Mi corazón no se equivocaba Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Dean frenó el coche en seco y salió del vehículo. —Pero… —protestó ella.

—Nena, cuanta más sangre pierdas más tardarás en recuperarte y es obvio que te necesito a tope, joder. —Abrió su puerta. —Levántate el jersey.

Ella lo hizo para mostrar que los polvos no habían retenido la sangre como se esperaba de ellos. Dean tiró del apósito sin contemplaciones y arrastró las gasas para quitar la sangre y ver la herida. —Aquí no hay mucha luz, alúmbrame con el móvil.

Kaya lo hizo y pudieron ver el hilo de sangre que se deslizó por su piel y el corte en la carne. —Nena —dijo entre dientes—, la próxima vez que intentes fingir tu muerte, usa otro método.

—Era buena idea.

—¡Si ni sabías lo que estaba ocurriendo!

—¡Eh! Era mi oportunidad, ¿vale? ¡Creía que esos cabrones querían que me mataras!

—Pues te equivocaste.

—Pues no lo creo —dijo mientras él abría el kit de sutura—. Sigo convencida de que querían que me mataras para luego matarte a ti.

—Si querían matarme, ¿por qué no lo intentaron antes?

—¿Y yo qué sé?

—Como no sabes nada de nada. —Agarró la piel por ambos lados de la herida y empezó a coser. Kaya dio un respingo. —Ni se te ocurra quejarte.

—¿Acaso me he quejado?

Él sonrió y Kaya se quedó sin aliento porque tenía una sonrisa preciosa. —¿Qué estás pensando?

—Que discutimos como si fuéramos pareja.

Le observó durante unos segundos mientras la cosía. —Estoy harta, ¿sabes?

Él elevó la vista hasta sus ojos.

—Estoy harta de vivir así.

—Lo sé, yo siento lo mismo.

—Nunca he tenido un novio, novio, ¿sabes?

—¿Ni en el instituto?

—Mi padre era sargento en los marines y siempre quise ingresar en el cuerpo. Sabía que si tenía una relación no llegaría a nada porque yo me iría…

—Nena, ¿me estás diciendo que eres virgen?

—Claro que no —dijo incrédula—, he tenido mis rollitos como todo el mundo, pero nada serio.

Él gruñó y siguió cosiendo.

—¿Y tú?

—Tuve una novia en el instituto. Se casó con mi primo Jason.

Dejó caer la mandíbula del asombro. —¿Lucy? ¿Saliste con Lucy? —Increíblemente eso la molestó y cuando él asintió sin dejar de coserla, sintió que esa confirmación le pateaba el hígado. —Con Lucy… Te debió sentar fatal que se casara con él.

—Si te digo la verdad, me dio lo mismo. Cuando me enteré yo ya tenía otra vida, no puedo reprochárselo.

—Oye, su hijo no será tuyo, ¿no?

—No digas tonterías.

—Como juega bien al fútbol…

—Por cierto, ¿tenías que decirles que les ayudarías con lo de la NFL? ¡Se van a hacer ilusiones!

—Oye, que estoy acostumbrada a mentir, ¿vale? Es parte de mi trabajo.

—¡Es mi familia!

Gruñó. —Ya se me ocurrirá algo si salimos de esta, ¿vale?

—¿Dónde está la tijera?

Se volvió para mirar en la bolsa, pero no la encontraba. —Córtalo con el cuchillo.

Él se agachó y pasó sus labios por la herida al intentar cortar el hilo con los dientes. Y para su sorpresa lo hizo. Asombrada vio que se incorporaba y vio su sangre en sus labios y su barbilla. —¿Pero estás loco? No sabes si estoy enferma o…

La agarró por la nuca y la besó con tanta pasión que hasta se le encogieron los dedos de los pies.

Impresionada se dejó hacer, saboreando su propia sangre de su boca.

Cuando se apartó de ella, Kaya tenía los ojos cerrados y aún podía sentir sus labios.

Él hizo una mueca. —Nena, ¿tus misiones no incluían ligarte a alguno de los objetivos?

