Capítulo 5 #3
Gruñó cogiendo el bote de cola y lo abrió reprimiendo un gesto de dolor porque le dolía el dedo anular.
Pero él se dio cuenta. —Está muy hinchado.
—Está bien.
—Menos mal que no es el índice.
—Todos los dedos son importantes a la hora de disparar.
Dean asintió sirviéndose los espaguetis. —Hay dieciséis cámaras y seis micros —dijo él por lo bajo.
—Ya he encontrado tres. —Elevó el tono. —No he cogido pan. ¿Te gusta el pan de molde o el hecho al horno en el momento?
—Me encanta el hecho al horno, lo comería con todo. En España lo comía a todas horas.
—¿Estuviste en Rota?
Él asintió. —Durante mi instrucción. ¿Lo conoces?
—También estuve durante mi instrucción.
La miró sorprendido. —¿De veras?
Kaya sonrió. —¿Estuviste en el bar Romero?
—Íbamos siempre que teníamos permiso. Hacían unas albóndigas para chuparse los dedos.
—Sí. ¿Y la sangría?
—Riquísima.
—Me encanta España. Una vez estábamos de permiso de fin de semana y después de cenar allí, Manuel nos indicó donde teníamos que ir para pasarlo bien. Llegamos a un espectáculo flamenco, fue impresionante.
—El local es suyo también.
No disimuló su sorpresa. —¿Qué dices?
—Sí, tiene un par más por la ciudad. Dice que hay que diversificar.
—¿Le conoces tan bien?
—Nena, me pasé allí casi un año después de mi instrucción. Fue nuestra base de operaciones para varias misiones en oriente próximo.
—Entiendo.
—Manuel es un buen amigo.
—Yo no le conocí tanto, pero se notaba que era buena gente. Me encantaría volver a España, pero desde que entré en la agencia ya no volví a salir del país para tener lo que la gente llama vida normal.
—¿De veras? —preguntó sorprendido sirviéndole a ella una buena cantidad.
—No, si me envían fuera es solo para unas horas. Hago mi trabajo y vuelvo. No me eches tanto, Dean.
—Necesitas comer hidratos. Después bajaremos a endurecer esas piernas.
—¿Estás de coña? Me duelen las costillas.
—¿Y? —Él levantó una ceja. —No voy a consentir que pierdas tono muscular durante tu convalecencia.
Ella apretó los labios y empezó a comer en silencio. —Nena, no te mosquees.
—No me mosqueo, tienes razón.
Él cogió su mano. —No soy Uno, lo hago por tu bien.
Sonrió. —Lo sé.
—Por cierto, ¿cómo se llama tu jefa?
Le miró maliciosa. —No te lo vas a creer.
—Venga, dame una pista.
—¿Sabes cómo se llamaba la malvada de la sirenita?
—¿Hablas de la película de dibujos?
—Sí.
—Ni idea, nena, yo era más de Superman y Batman.
Rio por lo bajo. —Se llama Úrsula.
—¿Y cómo lo averiguaste?
—Fue la que más me costó. Pero un día estaba hablando con una de los números sobre las películas Disney y pasó a nuestro lado.
Se volvió sorprendida y ahí la pillé. Solo tuve que probar nombres hasta que di con él.
—Perdió la sonrisa poco a poco. —Una semana después murió mi madre.
No volví a averiguar el nombre de nadie más.
—Creíste que era una lección.
—Se me pasó por la cabeza. Ya me había advertido varias veces.
—Al parecer te ha pasado muchas, ¿no, nena?
—Unas cuantas. No llevo muy bien las injusticias.
Entonces Dean se dio cuenta de algo. —Preciosa, ¿te llamas Kaya?
Con la boca llena soltó una risita. —Con lo que le costó decidirse a mi madre, a mí no me cambian el nombre. Excepto ante el objetivo en una misión, claro.
—Claro —dijo Uno ante la puerta.
Ambos se tensaron. —Por favor, seguid comiendo —dijo acercándose con una bolsa de una de las tiendas más caras de la ciudad—. ¿Algún secreto más que quieras contar, Kaya?
—Es mi compañero, no se lo va a contar a nadie —dijo retándola con la mirada.
Exasperada dijo —No cambiarás nunca.
—Pues no.
—Nena… —la advirtió Dean muy tenso levantándose como si quisiera protegerla. —¿Querías algo, Úrsula?
Uno sonrió por dentro por como la provocaba para que centrara su cabreo en él, serían una pareja increíble.
—Os traigo esto. —Dejó un móvil sobre la mesa y ambos mostraron sorpresa.
—No voy a venir hasta aquí cada vez que quiera echaros la bronca.
No tiene acceso a internet y no podréis llamar a nadie, así que no intentéis manipularlo, ¿entendido? Solo recibiréis llamadas.
—Entendido —dijeron los dos a la vez.
—La cámara se queda —dijo antes de volverse.
—La cámara no se queda —dijo Dean muy serio—. No pienso dejar que también me quites mi intimidad.
Uno se detuvo en seco y apretó los puños como si eso no le hubiera gustado nada. Se giró para mirarles y de repente sonrió. —¿Y qué me vas a dar a cambio, coronel?
Él entrecerró los ojos. —¿Qué quieres?
—Normalmente no trabajo con hombres, pero igual me viene bien tu ayuda para un trabajito que hace tiempo que debería haber hecho.
—Di dónde y cuándo.
—Me gusta que nos entendamos. Descansa, será esta noche —dijo antes de irse.
Preocupada miró a Dean, que le hizo un gesto sin darle importancia. —No pasará nada.
—Esto no me gusta.
—Solo hay que verte la cara.
—Muy gracioso.
Él rio por lo bajo sentándose de nuevo y siguió comiendo como si nada.
—Estarás solo.
—Como he estado siempre.
Inquieta porque no estaría para cubrirle la espalda susurró —¿Tendrás cuidado?
La miró intensamente. —¿Crees que no volvería a tu lado? Nada lo impedirá, nena. Nada.