Capítulo 2
Por supuesto el coche no estuvo listo para que pudiera irse esa noche y alquiló una habitación en el motel a las afueras del pueblo.
Lucy le prestó el coche y después de hacer el paripé con que se iba a entrevistar a un jugador, regresó al pueblo para comprar la cena en la cafetería, porque no es que por allí hubiera mucho donde elegir.
Como ya sabía lo que quería, no se dejó ver mucho y se llevó la comida a la habitación del motel.
En cuanto entró, supo que habían registrado la habitación.
Por supuesto no habían encontrado nada, ella sabía hacer su trabajo.
Dejó la comida sobre la mesa y empezó a desvestirse para darse una ducha.
Se quitó la chaqueta del traje y la blusa mostrando que no llevaba un arma en la espalda.
Se abrió los pantalones entrando en el baño y entornó la puerta para abrir el grifo del agua.
Tras la puerta escuchó atentamente porque le dio la sensación de que no estaba sola.
Miró hacia el espejo que tenía a su derecha, desde él se veía parte de la habitación.
Entonces vio un brazo con unos músculos que la sorprendieron, tenía tatuado un escudo que cualquier profano no reconocería, pero ella había visto ese escudo antes en el comando más peligroso del ejército, lo que le indicaba que ese tipo sabía demasiado como para dejarle escapar.
Él dio otro paso sin hacer absolutamente ningún ruido y Kaya pudo ver parte de su camiseta gris mientras iba hacia la puerta.
Al estirar el brazo para coger el pomo de la puerta pudo ver que iba armado, pero algo le dijo que ese hombre no le haría daño, porque podía haberla matado sin dudar y no lo había hecho.
Sin aliento ni lo pensó y abrió la puerta de golpe sintiendo que su corazón se sobresaltaba cuando la miró con sus ojos azules. Ella levantó una ceja.
—Lo sabía, joder.
—Tranquilo, no vengo a matarte. —Fue hasta la cama sin preocuparse por estar en sujetador y puso un pie sobre el colchón para sacar el arma que tenía bajo la pernera del pantalón. —Ahora te toca a ti —dijo tirándola sobre la cama.
Dean apretó los labios. —¿Qué quieres?
—El arma, sino no te contaré nada. —Se sentó. —Vamos, charlemos un poco. Me intrigas.
—¿Te intrigo? —Cogió el arma que tenía a la espalda, pero no la apuntó. —¿Qué coño haces aquí?
—La pregunta es qué coño haces tú aquí. Si querías esconderte, es el peor sitio del mundo. No podía haber sido más fácil encontrarte, vives con tu madre.
—Me necesita —dijo entre dientes.
—Sí, ya sé que está enferma del corazón.
—¿Qué me ha delatado?
—¿Qué no te ha delatado? Tu madre tiene unos juguetitos para entretenerse muy caros, como un portátil último modelo que estaba sobre la mesa de la cocina.
Lo vi cuando pasaba hacia el salón. Y no la imagino leyendo el arte de la guerra, la verdad.
Y eso sin rascar mucho, ha sido como jugar con un niño de cinco años y eso me intriga.
¿Tan seguro te sentías? —Él no dijo nada y los ojos de Kaya brillaron.
—Ya entiendo, eran un gancho para gente como yo.
Querías saber si te buscaba, si lo hacía no me iría manteniendo mi tapadera.
—Cosa que has hecho. ¿Qué quieres?
—¿Yo de ti? No mucho —dijo sintiendo que era totalmente mentira—. Pero otros te buscan.
—¿Y me lo dices?
—Dicen que hay un trabajo que solo puedes hacer tú. Tengo que avisar cuando te encuentre.
—No me interesa —siseó con rabia.
—Me lo imagino, porque crees que te matarán después, ¿no es cierto?
—No entiendo por qué me lo cuentas.
Le miró de arriba abajo. Dios, era guapísimo y alteraba su sangre mucho más de lo que debería. —Tengo una propuesta para ti. —Le miró a los ojos. —Ayúdame a escapar.
Él separó los labios de la impresión. —Explícate.
—Pretendía salir de la agencia y llevarme a mi hermana.
Me están haciendo los pasaportes nuevos, pero aunque no se lo he dicho a Jenna, creo que la agencia lo sabe, por eso no terminan de entregármelos.
Me han enviado a esta misión cuando no tiene sentido y creo que es porque quieren eliminarme.
O que me elimines tú, por eso me han hecho venir.
Quieren que el mejor me quite del medio.
—¿Tan buena eres?
—No soy mala, te lo aseguro —dijo fríamente sin mostrar nada en su hermoso rostro.
—No soy quien va a matarte.
—¿No te parece raro? Me envían a por ti cuando cualquiera podría encontrarte con un poco de vigilancia.
Si has sobrevivido hasta ahora, era porque no les interesabas y ahora aparezco yo para avisarles de dónde estás.
