota que es coronel y que no le chista nadie.

Caminaron por el pasillo y ella susurró —Tranquilo, es pan comido.

—Permíteme que lo dude, vamos a tener que salir de allí a tiros.

—Puede, pero tengo muy buena puntería.