C a p í t u l o 4 3
  
Dunkan
Me pregunto si llegará el día en que tenga a Darcy entre los brazos y no esté pensando en cuánto va a tardar en largarse.
La coloco encima de mí y enjaulo su cintura con mis manos.
Qué preciosidad. Con las mejillas coloradas está todavía más guapa.
Me encanta la cicatriz de la varicela que tiene junto a la nariz. Las motitas oscuras que decoran sus iris castaños. Las pecas de su nariz. Que su labio superior sea más grueso que el inferior.
Me gusta todo lo que tiene que ver con ella.
—Todavía no has respondido a mi pregunta.
Se inclina hacia mi boca y cogiendo mis mejillas, separa mis labios y me da un beso que es un puñal encubierto.
—No.
—¿Disculpa?
—No puedes hacer eso, Dunkan. Fingiré que no has estado aquí.
—¿Podrías? —Tenso mi agarre cuando intenta levantarse—. ¿De verdad vas a seguir siendo tan cruel conmigo?
—¿Cruel yo? Eres tú el que ha venido a hacerme daño. Ahora suéltame.
—No.
—Suéltame, Dunkan.
Lo hago porque no puedo ir contra sus deseos. Darcy se levanta y se tapa con una de las sábanas a la que ahora quiero prenderle fuego.
—¿Por qué te cuesta tanto creerte que lo voy a hacer?
—Ese no es el quid de la cuestión, Dunkan. No puedes hacerlo.
—¿Por qué no?
—Porque es una locura. Porque es tu vida entera. Porque la gente no renuncia a su pasión así como así.
Busco mis pantalones, que han caído al suelo junto a la cama, y saco el móvil.
—Dunkan, ¿qué haces?
No le contesto.
Estoy ocupado.
—Dunkan, para. —Darcy corre hasta la cama y me quita el móvil justo antes de que envíe el email.
—Dame mi teléfono.
Se lo mete en el hueco entre la sábana y sus pechos.
—¿Te parece que no estoy dispuesto a…?
—No puedes enviarlo. Nunca —interrumpe—. Es tu sueño.
La cojo de las mejillas y la atraigo hacia mí de un tirón.
—Tú eres mi sueño ahora. Tú, Darcy.
Parpadea deprisa, pero las lágrimas se le escapan igual.
—¿Y bien? ¿Vas a seguir negando que tú también me quieres?
Exhala. Suelta la sábana con ojos brillantes.
Deja caer el móvil encima de la sábana arrugada, amortiguando el golpe, y entrelaza sus manos con las mías. Mi corazón necesita escuchárselo decir, arrancárselo a gemidos o a gritos, pero reconozco que como confesión no está nada mal.
—Dame unos días para pensar en todo lo que has dicho.
—¿Unos días? —pregunto ofendido, aunque dejaría que me mandara a la mierda mientras siga desnuda y aferrada a mí.
—Es muy fuerte, Dunkan —me acaricia—. Estás poniéndolo todo en mis manos.
—Bien, te daré unos días. Pero vamos a esperar el veredicto a mi manera. —Tiro de ella y la arrastro de nuevo a la cama.