Mi corazón no se equivocaba Capítulo 8
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Capítulo 8

Se bajó del furgón con Dean detrás y vieron el arma preparada sobre un trípode en el suelo. Dean caminó hacia allí viendo que en el suelo solo había tres balas. Miraron hacia el horizonte. A cien metros había unos arbustos que no dejaban mucha visibilidad. Él entrecerró los ojos. —¿Y el blanco?

—Al otro lado —dijo Kaya sentándose en el suelo para mirar por el visor—. De hecho… —Calibró el visor para ver bien el objetivo y rio por lo bajo. —Debe estar a dos kilómetros.

Martha se puso a su lado. —Dos y medio. ¿Cómo lo ves?

—Cielo, dame una bala. —Él se agachó para cogerla y se la puso en la palma de la mano. Sin dejar de mirar por el visor la metió en el cargador y tiró de la palanca. —Cerró el ojo lentamente y susurró —Ahí estás… ¿Verde fosforito?

—Exacto —dijo Martha mirando su móvil—. El dron está en posición, tengo visión del objetivo. Tres, dos, uno, ¡ahora!

Kaya disparó.

—¡Bingo! —Miró hacia Dean que no perdía detalle de su pantalla. —¡Un pleno como la copa de un pino!

—Increíble —dijo incrédulo porque la lata verde estaba totalmente destrozada en el suelo.

—Vamos con el blanco móvil.

Ella cogió la bala que le tendía Dean, que volvió rápidamente al móvil de Martha que dijo —¿Preparada?

No vio el blanco y de repente vio a alguien corriendo.

Se le cortó el aliento siguiendo al blanco cuando se dio cuenta de que era Jenna.

—¿Qué estáis haciendo? —Movió el fusil en dirección contraria y vio a una mujer que levantaba un arma.

Frenética disparó dando en el blanco. A tientas buscó la otra bala y la metió en el cargador tan aprisa como podía buscando más blancos.

La mujer en el suelo levantó el arma de nuevo antes de recibir un tiro en la sien.

—¡Bravo! —exclamó Martha mientras Dean muy tenso la miraba como si quisiera matarla—. Bien hecho, doce.

Sin creerse del todo que Jenna estuviera a salvo rastreó el perímetro y entonces vio parte de un coche. Uno sonrió levantando el pulgar. —Hija de puta… —dijo entre dientes.

Vio como dos hombres metían a Jenna de nuevo en el coche.

—Menudo recibimiento le han dado a tu hermana.

Se levantó a toda prisa y agarró a Martha del cuello fuera de sí. —Como le hagáis daño, os mataré a todos.

—No pierdas los nervios. Sabes que no tenía otra opción que entrar en su juego.

Jugaste con fuego y te quemaste, ahora no vengas con lloros.

Jenna también necesitaba una lección, lo sabes, colaboró contigo y sabe más de lo que debería.

Uno solo quería advertirla de lo que podía pasar si abría la boca con alguien que no debía.

Ya está hecho, olvídalo. Ahora sube a la furgoneta.

Con rabia soltó su cuello y Dean la cogió por los hombros. —Vamos nena… Querrás ver a tu hermana, ahora te necesita, estará asustada.

—Cabrones… —dijo con rabia antes de ir hacia la furgoneta.

Dean mirando a Martha levantó una ceja. —Dile a Uno que si estira demasiado la cuerda, puede que esta se rompa.

—¿Y? —preguntó con burla—. Estáis atrapados. Olvídalo, ahora la jefa se ha quedado a gusto y se dedicará a otra cosa hasta que os necesite. Si no metéis la pata no habrá más lecciones.

Dean apretó los puños de la frustración. —Espero que sea así. —Fue hasta la furgoneta y se sentó a su lado. —Joder con tu amiga.

—Conocida.

—Pues es una zorra —dijo viendo como hablaba por el móvil.

—Imagínate cómo son las demás. Dios, he matado a treinta y dos. Están haciendo limpieza.

