Capítulo 7
Tumbada a su lado observaba su perfil mientras dormía.
No se podía creer lo que había cambiado su vida en apenas unos días.
Ahora le tenía a él y sentía que no podía haber tenido más suerte.
La luz que se filtraba por la ventana le permitió ver parte del tatuaje y sonrió porque no había dicho nada del que ella tenía en la parte baja de la nalga.
Sin darse ni cuenta de lo que hacía acarició el tigre con el dedo índice y él suspiró. —Nena, así no nos dormiremos nunca.
—Uy, lo siento.
Él se volvió para mirarla. —¿No puedes dormir?
—Debe ser por haber dormido la siesta.
—No dormiste la siesta.
—Claro que sí, insististe tanto que debí dormir dos minutos.
Él sonrió. —¿Qué pasa?
—Te voy a contar un secreto —susurró.
—Estoy impaciente por oírlo.
—No estoy acostumbrada a dormir con nadie.
—Entiendo. —La cogió por la cintura con cuidado y la pegó a él. —¿Así empeoro las cosas?
—Bastante.
Él acarició un mechón de su cabello negro. —Tu cuerpo debería pedirte descansar.
—Pues me está pidiendo mil cosas más que no tienen nada que ver con descansar.
Rio por lo bajo. —Nena, me muero por hacerte feliz de mil maneras distintas, pero no estás en condiciones. ¿Y si te abres los puntos?
—¿Tan salvaje crees que será?
—Te aseguro que lo nuestro va a ser explosivo.
Movió las piernas inquieta sintiendo un gusto increíble en su sexo. —Eso promete mucho —dijo sin aliento mirando sus labios.
—Sí, como para besarme estás.
—Venga ya, me has besado antes.
—Era un beso amistoso —dijo con la voz enronquecida bajando la mano a su trasero para apretárselo con ansias—. Nena, a mí me va duro.
—Oh, Dios… —dijo sintiendo que le hervía la sangre—. Me muero porque me lo demuestres. Piensa que hacemos ejercicio, el ejercicio me lo permites.
—Solo las piernas y al ver lo que te esforzabas me arrepentí de sugerírtelo.
—Me lo ordenaste. —Acercó su pelvis apretándose contra su sexo y como no llegaba bien pasó la pierna por encima de su cadera para sentirle del todo.
—Joder… —Él se tumbó boca arriba pasándose la mano por los ojos.
Kaya no se lo podía creer. —¿Me estás rechazando?
—Nena, me vas a obligar a dormir en el suelo.
—¿Cómo en el suelo? Tú no te mueves de esta cama —dijo indignada abajando la mirada hasta su sexo que se veía muy abultado bajo la sábana. Alargó la mano y la apartó para ver sus bóxer negros. Se derritió por dentro al notar su dureza. —Te comería entero.
—¡Nena, venga ya!
—¿Y si me pongo arriba? Las rodillas las tengo bien. —Antes de que pudiera decir nada se puso en pie y se quitó la camiseta mostrando los morados que tenía en el cuerpo y el apósito en el costado. Él la miró espantado. —¿Qué?
—¡Ponte la camiseta, estás hecha un Cristo! ¡Sería como aprovecharme de ti!
—Qué va.
—No quiero que sea así, ¿de acuerdo? ¡La primera vez no!
Le miró decepcionada y él gruñó. —Joder, no me mires así, quiero que sea especial.
Se dejó caer con cuidado en el colchón, pero no pudo evitar que le dolieran las costillas aunque lo disimuló. —¿Especial?
Él sonrió. —Quiero que estés a tope para que disfrutes de cada cosa que hagamos. Y que cuando lo recordemos, los morados, los golpes y las heridas no vengan a nuestra memoria, esto es solo nuestro.
Sus ojos brillaron de la ilusión. —No te va ser tan romántico.
Dean sonrió. —Pues lo soy.
—El coronel romántico… —Soltó una risita. —Entonces de una pajilla ni hablamos, ¿no?
Él se echó a reír a carcajadas. —¿Qué has dicho?
—Te veo necesitado.
—La necesitada eres tú, yo estoy acostumbrado a estar así cada vez que estás presente.
—¿De veras? —preguntó sorprendida—. ¿Incluso en el avión?
—Nena, lo del avión mejor no lo comentamos —dijo tapándola con la sábana.
Por su cara se le cortó el aliento. —¡No puede ser! ¿Lo hiciste? ¿Te tocaste?
—¿Cambiamos de tema?
