Mi corazón no se equivocaba Capítulo 3
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Capítulo 3

Vestida con un hermoso vestido negro de noche que tenía una gran abertura hasta el muslo, se subió al avión del ejército con los tacones en las manos.

Pasó ante aquellos soldados que la observaron en silencio sentados a cada lado del avión y ella ocupó un sitio ante uno que llevaba un fusil en las manos.

Fríamente le observó, estaba muy nervioso. —¿Tu primera misión?

—Soy un tigre, tengo misiones de sobra a mis espaldas, pero no me gusta volar, joder.

Los demás sonrieron, pero no se metieron con él y eso le gustó, se notaba que eran una piña.

—¿Un tigre?

El tipo giró el brazo y le mostró el escudo que tenía tatuado. Dentro había la cara de un tigre que mostraba una garra. —Impresionante. Te mostraría el mío, pero está en un lugar muy poco decente.

Los chicos rieron y ella cruzó sus hermosas piernas mostrando la pistolera que tenía en el muslo. —Bueno, chicos, ¿vais a cubrir mi bonito trasero?

—Por supuesto —dijo el que tenía al lado.

—Eso está bien.

Un hombre salió de la cabina, pero ella no llegó a ver su rostro porque cuando levantó la vista ya estaba de espaldas.

Inquieta en su sueño vio cómo se alejaba y que chasqueaba los dedos antes de señalar a uno de ellos que rápidamente cogió su fusil pues lo tenía en el suelo. —Atentos, son solo veinte minutos.

—¿Tú te vas a tirar así? —preguntó él que tenía en frente.

Ella sonrió divertida. —Por supuesto, soy el alma de la fiesta.

—McKenzie, quedas al cargo. —El jefe del escuadrón entró en la zona de carga y al cerrar la puerta ella pudo ver su perfil. Se le cortó el aliento de la impresión porque era Dean y se despertó de golpe volviéndose y apuntándole con el arma.

Dean apretó los labios apagando el motor. —Nena, cálmate, has tenido una pesadilla.

—¡Pesadilla y una leche! ¡He recordado cuando te vi por primera vez! ¡En el avión de la misión de Jamaica! —dijo rabiosa.

Él sonrió. —Joder nena, y yo que pensaba que me habías olvidado.

Sin aliento dijo —Y tú no me olvidaste a mí. Sabías quien era cuando entraste en esa habitación del motel. ¿Qué digo desde el motel? ¡Lo sabías desde el principio!

—Debo reconocer que eres difícil de olvidar y que cuando te vi en la cafetería del pueblo me sorprendió, pero me sorprendió aún más saber que venías a por mí. Lo de visitar a mi madre me dijo que no era una coincidencia.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó fríamente.

—Vivo aquí tranquilamente y de repente apareces tú, quería saber por dónde ibas. Aunque me lo imaginaba.

—Sabías que no te mataría.

—Soy demasiado valioso —dijo tenso—. Como tú.

Se le cortó el aliento. —Hay muchas como yo.

—No, nena. La mujer que vi salir de aquella casa tranquilamente con el arma en la mano mientras mis hombres disparaban a los guardaespaldas del jamaicano, no es una mujer como el resto de los números. Y en la agencia lo saben tan bien como yo.

—Soy buena, ¿y qué? Para ellos soy prescindible, ¿o no?

Dean apretó los labios y a Kaya se le cortó el aliento. —¿Qué está pasando aquí?

—Nena…

Ella disparó tan cerca de su muslo que tuvo que sentir el calor de la bala. —Te juro que como me mientas de nuevo, te pego un tiro entre ceja y ceja.

—Era la única manera —dijo muy tenso.

—¿La única manera de qué?

—De estar contigo, nena.

Le miró sin comprender. —¡Explícate!

—No, explícate tú —dijo alguien tras ella. Sintió el cañón de la escopeta en la nuca—. Pero hazlo después de bajar el arma.

—¿Tu madre? ¿Dejas que te defienda tu madre?

—preguntó indignada. Se inclinó a un lado tan rápido que la mujer no pudo reaccionar y tiró del cañón hacia adelante haciendo que apretara el gatillo sin querer casi dándole a su hijo.

La mujer chilló del susto y antes de darse cuenta Kaya estaba fuera apuntando a su madre a la cabeza.

—Preciosa…

—Te juro que como no me lo expliques y bien rápido, me la cargo a ella y después acabo contigo.

La mujer pálida susurró —¿Hijo?

—No va a matarte, madre. No te preocupes. Nena, está del corazón.

—Me importa una mierda —dijo tan fríamente que ponía los pelos de punta—. Sabes que lo haré, ahora habla.

—¡No me dejaban acercarme a ti, joder! ¡Tuve que hacer todo esto para que vinieras a mí!

Sin aliento susurró —¿Qué?

Él salió del coche y cerró de un portazo rodeándolo por delante. —¡Kaya baja el arma!

Al ver lo pálida que estaba su madre dejó caer el brazo y la mujer suspiró del alivio. —Hijo, no sé si es la mujer que más te conviene.

Dean sonrió de medio lado. —Es perfecta, madre. Ya verás como sí.

—¿Quieres explicarte de una vez? —gritó haciendo que se callaran.

Dio un paso hacia ella. —Estando en los tigres no podía acercarme a ti, así que me largué. Fue un error mío que al parecer vamos a pagar el resto de nuestras vidas.

Con el corazón a mil preguntó —¿De qué estás hablando? ¿Por qué no podías acercarte a mí?

—Porque estaba muerto, no podía tener una relación duradera con nadie.

Yo lo había aceptado, pero entonces apareciste tú y todo cambió.

Hablé con mi superior y el muy cabrón después de dejarme la piel por este país me prohibió acercarme a ti.