Tenso la miró. —Vamos a salir de esta.

—En este momento no creo que sobrevivamos a los tres años y si lo hacemos, ¿quién nos garantiza que cumplirán el trato?

—Mi general sí tiene palabra.

—Tu general te ha metido en esto después de que desertaras, ¿crees que va a estar de tu parte? Ahora le pertenecemos totalmente a Uno para que haga lo que quiera con nosotros y que haya venido Jenna le da una baza que no tenía antes. He sido una estúpida —dijo furiosa.

Él cogió su mano y se la apretó mientras Martha entraba en la furgoneta y cerraba la puerta. Golpeó el techo y el vehículo se puso en movimiento. Se sentó ante ellos y ambos la miraron con odio. —Vamos, yo no tengo nada que ver.

—Sabías esto y no me avisaste —dijo con rabia.

Martha hizo un gesto con la cabeza señalando hacia un lateral de la carrocería. Miraron hacia allí y vieron una pequeña caja de plástico pintada del mismo color que el chasis, lo que disimulaba muy bien la cámara que tenía dentro.

—No me vengas con historias —dijo ella con desprecio—. Podrías haberme avisado igual, tenemos mil maneras de hacerlo.

—¿Y meterme en vuestro marrón? —Se adelantó. —No eres mi hermana, ni mi amiga, eres una tía que conocí en la agencia. Nos hemos llevado bien, pero no pienso arriesgar mi vida ni por ti ni por nadie. ¿Me he explicado con claridad?

—Perfectamente —dijo furiosa cuando ella le había hecho un montón de favores en el pasado. Se adelantó—. Entonces como no somos amigas ni nos debemos nada, a Uno le interesará saber que te liaste con ese rumano que dejaste escapar en Sicilia.

Palideció de golpe. —Hija de puta. ¡Estás mintiendo!

—Eso explícaselo a Uno.

Se enderezó y Martha la miró con rabia. —Esto lo vas a pagar.

—Más lo vas a pagar tú. Yo estoy pagando por una traición, pero no soy la única que ha metido la pata en esta agencia.

Algunas traiciones duelen más que otras.

Tengo entendido que ese tipo mató a uno de los nuestros dos meses después, ¿no es cierto?

Un padre de familia que solo hacía lo mejor por su país.

Martha apretó los labios y volvió la cabeza hacia la ventanilla. —No voy a entrar en tu juego.

—Para juegos los vuestros —dijo con desprecio—.

Pero cuidado, Martha, están haciendo limpieza.

Llegan nuevos números cada año y empezamos a sobrar, cuida tus espaldas porque puede que seas la siguiente.

—La mirada de Martha indicaba que ya lo había pensado, pero no iba a mover un dedo por ella, ya no.

Apretó la mano de Dean y ambos se mantuvieron en silencio hasta que llegaron a Manhattan.

En cuanto frenó la furgoneta, Kaya saltó del vehículo y entró en la casa. —¿Jenna?

Su hermana salió del salón sollozando y al ver su rostro jadeó horrorizada. —No te preocupes, estoy bien. —Se abrazaron con fuerza. Dean cerró la puerta viendo cómo se aferraban la una a la otra y Kaya la consolaba. —Ya ha pasado.

—Me cogieron en el aeropuerto, me dijeron que me traerían contigo.

—Han querido asustarnos, eso es todo —dijo acariciando su espalda. La besó en la sien y miró a Dean preocupada—. Ahora todo estará bien.

—¿Seguro?

—Por supuesto —dijo Dean acercándose.

Jenna se volvió para mirarle mientras sorbía la nariz. Él alargó la mano. —Soy Dean Gardiner.

—Jenna Robins.

—Es un placer conocerte. —Le costó que le estrechara la mano, lo que demostraba lo asustada que estaba y no le extrañaba después de todo lo que había pasado. —¿Tienes hambre? ¿Estás cansada del viaje?