—¡Estábamos en una misión!
—¡Ese vestido era muy sexy!
Se echó a reír. —¿Por eso fuiste a la parte de atrás del avión?
—Estaba a punto de explotar ante mis hombres, joder. Y eso que te veía de refilón a través de la cortina. Pero solo tu voz me volvía loco. Algo tenía que hacer.
Se pegó a él. —¿Y lo haces a menudo? —Sintiéndose embriagada susurró —¿Lo has hecho hoy?
—Nena… —la advirtió—, estoy al límite.
—Vale, vale. —Se tumbó en su sitio y suspiró. —Yo nunca lo hago.
Él levantó la cabeza de golpe. —¿Cómo que no?
—No sé, nunca me ha apetecido.
—Nena, ¿te has corrido alguna vez?
—Pues… No sé.
—Joder —dijo poniéndose muy nervioso—. Has tenido relaciones, me lo dijiste.
—Y fue un gusto.
—¿Cómo que un gusto? Tienes que explotar de gusto.
—Ah, no.
—¿No?
—¿Tú explotas?
—Te aseguro que sí.
—Pues yo no. —Se echó a reír. —Seguro que estás exagerando.
—Nena, te aseguro que exploto y contigo va a ser como una bomba atómica. Es normal que te toques, te ayuda a conocerte a ti misma para tener relaciones más placenteras.
—Ahora estoy intrigada. ¿Pruebo?
Él se sentó de golpe. —¿Ahora?
—Sí, claro, así me voy conociendo para nuestra noche especial —dijo intentando reprimir la risa por la cara que ponía—. Me puedes ir guiando si lo hago mal.
Gruñó. —Nena, es imposible hacerlo mal. Haz lo que más te guste.
Sin sentir ningún pudor apartó la sábana y se pasó una mano por su pecho.
—¿Eso te gusta? —preguntó él con la voz ronca.
—Sí, tengo los pezones muy sensibles.
Él juró por lo bajo mientras ella se apretaba el pezón antes de bajar la mano por su vientre hasta llegar a sus braguitas. —Mójate el dedo —dijo él.
—Estoy mojada. —Se acarició y gimió de gusto sin dejar de mirar su reacción. —Estoy muy mojada.
—Enséñamelo. —Antes de darse cuenta él le bajaba las braguitas y Kaya abrió las piernas para mostrárselo. Pasó sus dedos humedecidos por su sexo. —¿Ves?
—Sigue.
—Tócate tú.
—Prefiero mirarte —dijo con la respiración acelerada, lo que la encendió aún más porque sabía que le gustaba—. Cierra los ojos, nena. Imagínate que te toco y cuéntamelo.
Ella lo hizo y suspiró pasando sus dedos sobre su sexo, gimiendo cuando rozó su clítoris. —Me tocas, acaricias mis labios y los besas con ansias, me encanta…
—¿Qué más, nena?
—Y yo acaricio tu sexo. Me muero por metérmelo en la boca, quiero saber cómo sabe, sentir su dureza.
—Joder… —dijo él por lo bajo—. ¿Qué más te hago?
—Me besas en el cuello y tus labios bajan hasta mis pechos. Me los mordisqueas y chupas con ganas. Me vuelve loca que hagas eso —dijo sintiendo que todo su cuerpo vibraba y sus caricias se aceleraron alrededor de su clítoris. —Bajas un poco más, lames, besas, me haces arder…
—¿Y qué más? ¿Te follo?
—¡Sí! ¡Te siento dentro de mí! —Y realmente parecía que le sentía porque apretó su interior con fuerza como si no quisiera perderle, lo que hizo que su deseo aumentara por mil. Todo su cuerpo se fue tensando y arqueó ligeramente su espalda. —¡Dios!
Dean apartó su mano y sorprendida miró hacia abajo para ver que se acercaba a su sexo y pasaba la lengua por él haciéndola gritar de placer.
Se arqueó con tal fuerza y sintió algo tan intenso, que todo su ser estalló en un orgasmo tan placentero que la dejó casi sin aire.
Miles de luces la rodearon y su cuerpo voló, mientras él seguía lamiendo para alargar su éxtasis hasta dejarla totalmente laxa sobre la cama.
Dean se apartó. —Sabes maravillosamente cuando te corres.
Ella ni se enteró aún gimiendo de placer y estremeciéndose. —Es increíble.
—Te lo dije —dijo con la voz ronca acariciando sus piernas.
Sonrió como una tonta y abrió los ojos. —Ahora te toca a ti.