Tajantemente. No dejaba de enviarme a una punta y a otra del mundo mientras tú estabas en misiones de las que no sabía si saldrías viva, así que hace dos meses…

—Te largaste —dijo sin poder creérselo.

—Sabía que si me iba, estarías en su punto de mira por si me aproximaba a ti. Solo debía tener un poco de paciencia hasta que las cosas se relajaran un poco. Después pensaba ir a verte, pero…

—Es evidente que no funcionó y me enviaron a mí.

—Sí.

—Para hacerte salir. ¡Y ahora quieren matarnos!

—Sí, al parecer no se lo tomaron muy bien.

—¿Cómo se lo van a tomar? ¡Somos desertores!

—¿Mi hijo un desertor? —preguntó Clarissa indignada—. Mi hijo es un héroe.

—Sí, señora, por muy héroe que fuera en el pasado, ahora es una espina clavada en el talón del gobierno. —Miró a Dean a los ojos. —¿De veras pediste permiso para salir conmigo?

Él gruñó yendo hacia la cabaña y Kaya rio por lo bajo. —Sí que debí impresionarte.

—Nena, no tiene gracia. —Entró en la cabaña.

—¡Eh! ¿Y por qué cuando estaba muerta en tus brazos fueron a por mí? ¡A por los dos! ¡Yo no sabía nada de esto!

Él salió con un sándwich en la mano. —Eso pregúntaselo a tu jefa, ¿quieres? Esos hombres no eran de mi grupo.

Ella hizo una mueca. —Eso es que no debió creerse que me habías matado. —Miró a Clarissa. —No es algo que tenga en consideración cuando me envía a una misión.

—Ah, ¿no?

—No, siempre cree que puedo con todo.

—Esa mujer me cae muy mal y el general aún más.

—Sí, me lo imagino. —Caminaron hacia la casa y Clarissa miró su sangre. —Bah, no es nada.

—Nena, el antibiótico.

—Qué pesado está con el temita. —Entró en la casa y vio comida en la mesa. —Uy, qué hambre, al final no pude cenar. —Se sentó en una silla y se puso a comer un sándwich con ganas. —Es mejor que el sándwich de pollo de la cafetería.

—Por supuesto que sí, niña. —Se sentó a su lado mirándola bien. —Es muy bonita, hijo.

Dean asintió y le guiñó un ojo dejándole dos botes de pastillas sobre la mesa. —¿Y bien?

Ella con la boca llena le miró sin comprender mientras Dean se sentaba a su lado e incómodo preguntaba —¿Qué opinas?

—¿De qué?

—Joder, pues de lo que te he dicho.

—Hijo, esa boca.

—Perdón madre.

Le hizo gracia que todo un coronel le pidiera perdón a su madre por soltar un taco y sonrió antes de seguir comiendo. A él se le cortó el aliento. —¿Eso significa que te parece bien?

—Tengo que ir a buscar a mi hermana.

—Nena, ahora no podemos ir a por ella. La habrán seguido, esperarán que aparezcamos por allí.

—Jenna puede ser joven, pero es muy lista. No habrá dejado que la sigan.

—Todo deja un rastro.

—La he instruido muy bien.

Dean entrecerró los ojos. —¿Instruido?

—¿Pensabas que dejaría que la pillaran desprevenida? Jenna lleva instruyéndose desde los catorce años, desde que tuve que encargarme de ella.

—¿Y es buena?

Sonrió irónica. —Si la intentan pillar, se van a llevar unas cuantas sorpresas.

—Pues entonces con más motivo no debemos ir hacia ella. Ahora está segura, los que no estamos seguros somos nosotros y mucho menos cuando encuentren los cuerpos en el lago, tenemos que largarnos de aquí.

—¿Para ir a dónde? Cielo, tenemos que irnos a Panamá, allí no nos encontrarán.

—Yo no me voy a ningún sitio —dijo Clarissa mirando a su hijo. Sonrió con tristeza—. Cielo, tu padre y tu hermano están enterrados en la granja, no me voy a ir a ningún sitio.

—No digas tonterías. —Kaya la miró fijamente. —Ellos están muertos y Dean está muy vivo. Como usted. Vendrá con nosotros y no hay más que hablar. Además, ¿quiere que la maten antes de conocer a sus nietos?

Dean levantó una ceja, pero no dijo ni pío.

—¿A que no? Pues no vamos a ser una familia normal que venga en Navidades, así que a mover el culo hasta Panamá.

—No tenemos pasaportes —dijo Dean—. Obviamente los que tenía los dejé cuando me largué porque no me servían de nada.

—Como yo. —Masticó su sándwich pensando en ello. —Podemos sobornar a alguno de los barcos de carga que salen del país para que nos lleven con ellos. Es lo que pensaba hacer si no conseguía los pasaportes.

—¿Conoces a alguien de confianza?

—No, ¿y tú?

Él entrecerró los ojos pensando en ello. —Conozco a un tipo que trabaja con aviones del ejército. Me debe un favor.

—Los aviones del ejército son fáciles de localizar y a ese tipo pueden llegar a presionarle si le pillan, que será lo más probable por las órdenes de vuelo.

No nos sirve. Tiene que ser alguien anónimo y sobornable.

Alguien con pocos escrúpulos y que odie a la autoridad.

Una vez maté a uno que nos hubiera valido, cachis…

Clarissa sonrió divertida. —Menudo fastidio.

—Y que lo digas.

—Entonces crucemos la frontera norte y cojamos un barco allí.

Miró a Dean masticando con ganas. —Canadá.

—Es la mejor opción. Allí tengo un conocido que puede conseguirnos documentación. Es un mercenario y le conocí antes de entrar en los tigres. Si aún está vivo, nos ayudará por una buena cantidad.

—¿Y si no está vivo?

—Nos buscaremos la vida.