Mi corazón no se equivocaba Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—Ella sabe muy bien lo que tiene, es una profesional —dijo antes de ayudarla a levantarse—. Estos tipos siempre mandando.

—Este es un tigre.

Le miró de otro modo. —¿De veras? He oído cosas sobre vosotros, pero mis chicas son mejores.

—Cuando queráis hacemos una competición —dijo con sorna.

La mujer entrecerró los ojos. —Hablaré con Uno.

—Lisa es broma —dijo Kaya llegando a la puerta.

—Pues yo no bromeo —dijo con orgullo—. Mis chicas son mejores.

—No las veo en la selva con zapatos de tacón.

—No entres al trapo que te está provocando, ¿verdad coronel?

—Nena, no me llames por mi rango —dijo siguiéndolas hasta el ascensor—. Podrías haber traído una silla de ruedas o algo.

Las tres le miraron sin comprender. —Las piernas las tiene bien —dijo la otra.

Él gruñó mirando los números del ascensor. —Por cierto, ¿dónde estamos?

—En la base de Nueva York —dijo Kaya agotada—. Nuestra base, en clave la llamamos el almacén. Me parece que lo vas a ver mucho durante los próximos tres años, así que vete familiarizándote.

Gruñó de nuevo y les dijo a las otras —Ahora somos equipo.

Lisa la miró sorprendida. —¿De veras? ¿Tienes que cargar con este?

La cara que puso Dean casi le da la risa, casi. —Sí, al parecer sí.

—Lo siento, chica.

—Muy graciosas —dijo Dean saliendo del ascensor. Al ver que casi no podía caminar perdió la paciencia y la cogió en brazos.

—Ya era hora —dijo Lisa—. Es que ya no hay caballeros como antes.

Él ni contestó preocupado por Kaya. —Nena, ¿estás bien?

No respondió apartando la mirada y Dean apretó los labios siguiendo a Lisa hasta lo que era la enfermería. La dejó sobre la camilla, pero no pensaba salir y Lisa levantó una ceja. —¿No tienes nada que hacer?

—Hasta dentro de un mes no —dijo cruzándose de brazos demostrando que de allí no le movía nadie—. Tiene una puñalada en el costado.

Lisa puso los ojos en blanco y le dijo a su compañera —Ayúdame a desnudarla.

Al quitarle el jersey con cuidado vieron el apósito lleno de sangre, lo que significaba que por algún golpe se le habían saltado los puntos.

Impotente vio como le colocaban el hombro y ella no soltó ni un solo gemido, ni siquiera hizo un gesto de dolor, lo que significaba que estaba acostumbrada a ocultarlo.

Cosa que no había hecho ante él, ante él se sentía libre y recordó cómo le había apretado la mano cuando se había echado el alcohol en la herida.

Dean tenso vio como la tumbaban en la camilla y la auscultaban.

Efectivamente tenía las costillas rotas y observó cómo le ponían los puntos de nuevo.

Parecía una autómata entre esas mujeres.

No debía sentir dolor, seguía las órdenes a la perfección, no era su Kaya.

Era una máquina de matar que estaba averiada y debía dejarse hacer sin sentir absolutamente nada.

Mientras la cosían Kaya volvió la vista hacia él y se miraron a los ojos. Ojos que se llenaron de lágrimas, pero los cerró antes de que alguna de ellas corriera por sus mejillas.

—Es evidente que no vas a trabajar en una temporada —dijo Lisa—. ¿Piensas hacer algo?

—No lo sé, no me han dado órdenes.

Lisa hizo una mueca. —Seguro que tienen algo con lo que te entretengas hasta tu siguiente misión.

Dean entrecerró los ojos. —¿Cómo has dicho?

Le advirtió con la mirada que no dijera nada y Dean se calló en el acto.

—Sí —dijo Lisa como si nada poniendo otro punto—. Uno siempre nos mantiene entretenidas. —Tiró las tijeras al cuenco y se levantó de su taburete. —Lista. ¿Algo más?

—No. —Se sentó con esfuerzo, pero lo hizo sola. —Ya está.

—Perfecto. Enseguida me llega la siguiente.

La miró interrogante.

—A diecisiete le han pegado un tiro en el hombro.

—Mierda.

—Dice que no es nada, así que no tengo que preocuparme.

—¿Y qué ocurre si no están en la ciudad? —preguntó Dean asombrado—. ¿No van al hospital?

Las tres le miraron como si fuera tonto. —Tenemos equipos que nos respaldan en cada misión sea donde sea —dijo Kaya—. ¿Acaso tú no los tenías?

—Sí, claro —dijo incómodo.

—Deja de decir tonterías, ¿quieres?

Se bajó de la camilla y cogió la camiseta que le tendía Lisa. Se la puso y fue hasta la puerta. Dean la siguió a toda prisa y Lisa gritó —¡No creas que se me ha olvidado lo de la competición!