—Nena, ya he terminado.
Parpadeó. —¿De veras? Oh, y me lo he perdido.
—Otro día. —Se metió bajo la sábana y dijo —Ahora a dormir. —Le dio la espalda y ella parpadeó. —Nena, a dormir —dijo entre dientes.
—¿Seguro que estás bien?
—Después de lo que acabo de ver, voy a estar así un mes, aunque me haga mil favores.
Se echó a reír y la miró sobre su hombro. —Eres malvada.
Ella le besó en los labios. —Felices sueños.
Dean sonrió. —Los tendré.
La despertó el olor a café y se dio cuenta de que Dean no estaba a su lado. Se duchó y se puso unas mallas con un top a juego sintiendo en su interior un montón de energía. Hacía mil años que no dormía tan bien. Cuando entró en la cocina frunció el ceño porque Dean no estaba allí. —¿Cielo?
—¡Estoy en el gimnasio! ¡Nena desayuna!
Cogió la jarra de café y lo sirvió en una taza que tenía delante.
Con ella en la mano bajó los escalones para ver que estaba haciendo pesas.
Hizo una mueca por la cantidad de peso que soportaba.
—Muy bien, coronel. —Por el sudor que tenía en su camiseta reprimió una sonrisa antes de beber. —¿Cuánto llevas aquí?
—Dos horas.
—¿No has dormido bien? —preguntó inocente.
—Bruja.
Se echó a reír. —Cariño, piensa que va a ser especial.
Él sonrió. —Lo será. Por cierto, necesitamos condones para cuando llegue el momento.
—Cierto, ¿crees que Martha nos los comprará? No me gustaría tener que pedirle a Jenna que nos los traiga.
—Nos los traerán no te preocupes, lo que menos quieren es que te quedes embarazada antes de que terminen los tres años.
Eso le hizo perder algo la sonrisa. —Cierto. ¿Has desayunado?
—Ahora subo. Por cierto, había un mensaje en el móvil. Jenna llega a las once.
—¿Las once? ¿Qué hora es? Tengo que preparar su habitación.
—Que lo haga ella, si quiere entrar en la armada no le pienso pasar ni una.
—Bien dicho. Tú compórtate como un coronel, a ver lo que dice.
—Nena, desayuna, tienes que tomar la pastilla —dijo elevando las pesas otra vez.
Ella asintió y fue hasta las escaleras. —¿Hago unos huevos?
—Perfecto —dijo él con esfuerzo.
Estaba cortando algo de queso para fundir con los huevos cuando él subió y la besó en la sien antes de ir a ducharse.
Kaya sonrió porque si la vida de casados era así, merecía la pena cualquier sacrificio por vivir ese momento.
Preparó los huevos y los puso en un plato con tomate natural a su lado.
Puso las tostadas sobre la mesa y los platos.
Sacó el zumo de naranja y se aseguró de que había bastante café.
Él apareció en la puerta con una camiseta blanca y unos pantalones. —Nena, vamos a tener que buscar algún entretenimiento, tantas horas encerrado me van a volver loco.
—¿Te van los puzles?
—Muy graciosa. —Se sentó a la mesa. —Esto huele deliciosamente.
—Gracias. Si tuviera internet podría probar recetas.
—Sí, es una pena. Además, yo podría hacer algún curso de ia o algo así.
—Se lo preguntaremos a Uno.
—Creo que ya lo hemos hecho —dijo divertido.
—Pues tenemos otro problema.
Él metiéndose los huevos en la boca la miró sin comprender.
—Tengo que practicar, hace días que no lo hago.
—¿Lo haces tan a menudo?
—Sí, todos los días. Tengo que ir a un campo de tiro o a campo abierto. —Hizo una mueca. —Y me tienen que dar mi fusil, claro. Y mi pistola.
—¿Estás en condiciones de soportar el retroceso del arma? El hombro debería descansar.
—Estoy en condiciones.
—Muy bien, pues otra cosa que nos tienen que solucionar.
Ambos miraron el móvil que estaba encima de la mesa y al no recibir respuesta chasquearon la lengua antes de seguir desayunando. —Necesitamos algún libro, en la casa no hay ninguno —dijo él.
—Y no nos han traído leche. ¿Te lo puedes creer?
Él gruñó. —Ya me di cuenta, deberíamos hacer una lista.
—¿Tienes boli? —preguntó irónica—. ¿Una hoja de papel? ¿Qué se creen que vamos a dibujar, una ruta de escape?