—Oh, sí, igual quieres ducharte antes de comer algo. —Kaya la llevó hasta las escaleras. —Puedes elegir la habitación que quieras menos la nuestra, que es esa que está ante la escalera. Si es de las que están al fondo del pasillo mejor, cielo.

—Para protegerme —dijo con desconfianza.

—No pienso escatimar en precauciones, ya me conoces.

Jenna empezó a subir las escaleras. —Me han quitado mi ordenador. Lo necesito.

—Haré que te lo devuelvan, no te preocupes.

—Vale. —Continuó subiendo y vio que la escalera subía otro piso. —¿Qué hay arriba?

—El desván —dijo Dean.

—¿Puedo verlo? —preguntó ilusionándose—. Siempre he soñado con vivir en un desván, como en aquel cuento que me leía papá y…

—Todo tuyo si te gusta.

Corrió escaleras arriba y la escucharon decir —Hala, qué grande… ¡Me lo quedo! —Chilló de la alegría. —¡Si tiene baño!

Dean la cogió por los hombros. —La ayudaré a subir algún mueble, tú descansa. —La besó en la sien. —Hablaremos después.

Preocupada entró en la cocina. Ahora sería imposible que descansara y para no ponerse a gritar de la frustración, decidió hacer algo productivo.

Sacó unos filetes del congelador y los metió en el microondas a descongelar mientras se devanaba los sesos intentando encontrar una solución para deshacerse de los de la agencia.

Estaba cortando unos pepinillos para echar en la ensalada y sintió que Dean entraba en la cocina.

Se acercó por la espalda y la abrazó a él.

—Deja de torturarte —susurró a su oído antes de besar su cuello—. Uno cumplirá el trato.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Mi general me debe unos cuantos favores, no me pagarán de esta manera.

—Te ha dejado en sus manos y casi te matan ayer por su culpa. Después de cómo ha eliminado a otras que llevan años con ella, ¿crees que tú le importas algo? No. Nos utilizará hasta que no le seamos útiles y nos desechará.

Uno en la furgoneta de vigilancia se enderezó sin perder de vista la pantalla y apretó los labios.

—¿Qué hacemos, jefa? Su desconfianza ha ido a más —dijo Martha.

Tensa porque su plan no estaba saliendo del todo como ella quería, vio en el rostro de Kaya que haría lo que fuera por escapar.

Dean susurró —Querían un equipo y ya lo tienen, debemos confiar en que cumplan el trato.

—¿Y si hubiera fallado ese tiro? Ahora Jenna estaría muerta —dijo angustiada—. Esto no saldrá bien, no nos dejarán libres.

Uno se volvió y salió de la furgoneta dejando a Martha con la palabra en la boca. Cruzó la calle y los coches tuvieron que frenar en seco para dejarla pasar. —Estas niñas… —siseó antes de abrir la puerta.

Dean fue el primero en volverse mientras Kaya se tensaba con fuerza antes de girarse con el cuchillo en la mano. Uno sonrió. —Suelta eso.

—No has cumplido el trato.

—Sabía de sobra que la matarías primero, estúpida —dijo molesta.

—No te pases, joder… —dijo Dean—. Podría matarte antes de que llegaras a la puerta y ninguno de tus números me lo impediría.

Uno sonrió con burla. —¿Te crees que eres el primer hombre que me amenaza?

Jenna bajó corriendo las escaleras con un cuchillo en la mano.

—¿Sabes usar eso?

—Le aseguro que sí, me enseñó mi hermana.

—Bien por ti, Kaya —dijo sin preocuparse en absoluto. Suspiró y fue hasta la mesa de la cocina. Se sentó como si fuera a tomar un café, lo que a Kaya la confundió un poco—. A ver si dejamos las cosas claras, creí que ya lo había hecho, pero al parecer hay ciertas dudas.

—Por tu culpa, nosotros estamos cumpliendo el trato.

—Yo tengo palabra, Kaya. Si no fuera así, duraría muy poco en mi puesto. Hago lo que me comprometo a hacer y todos los que han muerto tenía su por qué. Por Dios, ¿crees que mato a todas mis agentes cuando ya no me sirven? Se retiran como todo el mundo.

