Mi chicane favorita (North Star 10) C a p í t u l o 4 4
92%

C a p í t u l o 4 4

  

Darcy

Unos ardientes, seductores y sudorosos días después.

Dunkan me despierta de la única manera que sabe: con la cara entre mis piernas. Cualquiera pensaría que cuando nos metemos en la ducha ya está saciado de mí. Alerta spoiler: no. Nunca tiene suficiente. Y lo cierto es que yo tampoco.

Sé que tengo que decirle que no puede renunciar a su sueño y que yo no puedo estar con alguien con una profesión como la suya, pero no soy capaz de hacerlo.

Quiero ser egoísta.

Quiero que sea todo mío.

El problema es que le quiero demasiado como para quitárselo todo.

Después de haber estudiado el cuerpo de Dunkan milímetro a milímetro, he podido comprobar la de tatuajes que tiene relacionados con la F1.

La fecha de la primera carrera ganada, la silueta de su primer coche, el logo de la escudería actual…

Es algo que no podría pasar por alto por muchas veces que me haga el amor.

Porque eso es lo que hace. Lo sé porque nunca me habían tratado así.

¿Como un pañuelo de usar y tirar? En ese campo sí que tengo experiencia, pero en este no.

—¿Estás lista? —pregunta alargando su brazo hacia mí, ofreciéndome la mano antes de salir de mi apartamento.

—Sí, lista.

Hasta hace unos años, en EE.UU. las carreras de F1 se celebraban en Miami, en Austin o en Las Vegas, pero este año se inauguró el nuevo (y carísimo) circuito, así que también contaremos con carreras en Indiana. Que se prepare North Star para nuevos patrocinios.

Eso significa que solo tenemos que conducir una hora y cuarto hasta llegar al circuito en el que Lina correrá este domingo. Y es allí a donde vamos ahora.

No hace falta que le diga a Dunkan que no voy a hacer este viaje de carretera el domingo porque él ya lo sabe.

Tampoco es lo que quiere. De hecho, Dunkan ve este viaje como una despedida.

Quiere enseñarme cómo era su mundo antes de despedirse de él.

Su escudería no lo sabe, vamos de incógnito porque quiere estar a solas conmigo.

La verdad sea dicha, en cuanto se enteraron de que le dieron el alta, todos le dejaron claro hasta qué punto están esperándole con los brazos abiertos, ansiosos por que vuelva.

Aunque decidiera hacerlo, todavía le quedarían meses en el “banquillo de los coches”. Su lesión fue muy mala y aunque sea joven, la recuperación es lenta de narices.

—Estás preciosa, ¿te lo he dicho? —pregunta ya tras el volante.

—Sí, pero me lo puedes repetir. —Me muerdo el labio inferior.

Sé que me voy a caer pronto, pero pienso disfrutar de vivir en esta nube mientras dure. Me dedica una sonrisa seductora y su mirada desciende por mi cuerpo en un barrido lento.

—Estás tan, pero tan…

—Dunkan, la carretera.

—Sí —carraspea.

Madre mía, ¿es que no se harta de revolucionarme las hormonas? ¡No puedo respirar!

Mi vestido es negro y naranja, y me gusta, pero los tacones son lo mejor de todo. ¿Por qué? Fácil: fueron un regalo de Dunkan. Pero eso ni siquiera es lo que más ilusión me hace…

Los compró cuando estábamos separados porque le recordaban a mí. Y después de que lo reconocieran en el Starbucks más cercano a mi apartamento, juraría que no son lo único que compró pensando en mí.

¿Puedo morir?

¡Qué hombre!

Los tacones son una fiesta de color y corazones. Con plataforma, por supuesto. Llenos de detalles que hacen que se me caiga la baba. Por ejemplo, la plantilla es acolchada como el interior de un joyero, y el tacón alto es un bastón de caramelo trenzado.

Ha insistido en que no me los pusiera, porque son claramente de verano, pero he escogido unas medias gruesas y me he tirado a la piscina porque me encantan.



—Te has puesto el llavero de tu padre en las llaves —digo dándole un toquecito que tintinea por el coche en cuanto nos paramos en un semáforo .

—Era incapaz de pensar en algo que no fueras tú y lo perdía todo.

—Dunkan… —jadeo sin aire—. ¿Por eso llevabas las llaves atadas con una correa al pantalón?

—Sí.

—Eres…

Dunkan alarga la mano hasta encontrar mis piernas. Se limita a darme un apretón y a arrancar de nuevo.

No entiendo cómo puede quererme tanto. Cómo puede necesitarme así, con lo poco que tengo para ofrecer ahora mismo…



Dunkan dice que en la zona del circuito siempre hay fans. No solo en fin de semana, todos los días. Así que me lleva por una entrada poco conocida, no sin antes ponernos una gorra negra y unas gafas de sol a cada uno.

Nuestros mundos nunca se habrían encontrado de no ser por ese hospital.

Ese pensamiento le provoca un espasmo a mi mano y me veo obligada a apretarle más fuerte. En cuanto entramos al circuito vacío, me siento una hormiga sobre un foco de luz.

Empieza a dolerme el estómago cuando Dunkan me cuenta anécdotas de pilotos que le han caído en gracia a lo largo de los años y las jugarretas mutuas que se han hecho.

O momentos que le llenaron el corazón en la pista, momentos en los que creía que no iba a dar la talla, pero terminó superándose a sí mismo.

—El coche que tenía esa temporada tenía algunos fallos que los ingenieros no conseguían detectar y encima tenía a un cretino, Ashler Thomas, que no paraba de rivalizar conmigo en los medios. Suelen darme igual esas cosas, pero fuera de cámaras se burló de la muerte de mi padre.

—¡No!

—Lo tumbé de un puñetazo y quedé por delante de él en esa y en todas las carreras de la temporada que vinieron después.

—Ojalá se pudra. ¿Sigue corriendo?

—No, ya no. Pocos pilotos tienen la suerte de renovar el contrato varios años seguidos —dice, y no puedo evitar pensar en que él sí tuvo esa suerte, que todavía la tiene y que quiere renunciar a ella por mí.

—Mejor —carraspeo—. Ojalá se muera del asco y le salgan telarañas en las orejas.

Se ríe por lo bajini, me enjaula entre sus brazos aunque caminar así sea mucho más complicado, y luego me besa por todas partes.

El dolor interno aumenta cuando es evidente para mí lo mucho que va a echar de menos este mundo. Pero se intensifica mucho más cuando resulta evidente que la Fórmula 1 lo acercaba más a su padre.

—¿Estás bien? Te estás quedando un poco blanca.

—Sí, solo tengo un poco de frío — miento.

—¿Es por las sandalias?

—¡No! Son perfectas. —Alejo los pies de él como acto reflejo—. ¡Ni te atrevas!

—¿Tanto te gustan? —Sonríe y lo que siento no pueden ser simples mariposas, más bien una versión asesina de las mismas.

Aunque la conversación vuelve a fluir, siento en la piel el eco de cada uno de mis latidos.

¿De verdad voy a quitarle esto?