Capítulo 2 #2
Siguieron durante un par de kilómetros en los que el coche no dejaba de dar bandazos y de repente salieron volando.
Kaya gritó golpeándose con el techo antes de caer de manera brutal.
Al ver que el portaequipajes se llenaba de agua juró por lo bajo.
—Maldito traidor —dijo entre dientes apuntando con su pistola hacia la cerradura.
Disparó una vez y empujó la puerta, pero no se abrió.
El agua estaba a punto de cubrir su cara, así que disparó de nuevo tres veces antes de tomar aire.
Se impulsó con fuerza y nadó lo más rápido que pudo, pero antes de lograr salir alguien la cogió por el tobillo tirando de ella.
Intentó soltarse, pero Dean la agarró volviéndola.
En aquellas oscuras aguas apenas vio su rostro lo suficiente para darse cuenta de que miraba hacia arriba y ella por instinto hizo lo mismo.
Fue cuando vio las luces de los faros de los coches que les seguían.
Él le hizo un gesto tirando de ella hacia un punto.
Le siguió, no le quedaba otro remedio. Estaba mosqueada porque la había dejado en el maletero del coche, aunque puede que ella hubiera hecho lo mismo, la verdad.
Al menos la había detenido antes de que al salir le pegaran un tiro.
Dean salió a la superficie y Kaya hizo lo mismo para ver que estaban bajo un embarcadero.
Le miró a los ojos y él le hizo un gesto para que se mantuviera en silencio.
—¡Están muertos! —gritó alguien.
—¡Déjate de gilipolleces, no están muertos! —gritó una mujer—. ¡Son los mejores y ese cabrón se ha tirado a propósito! ¡Buscadlos y traérmelos muertos!
Mirando a Dean a los ojos apretó los labios y él sacó lentamente el brazo del agua para mostrarle su cuchillo de caza.
Ella asintió cogiéndolo. Dean la agarró del cabello acercándola a su rostro y Kaya separó los labios de la impresión antes de recibir sus labios.
La saboreó intensamente antes de soltarla y ella con la respiración agitada vio cómo se sumergía lentamente sin hacer ruido.
Con el corazón acelerado, se dijo que no debía analizar en ese momento lo que acababa de pasar y se hundió también para bucear en dirección contraria sintiendo algo en su interior que le dio unas fuerzas que no había tenido nunca.
Cuando consideró que estaba lo bastante lejos, salió a la superficie y miró a su alrededor.
Un hombre se dirigía hacia ella por la ribera del lago.
Se hundió a toda prisa y cuando vio que su linterna se alejaba volvió a salir sin hacer un solo ruido.
El tipo ni sintió como se acercaba a él mientras revisaba las aguas.
Movió con agilidad el cuchillo cortándole el cuello antes de volver la hoja para que estuviera en dirección a su antebrazo y le agarró para que no cayera al agua e hiciera ruido.
Se agachó junto a su cuerpo y le cogió el arma guardándosela en la cinturilla del pantalón.
Metió la mano en la chaqueta de su traje y buscó algo que pudiera identificarle, pero como suponía no tenía ningún documento.
Bueno, daba igual, ya sabía quién la quería muerta.
Se puso de pie y caminó entre los árboles acercándose a dos que estaban al lado del agua.
—Tírate de una vez, joder.
Se quitó la chaqueta de malos modos. —No sé por qué tengo que hacer esto, están muertos. Ahí abajo no veré nada, es noche cerrada.
—Tú tírate a ver si esa zorra se calla de una puta vez y deja que nos larguemos.
Caminó hacia ellos y cuando llegó tras él que daba las órdenes, le dio un toquecito en el hombro.
Se volvió sorprendido antes de que el cuchillo le traspasara la papada.
Cuando cayó al suelo el otro la miró fríamente e intentó coger la pistola que llevaba en la cintura, pero Kaya tiró el cuchillo traspasándole la garganta.
Su rostro solo reflejaba sorpresa antes de caer hacia atrás sin vida cayendo en el agua.
Cogió la pistola y se giró escuchando un chillido no muy lejos.
—¡Marc, John! —gritó la zorra a través de un pinganillo. Kaya se agachó para coger el que tenía ante sus pies y se lo puso al oído—. ¡Contestad!
—Están muertos, Rose Anne. —Escuchó que se le cortaba el aliento. —Como lo estarás tú dentro de poco.
—¡Sigo órdenes!
—¿Por qué?
—¡No lo sé!
—Si me lo dices, puede que te deje vivir.
—No lo sé, te lo juro.
—Tú lo has querido. —Caminó hacia los coches con decisión y sin ocultarse.
Entonces vio las detonaciones de tres disparos muy seguidos y escuchó tres cuerpos que caían al suelo. Dean salió de detrás de un árbol y alargó la mano. Corrió hacia él y se la cogió. —¿Qué hacemos?
—Antes de decidirlo hay que curarte.
—Tengo que llamar a mi hermana, irán a por ella —dijo yendo hacia uno de los coches negros. Él la hizo sentarse en el asiento del pasajero y le subió el jersey. —Déjalo, no es nada.
—Estás perdiendo mucha sangre. —Fue a la parte de atrás del coche y sacó una bolsa. —Al menos están preparados. —Le puso la bolsa sobre sus piernas y la abrió mostrando el material de primeros auxilios.
—Deja que lo haga yo, tenemos que irnos. Tendremos una hora como mucho antes de que se den cuenta de lo ocurrido.