Es porque estaban convencidos de que me matarías sin dudar en cuanto llegara.
Sabían que nunca llegaría a ponerme en contacto con ellos de nuevo.
Él apretó los labios. —Sí, es evidente que quieren librarse de ti.
Sonrió. —Por eso necesito que me ayudes. Tú puedes hacer que me den por muerta.
—¿Y tu hermana? Si desapareces de repente ella quedará expuesta.
—Si desaparezco en una misión Jenna no será de su interés. Es más, será libre para llevar la vida que quiera. Ya me he encargado de su futuro.
—¿Vas a renunciar a ella?
—Si me matas en condiciones, será libre. No puede haber ninguna duda. —Se puso de pie. —¿Empezamos?
La miró sin entender. —¿Empezamos a qué?
—Hay que dejar rastro para que crean que estoy muerta.
—Yo no dejo rastros.
Se mordió su grueso labio inferior. —Muy bien. —Se quitó los pantalones tirándolos sobre la maleta abierta y él gruñó al ver su trasero cubierto por unas braguitas de encaje. Le miró por encima del hombro y Dean carraspeó. —¿Hace mucho que no estás con una mujer?
—Bastante —dijo entre dientes.
—Pues… —Se volvió poniéndose los vaqueros. —No tenemos tiempo para eso. Seguro que hay alguien vigilándonos. —Cogió un ligero jersey blanco y se lo puso a toda prisa. Se calzó unas zapatillas de deporte y se metió la pistola en el tobillo antes de volverse. —¿Listo?
—¿Listo para qué?
—¿Para qué va a ser? Para matarme. —Fue hasta el armario y lo abrió deslizando el cajón. Metió la mano para despegar el velcro y sacar el cuchillo de caza que tenía allí. —Este no lo habías encontrado, ¿no? —preguntó divertida.
—Pues no —dijo de mala leche. Antes de que pudiera evitarlo se había apuñalado en el costado—. ¿Pero qué coño haces? ¿Estás loca, mujer?
Leche, aquello igual no había sido buena idea. —Mierda, esto duele. Vamos, cógeme en brazos.
—No podemos ir al hospital, joder.
—Anda este, eso ya lo sé, se supone que estoy muerta.
—Se metió la mano en la herida y pasó la mano por la colcha de la cama antes de tirar de ella como si la hubieran arrastrado.
—Hala, ya está. —Al volverse vio su cara de pasmo.
—¿Quieres darte prisa? Cógeme en brazos, tienes que deshacerte del cuerpo.
—¿Tú estás bien de la cabeza?
Ella parpadeó. —Mira, quiero salir de esta mierda como hiciste tú y esta es mi oportunidad, así que cógeme en brazos o me chivo a todo el pueblo de que estás vivito y coleando. Se van a alegrar un montón. —Se acercó a él. —¡Vamos!
Dean gruñó cogiéndola en brazos.
—Méteme en el maletero del coche y ve por alguna ruta que solo conozcan los del pueblo. Tienes que perderles.
—¿Quieres dejar de darme órdenes?
—Es que te veo muy parado.
—¿Parado yo? —Mosqueado fue hacia la puerta. —Ábrela.
Ella puso los ojos en blanco antes de girar el pomo y se dejó caer sobre sus brazos como si estuviera muerta. Dean sacó la cabeza, pero aquello estaba desierto. Fue hasta el coche de Lucy y ella susurró —No, llévame a tu coche.
—Es que no he venido en coche, joder.
—¿Pero qué clase de asesino eres tú?
—No venía a matar a nadie —dijo entre dientes.
La dejó caer al suelo como si fuera un fardo y ella gruñó intentando no moverse.
Intentando no moverse mientras se mordía la lengua para no llamarle de todo.
Será mamón… Él abrió el portaequipajes y la cogió en brazos para meterla dentro sin ningún cuidado.
Desde dentro le fulminó con la mirada—. Capullo.
—¿No querías que fuera real? —Cerró con fuerza.
Sintió cómo se metía en el coche y Kaya gimió llevándose la mano al costado ignorando el dolor de hombro por el golpe que se había dado al caer.
—No pasa nada, no te vas a morir por esto.
—Suspiró dejando caer la cabeza sobre la alfombrilla y frunció el ceño por cómo aceleraba dando marcha atrás para salir del aparcamiento.
Al frenar de golpe Kaya salió despedida golpeándose con el fondo del portaequipajes. —¿Estás loco?
—Nos siguen.
Se tensó sacando su arma de debajo de la pernera del pantalón. —¿Cuántos son?
—Dos coches negros cuatro por cuatro. A saber, desde dos a ocho. —Giró de golpe metiéndose por un camino que debía ser de cabras porque no dejaban de pegar botes.
—¡Dean!
—¡Ahora no!