Mi corazón no se equivocaba Capítulo 6
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Capítulo 6

Después de comer y recoger la cocina, él insistió en que durmiera la siesta. Kaya no quería, pero fue inflexible. Le dijo que después bajarían al gimnasio. De hecho, se tumbó con ella porque dijo que también quería descansar un rato.

No durmió temiendo que se fuera y después de un rato en la cama, él suspiró volviéndose hacia ella. Se miraron a los ojos. —No volveré a dejarte.

—Júramelo.

—Te lo juro, nena. Nunca me separarán de ti. —Él acarició su cuello. —Siento lo que hice.

Ella agachó la mirada. —Da igual.

—No, no da igual. Lo había arriesgado todo por estar contigo y en el primer escollo te fallé. No volverá a pasar. Les creí y…

—No hice nada para desmentirles.

—Porque querías salvarme.

—Eso ha quedado atrás.

—Te hice daño, lo vi en tus ojos.

—Da igual, ya pasó.

—¿Seguro?

Emocionada levantó la vista hasta sus ojos. —No puedo creer que estemos así.

Dean sonrió. —No estamos demasiado mal, ¿no es cierto? Estamos juntos y solos. O casi.

—Como unas vacaciones.

—Exacto. Disfrutemos de estos momentos todo lo que podamos. —Se acercó y besó sus labios heridos suavemente. Kaya suspiró de gusto cerrando los ojos.

—¡Tortolitos! ¡Os traigo lo que el macizo tiene que ponerse esta noche! ¡Lo dejo en la escalera! ¡Listo a las seis!

Dean juró por lo bajo antes de gritar —¡Vale!

—¡Ponte la gomina!

Se miraron sin entender. —¿Ha dicho gomina?

Se levantaron a toda prisa y Dean bajó los escalones mientras ella miraba desde arriba. Él levantó una ceja cogiendo la percha colgada del pasamanos y mostrando el smoking. —Nena, al parecer he subido en el escalafón, ahora soy James Bond.

Sonrió. —Siempre listo para la acción, bienvenido a la agencia.

Cuando se vistió estaba guapísimo y se dijo que era una pena que no pudiera sacarle una foto.

—Me siento como si fuera al baile de fin de curso.

—Yo no fui al baile. ¿Fuiste con Lucy?

—Sí.

—¿Y…?

—No seas indiscreta —dijo incómodo.

—Lo sabía.

Atándose los zapatos preguntó —¿Por qué no fuiste?

—Estaba haciendo el petate. Al día siguiente me largué a la base. Pasé la noche con mi madre. Fuimos a cenar a mi restaurante chino favorito y después al cine. Fue perfecto.

—Te llevabas bien con ella, ¿verdad?

—Sí.

Se sentó a su lado en la cama. —¿Y por qué el ejército?

—De pequeñita me dijo que mi padre había sido un soldado importante. —Rio. —Al año siguiente no se acordaba y me dijo que era bombero. Yo a todo el mundo le digo que era militar.

—No sabía quién era tu padre, ¿no?

—Digamos que tuvo una noche loca en una fiesta y no sabía que había pasado.

Era una cría cuando se quedó embarazada.

—Perdió la sonrisa poco a poco. —Eso siempre la avergonzó y para qué negarlo a mí también.

Pero luchó por mí y sé que siempre estuvo orgullosa.

Tendrías que haber visto su casa, mi foto con el uniforme estaba por todos lados y tenía locas a las vecinas cuando llegaba de permiso.

Decía que era lo único bueno que había hecho en la vida —dijo emocionada.

Dean la abrazó. —Me hubiera gustado conocerla.

—Le hubieras encantado. Un coronel…

Ambos rieron por lo bajo. —Tú a mi madre le gustas mucho.

—Mentiroso.

—Bueno, después de lo de la cabaña te mantendrá en la cuerda floja hasta que le demuestres que me quieres. —Se apartó para mirarla. —Y haré que me quieras.

Se le cortó el aliento porque parecía que deseaba que le amara más que nada. —Soy dura de pelar, coronel.

Dean sonrió. —Lo sé, y por eso también sé que merecerá la pena.

Sentada en el sofá viendo la tele, miró inquieta a la cámara que estaba colgada del techo.

Ya eran las dos de la mañana y estaba que se subía por las paredes porque Dean no había llegado todavía.

Cambió el canal con rabia y perdiendo la paciencia miró a la cámara.

—¿Dónde está? —gritó con ganas de matar a alguien.

Se levantó y se acercó a la cámara—. ¡Quiero hablar con Uno ya!

El teléfono sonó y ella miró hacia la mesa de centro cortándosele el aliento. Corrió hacia él y lo cogió. —¿Dónde está?

—Al parecer es más importante para ti de lo que parecía, ¿no es cierto?

—Déjate de juegos, Uno. ¿Dónde está Dean? —gritó al teléfono.

—Cálmate, no es bueno que demuestres todo lo que te importa, aunque yo ya lo supiera, lo supe cuando te sacrificaste por él.

—¿Está herido?

—No, ha habido un problema que él ha solucionado eficientemente. Se nota que tiene madera.