—O que nos haremos un tatuaje como los de la cárcel.
Ella se echó a reír.
—Por cierto, hablando de tatuajes —dijo él con picardía—. ¿Un diablillo?
—Diablilla, con tridente y todo para vengarme de mis enemigos. Cielo, no lo viste bien, tengo que enseñártelo de nuevo.
—Lo estoy deseando. Cuando esto acabe tenemos que hacernos uno para celebrarlo.
—¿De veras? —preguntó Kaya con ilusión—. Hay que pensarlo muy bien, será para siempre.
—¿Cuándo te hiciste el tuyo?
—Después de entrar en la agencia, fue otro acto de rebeldía. No podemos llevar nada que nos identifique.
—Comprendo. Tiene su lógica.
Rio por lo bajo y susurró —Se puso histérica.
—¿Cuál fue el castigo?
—Diez días incomunicada. Y me frotaron el culo con ganas, pero me habían descubierto demasiado tarde. Se chivaron porque pasé el reconocimiento médico y las muy cabritas se fueron de la lengua. —Apoyó los codos sobre la mesa. —¿Dónde te lo pondrás tú?
—En un sitio bien visible. ¿El antebrazo?
Se mordió el labio inferior. —Ah, no, yo no.
Dean rio por la cara que puso. —Yo quiero mostrar a todos que soy libre.
—Bueno, ya lo vamos viendo… —Sus ojos brillaron. —Unas golondrinas que vuelan sobre el mar hacia el horizonte.
—No sé si eso quedará bien en el brazo. Nena, es un tatuaje muy femenino.
—¿Qué quieres, dos trolls saliendo de una cueva?
Se echó a reír a carcajadas. —Muy bien, habrá que pensarlo.
La puerta principal se abrió y Dean gruñó perdiendo la sonrisa. Martha llegó y tiró encima de la mesa una caja de condones. —Es evidente que no vamos a tener intimidad —dijo él con mala leche.
—Pues no —dijo su compañera cruzándose de brazos—. Venga, ¿dónde está?
—No sé de qué hablas.
—La pistola.
Kaya se tensó. —¿Qué?
—Este ayer iba armado. Se han hecho las autopsias y había dos tipos de balas en sus cuerpos, así que llevaba otro arma.
—Se la quité a uno de ellos. No sé dónde está el problema, tuve que ingeniármelas para salvar el pellejo.
—No cuela, ellos tenían el mismo calibre que el arma que te dio Uno. Nueve milímetros, mientras que los muertos tenían en el cuerpo calibre cuarenta y cinco. Ninguna de las armas encontradas en la escena tiene ese calibre, así que la tienes tú.
Le miró como si fuera tonto y él carraspeó incómodo. —Un fallo.
—¡Menudo fallo!
—Vamos, ¿dónde está? —preguntó Martha.
Él suspiró levantándose y se llevó la mano a la espalda para sacarla. —Total, ya no tengo munición. —La dejó sobre la mesa.
—Pardillos del ejército.
—¡Eh! —protestó Kaya—. ¡Qué es mi pardillo!
—Gracias, nena.
—De nada, cielo. Yo siempre te defenderé.
—Qué romántico. —Martha cogió el arma y sacó el cargador. —Pensabas sacar las balas del campo de tiro, ¿no?
—Se me pasó por la cabeza.
—Pues vete olvidándote, practicará en el almacén. —Se volvió con el arma en la mano. —Oh… —Se volvió y sacó del bolsillo de la chaqueta una libretita y un boli. —Para que vayáis dibujando vuestro tatuaje —dijo con burla.
—¡Pues es algo muy bonito! —gritó Kaya mientras se largaba—. ¡Y romántico! ¡Lo que pasa es que tienes envidia! ¡Y en la base no puedo pegar tiros de larga distancia!
—Yo te llevaré a campo abierto —dijo antes de abrir la puerta—. Tienes una hora para prepararte.
—¡Pero llega Jenna!
—Oye… —Volvió hacia la puerta de la cocina. —No sé si te das cuenta de tu situación, bonita. ¡Pero estás arrestada! Así que deja de protestar y haz lo que te dicen.
—¿Pero a ti qué te pasa? —preguntó asombrada.
Martha apretó los labios antes de salir de la casa con mala leche. Asombrada miró a Dean. —Menudo cabreo tiene.
—Supongo que hacer de niñera no le sienta bien, al fin y al cabo, es un número…
Kaya pensó en ello y asintió. —Trae eso, hagamos la lista.