—Ajá… —Abrió los ojos y cuando se dio cuenta de lo que había dicho frunció el ceño. —Sí, ¿por qué?

—No, por nada —dijo antes de cerrar la puerta.

Ella jadeó indignada. —¿Insinúas que beso mal?

Dean rodeó el coche. —Nena, te he besado yo. —Reprimió la risa. —No es que tú hayas hecho mucho.

—¡Estoy mareada!

—¡Sí, de gusto!

Se puso como un tomate y siseó —¿Dónde está ese coche?

—Tranquila, está aquí cerca. Échate alcohol o lo que haya por ahí, hay que evitar que se infecte.

—¡Beso muy bien!

—¿No habíamos cambiado de tema?

—Me has tomado por sorpresa.

—Pues como siempre seas tan rápida en reaccionar, estamos en un buen problema.

—¡Soy muy buena en lo que hago!

—Claro que sí, nena. Solo hay que verte.

Entrecerró los ojos mosqueadísima y más cuando él reprimió una sonrisa. —Capullo.

—Sí, preciosa, tengo uno. —Cogió su mano y se la pasó por la entrepierna para que sintiera la dureza de su sexo. A Kaya le hirvió la sangre. —Pero tendrá que ser en otro momento. —De repente frenó y Kaya miró a su alrededor, solo había bosque. —Preciosa, ¿quitas la mano?

—Oh… —Como un tomate la apartó y Dean bajó del coche a toda prisa. Los faros le iluminaron mientras se acercaba a un matorral, pero para su sorpresa tiró de una lona y mostró un Jeep. Se bajó del coche. —¿Cojo armas? Seguro que hay en el maletero.

—No, tengo de sobra. —Abrió la puerta del coche y sacó una pistola que le lanzó. Ella la cogió al vuelo y sacó el cargador para ver que tenía balas. Se acercó al Jeep y se subió, pero él regresó al coche negro para coger la bolsa de primeros auxilios. Se la tiró. —Échate el alcohol, Kaya.

Gruñó sacando el envase mientras él arrancaba y se subió el jersey para echarse el alcohol por encima reprimiendo un gemido todo lo que pudo.

Dean cogió su mano y la apretó mientras ella se encogía de dolor.

—Ya está nena, ya ha pasado. Tengo antibióticos en la cabaña y todo saldrá bien.

Pasaremos allí unos días mientras te recuperas.

Cerró los ojos con fuerza. —Yo tengo que ir a buscar a mi hermana.

—Ni de coña, la pondrás en peligro si nos acercamos a Panamá. Hay que averiguar lo que está pasando antes de dar cualquier paso en falso.

—¡Oye, no pienso dejarla sola, tiene dieciocho años!

—¡Nena, aquí mando yo!

—¡Y una mierda!

—¿Qué rango tienes?

Ella entrecerró los ojos. —¡Eso no es justo!

—Claro que es justo, ¿qué rango?

—¿En el ejército? Sargento.

—Pues gano yo, y por goleada, así que acatarás las órdenes como…

—¡Ya no estás en el ejército! Esto es una democracia y cada voto…

—No me vengas con chorradas, nena. ¡Aquí hay un mando y tienes que acatarlo, lo juraste ante la bandera que proteges!

—Tú no eres mi superior. ¡Se supone que estás muerto, los muertos no dan órdenes, así que gano yo que sigo viva, majo!

—Ya no estás en el ejército.

—¡Ni tú tampoco!

Él gruñó apretando el volante y la miró de reojo. —Pero en la cama mandaré yo.

Se puso como un tomate y la verdad es que se moría por saber lo que le haría, así que dijo —La primera vez, luego ya veremos.

Dean apretó su mano de nuevo.

—¿Queda mucho?

—Estamos a una hora, duerme un poco.

—No podría —dijo inquieta, aunque su rostro no lo demostraba—. Me mata no saber lo que ocurre.

—Cuéntame lo que te dijeron cuando te ordenaron venir a buscarme.