—¿Cuándo llega?

—Ya va de camino. Y cabreadísimo.

—Le has puesto una de tus trampas, ¿no es cierto?

—Tenía que comprobar hasta donde llegaba y es excepcional. Como tú. Seréis únicos. Mi mejor equipo. Disfruta de tu descanso. Ah, por cierto, se ha portado tan bien que os dejaré usar ese teléfono que ha fabricado para llamar a Jenna. Dale recuerdos de mi parte, querida.

Uno colgó y rabiosa apretó la mano, pero simplemente dejó el teléfono sobre la mesa porque sabía que la estaba observando.

Suspiró del alivio. Estaba bien, Dean estaba bien.

Necesitaba canalizar toda esa adrenalina y decidió bajar al gimnasio.

Puso unas pesas en la máquina y se sentó en el asiento para colocar los pies ante la placa de acero.

Tomando aire empujó con los pies para que las pesas se elevaran.

Le dolió algo el costado, pero siguió trabajando, respirando como le habían enseñado.

Escuchó como bajaba los escalones y le miró sin detenerse.

No llevaba la chaqueta del smoking y la pajarita había desaparecido. Él sonrió. —Hola, nena.

—¿Qué ha hecho?

—Es obvio que le van los jueguecitos. Me dio una pistolita y comprobé el cargador porque no me fío un pelo, pero resulta que esa hija de… —Apretó los labios intentando contenerse. —Solo dos balas eran auténticas, las demás eran de fogueo.

Sorprendida bajó las piernas. —¿Y?

—Tuve que abrirme camino a golpes. Ese mamón tenía al menos diez vigilándole.

—Cuéntamelo todo.

—Martin Castor, un traficante con contactos en Venezuela. Regentaba una discoteca que hoy celebraba su décimo aniversario. Estaba allí la jet de la jet de la ciudad.

—¿Lo hiciste ante tanta gente? —preguntó sorprendida.

—No, tuve que esperar a que el tipo llegara.

Lo hizo a las doce cuando la fiesta estaba en su pleno apogeo.

Le tenía que esperar en el baño. Me dieron el okey, salí y me lie a tiros.

O al menos eso pensaba yo. —Sonrió irónico.

—Te juro que cuando vi que seguían avanzando hacia mí pegando tiros no me lo podía creer.

—Se sentó en el banco ante ella y le acarició los muslos.

—Pero ya pasó. —Acarició sus muslos de nuevo de arriba abajo. —¿Nerviosa?

—Sí.

Él sonrió aún más. —Pues ya estoy aquí. —La besó en la frente.

—Saben lo del teléfono que fabricaste, tenemos permiso para llamar a Jenna.

—Pues no pierdas el tiempo, preciosa.

Sonrió y se levantó a toda prisa para correr hacia las escaleras. Él la siguió y cuando llegaron al cuarto le enseñó cómo funcionaba. Marcó en el panel y esperó escuchando el tono de llamada. Su hermana descolgó al cuarto tono como siempre, como le había enseñado. —¿Diga?

—Hola.

Jenna sollozó. —¿De verdad eres tú?

—Sí, estoy bien.

—Creí que ya nunca escucharía tu voz.

—Estoy bien, no te preocupes. Estoy con Dean.

—Hola Jenna —dijo él.

—¿Dean? ¿El Dean que sabemos? ¿Ese Dean?

—El mismo. Han pasado muchas cosas. ¿Estás bien?

—Sí, sí, hice todo lo que me dijiste si tenía que huir sin documentación y salió bien. En el barco no pusieron problema al ver el dinero.

—Buena chica. —Ahora venía lo más difícil. —Jenna, aún no puedo ir a por ti.

—¿Por qué?

—Porque tengo que trabajar para ellos tres años más si quiero ser libre.

—Hubo problemas, ¿no? Por eso me hiciste huir.

—Tendrás que cuidarte sola, cielo.

—Voy a volver.

—Ni se te ocurra.

Jenna sollozó. —No quiero estar sola. ¿Por qué no quieres que vuelva si has hecho un trato? ¿No me quieres contigo?

Cerró los ojos sintiendo su dolor y se sintió fatal. —Claro que te quiero conmigo —dijo emocionada—. Nada me gustaría más.

—Entonces…

—Es por tu seguridad.

—¡Me importa un pito mi seguridad! ¡Odio estar aquí y no saber lo que te ocurre, quiero estar contigo! —Sollozó. —Por favor, quiero volver contigo.

—No creo que lo permitan, cielo.

—¿Por qué?

En ese momento sonó el teléfono móvil y Dean fue hasta el salón descolgando a toda prisa.

—Espera, acaban de llamar.

—¿Qué está pasando? —preguntó Jenna muy preocupada.

—No sé si puedo decírtelo.

—Antes me lo contabas todo.

—Las cosas han cambiado, es peligroso.

—Ni de coña vas a meter a su hermana en esto. Ni hablar —decía Dean acercándose—. Ese no era el trato. —Apretó los labios y le tendió el teléfono. —Uno quiere hablar contigo.