—No te creo.

—Lo viste con tus propios ojos, veintiuno se retiró.

—Porque os presionaron.

Hizo una mueca. —También, debo reconocerlo. Pero era una buena agente que hizo mucho por este país. Y si tú sirves y pagas tu deuda conmigo, te retirarás como ella, eso te lo juro por mi vida.

Separó los labios de la impresión y dio un paso hacia ella. —¿De veras?

—Lo que ha pasado hoy… —Miró sobre su hombro. Tenía a Jenna detrás dispuesta a matarla. —Fue una advertencia, pero para ti.

Jenna entrecerró los ojos. —¿Querías asustarme, vieja? Pues a mí no me asusta nadie.

—Niña, no sabes dónde te metes y tu hermana ya ha pasado por mucho para tener que preocuparse por ti también cuando ella se retire. Olvida lo de la armada, continúa como civil, te irá mil veces mejor y ganarás mucho más, te lo aseguro.

—No se trata de eso.

—Se trata de que admiras a tu hermana, quieres ser como ella, pero como Kaya no hay otra, ¿entiendes?

¿Crees que la hubiera elegido si no tuviera esa extraordinaria puntería?

¡Era todo lo que no quiero de un número!

Es rebelde, cabezota y aunque cumple las órdenes con diligencia, se las plantea como si pudiera elegir y cuando entras en esto tienes que ser ciega, sorda y muda. Cosa que tú no eres tampoco.

Jenna levantó la barbilla orgullosa. —De todas maneras, no entraría en la agencia ni muerta. Pero la armada…

—Allí también matan gente y ya hay poca gente en esta familia como para que haya aún menos. Olvídalo, haré que te rechacen.

Jenna la miró con rabia. —No puede hacer eso.

—Lo haré sin ningún remordimiento.

—¡Pues entraré en la policía!

Uno asombrada miró a Kaya. —Es tan cabezota como tú.

Ella hizo una mueca. —Y no sé por qué, la verdad, porque no tenemos la misma sangre.

Su jefa sonrió. —Me gusta, aunque no le voy a dar el gusto. Niña, en la policía tampoco.

Jenna la rodeó para mirarla de frente. —¡Eso no es justo!

—¿Quieres ayudar? Hazte médico.

—¡No! Odio la sangre.

—Pues entonces habías elegido la profesión perfecta, ¿no crees?

Asombrada miró a su hermana. —¡Di algo!

—Es tu elección, pero no puedo disimular que estoy de acuerdo con ella, te quiero a salvo.

—¡No es justo! —gritó desgañitada antes de salir corriendo escaleras arriba.

Cuando escucharon un portazo, Uno suspiró. —Adolescentes. —La miró a los ojos. —Tienes un instinto excepcional, mírame a los ojos y dime si estoy mintiendo. En tres años, después de hacer las misiones que os encomiende, os podréis ir, te lo juro por la bandera que tanto amo.

Se le cortó el aliento dando un paso hacia ella. —¿Puedo hacer planes?

—De hecho, te animo a que los hagas. —Se levantó suspirando.

—Al menos tendrás algo con lo que soñar y que te dé fuerzas a continuar.

Yo dejé de soñar hace mucho tiempo —dijo antes de salir de la cocina—.

Y por cierto, mañana os traerán los teléfonos y los ordenadores.

Niña, necesitas aprender a cocinar o ese hombretón se va a quedar en los huesos.

—También puede hacer él la comida. ¡Se llama igualdad!

—Y por cierto, ya podéis ir a comprar y eso. ¡Martha está harta de vosotros!

Uno rio saliendo de la casa y todavía atónita miró a Dean que sonrió. Se tiró a él para abrazarle. —Seremos libres.

—¿Ahora la crees?

—Sí, ha dicho la verdad.

—Tres años pasarán rápido, ya verás.

—Ojalá sea así.