Ella lo hizo de manera eficiente sin dejarse ningún detalle. —Así que te diste cuenta enseguida de que pasaba algo extraño.

—Claro que sí, ¿enviarme a mí para una búsqueda? Soy de nivel uno, solo somos cinco en todo el país. Y encima Uno me dice que después avise y evite que te vayas antes de que oigas lo que ellos tienen que decir… Todo me olió mal desde el principio.

—¿Cuál es tu especialidad?

—Tengo muy buena puntería. De hecho, es raro que tenga que acercarme al objetivo, suelo hacerlo siempre a cincuenta metros de distancia como mínimo.

—Eres francotiradora.

—El noventa por ciento de las veces lo resuelvo así. El resto tengo que acercarme porque tienen mucha protección o no salen de sus garitos, hoteles o lo que sea. Esa suele ser gente de la mafia o algún político.

—¿Políticos estadounidenses?

—Esa es información reservada, majo.

—Estoy intentando saber por qué estamos en esta situación. ¿Has matado a alguien que no debías, Kaya?

—¿Y tú?

Él apretó los labios. —Desgraciadamente para mí sí. Pero hace dos años que no estoy operativo, así que no creo que sea por eso.

—Igual una de tus misiones tiene alguna importancia. —Entrecerró los ojos. —¿Dos años? ¿Solo dos años? No fue cosa tuya lo de fingir tu muerte, ¿no es cierto?

—Cuando me designaron ciertas misiones, pensaron que era mejor que estuviera muerto.

—¿Y tu madre?

—Ella siempre lo supo, fue una de mis condiciones.

—Afortunado tú que puedes poner condiciones.

—Nena, ¿te has tapado la herida?

Se levantó el jersey sin darle mucha importancia y se encogió de hombros porque le daba lo mismo. Él apretó los labios. —Cúbretela, joder.

Suspiró diciendo por lo bajo —Órdenes, órdenes. ¿Qué rango tienes ahora?

Sonrió de medio lado. —Coronel.

Le miró sorprendida. —¿Qué?

—¿Qué quieres que te diga? Eran misiones muy buenas para mi curriculum.

—Impresionante. Si hubieras seguido…

—¿Crees que me iban a dejar aparecer después de muerto?

—No, puede que no. —Se puso el apósito sin mover el gesto a pesar de lo que dolía.

—En la cabaña tengo analgésicos, no te preocupes.

Levantó la barbilla. —No los necesito.

—Los tomarás.

—Oye, vuelves a las andadas, deja de darme órdenes, hablo en serio. Habíamos quedado… —Entonces vio que entraban en una carretera. —Dean, por aquí no.

—Solo serán dos kilómetros hasta el siguiente desvío, no te preocupes.

Él pisó a fondo, pero ella en ningún momento se inquietó por la velocidad, se notaba que dominaba el coche. Se preguntó si Jenna estaría bien y si había seguido sus instrucciones. Esperaba que sí. —Recogemos a tu madre y nos vamos a Panamá.

—Ni de broma. Compruebo cómo está mi madre, descansamos un poco y mañana revisaré la red a ver si puedo encontrar algo sobre lo que está pasando.

—¿Tan bueno eres? —preguntó impresionada.

—No soy malo.

—¿Aprendiste en el ejército?

—Siempre me gustaron los ordenadores y cuando ingresé en el cuerpo se dieron cuenta de que tenía potencial y me enviaron a varios cursos. Después tuve la suerte de conocer a alguien que intentó enseñarme todo lo que sabía para que si estaba en problemas pudiera apañármelas.

—Una mujer.

Él apretó los labios. —Una mujer.

—¿Qué fue de ella?

Dean se mantuvo en silencio, pero ella vio como apretaba el volante, así que se temió lo peor. —¿Fue la razón por la que te fuiste?

—No. —La miró de reojo. —Tampoco era tan serio.

Lo dudaba mucho por su reacción. —Así que has amado dos veces en tu vida. —Suspiró mirando al frente. —Eres afortunado.