—Olvídalo, jamás lo permitirían para no hundiros la moral. —Ella jadeó, pero Dean no le hizo ni caso siguiendo a Kaya al ascensor. —¿Y ahora qué hacemos?

—Esperar órdenes.

—Nena, ¿y mientras tanto?

—Mira, en este momento lo único que quiero es acostarme y dormir después de asegurarme de que mi hermana esté bien. Lo demás me importa una mierda. —Entró en el ascensor y pulsó un botón. Él se metió a toda prisa y Kaya le miró con rabia. —Si no hubieras venido…

—Estarías muerta. Hemos llegado a un buen trato, tres años y fuera.

—Que te crees tú eso, ya buscarán algo para que continuemos, juntos o por separado. Eso si seguimos vivos para entonces, que podemos acabar como Rose Anne y los demás. No sé si te has dado cuenta, pero aquí llegas al nivel o estás muerto.

—Por supuesto que me he dado cuenta. Y estaré a tu lado para lo que haga falta.

—Sí, eso lo comprobé en el bosque —dijo con ironía antes de salir del ascensor.

Él la cogió en brazos y Kaya siseó —Déjame en el suelo

—Conmigo no tienes que hacerte la dura, conmigo puedes ser tú. Nena, ¿por dónde tengo que ir?

—Ve por la derecha, es más rápido. —Salieron por una puerta que daba a un callejón y él juró por lo bajo. —Necesitamos un taxi.

Un coche se detuvo al final del callejón y Dean apretó los labios. —Supongo que nos ponen transporte.

—Vamos a mi piso —dijo ella impaciente por llegar a casa.

Dean caminó hacia el coche y un hombre vestido de negro abrió la puerta para que entraran. Era evidente que la agencia no quería que nadie la viera así.

La metió en el coche y se sentó a su lado. —Llévanos a mi casa —dijo ella fríamente.

Dean vio cómo se dirigían al norte y la miró cogiendo su mano.

Fue un alivio que no le rechazara. No le miraba porque no dejaba de mirar la nuca de ese tipo, era evidente que no se fiaba y si ella no lo hacía él tampoco.

Apretó su mano solo con el pulgar para que se relajara porque uno de sus hombres le había dado un arma antes del traslado y nadie le había registrado.

Kaya volvió la vista hacia él y Dean asintió.

Entonces ella preguntó —¿A dónde nos llevas?

—A vuestra nueva casa. A partir de ahora y hasta que Uno dé el visto bueno, solo saldréis de allí para el trabajo.

Kaya apretó los labios. —¿Cree que intentaré escaparme?

—Digamos que no se fía del todo.

Dean sonrió con desprecio. —¿Y yo?

—Tú lo mismo, estás demasiado colado por ella, te puedes dejar convencer. —Frenó ante una de las casas del Upper West Side. Allí había otro hombre esperándoles.

—¿Y mis cosas?

—¿Acaso soy tu niñera? —preguntó él volviéndose—. Supongo que te las traerán, ahora abajo.

Dean abrió la puerta y la ayudó a salir.

Cogiéndola por la cintura fueron hacia la entrada y el hombre abrió para que pasaran.

—Estas son las reglas —dijo sacando su móvil para mirar la pantalla—.

No saldréis de aquí bajo ningún concepto.

Abajo tenéis un gimnasio, usadlo. Cuando llegue el momento se os dará información que deberéis estudiar para la misión.

Se os traerá ropa y alimentos. No tenéis acceso a internet ni ordenador.

No hay teléfonos para que os pongáis en contacto con nadie.

No habléis con los vecinos, lo sabremos como sabremos que salís de la casa.

—Bajó el móvil y se dispuso a salir abriendo la puerta.

—¿Y si necesitamos ayuda? —preguntó Dean.

—Pues te jodes.

Se cerró la puerta y él juró por lo bajo mirando a su alrededor.

—No puedo llamar a Jenna.

—Se me ocurrirá algo, te lo juro. —La cogió en brazos porque parecía a punto de derrumbarse. —Ahora a descansar.

Suspiró apoyando la cabeza sobre su hombro. —¿Te duele mucho? —preguntó preocupado.

—Da igual.

Le inquietó que no siguiera enfadada, pero tenía costillas rotas, una puñalada, el rostro hecho un desastre, eso sin mencionar lo del hombro y los golpes por todo el cuerpo, tenía que dolerle horrores.

Y no le habían dado medicación, suponía que era un castigo más por todo lo que había ocurrido, como lo era meterles allí.

Entró en la primera habitación que encontró, ni tenía sábanas.

La tumbó sobre el colchón y ella se volvió para ponerse más cómoda. —Tengo frío.

A toda prisa abrió un armario y afortunadamente allí había un edredón. Se lo puso por encima y susurró —Revisaré la casa.

Ella no contestó. Salió entornando la puerta y apretó las mandíbulas hasta que todos sus músculos se marcaron en su cuello. —Esto lo vais a pagar —dijo entre dientes.