Cogió el teléfono y se lo puso al oído. —Tu hermana es libre de ir y volver a donde quiera, de vivir donde le apetezca mientras no abra la boca como ha hecho hasta ahora. Es tu decisión —dijo antes de colgar.

Sorprendida miró a Dean a los ojos. —Nena, lo dijiste en la cabaña, ahora es libre para hacer con su vida lo que le venga en gana.

—Entonces es su decisión, no la mía. ¿Jenna?

—Sí —dijo ansiosa.

—Esta es la situación. —Se lo contó brevemente y le dijo lo que pasaría en los próximos tres años. —Es tu decisión volver o no. Uno ha dicho que por ellos está bien.

—Entonces vuelvo.

No podía permitir que tomara una decisión tan precipitada sin aclararlo del todo. —Piénsatelo bien, lo que ha dicho también puede significar que vuelvas a los Estados Unidos y vayas a estudiar donde quieras y hacer lo que te apetezca. Tendrías la vida que siempre he querido para ti.

—Pero es que yo no quiero esa vida, quiero estar contigo.

Había perdido a tanta gente, que no quería renunciar a ella, era lo único que le quedaba. —No me perderías, en tres años todo sería distinto.

Dean asintió dándole el visto bueno.

—Sabes tan bien como yo que las cosas pueden cambiar en un solo segundo.

Que en cualquier momento pueden querer hacerte daño o hacérmelo a mí para darte una lección —dijo su hermana—.

Da igual donde esté, así que prefiero estar contigo.

Y por cierto, en Panamá me aburro como una ostra.

Debe ser que estoy hecha para la acción.

—Eso no lo digas ni en broma.

—He pensado…

—Ni se te ocurra, ¿me oyes? ¡Ahora sí que no vuelves!

—Quiero alistarme en la armada después de estudiar telecomunicaciones.

—Hostia —dijo Dean—. Nena, detén esto.

—¿Puedo hacer lo que quiera o no? —preguntó su hermana rebelde.

—Jenna… que la tenemos —dijo ella aún asombrada.

—Me han aceptado en la universidad de Columbia, puedo hacerlo.

—Sé de sobra que puedes, pero otra cosa es que debas hacerlo. No vayas por ese camino.

—Es la armada.

—Eres mi hermana, dos años después de la instrucción te ficharían.

—No aceptaría ir a la agencia.

—Si no es esta, será otra, sabes demasiado.

—Me da igual.

—¡A mí no! No quiero que te encuentres en mi situación. Si acabas en la CIA o en cualquier otro grupo… Ni hablar, no voy a pasar por ahí.

—Lo discutiremos cuando termine la carrera.

—¡No, lo discutiremos ahora! —gritó de los nervios.

—Nena no te alteres.

—¿Que no me altere? Quiere meterse de cabeza en la boca del lobo. ¡Dile algo!

—¿Yo?

—¡Me acabas de decir que detenga esto!

—Aún tenemos tiempo para detenerlo.

—He vivido cuatro años contigo, sé de qué va el asunto. Sé por qué te alistaste tú y seguramente fue por el mismo motivo por el que se alistó Dean, porque queríais luchar por vuestro país. Yo quiero hacer lo mismo y no voy a ciegas, a mí no van a poder engañarme.

Dean hizo una mueca. —En eso tiene razón.

Kaya apretó los labios. —Ya hablaremos de esto.

—Muy bien, pero ya he comprado el billete de vuelta mientras hablábamos. Llego mañana, en eso no vas a convencerme.

Emocionada susurró —Está bien, estoy deseando verte.

—Y yo a ti. —Jenna sollozó. —Te he echado muchísimo de menos.

—Te quiero.

—Yo también te quiero.

—Te enviaré la dirección por mensaje.

—Lo borraré en cuanto lo reciba. Hasta mañana —dijo antes de colgar.

Miró a Dean decidida. —¿Tienes contactos en la armada?

Dean asintió.

—Pues ya sabes lo que tienes que hacer, quiero que la rechacen.

—Nena…

—¿Harás esto por mí?

Él asintió. —Por supuesto, pero tengo la sensación de que para ella será una decepción.

—Ha pensado en eso porque creía que estaba muerta y quería vengarse de alguien que ni sabía quién era. Así que cualquier enemigo del país era lo que más le convenía para volcar todo su odio.

—Entonces aún tenemos cuatro años para que cambie de opinión. Cuando termine la carrera ya seremos libres y puede que se vuelva atrás.

—¿Y si no es así?

—Si no es así, haré unas llamadas no te preocupes.

Suspiró del alivio. —La armada…

Él rio por lo bajo. —¿Te molesta que no eligiera el cuerpo de marines como tú?

—Siempre le han gustado los barcos, pero no me lo esperaba.

—Una oficial de telecomunicaciones sería muy útil al cuerpo, nena.

—Lo sé.

—Y se le nota que es lista.

—Lo es. —Frunció el ceño. —¿Tú de qué lado estás?

—Del que menos daño te haga.

Le abrazó por la cintura. —Pues entonces harás esa llamada, porque no soportaría que se presentaran ante mi casa para decirme que vuelve de una misión en una caja.

Dean asintió. —Muy bien, entonces está decidido.