Dean apretó los labios y cerró su puerta. Vio que se agachaba al lado de un cuerpo y que cogía un móvil. Suspiró del alivio y cogió uno de los paquetes de gasas para abrirlo a toda prisa mientras él se sentaba a su lado. —¿Está desbloqueado? —preguntó apretándose las gasas en la herida.
Le mostró un dedo índice y ella sonrió. —Perfecto.
Él encendió el coche y pasando por encima de los cuerpos sin ningún miramiento se dirigió al camino. —¿Cómo vas? —preguntó mirándola de reojo mientras ella abría otro sobre y se tiraba unos polvos sobre la herida. —Necesitas puntos.
—Ya me los pondré después.
Dean sonrió. —Una chica dura.
—No lo sabes bien. ¿Has averiguado algo? —preguntó abriendo otro sobre y sacando un apósito plastificado que impediría que se desangrara al retener los polvos.
—Los tipos no sabían nada, solo seguían órdenes.
—Rose Anne tampoco sabía nada.
—¿La conocías?
—Si querían matarme no enviaron a la persona apropiada. Siempre fue de las más blandas.
—Eres uno de los números, ¿no es cierto?
Le miró sorprendida. —¿Cómo lo sabes?
—He visto como matabas a esos tipos. Sin piedad, sin despeinarte… Cuando estaba en una misión conocí a una de las vuestras. La llamaron por teléfono y escuché que la llamaban doce.
—Era mi antecesora.
—¿Era?
—Era.
—Joder, pues era increíble —dijo yendo a toda velocidad por el bosque. La miró de reojo para ver cómo ponía el índice sobre el sensor. Ella marcó a toda prisa—. Cuidado con lo que dices.
—Tranquilo.
Se puso el teléfono al oído y sonó dos veces antes de colgar. Volvió a llamar y sonó otra vez antes de colgar. Suspiró del alivio y él apretó los labios. —¿Qué hará ahora?
—Huir a una casa que tenemos en Panamá. Le he hecho memorizar una ruta y la seguirá al pie de la letra. —Al ver que torcía a la derecha en lugar de ir al pueblo se sorprendió. —¿Y tu madre?
—Mi madre ya está en la cabaña que tengo en el bosque. La llevé allí por precaución antes de ir al motel.
Pensó en lo que había ocurrido. —Esto no tiene sentido, ¿por qué quieren matarnos a los dos?
—¿Dos pájaros de un tiro?
—No lo creo.
La miró sin comprender. —¿Por qué piensas eso?
—Porque juntos somos más fuertes, tienen más posibilidades de fallar.
Él hizo una mueca y asintió con la cabeza. —A lo mejor no esperaban fallar. Habían enviado a siete.
—Si lo habían planeado para pillarnos, por separado hubieran tenido más oportunidades.
Además, ¿mandar a Rose Anne para esta misión?
—preguntó incrédula—. Estuvo conmigo en la academia de la agencia y era de las peores.
Ni sé cómo llegó a entrar en la agencia.
Siempre le daban las misiones más fáciles, ¿y la envían a liquidarnos a nosotros?
—Nena, ¿qué estás diciendo, que querían que les matáramos?
Entrecerró los ojos. —No sé qué está pasando, pero esto no me gusta nada. Uno no es tonta en absoluto y es una gran estratega.
—¿Tienes a alguien dentro que pueda informarnos?
—La única persona en la que confiaba plenamente se fue de la agencia hace unos años. Uno ni siquiera dirigía en aquel momento. —Con la mirada perdida susurró —Dios, en estos años cómo han cambiado las cosas. No se parece en nada a la agencia en la que empecé a trabajar.
—Nena, céntrate, ¿dices que se fue?
—Se casó con un ricachón que tiró de sus hilos para que la dejaran en paz. —Apretó los labios. —Era de las pocas personas de fiar que he conocido en todos estos años. Cuando empecé me ayudó a no meter la pata. Era extraordinaria. La mejor del nivel uno.
—Olvídate de ella, ya no está y no sabe lo que está ocurriendo. ¿Has dicho de las pocas? ¿Eso significa que hay más personas en las que confías?
—No como veintiuno, ella se hubiera dejado la vida por ayudarme si fuera necesario.
La otra persona a la que podría llamar, fue destinada a Europa hace seis meses, dudo que sepa nada.
—Pensó en ello. —Pero conozco a alguien en vigilancia que…
—Cogió el teléfono a toda prisa y después de marcar se lo puso al oído. —¿Stephen?
—Joder, no tenías que haberme llamado.
—¿Qué está pasando?
—Huid —dijo antes de colgar.
Apretó los labios y miró a Dean. —Ha dicho que huyamos.
—Así que ya saben que estamos juntos. ¿Quién es ese Stephen? ¿Seguro que es de fiar?
—Con sus instrucciones me ha salvado la vida un par de veces cuando yo iba a ciegas. Debemos dejar este coche cuanto antes, tiene transmisor de movimiento.
—Eso ya está previsto. —Giró el volante y se metió en un bosque. —Aquí no hay cobertura, así que a pesar de los satélites no tendrán señal en una zona tan boscosa.
Se apretó la herida ignorando el dolor como le habían enseñado, pero él vio el gesto y la miró de reojo. —¿Te mareas?
—Un poco, pero nada que no pueda aguantar.
—Joder… ¿Ahí tengo algo para coserte?
Rebuscó en la bolsa y encontró el kit de sutura. —Sí.